Escuchen, contemplen...

http://vimeo.com/69783483

Película realizada por el dúo electrónico magallánico LLUVIA ACIDA, que muestra en música e imágenes la Vida Natural y Humana de Isla Rey Jorge Shetlands del Sur, Antártica). Incluye vistas de los glaciares Collins y Nelson, de la playa Elefantera y de la Pingüinera de la Isla Ardley, así como de las bases "Julio Escudero", "Eduardo Frei", Aeródromo "Teniente Rodolfo Marsh" y Capitanía de Puerto "Bahía Fildes" (Chile), así como de las bases "Bellingshausen" (Rusia), "Artigas" (Uruguay) y "Gran Muralla" (China). Imágenes grabadas por Rafael Cheuquelaf, en el marco de la Décima Expedición Antártica Escolar organizada por INACH (Febrero - Marzo de 2013) y en el viaje del dúo LLUVIA ACIDA (Marzo de 2013). Su música incluye sonidos grabados en Isla Rey Jorge por Héctor Aguilar y Rafael Cheuquelaf y forma parte del disco "INSULA IN ALBIS" (EOLO - PUEBLO NUEVO, 2013). Temas compuestos y grabados por LLUVIA ACIDA y masterizados por Daniel Nieto. Editado por Rafael Cheuquelaf. Una producción EOLO - PUEBLO NUEVO con apoyo del Departamento de Comunicaciones y Educación de INACH, Punta Arenas, Región de Magallanes, Chile, 2013.

EVOCACIONES* 30 de agosto de 1954. Creación de Aeroclub Ushuaia.


entidad pionera nació por la voluntad de 22 personas en torno a la iniciativa de José Miguel Oyarzún.

Simpatizantes de la actividad aérea y deportiva en su conjunto coincidieron al momento de elegir la primera comisión directiva en la persona de Francisco Restovic.

El primer avión de la entidad recibió el nombre de Gerardo Lorenzo, pionero de la aviación comercial en Tierra del Fuego con la firma PEMA-ENLO, que había fallecido recientemente.

El Aeroclub trabajó de inmediato para conseguir la utilización de la pista de la Base Aeronaval, y promovió los primeros cursos de capacitación de pilotos civiles logro que se efectivizaría en 1960 con los brevet Andrés y Jorge Bronsovich, Oriol Domenech, Mercedes Elizalde, Carlos Herrera y Carlos Juncosa, los que recibieron la instrucción de parte de AlbertoVico y Daniel Mini.


Para entonces ya había nacido un segundo aeroclub en el pueblo de Río Grande.


Una fuente de información importante para este tema es la que encontramos en el libro APUNTES DE AVIACION, escrito por el recordado JORGE VRSÁLOVIC.

Ya todo fue más fácil.

La prehistoria fueguina, la de Río Grande, es aquella época en la cual vivían en esta comarca los aborígenes cazadores y recolectores.

Los que se encontraban en las inmediaciones de nuestro pueblo se los conoce como Selknam, que en su lengua quiere decir: los hombres.

Aprovechando los recursos del medio vivían en forma trashumante –de un lado para otro- pero no se salía de un territorio que desde tiempos inmemoriales pertenecía a sus antepasados.

El hombre tenía a su cargo la tarea diaria de conseguir el alimento principal: el guanaco. Para ello construía su arco y sus flechas. Se levantaba después del medio día –cuando el animal que ya se había alimentado estaba más pesado y haciendo la digestión- y salía en su búsqueda eludiendo el viento que podría llevarle su olor. Flechado el guanaco seguía corriendo hasta que finalmente moría desangrado. El cazador lo trozaba y con él regresaba al Kohwi, la casa, donde las mujeres mantenían el fuego y cuidaban de los hijos.

Decimos las mujeres porque entre los Selknam era permitido al cazador tener mas de una, siempre y cuando las pudiera mantener.

El Kohwi era una construcción liviana en la zona norte de la isla: ramas y cueros que la mujer debía transportar en cada mudanza. En la zona boscosa del sur donde la conducta era más estable se erigía con troncos en forma cónica.

Los Selknam eran dueños de un secreto que no debía caer en manos de las mujeres, ese secreto era transmitido en una ceremonia dirigida a los adolescentes varones, en un rito llamado Hain. El hombre era el que sabía que los dioses eran un invento destinado a someter a las mujeres por el temor.

Los blancos que llegaron a la Tierra del Fuego condicionaron la desaparición de los aborígenes.

Se apropiaron de sus tierras y ellos buscaron otras comarcas donde la caza fue escasa porque había que compartir entre muchos más, esto llevó a que entre ellos mismos se combatieran.

El blanco también t rajo sus enfermedades, contra ella para el indio no había defensa.

Y además le trajo el vicio del alcohol, y finalmente la bala que eliminó a muchos.

Para poblar sus campos de ovejas, muchos de los primeros estancieros se deshicieron del indio.

Una forma de hacerlo fue destinarlos a las reducciones.

La más conocida es la Misión de Nuestra Señora de La Candelaria. Allí el indio estaría seguro, pero ya no sería lo mismo. Las enfermedades adquiridas por los que concurrían a su protección terminaron fácilmente con ellos. El proyecto fracasaría rápidamente por mas que no fuera esta la intención de los salesianos que lo dirigían. Se llevó la empresa misionera al bosque, pero ya era tarde.

En 1825 se reserva una superficie de tierras en las proximidades del Lago Fagnano, allí podrían vivir como quisieran pero la experiencia no prosperó. Los pocos que la hicieron casi no tenían familia, y el desamparo de la ancianidad los llevó a perder el control de sus dominios.

Mientras tanto las estancias crecían.

Al norte del Río Grande, la María Behety que era llamada Segunda Argentina, al sur la Primera, hoy conocida como José Menéndez.

José Menéndez fue un comerciante español radicado en Punta Arenas (Chile) que ocupó para si una concesión que primero el gobierno dio a Julio Popper, un ingeniero rumano que encontró oro en la zona de El Páramo, al norte de la bahía de San Sebastián.

Las estancias de Menéndez, la Primera en 1896, tres años después de la Misión, atrajeron otras inversiones.

Un día por 1906 en lo que hoy es la margen sur comenzó a funcionar una grasería, entonces no solo se aprovechó la lana de la oveja, sino también una parte de la carne. Cuando diez años más tarde se instala el Frigorífico las ganancias son mayores. Se venía de una guerra  mundial donde la venta de lana había dado grandes dividendos. En dos años se recuperaba la inversión de comprarse una estancia.

Al frente del Frigorífico existía un terreno destinado desde hacía muchos años para uso poblacional.

En él fueron creciendo espontáneamente varios viviendas, almacenes –boliches se les decía entonces- que comenzaban a prestar servicios a los que ocasionalmente llegaban para distraerse y aprovisionarse. La policía también llegó, para controlar.

En 1921 un decreto del Presidente Yrigoyen crea la Colonia Agrícola de Río Grande, y con ella otras 300 en todo el país. No fue un acto pensado exclusivamente para nuestro pueblo, sino en un proyecto global de favorecer el desarrollo agrícola en un país donde la tierra estaba en manos de unos pocos.

No cambió mucho la vida de Río Grande con ese decreto.

En 1926 funciona la primera escuela, es su maestro Telmo Suárez, un puntano que dirigía Tierras, al tiempo sería la Escuela 2.

Para 1928 cobraría vida la primera Comisión de Fomento, y con ella el primer Gobierno Municipal. Durante todo ese tiempo la figura que se destaca es la de un español que –empleado por los Menéndez- llegó en 1905 comprando el primer comercio que tuvo el pueblo: El Cañón, de un tal Javier Soldani. Funcionaba en la actual esquina de Elcano y Newbery. El nombre del pionero: Francisco Bilbao.

