La primera estancia fueguina tiene accesos por tierra y por mar. Nosotros llegamos como tantas veces en una lenta travesía en automóvil, era otoño, el flujo turístico del verano había disminuido, la callejuela que separa las nuevas construcciones de las históricas nos invitaba a caminar sobre el entarimado de maderas, la tarde crujía.
Una voces en inglés, inglés de guía turístico explicaba el origen de la construcción. Llegó con un plano para armar, pero los planos no coincidían y los carpinteros locales tuvieron que improvisar.
Muelles y muellecitos, en otros tiempos puntos de recalados de goletas y veleros, de balleneras y canoas yámanas.
Todavía en aquel momento tener televisión significaba levantar importantes antenas, y orientarlas.
Y estas construcciones para pasar el invierno.
La alta escalera, acceso invernal por si de pronto la nieve hacía de las suyas.
Las tumbas de la familia, en el cementerio interior, reflejan el reconocimiento de las segundas generaciones por las primeras, y la fusión entre los apellidos misioneros: Bridges y Lawrence.
En tanto que no falta la referencia afectiva por un perro, que fue sepultado en las cercanías de las tumbas patronales.
Aborígenes que trabajaron en el establecimiento, o cuyos restos fueron encontrados en las inmediaciones tienen su humilde sañalamiento en cruces de madera. Y cada vez va quedando menos gente que pueda hablar de ellos.












