Desperté con la inquietud literaria sobre ciertas calamidades tan propias de nuestro lugar, yo la he experimentado en casa propia, como es el tema de los incendios de viviendas.
Y encarrilé a buscar
producciones sobre la materia.
Como suele ocurrir, uno
investiga su propia práctica narrativa, y así encontré una descripción del
incendio de La Misión de Nuestra Señora de La Candelaria, fuego destructivo que
se desarrolló en el segundo emplazamiento de ese establecimiento, por donde hoy
está el cementerio.
El primero de septiembre se realiza el primer
casamiento. Las mujeres que tenían esposo lejos, y las viudas, comienzan a
enviar noticias a su gente que los hombres también se pueden quedar a vivir
allí…
Pero la maldición del fuego -como una prueba de Job-
cae sobre los hijos de Don Bosco.
Se contó tiempo después que una de las
indiecitas a las que la cocinera enviaba a tirar las cenizas fue sorprendida
por una ráfaga de viento… de ahí llamamos que asaltaron la vivienda de las
Hermanas.
El desastre se propaga, los indios
aterrorizados, gritaban y lloraban desesperadamente.
El hospicio de los niños quedó reducido a
cenizas en menos de una hora.
Se ayudó en lo que se pudo; indios y blancos,
rescatando objetos y enseres de primera necesidad. Dos grandes casas corrieron
la suerte de las primeras construcciones… y también la magnífica iglesia, el
depósito de leña…
Ochenta mil pesos, es decir 160 mil liras se hicieron
humo… en el primer incendio de la bien llamada Tierra de los Fuegos. La
candelaria. El relato nos lleva al 12
de diciembre de 1896, y figura en mi primer libro de relatos publicado en 1989.
Y luego me encontré con ese relato coral que es El pueblo de las flores amarillas,
escrito para el centenario de Río Grande, donde hay un capítulo descriptivo de
estos dramas.
El fuego por asalto.
No hay riograndense
que a la hora de relatar calamidades, propias o cercanas, no tenga memoria
sobre algún incendio.
A principio de los 60 toda una cuadra, 9 de julio entre Alberdi y
Perito, se vio consumida arrasando las llamas desde el Hotel Comercio hasta
Casa Raful, que pronto sería reinagurada como el primer autoservicio del
pueblo: y de por medio se quemó el Club San Martín, el Taller de la Ford, y la
Tienda La Capital. Estrago que consumió el centro del pueblito aquel.
Con ello se pensó que
no se podía esperar iniciativas voluntarias que dieran vida a un cuerpo de
bomberos, y se comenzó a trabajar para que la policía levantara su propio
cuartel; se desligó también de esta responsabilidad al Batallón, que acudía en
cada emergencia para intentar sofocar los incendios aunque sea a los baldazos.
Con los años se
recordará el incendio que consumió al Hotel Atlántida, el denominado La Unión,
donde ya funcionaba el restaurante El Porteñito, el 5 de Octubre, y lo que fue
la gamela de los docentes. Uno un fuego que sorprendió una noche a la
Confitería Roca.
Por aquel entonces se
hablaba de un piromaníaco, situación que se vivió en dos oportunidades una
comprobada y otra comprobada en dos lugares distintos de la población.
Mientras que la suerte
de Raful ya la había tenido La Anónima y Van Aken –también como casa de
electricidad-, la carpintería de Granja, el taller de Galcerán, el Kiosko
Fénix, el depósito de Montecarlo y la Panadería El Cañón. Lugares de
recreación: La Noche, Copacabana, Chocolate, Librería El Quijote y kiosko Pinocho. Zas 3.
Zapatería Santa Rosa, el taller de Saenz y la pinturería de Prinos.
Construcciones
patrimoniales como la casa que fuera de Francisco Bilbao, el Frigorífico –antes
la casa de empleados- donde murió un niñito, y los decesos son otra cuenta
lamentable.
Como recintos
públicos: Gendarmería, la Escuela 8 –que se recuperó con una gran peña en que
actuaron Los del Suquía-, la panadería del Batallón, Rentas, e incluso hubo un
incendio en el cuartel de bomberos voluntarios.
Pero la modernidad del
Río Grande de la 19640 trajo varios incendios de fábricas, o sus depóstitos:
Kenia –dos veces- BGH, Viplastic, Talent, Fisher, Electrofueguina, Río Chico,
Australtex, Ifresa, El Mutún, la gamela de Odisa, La recicladora y Plasticos de la Isla Grande.
Se quemó el coro de la
parroquia, y el parador turístico de la Misión.
En los primeros
tiempos el origen del fuego pareció estar en las instalaciones deficitarias de
calefacción, pero con el tiempo las pericias indicaron que los problemas
pasaron por las instalaciones eléctricas.
Y hasta surgieron
algunas creencias poco demostrables: como que nadie que viva en nuestro Río
Grande pasará su vida sin padecer un incendio, o como que una vez sufrido uno
de estos igneos, quedabas vacunado para un segundo siniestro.
Conversamos sobre el tema con ese agudo observador social que es Marcelo Ledesma, del cual publicamos un posteo en las redes relacionales con estos hechos reiterativos de incendios en nuestro Río Grande.
Hicimos otras consultas que pueden dar una segunda edición para este tema por este mismo blog con otros hombres y mujeres de letras, pero quien nos contestó de inmediato, como suele hacerlo cotidianamente, es Mirtha Aracena, quien hasta nos sugirió medio título para esta presentación.
Fuego en la ciudad del frío
Río Grande, la ciudad
donde el viento es dueño de las calles y el mar susurra historias antiguas, hoy
despierta con un rugido distinto. No es el aullido del viento, ni el crujir de
las olas contra la costa, sino el estallido del fuego, el enemigo inesperado
que consume con furia lo que tardó años en construirse.
Las llamas se elevan
en el cielo gris, devorando maderas, techos, recuerdos. En Margen Sur, donde
las chacras dan fruto al esfuerzo y las casas humildes resguardan sueños, el
incendio avanza sin tregua. El aire, cargado de cenizas y humo, ahoga la
esperanza de quienes ven cómo el fuego arrastra sus pertenencias, sus
historias, su vida misma.
Los bomberos luchan
contra la tormenta de llamas, el viento juega en su contra, avivando cada
chispa, llevando brasas a rincones donde el peligro aún no había llegado. Las
sirenas gritan, las manos desesperadas lanzan agua, las miradas se llenan de
impotencia. Pero Río Grande no se rinde.
Los vecinos se abrazan
en medio del desastre. No importa si el fuego se llevó una casa o un barrio entero,
la comunidad se alza como un solo cuerpo, compartiendo lo poco que queda,
levantando ladrillos sobre cenizas, reconstruyendo con el corazón lo que el
fuego intentó arrebatar.
Porque Río Grande es
más fuerte que cualquier incendio. Es su gente, su historia, su espíritu
inquebrantable. Y aunque hoy el humo cubra el cielo, mañana volverá a amanecer
sobre una ciudad que nunca deja de renacer.
La foto corresponde a una imagen tomada por Minuto fueguino, atentos a todo lo que pasa, dieron detalles del último incendio en la Margen Sur.
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