El progreso llegaría lentamente: el correo, el bote  para cruzar al frigorífico, el puente sobre el Río Grande –construido por Menéndez, tan lejos- la atención médica que falta en un principio llevando a que los chicos nacieran en otra parte, por ejemplo en Chile o Río Gallegos.

En 1942 llegaron los militares, fue una dotación del ejército que estuvo por un tiempo alojada en lo que hoy es el edificio parroquial de Perito Moreno 393. Al tiempo –con la Revolución del 43- vendría la Marina dado que toda la isla, en el sector argentino, paso a ser Gobernación Marítima.

Fue un tiempo de mucho trabajo: Obra Pública.



Los primeros edificios de cemento comenzaron en aquella época: la Delegación de Gobierno –hoy Casino de Oficiales-, el Hotel Villa, el Hospital, el Correo, Obras Sanitarias de la Nación –hoy Concejo Deliberante-, el nuevo edificio de la Escuela 2, que antes ocupaba el recinto de la actual Intendencia.

Ya teníamos agua y antes por iniciativa de dos particulares –Pinola y Martínez- vino la electricidad; pero para calefaccionarnos había que hacer un gran acopio de leña, por fin en 1958 llegó el gas, venía de la zona norte donde en el invierno de 1949 se había dado la primer surgencia de hidrocarburos: el TF-1,


Ya todo fue más fácil.

EVOCACIONES*29 de agosto de 1889. Miguel Cané se refiere al futuro de las razas fueguinas.

El parlamentario y escritor –célebre autor de Juvenilia- pronuncia un discurso en el Senado de la Nación al debatirse una posible adjudicación de tierras para misionar a los salesianos:

Yo no tengo Señor Presidente gran confianza en el porvenir de la raza fueguina.

Creo que la dura ley que condena a los organismos inferiores  ha de cumplirse allí, como se cumple y está cumpliéndose en toda la superficie del globo.


Las ideas de Cané se correspondían con pensamiento darwiniano, que por otra parte se había consolidado durante sus viajes al extremo sur americano y su contacto con los canoeros de la región.


El Cané que conocemos pasa por Juvenilia, libro leído por los estudiantes secundarios argentinos durante generaciones. La obra, ambientada en el viejo colegio Nacional de Buenos Aires, tiene cierto enlace fueguino: por el hecho de estar dedicado al poeta Matías Behety.., cuñado de José Menéndez.

EVOCACIONES*28 de agosto de 1854. Un naufragio precipita un drama.

Es a partir de el momento en que en esa fecha toca piedra el velero Manchester en aguas australes.

Es el tiempo en que se transita por las rutas marítimas impulsados por los afanes y el comercio con el oeste norteAmericano, los años de la fiebre del oro.

El Manchester era una fragata que salió de Nueva York el 7 de abril anterior al accidente.

En los instantes inmediatos la tripulación subió a los botes pero casi de inmediato se perdieron tres de ellos, entonces el capitán ordenó cortar el palo mayor y el trinquete improvisando una balsa en la que subieron 16 náufragos.

Llegaron así a alguno lugar de la costa sur del archipiélago fueguino, sin otros víveres de los que fueron rescatando del barco siniestrado en una situación que duró tres meses.

Cuenta Vidal Gormás en su libro de Naufragios que el 22 de noviembre de 1954 llegaron los yaganes junto a los náufragos y comenzaron a pedirles las cosas que poseían. Al negarse estos los atacaron violentamente,  muriendo en la refriega el capitán David Red Evans y nueve canoeros fueguinos.

Incluimos con una sugerencia a la lectura temática la referencia a esta publicación que contiene un trabajo de MONICA GROSSO Y CRISTIAN MURRAY.

El arquitecto Cristian Murray está especializado en gestión de patrimonio cultural. Es investigador del Programa de Arqueología Subacuática del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano de la Secretaría de Cultura de la Nación y Codirector del proyecto “Relevamiento del Patrimonio Cultural Subacuático de Puerto Madryn y Península Valdés”.
Por su parte la Doctora en arqueología Mónica Grosso, se desempeña como investigadora del Programa de Arqueología Subacuática del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano.

EN EL DÍA DE LA RADIODIFUSIÓN: Las habichuelas de Ruperto.*

De pronto hubo un declive en la vida de Ruperto, fue cuando murió su madre.
Hasta ese momento había llevado con ella una relación tibia, con recuerdos de niño que le desagradaban puesto que la viuda había sido inconstante en sus relaciones afectivas y por eso a lo largo de su infancia Ruperto había tenido varios padres: el lechero, el sodero, el repartidor de pan, el diarero, el colchonero.
Todos los que en un momento golpeaban la puerta por motivos laborales no tardaban en llegar hacia la cama de esa madre que con un magro sueldo conseguía educar a su único hijo y preparar  para el casamiento, su única hija.
Algunos pasaban el momento, pero otros se iban quedando hasta que un buen día, entre lágrimas la madre se lamentaba de la experiencia vivida y prometía que eso en lo que había caído no se iba a repetir.
Un día recibieron la visita de un sacristán, que hasta donde se supo nunca pasó del umbral de la puerta, al poco tiempo Ruperto salía con sus escasas pertenencias rumbo a un colegio de curas donde sería pupilo con la promesa que en el cambio comenzaría a usar pantalones largos.
Allí buscaron hacerlo cura, pero en medio de unas circunstancias que nunca detalló desertó de tan feliz propósito y se encaminó hacia Malanoche.
Tuvo suerte en conseguir empleo enseguida, ¡quien no la tenía!, era argentino y tenía prelación con respecto a los trabajadores que no lo fueran: fue ayudante de topógrafo y con eso lo llamaban ingeniero, después comenzó a hacer trámites de gestoría por el contacto que le ofrecía la hermana en Buenos Aires donde estudiaba ciencias económicas, en tanto que algo después juntó trabajos de diversos artesanos instaló el primer centro de atención al turista.
¡Lo que no había eran turistas!, pero allí se reunían los muchachos para ver las chicas que pudieran aparecer, eso en algunas horas, mientras que en otras eran las chicas que hacían lo propio. Los muchachos y las chicas eran alumnos del secundario donde Ruperto fue empleado de celador, a propuesta del alumnado que iba a fumar a su comercio de artesanías.
Ruperto que no tenía pasado sentía que en el pueblo tenía futuro, y es que tras recibir un terreno fue levantando su vivienda, contrayendo algunas deudas y recibiendo algunos favores que no sabía cómo podía volver a retribuir.
Hasta que un día se puso una radio y Ruperto fue locutor en ella.

Fue idea de los chicos del colegio que se habían hecho grupalmente cargo de su comercio de artesanías el que hiciera un programa de pedidos musicales que fue todo un éxito, de la misma forma que uno de sus artesanos, un puestero de estancia, le sugirió que tras los mensajes al poblador rural se hiciera un espacio con música mexicana.
Todos apuntaban a optimizar el trabajo radial, con los recursos de los que se podía disponer, pero Ruperto con su sencilla propuesta llegaba a ser el más exitoso en la tarea.
El éxito trajo fama, lo saludaba gente de todas las edades al andar por la calle, dejó su vehículo para gozar de la popularidad y al dejar el turno ya no volvía rápidamente a casa sino que iniciaba lo que él llamaba su “roteishon”, recorriendo bares y cabarutes, recibiendo envites diversos, casi todos alcohólicos.
Si bien tenía un hígado fuera de prueba el alcohol que no destruía ahí seguía su rumbo a la cabeza, y pronto –más allá del esmero de los amigos- pasó a ser de bon vivant, en un play boy, y finalmente un curda, un alcohólico.
Esta situación se magnificó cuando tuvo noticias de la muerte de su madre. Siempre se había prometido traerla aquí, parece que la mujer había ordenado su vida, pero lo condicionaba a que tal visita la daría si el formaba una familia. Pero no había intención de cumplir los sueños de su señora madre.
Los amigos le consiguieron un pasaje para llegar a las exequias, pero al pie de la escalinata del avión desertó.
Ese día la curda fue mayúscula, y así siguió su tiempo. En el trabajo le adelantaron vacaciones siendo comprensivos con lo que le pasada. Un joven locutor se hizo cargo de sus programas con el mismo éxito. Cuando lo escuchó Ruperto pensó que nada tenía que hacer en el mundo, y siguió tomando.
Un día alguien lo subió a un avión y al tiempo, tiempo largo, lo teníamos de vuelta sosegado.
Le dieron a prueba trabajos administrativos que el desarrollaba con eficacia y en silencio.
Por las tarde/noche  subía y miraba por la ventana contando las luces rojas del balizamiento de la antena. Un día, un día de niebla, decidió subir pese a estaba alertado sobre los riesgos que corría por la radiofrencuencia. Pero esta o no existía o no afectaba su fisiología. Lo retaron, le dijeron que estaba loco, pero no pudieron impedir que cuando quisiera subiera a la antena hasta donde quería, que era contar más directamente las luces.
Un día, día de niebla, Ruperto subió y al llegar a la bruma penetró en ella desapareciendo por un buen rato. Hubo intranquilidad entre los que estaban acostumbrados a sus dislates. Hasta que finalmente lo vieron bajar con una bolsita de papel en la mano.
Cuando llegó, sonriente como no estaba desde hace un tiempo, señaló que allí traía sus habichuelas mágicas.


Entonces Ruperto volvió a tomar. Se servía un vaso de vino y tragaba uno de los porotos y no le pasaba nada. Lo hacía con la rutinaria seguridad de quien toma su remedio de todos los días. No le volvía la locura del delirium tremens en el cual se decía había caído durante crisis alcohólica, pero si maravillaba a quienes lo trataban porque comenzaba a hablar en latín.
Ruperto era celoso en el consumo de sus habichuelas y no quería dar noticia sobre dónde las había encontrado, cuando lo interrogaban señalaba: Es como en el cuento, y se reía y reía golpeándose la frente con la palma de la mano abierta.
Así cuando había niebla subía y repetía su recolección. Y tomaba en la medida que sus habichuelas se lo permitían.
Y cada vez que subía demoraba más tiempo.
Hasta que una vez comenzó a soplar viento, era primavera, y la nube que impedía ver la punta de la antena se disipó, y entonces de Ruperto nunca más se supo.

El sumario administrativo era tan grande como las pericias judiciales que no condujeron a nada.

*El presente relato forma parte de mi serie CUENTOS DE MALANOCHE.

EVOCACIONES*Agosto 27 de 1812. El San José y las Anímas en Carmen de Patagones.

 La nave había sido construida en 1675 en Puerto Consolación en el extremo oriental de nuestra isla Grande de la Tierra del Fuego por los náufragos del navío Purísima Concepción, utilizando los restos de su embarcación.

Treinta y siete años después navegaba todavía, y su presencia al norte de la Patagonia, operando desde Montevideo,   Carmen de Patagones se había convertido para el gobierno de Buenos Aires en un lugar de confinamiento y cárcel para los enemigos de la revolución, de allí que en un momento, tras una sublevación de los mismos estos fueran socorridos desde Montevideo y embarcados en la antigua San José y las Animas que probablemente haya seguido teniendo un historial interesante, por develar...
Martín Caparrós en su novela ANSAY o los infortunios de la gloria, describe estas circunstancias.

EVOCACIONES*26 de agosto de 1833. Se subleva en Malvinas el Gaucho Rivero.

Es la primera violenta reacción durante la ocupación británica efectivizada el 3 de enero  de ese mismo año.

Una vertiente nacionalista ha pretendido darle a Rivero, sobre el cual se sabe poco sobre quien era antes y que hizo después, una condición de caudillo popular anti imperialista. Pero nada se documenta en ese sentido.


Antonio Rivero fue así un mito más de los argentinos, formándose comisiones de homenajes, levantándosele monumentos, y tratando en algún momento –cuando se logró la ocupación militar el 2 de abril de 1982- la imposición del nombre Puerto Rivero para el Stanley británico.

No obstante ello, en el momento se impuso el análisis documentado de los acontecimientos del Rivero, gaucho alzado, sobre todo desde las perspectiva que tenía analizada del caso el principal referente historiográfico de la Armada Argentina.

Sobre el particular ha escrito Laurio Destéfani:

Durante el año 1833, las Malvinas estuvieron la mayor parte del tiempo sin gobierno efectivo. Si nuestros compatriotas no hubieran estado  en lucha política y permanente guerra civil, quizás algo podrían haber hecho para recuperarlas.

No habiendo autoridades inglesas en las Malvinas, se produjeron los hechos del 26 de agosto de 1833.

Dos gauchos y cinco indios charrúas mandados por Antonio Rivero, que trabajaban ganado en el campo, llegaron a Puerto Soledad y por que Juan Simón –administrador de las propiedades de Vernet- les había negado el cambio de dinero metálico, en lugar de los vales que cobraban, realizaron un asesinato a mansalva de los hombres de Vernet a saber: el capataz Juan Simón, encargado permanente a la vez del gobierno argentino, Brisbane, hombre de confianza de Vernet, un alemán, un español y un escocés: Dickson. Este último había sido el encargado de izar el pabellón inglés los domingos y avistar buques ingleses.

Cometidos estos asesinatos, el terror reinó en Puerto Soledad y el resto de los habitantes criollos, loberos argentinos, ingleses, etc, huyó a un islote cercano para refugiarse. Desde allí solicitó auxilio y entonces llegó una nave inglesa que desembarcó al teniente de Marina Henry Smith, un suboficial y seis soldados de infantería de marina. Estos persiguieron a Rivero y sus hombres, que a su vez habían dado muerte ya a unos de los suyo, el gaucho Brasido.

Los hombres de Rivero, siete en total contando el cabecilla, se rindieron de a uno y el último fue el mismo Rivero.

Rivero y cinco de sus compañeros fueron llevados a Inglaterra, pero allí, se consideró que el juicio de los gauchos no era conveniente, o quizás los jueces se consideraron incompetentes. Rivero y sus compañeros fueron devueltos a Montevideo y dejados libres.

Esta es toda la historia que prueban 42 documentos publicados por la Academia Nacional de la Historia..



RASTROS EN EL RÍO 1991.

La aparición del diario EL SUREÑO me trajo en Río Grande una interesante oferta laboral. Yo la reduje a lo posible en ese momento: publicar una serie de 72 artículos que años antes habían constituido el prólogo a un importante ciclo radial LOS GAJOS DE LA TIERRA.
No creí que el diario pudiera durar más, nos reímos con GONZÁLEZ y FAYANÁS cada vez que lo recordamos.
Lo que tenía que hacer era escribir una columna dominical.
Con los años la producción de ese año, más una cronología de eventos culturales fue convertida el libro. Hoy ese ejemplar está agotado y en este domingo pensé en que podría volver a publicar algunos de esos escritos, al menos los domingos, por si se mantiene el interés por nuestra mirada de entonces. Perdonen si me vuelvo autorreferencial, pero es por provecho ajeno.., alguien que venga y pregunte por algún tema en particular puede ser remitido a estas columnas que pasan a sí a tener estado público.



“Y fue con un primer censo que encontramos elementos de reflexión sobre la población colonizadora del antiguo Río Grande.”

El 10 de mayo de 1895 se realizó en la República Argentina el Segundo Censo de Población y Vivienda, que en Tierra del Fuego resultó ser el primero aplicado por las autoridades nacionales.

Creemos oportuno traer algunas cifras de aquella experiencia estos Rastros en el río, ya sea al ingresar en la anécdota o bien al sumirnos en la realidad social de aquellos días. El Territorio gobernado entonces por Pedro Godoy sumaba aquel año para el Departamento de San Sebastián un total de 73 habitantes, 17 casas, e inexistencia de familias.

Los datos -que hoy se insiste son reservados- nos sirven para configurar algunas referencias, teniendo en cuenta que no se atendió a censar a la población aborigen que no estaba reducida; aparecen nombres, edades y profesiones de aquel segmento de la isla que hoy es el Departamento de Río Grande.

Si atendemos a las nacionalidades diremos que aparecen 13 argentinos, a los que podemos agregar 6 cuyo lugar de nacimiento resulta Tierra del Fuego, hecho que puede atender a una cuestión de mestizaje o condición aborigen. Al final 19 connacionales sobre 73.

Los austríacos, que luego se llamarían yugoeslavos, llegan a sumar 16, todos hombres.

En realidad la presencia femenina es mínima, llegan a ser 8 las identificadas, cuatro de ellas religiosas más una niña de ocho años, lo que hace suponer que la vida galante estaba reducida a su mínima expresión.

Quince aborígenes son censados como procedentes de San Sebastián, en los informes de Ushuaia, sin saberse si estaban de paso, o los datos se tomaron mediante otro recurso.

La profesión del lugar y del momento era ser minero, los austríacos continuaban los derroteros y ambiciones de Popper. Seguían en interesante número de policías, en demasía para la población blanca existente lo que lleva a prefigurar en su accionar una presencia dirigida esencialmente a anteponerse a los aborígenes. Los trece policías bajo la jefatura de José Pezzoli, el Comisario censista, eran seis argentinos: dos de Santa Fe, tres de Buenos Aires y un cordobés, el primero, Vicente Castro que por entonces tenía 39 años de edad. Pero además de los argentinos se registran cuatro españoles, y un representante de cada uno de los siguientes países: Portugal, Italia y la República Oriental del Uruguay.
Los militares de aquel censo son cinco, es que se viene desempeñando en la zona la Comisión Demarcadora de Límites, bajo la jefatura de José Castro Sumbland, porteño, secundado por Carlos Backhausen, alemán de 48 años.

La ganadería que apunta a aparecer –todavía no se instalan estancias en la zona- está representada por tres ovejeros: un portugués Samuel Martínez, un inglés Jack Dicks, que en las crónicas de la Misión aparece con el apodo de Chale, y Andrés Beltrán, con ese apellido se lo sindica de nacionalidad escocesa. El único estanciero es un inglés, Normand Wodds de 25 años; años después su apellido aparecía ligado a la firma Waldron. Los Wood tenían su ámbito de acción del lado chileno, Estancia San Martín, donde su nombre aparece ligado a casos de matanzas de indígenas.

Desconocemos el propósito de su inclusión en nuestras estadísticas a no ser que fuera un habitué del medio argentino, porque la metodología no parece haberse basado en una encuesta realizada en un solo día, sino en la observación continua de la autoridad policial.

La Misión era uno de los establecimientos visibles, allí se registró al único sacerdote José Maria Beauvoir, italiano de 44 años; dos coadjutores Juan Ferrando y Antonio Bergese aparecerán como carpinteros, el tercero del oficio es un argentino Miguel Ipeconi.

Las religiosas son Rosa Mosobrio, italiana, Rosa Gutiérrez, chilena, y una joven de 15 años de nacionalidad desconocida: Maria Oyarzo.

Tres jornaleros formaban la fuerza laboral, uno de ellos es francés, en tanto que del lado de la peonada sólo aparece un sanjuanino de 26 años: Gregorio Morales.

El panadero del lugar –vaya a saber si venía con el oficio o lo desempeñó aquí- era un paraguayo Juan de la Cruz Franco. En tanto que en alarde de ciencia y técnica se nos daba la presencia del agrimensor Carlos Glade y del químico Bruno Ansörge.

La única costurera era Candelaria Arpi, chilena, moza sin edad definida, en tanto que otra de las damas de lugar Isabel Chamorro, es la madre de Marcos Chamorro, el más joven de los censados que tenía aquel 10 de mayo de 1895 sólo dos años.

Los más viejos serían Antonio Bergese de la Misión y Luis Botazzi, minero, eran los veteranos de cincuenta años.

No se registran en los datos de este censo apellidos que luego se hayan perpetuado en familias antiguas de la localidad. El hecho demográfico europeo no estaba garantizado aún. Los indígenas, ni siguiera incluidos, Sus mujeres, en el mestizaje forzado o inevitable, fueron pediendo identidad racial y nominativa. El celibato de algunos y el golondrinaje de otros no configuraban un afán de poblamiento que tanto tiempo tardaría en manifestarse.




EVOCACIONES* Agosto 24 de 1770. La corona española se muestra vacilante en torno a su soberanía en Malvinas.

El 10 de junio habían sido desalojadas por las fuerzas llegadas del Río de la Plata los ocupantes de puerto Egmont, y ahora temerosos de represalias inglesas, generaban antecedentes excusatorios.

Así fue como en esta fecha de aquel mismo año se dicta la Real Orden dándose por enterado el gobierno español de la salida de la expedición de Madariaga y diciendo que si, al recibo de esta, no ha practicado aún el desalojo de los ingleses, suspenda la operación, 



ordenándole a Bucarelli –gobernador en Buenos Aires- , insista en las protestas “sin proceder a más”.

La orden -eso sí- refiere a las Malvinas y no a las costas patagónicas sobre las cual pesaba también la sospecha de una posesión inglesa.


EVOCACIONES* El 23 de Agosto de 1889 Thomas Greenshiels, recibe el poder para interesar a Malvineros en la adquisición de acciones para las tierras magallánicas.

Se conocía el éxito de la aclimatación ganadera en ese archipiélago. La ventura económica de la producción de lana requerida por las hilanderías inglesas.

Y el tema de estimular a los sectores subalternos de la economía inglesa del lugar a pasar de empleados a propietarios resultaría interesante para solucionar el tema del desarrollo tanto en Magallanes en este momento, como en otro lo fue con Moyano en Santa Cruz.

Pero el gestor de esta medida en el sector chileno era un particular: Mauricio Braun, cuñado del inversionista de origen portugués José Nogueira (foto), concesionario de importantes extensiones de tierras en el sector chileno de la Isla Grande donde se conformaba la Compañía de Hacienda de Ovejas de Tierra del Fuego, a cien libras por acción.



Nogueira tenía para el proyecto 180.000 hectáreas, Mauricio 170.000.




PUERTO HAMBRE de Hugo Covaro.

De su libro DIEZ PEQUEÑAS HISTORIAS MARINERAS es este relato de un destacado narrador del Chubut.

El espacio LITERASUR ha privilegiado en incluirlo, y nosotros no queremos ser menos.


      Sostenido por sus fíeles fantasmas, el viejo capitán soñaba. No era un sueño placentero, su soñar tenía la incertidumbre de la pesadilla, la tortura de estar despierto y soñar un sueño que por repetido, cada día es menos cierto.
      Pedro Sarmiento de Gamboa, Gobernador y Capitán del Estrecho, visionario, astrólogo, respetado cartógrafo, escribiente de armados sonetos, aventurero loco o simple fabricante de anillos y filtros mágicos, recorría los oscuros rincones de la Corte del rey Felipe, como un ciego que necesitaba tocar las conocidas cosas que marcaban su previsible derrotero. Nada veía de lo que aparecía y pasaba delante de sus ojos tormentosos. Su deambular era una ruta que llevaba a lejanos confines, a ignotas regiones de soledad y espanto donde empezaba o terminaba la codicia del mundo y el hombre era apenas la sombra de un delirio antiguo. A esa hora y en ese sitio, para felicidad del monarca, herederos y descendientes, volvería a fundar la Ciudad del Nombre de Jesús al abrigo de una barranca, a media legua del Cabo de las Vírgenes y con el mismo rito que aquel domingo 11 de febrero de 1584.
        Unos pasos, sólo unos pasos dados en el silencio de la gran sala, lo llevaron hasta el palo de la justicia, donde el rostro del conjurado, natural de Alcalá de Guadaira, Sebastián Salvador, lo miraba transido de rencor con la muerte puesta en sus pupilas güeras. Con sólo girar la noble cabeza tuvo al alcance de su mano fuerte la vergüenza para Diego de Ribera y su escudero, Antón Pablos, fariseos que no se animaron a mirarlo, condenados por el pecado de haber abandonado a sus hermanos desvalidos en el más atroz de los desamparos. Y cuando creía que habían quedado atrás esos personajes abominables, las siluetas decapitadas de Juan Rodríguez y Juan Arroyo dejaron por un instante el profano sepulcro de Ciudad del Rey Felipe, acicateados por un rencor inextinguible.
       Caminó erguido, con la gallardía puesta a volar como un blasón luminoso, invicto estandarte enarbolado sobre las ruinas de su alma. No había podido cobrar los sueldos que le adeudaban. Se sentía pobre, aunque se sabía noble y casi no le dolía que su majestad demorara casi tres años en pagar los doscientos mil maravedíes que sicarios de Enrique de Navarra pedían por su libertad. Demasiado tarde comprendería que el rescate de la lúgubre mazmorra de Mont-Masan había sido pagado con su propio dinero. Pero la herida era otra, honda y secreta, antigua e incurable. El recuerdo de aquellos trágicos pobladores del Estrecho, desterrados en ese inclemente territorio de hambre y locura lo perseguían. A veces, en medio de tanta oscuridad un rayo de luz iluminaba sus horas de cordura con breve relámpago y podía ver entonces aquella tierra de salvaje belleza, hembra desdeñosa, que parecía hechizarlo con sus montañas nevadas, prisioneras de un mar azul y hondo. Ese mismo mar, que desataba la furia escondida en borrascosas entrañas para lavar con tempestades la alucinada memoria de sus invasores. Y era entonces cuando resonaban en sus oídos las palabras de Túpac Amaru, ese muchacho ingenuo y valiente, hijo de Manco Inca, - último soberano de los descendientes del sol de América - preguntándole antes de ser ajusticiado:
           -"¿Pues para matarme me persuadieron que me bautizase y me hiciese cristiano?"
          El viejo capitán meneaba su cabeza como no queriendo escuchar ese reclamo ominoso. Pero sentía que sus botas desandaban el camino empedrado que llevaba al Machu Picchu, la sagrada ciudad fortaleza del imperio conquistado. Podía oler el aliento caliente del trópico en el rumor del Urubamba, que acezando antiguos celos, soltaba por la virginidad de la selva su colosal anaconda alazana.
     El recuerdo -esa trampa engañosa de la memoria- le había preguntado más de una vez al viejo marinero de qué había muerto Diego López de Zúñiga y Velasco, conde de Nieva, veleidoso virrey del Perú. Detuvo el paso, miró la claridad hiriente que invadía la fastuosa residencia, hizo como que pensaba, sonrió con desgano, y reinició la marcha rumbo a nuevas alucinaciones.
         No había podido hablar con el rey por esos días y presentía que Su Majestad evitaba el encuentro. ¡Negarle esa gracia a él, que con rotunda justicia nombraban Caballero de Galicia! Justo a él, que había sido el primero en clavar en aquellas tierras inconquistadas del Estrecho de la Madre de Dios, el emblema con las armas de Felipe II desafiando los misterios del austro; y el crucifijo -ese símbolo omnímodo y atroz- evidencia de un designio ineluctable.
     Le habían ofrecido ser el Almirante de la Armada para defender de la piratería inglesa la flota de galeones que traficaban con las riquezas de las Indias. ¡Pobre tarea para un hombre singular, hecho a mano por la providencia, lleno de valor y nobleza, martirio e infortunio y herido de muerte por la gloria!
         La Historia diría en una brumosa página que murió una tibia mañana de julio de 1592 cerca de Lisboa, olvidado, solo y desnudo de todo honor y reconocimiento.
(*) Escritor comodorense. De su libro “Diez pequeñas historias marineras”.

Las noches invernales.


Había un orden que cambia con la llegada del invierno.
Mi cama se mudaba a la pieza de mis padres y el dormitorio permanecía cerrado la noche y Buena parte del día.
De esta forma me conseguía concentrar el calor que partiendo de un calentador de fierro, sobre el pasillo de la casa, invadía levemente los dormitorios. Cerrado uno, se beneficiaba el otro.
No es que haya cambiado la temperatura, cuando me fuí hacienda más grande esta situación cambió y ya no hubo mudanzas de cama. Algún pudor se impuso sobre la necesidad de abrigo.
En los primeros tiempos la bolsa de agua caliente era presencia obligada en cada cama. Se le llamaba guatero, pero no iba a la guata, sino a los pies. Yo no soportaba dormer con media pero había quien lo hacía. Mamá que siempre cosía me acercaba pedazos de tela con los que hacía gorritas para ella y papa, y también para mi, pensando que de esta forma protegería del chiflete nuestros cráneos. El chiflete siempre estaba presente, por algún lugar difícil de determinar, llegaba ese delgado hilo de aire frío que ostigaba las partes descubiertas de nuestro cuerpo.
Con los años la bolsa de agua caliente vino más segura: ya no era el simple tapón, sino que el tapón se atornillaba. Siempre se hablaba de un descuido que terminaba por abrirla y quemar a su dueño, o bien dejar en pésimas condiciones al colchón.
Hubo un tiempo que mi padre contrajo reumatismos varios y se le recomendó ladrillos refractarios. Los consiguió de un horno en desuso y se calentaban en la blanca cocina económica. Como raspaban se los envolvía en una frazada vieja, más tarde mama le hizo una funda y también tejió una funda par alas bolsas de agua.
Me parece que en invierno los sueños eran diferentes, duraban más y ocurrían en tiempo real.
Ya para finales de mi adolescencia estos elementos de calefacción nocturne habían desaparecido. Mamá planchaba las sábanas –al menos la de abajo- antes que uno fuera a dormer. Quedábamos con ese olor particular de la tela tostada, y al mismo tiempo espantaba la humedad que hacía sentir aveces las sábanas como si fueran de lata.
No era usual tener calefacción en los dormitories. Los vidrios amanecían mostrando una telaraña de hielo que solíamos raspar para mirar afuera. Una vez dibujé en ellos un corazón y un nombre.
Al ancochecer se entraba la ropa congelada. Se la traía del cordel que había en el patio. Colocada frente al calentador sus estáticas figuras se iban derritiendo, en agónica danza. Cuando terminaban en el suelo se las preparaba para planchar.
Ese era trabajo nocturne de mi madre: planchas la ropa, escuchar la radio y preparer el pan. Mi padre al despertar temprano terminaba de sacudir la masa sobre la sólida mesa, produciendo un ruido que despertaba al vecindario. El pan luego iba al horno y en cierto momento, cuando el se había ido, corríamos a levantarnos para comer pancito caliente. Él no lo consumía de esta forma, decía que era malo para la digestion.
El perro debía dormir afuera, para eso tenía su cucha.
El gato tenía su lugar de privilegio bajo la cocina. Cuando andaba adormilado y lagañoso se decía que el artefacto gasificaba mal –estaba adaptado a gas, con un grueso quemador- entonces se debía limpiar la instalación que volvía a tener una perfecta llama azul. El gato comenzaba a andar major y si antes el gas hacía picar los ojos ahora ya no lo hacía más y su combustión se volvía silenciosa. La cocina tenía un caño de salida que en muchos casos buscaba lugar por una ventana, formando un codo que emergía por uno de los pequeños vidrios que componían esta entrada de luz.
La cocinas adaptadas permitían que si no había gas se las pudiera cargar con leña la que siempre había en cierta cantidad y convertida en estilla, secándose en el horno cuando no se usaba.
Como el agua tendía a congelarse siempre había un delgado hilo que salía de la canilla.
En invierno desaparecían los vientos. En el patio había un avión de madera a modo de veleta. Generalmente por su quietud y las inclemencias del tiempo solía congelarse.
El gallo cantaba más tarde y las gallinas dejaban de poner. Un día una de ellas fue subiendo a un sauce buscando calor solar en la altura. Y no la pudimos bajar. Pasó una noche y al día siguiente mi padre la tocó con el mango del rastrillo: el ave de corral había muerto congelada. De imprevisto cayó sobre sus patas que la dejaron colgando como un singular murciélago, boca a abajo.

Yo me fui olvidando de muchas de estas cosas, el invierno era el tiempo de los trineos y los patines, de jugar al pirata o la latita. Si se cortaba el gas en la escuela teníamos gimnasia de continuo para entrar en calor. Tal vez al día siguiente todo los problemas se superaran.

De Patagonia a Tierra del Fuego El camino del chilote.

REPORT - Argentina, Viaje. La presentación de un escrito mio en Wall Street International Magazine, es compartida con los seguidores meridionales de estos espacios construidos para hacer crecer nuestra identidad sureña.

De Patagonia a Tierra del Fuego

”Y ellos llegaron para ganar un mundo, sabiendo lo mucho que estaban perdiendo”.
La América Meridional muestra tres importantes archipiélagos: en el Atlántico el de Malvinas, en el Pacífico el de Chiloé, y en la conjunción de los dos océanos uno que se configura en torno a la Isla Grande de Tierra del Fuego.
A la hora del poblamiento blanco los tres interactuaron para dar lugar a una economía confluyente con la egemonía británica de esa hora: la ganadería ovina.
De modo particular la Isla Grande de Chiloé fue tributaria de la Patagonia –dividida entre Chile y Argentina- para proporcionar sus excedentes poblacionales que se constituyeron en el sustrato trabajador de la región.
Un tipo mestizo –fusión de antiguos linajes españoles que resistieron a la idependencia y los nativos del lugar, gente de mar- llegó hasta la Tierra del Fuego para incorporarse a las tareas rurales, y luego por extensión –cuando se dio la posibilidad de traer familia- hicieron crecer los pueblos.
Hasta no hace mucho tiempo la población de origen chilote (*) era el núcleo fundamental de la clase obrera. En el caso del norte fueguino –costa atlántica desde donde escribimos- esta situación recién se entró a revertir por los años 70, cuando un conflicto por la posesión de tres islas en el Canal de Beagle casi enfrentó a Chile y Argentina, países que nunca estuvieron en guerra.
Desde Buenos Aires se estimuló el poblamiento del sur con connacionales, mientras que en Chile se experimentaba los efectos de las políticas de Pinochet.
Luego de un conjunto de desplazados políticos y sociales, que se sucedieron al golpe de estado de 1973, ya disminuyó la migración chilena al sur argentino. Migrante se volvía a la vez para la dictadura argentina –concretada en 1976- como sospechoso de un detestable izquierdismo.
Pero los chilotes que habían hecho patria en este sur no volvían a su lugar de origen. Y en ellos y sus hijos comenzó a crecer la mística de lo que fue su epopeya poblacional.
La que hoy podemos enunciar con el siguiente título:
EL CAMINO DEL CHILOTE.
Nuestra población rural es, predominantemente, de origen chileno, y si un lugar fue generoso éste se llama archipiélago de Chiloé. Con anterioridad a ellos la peonada rural era europea, pero al llegar la Gran Guerra partieron gran parte de ellos a cumplir con sus banderas no regresando todos al fin de la contienda. Su lugar fue ocupado por el chilote en gran medida y, en segundo orden, por los hijos de yugoeslavos, muchos de estos últimos iniciando el despoblamiento de Porvenir –sobre el Estrecho de Magallanes- al descender a oficios más humildes que los alcanzados por los padres o, las mujeres, al formar su matrimonio con residentes en el norte fueguino argentino.
Pero nuestras conclusiones abarcarán la vida del obrero rural de origen chileno, fundamentalmente el chilote, y para eso dibujaos el camino que, como una constante, aparece en el relato de tantos que hicieron a nuestro pueblo.
a) Se partía del pueblo natal con cierto agobio económico en un barco que los obligaba a atravesar el Golfo de Penas, con no pocos infortunios marineros, se encontraba en Punta Arenas un nudo distributivo de las oportunidades laborales que en gran medida terminaba alojándolos en el campo argentino. El viaje se hacía con el hacinamiento propio de la tercera clase y/o la bodega.
b) Porvenir los invitaba a llegar hasta las estancias de nuestra zona. A veces se daba algún intento de probar suerte en los grandes establecimientos de la Explotadora. Un vehículo de correo los acercaba hasta el mismo Río Grande, no faltando los casos en que la travesía se hacía de a caballo –con algún animalito prestado por algún paisano- o simplemente caminando, eludiendo en estos casos el paso fronterizo de San Sebastián, para acortar camino, o simplemente –más cuando estábamos entre menores de edad- evitar la presentación de documentos que la policía exigía solamente en el paso. El camino entonces era más al Sur ingresando por el Río Chico. Un poncho era casi todo el equipaje; en cualquier estancia, a la que se llegara de pasajero, había techo y comida.
c) Esto ocurría en septiembre.
d) Muy pocos acudían a un pariente o paisano para que les haga de gestor laboral. Llegar al pueblo significaba casi siempre pagar pensión y no se traía presupuesto para ello. Entonces, la inmediata presentación en las estancias posibilitaba el empleo, y la inmediata manutención por cuenta del empleador. Los administradores de las grandes estancias esperaban primero la llegada de la gente conocida y competente que emplearan en años anteriores; sólo a falta de ellos o por una emergencia de días que a veces resultaba definitiva, el novato conseguía empleo. En las estancias chicas la circunstancia era distinta, los sueldos también y con ello la incertidumbre para algunos que corrieron la suerte de no encontrar el mejor patrón.
e) Así nacía el ayudante de cocina, el campañista, el peón, el ovejero, el ayudante de alambrado, el carnicero, el puestero, el chofer... En el campo se aprendía de todo.
f) Cada mes de mayo –comienzo del invierno austral- representaba la paralización de las actividades rurales hasta que llegara la primavera, entonces se regresaba –ahora con algo más de dinero- por barco hasta Punta Arenas, o cómodamente en un correo terrestre hasta Porvenir. No todos seguían hasta su Chiloé, pelechaban en invierno en Punta Arenas con la fuerte moneda argentina que en muchos casos recién cobraban en bancos de esa plaza y algunos disfrutaban recién, y por algunos días, por todos los sinsabores de la incesante tarea rural antes experimentada. Muy pocos tenían la oportunidad de seguir en la estancia durante el invierno, ese mérito se conseguía con los años. Casi nadie encontraba motivos inmediatos para quedarse en Río Grande, muy pocos se aventuraban al norte argentino, o a la costa. Tal vez aquellos que querían eludir el servicio militar en su país, y esperaban con el tiempo alguna amnistía.
g) Con los años estaba quien se hacía de cierto capitalito y, más que nada, de un empleo seguro; entonces llegaba el momento de volver a Chiloé a buscar mujer y no se demoraba mucho en el trámite. Es que nuestro chilote ya volvía vestido de argentino: bombacha y botas, campera de cuero y pañuelo al cuello y firme del lado del tirador. La paisana debía ser “de un solo pueblo”, casi siempre más joven, a veces una niña y se partía, en muchos casos, con el consentimiento del patrón para recibirla en tareas afines a la cocina, o en desempeños calificados como “el matrimonio” donde se prestaba trabajo en la “casa grande”.
h) Si no era así, la flamante esposa debía quedar en el pueblo, en pensión o en casa de algún conocido que ya se había independizado de las tareas rurales. A veces se la dejaba en Porvenir o en Punta Arenas en igual situación, pero más que nada por que un hijo venía en camino y así nacía en la patria... o bien con una atención médica que acá todavía no se prodigaba.
i) Al crecer los hijos, vivir en el pueblo era ya un imperativo. Algunos se volvían bolicheros, otros se esmeraban en algún oficio: carpintero, mecánico o se empleaban en los caminos, el frigorífico, la esquila, el puerto y el caponero, es decir: asegurarse un fuerte ingreso en cierta época del año y aguantar el resto.
j) La casa era el gran paso. Precaria pero propia, el terreno también lo era. Las grandes extensiones de aquellos días permitían al industrioso generar la quinta y el gallinero, otra fuente de supervivencia. Los que llegaron a tiempo encontraron en el gobernador Ernesto Campos el gran benefactor, el que le dio tierras a todo el mundo. La minga prosperaba a veces, donde también se recibía la ayuda de los paisanos a cambio de una comida en el patio; entre los evangélicos la solidaridad fue mucho más notoria.
k) Los hijos del chilote crecieron argentinos sin abandonar buena parte de las costumbres de su mayores con una dependencia, en muchos aspectos, de esa ecúmene de nuestro desarrollo que fue Punta Arenas, más que el Chiloé de origen. Allá había quedado un tiempo de privaciones, muchos parientes fueron llegando alentados por el feliz destino de esta tierra y los pocos que quedaron pudieron vivir mejor con lo poco que tenían.
l) La gran mayoría de los chilotes que he entrevistado se han naturalizado, reconocen que todo lo que tienen se lo deben esta tierra. No parecen haber tenido conflictos sociales con nadie, pese a que durante muchos años el argentino –el funcionario más que nada- los miró con recelos impuestos desde su norte de origen.
m) Será por eso que muchos de ellos evitan decir que son “chilotes”, calificativo que ha sido utilizado despectivamente por los mismos chilenos y que en tantos casos es fácilmente olvidado por sus hijos. Un buen día de estos, llegado un 20 de Junio, vistiendo el uniforme argentino juraba ante la nueva bandera de la familia. El Trauco y el Caleuche pasaron a ser voces humorísticas, las comidas tradicionales un culto que quedó solamente en manos de las abuelas... Las hijas miraban con buenos ojos a un recién llegado y así, algún colimbita del interior, o algún empleadito porteño, misturaba su indiosincracia con lo que quedaba de una familia de Quinchao.
n) La gran mayoría de nuestros chilotes recuerda lo difícil que era vivir sin agua, luz ni gas; el susto en el terremoto del ’49 que les hizo recordar tragedias propias, la gran nevada del ’54, el surgimiento del petróleo, el bote cruzando el río y los aviones que daban más de un susto, lo rápido que crecieron los hijos y lo difícil que les resultó –por instrucción y privilegios- competir con cierta gente venida “más ahora”, lo absurdos de ciertos odios sembrados durante algunos gobiernos impopulares, o en algunas campañas electorales... y uno que otro encontronazo con la policía cuando ésta quiso participar de una fiesta.
o) Fueron llenando los cementerios de Río Grande, simplemente por que dieron su vida a esta nueva tierra, y casi todos coincidieron que no hizo falta más que trabajo para llegar a ser felices...

(*) El término chilote, que empleamos para identificar a la población llegada del archipiélago de Chiloé, no es plenamente aceptado. En el mismo Chile es objeto de denigración, y en Argentina es utilizada de la misma manera, englobando a los nacidos en esas islas como los chilenos en su conjunto. Así aparece un verbo: chilotear. Descalificación dirigida a los habitantes de Chiloé ejercida desde otros lugares de Chile, y desde Argentina englobando a todos los chilenos. Durante un tiempo ellos mismos negaba su identidad nominal, hablaban de que en realidad se llamarían chiloenses, o formaban asociaciones bajo el pomposo nombre de “Hijos de Chiloé”, pero chilotes nunca. Caso del Centro Social de Hijos de Chiloé fundado el 25 de julio de 1943 en Porvenir – Tierra del Fuego chilena. Al decir del Profesor Mario Palma Godoy la chilotización penetra en las familias de ese origen, y los hijos se convierte a veces –como para eludir discriminaciones- en los mayores chiloteadores.
Publicado: Martes, 13 Agosto 2013
Autor: Mingo Gutierrez

TRÍPTICA NACIONAL. HISTORIA.5. La deuda externa

En el año 1824 el gobierno de la Provincia de Buenos Aires por ese entonces a cargo del gobernador Martín Rodríguez, negoció con la compañía bancaria Baring Brothers de Londres, Inglaterra, un empréstito por un millón de libras dando, origen a la deuda externa argentina.  Circulan, entre los historiadores, distintas versiones, algunas determinan que el monto que arribó al país no fue mayor a 160.000 libras.

 Esta actitud de vincularse de manera dependiente con el capital inglés no fue exclusiva de los gobernantes rioplatenses.  En 1825 Bolivar que había contraído grandes deudas en su causa libertaria decía: Aborrezco más las deudas que a los españoles, y descubre la manera de pagarlas: he indicado al gobierno del Perú que venda a la Inglaterra todas sus minas, todas sus tierras y propiedades y todos los demás arbitrios del gobierno, por su deuda nacional, que no baja de veinte millones..  Y por 1826 ya teníamos en Buenos Aires un agente inglés: Bernardino Rivadavia.  Y el capitalismo británico fabrica en función de su clientela argentina.
 En Birmingan fabrican pavas para calentar el agua del mate, y muy pronto comienzan a llegar las boleadoras y los lazos británicos para competir con los productos de la criollada. Un poncho tejido en Liverpool cuesta cinco veces menos que uno fabricado en Catamarca.  Los billetes se imprimen en Londres y el Banco Nacional tiene una mayoría de accionistas británicos, monopoliza la emisión en el país.
A través de ese banco opera la River Plate Mining Association, que le paga al presidente argentino un sueldo anual de mil doscientas libras.

 En Inglaterra gobernaba  George Canning (imagen) quien propuso que ya era hora de terminar con el tiempo de las glorias militares, para comenzar con las argucias diplomáticas.  Hasta entonces, es verdad, habían hecho mucho más por Inglaterra los contrabandista que los generales; y en este tiempo son los mercaderes y los banqueros los que ganarán las grandes batallas por el dominio del mundo.

Memorias eleccionarias.2 Carlos María Ratier.

Ahora si, puede que la máquina del recuerdo se ponga en movimiento. Desde Misiones me ha llegado un interesante testimonio. Integrante de la lista 1 que ahora falta y deja el lugar privilegiado de reunir las primeras listas de izquierda a derecha, la que fuera del partido de Arturo Frondizi: el Movimiento de Integración y Desarrollo.



Se acababa de conciliar la representación partidaria del M.I.D. , irían Mora padre y Néstor Ameri como diputados, el basquebolista Kiko Kovacic sería Intendente, Emilia Bonifetti y Carlos Ratier propuestos como concejales.

Había que dar a conocer las propuestas partidarias y dar a conocer los nombres de los que la llevarían adelante. El día anterior se habían recibido los afiches desarrollistas y habían que pegarlos. Se llamó a reunión y allí se resolvió que al día siguiente todos pegarían los carteles. Llegó el momento y además de los candidatos estaban los mellizos Donoso, Carlos Brea, Rafael Mondaca, Héctor Grieco, entre otros, y los hijos adolescentes como Ana Lía y Martín Ratier.

Todo ellos se juntaron en el local partidario calle Espora, vecino de Barbarella, la reina de la noche.

Había que preparan tachos con engrudo con la harina que cada uno trajo, otros desenroscaban los afiches y quedó todo preparado. Se salió a las 22 horas en noche muy fría. Se decidió comenzar por las calles aledañas con profusión de oscuridad. Es que la falta de experiencia de los participantes hacía temer por la rivalidad política que podría encontrarse.

Como a las media noche el grupo había llegado a la Av. San Martín y encontró que Jorge Amena de la UCR , ya había ocupado todos los lugares de posible publicidad. Nueva reunión de consorcio y el grupo resolvió pegar encima de la publicidad de los radicales.

El grupo se dividió y el mas cercano de Ameri comenzó a engrudar los afiches de Amena que estaban en la caseta de la Cooperativa Eléctrica de la esquina de Piedrabuena y San Martín y pegaron sus afiches encima.

En eso estaban cuando de las oscuridades del negocio de Puget se apareció Jorge Amena en persona acompañado de su grupo militante, todos portando palos a modo de libro de quejas. ¿qué hacen? dijo Amena, y, ya lo ves, contestó Ameri.

La disputa continuó y concordaron en que ya no se anularía al rival de esa forma, sino que se pegarían afiches alternados para no desperdiciar tanto gasto de imprenta y de harina. El conciliábulo finalizó y Ameri convocó a todos a juntarse en media hora en el local partidario para sacar conclusiones. Se hizo experiencia, y asi, todos engrudados en manos y ropas y muertos de frío, se convencieron que nunca repetirían eso de andar pegando afiches sobre afiches de adversarios políticos. .
·        
·       Carlos Maria Ratier Duarte Ricardo Alfonsín se impuso en esas elecciones y le cupo la difícil tarea de reestablecer la democracia perdida en la Argentina

Memorias eleccionarias.

Hace unos días propuse a mis amigos en facebook, muchos de los cuales son o fueron candidatos en pasadas elecciones, que transmitan sus recuerdos y experiencias de la última elección en que les tocó participar.

La convocatoria no tuvo éxito.

Por lo que debo cerrar el tema, salvo que alguien ahora se anime, recordando como me fue a mi.


Participé en las elecciones que dieron salida a la democracia en 1983.
La elección del 30 de octubre que llevó a Alfonsín a la presidencia, a Martín Torres y Adolfo Sciurano a la Cámara de Diputados.Se elegía la primera Legislatura fueguina, y ese mismo día, por primera vez un fueguino y un peronista a la vez: Esteban Martínez “Chiquito” a la Intendencia de Río Grande, y entre los concejales a mi.

Una noche recibí un llamado telefónico de Marcos Mora, el partido se reunía en Ushuaia para conformar sus listas de candidate. Mi sector, el de la Unidad Básica Eva Perón, había perdido las internas ante los compañeros de la Unidad Básica 17 de octubre; sin embargo la oferta era ganadora: Segundo lugar en la lista de concejales, que para el peronisto debía ser un puesto seguro. A nivel legislativo Carlos Andino –también de la Eva- iría como legislador, y así entró como uno de los más jóvenes del cuerpo.

Las reuniones convocantes siguieron siendo la de la propia Unidad, y entre nuestros referents estaba el diálogo con el otro sector. Yo tenía mis dos ocupaciones desde hacia un tiempo: supervisor en Radio Nacional y profesor en el Instituto Secundario Don Bosco. En el primero de los desempeños me abstuve de tareas periodísticas que pudieran significar llevar agua para mi Molino. Por esos días ingresaba un número importante de compañeros y había que orientarlos en los aspectos metodológicos de las nuevas tareas. En el segundo desempeño los alumous trataban de desviar mis conversaciones hacia el terreno político, para ver menguadas sus responsabilidades estudiantiles.

No hubo que tomarse un día solo de licencia para realizar la campaña que en todo casos ocupaba los tiempos libres.

No hubo visitas casa por casa, muchos medios de comunicación no había para hablar, no eran muchos los que se animaban a hacerlo por la única radio o el único canal.

La experiencias había sido estremecedora. Un día fuimos los tres sectores del peronismo. El de Ester que se presentço tocando el bombo y con poncho, secundada por Carlos Manfredotti. El de la 17, y nosotros (nosotros éramos Meneca Velázquez, Carlos Andino y yo). Nos tocó en el medio y expusimos un programa de acciones que creíamos superador de todos los problemas y realmente revolucionario (aunque por entonces esta palabra estaba postergada) Después de esto entraron los compañeros de la 17: el Nene Martínez, Martín Torres y Domingo Montes, entre otros. En ellos hubo definición contundente sobre el tipo de peronismo que debíamos representar, fue cuando mi tocayo dijo: “Hemos escuchado con atención las propuestas de la Patria Pesadora –esos éramos nosotros- y nos felicitamos de tener compañeros como estos, porque nosotros tenemos una propuesta tal vez mas sencilla, pero que se fundamenta en la gran preocupación de nuestro movimiento, trabajar por sobre todas las cosas por la felicidad de nuestro pueblo”. Con tamaña definición teníamos todas las de perder y perdimos. Mucho era entonces que se nos dieran cargos con posibilidades de ganar.

En la campaña nos se nos pidió plata a los candidatos, ya hacíamos un aporte para la Unidad Básica, y más tarde al ser electos el 5% de contribución partidaria.

Recuerdo un acto importante, en el quincho de Petroleros Privados, hubo varios oradores, me tocó también a mi. El recinto estaba colmado, se canto la marcha partidaria que la gran mayoría conocía a la perfección aunque prestaban atención a lo bien que lo hacía su candidato a Diputado.

No hubo afiches, las pintadas con nuestros nombres se hacían con brocha color y en color azul. El aerosol era escaso.

Hubo un fin de campaña con caravana. Yo salí con mi Ford Taunus 1981, el primer auto que tuve, y los compañeros me lo embadurnaron con afiches de Luder.Bittel, los candidatos presidenciales. El problema vino después: Yolanda, mi esposa que era radical,  debía  salir al día siguiente también de caravana de cierre con el mismo auto.

Los radicales habían iniciado su campaña meses antes con la presencia de Alfonsín, y la cerraban en Río Grande con el humorista Mario Sapag que lo imitaba, en una gran convocatoria en el Centro Deportivo.


Dos situaciones que se dieron en el tiempo recordaré para cerrar estos testimonies.

Un día me llamó Guillermo Boucho, por entonces trabajando en su programa Documento Semanal. Tenía todas las grabaciones –hoy le llamaríamos spot televisivos- grabados por los candidatos de los partidos, en aquel momento. La precariedad de los discursos era evidente, la democracia tardaría mucho en convertir en oradores a sus referentes. Pero lo gracioso es que Guillermo guardó todas las  tomas que fueron desechadas, donde aparecíamos generalmente balbuceantes, silabeantes e indecisos.


Y lo último para recorder. Juan Carlos Lara que me contó que sobre el muro del hospital existía todavía una pintada que decia Mingo Gutiérrez. Concejal. Sin ninguna identificación partidaria. La pintada sobre la calle Piedra Buena se perdería ante la inminente reforma y ampliación del recinto. Allí concurrí un mediodía con una cámara pocket para registrar esa imágen. Luego de hacer la toma de la misma se me ocurrió que bueno sería aparecer yo también en la foto, entonces intercepté a un muchacho que venía –medio encapuchado- caminando desde Ameghino. Le expliqué mi necesidad y el se acomodó para sacar una buena foto. Cuando hizo click me acerque, con una sonrisa, pero su sonrisa fue mayor, se puso la cámara en el bolsillo canguro de su anorak y salió corriendo y corriendo... 

Demás está decir que yo ya no estaba para esos trotes. 
Lo mismo que para las nuevas campañas electorales.