EVOCACIONES**** Julio 22, de 1894. PARTE EL TORINO Cargado de víveres, ropas y material de construcción, desde Punta Arenas el vapor Torino rumbo a la Misión La Candelaria.


Ese destino recién puede ser alcanzado el 10 de agosto, debido a los incesantes temporales que se cruzaron en su derrotero. El prefecto apostólico venía haciendo diligencias a más no poder con el propósito de abastecer a la misión ubicada en las proximidades de Río Grande. Ya había remitido 50 bueyes y se había comprometido a un envío adicional de otro medio centenar de vacas y otros elementos imprescindibles para el sostenimiento y consolidación de la radicación salesiana. El 30 de mayo, Fagnano había comprado en Santiago de Chile la embarcación para cumplir la tarea de mantener comunicadas a las avanzadas salesianas. Al llegar, encontraron una treintena de indígenas, cuatro días después, se sumaron cuarenta y cinco indios más. Antes de regresar a la ciudad magallánica, Fagnano asignó un nuevo sitio a la Misión, a la vera de tres manantiales y distantes, del puerto más o menos una legua. Partió el 16 de agosto, mientras el Torino abandonaba el puerto, vio a unos doscientos aborígenes alborozados cruzar el río Grande con destino a la Misión.


 Monseñor José Fagnano movía desde Punta Arenas todos los resortes necesarios para asegurar el abastecimiento de los hermanos del río Grande. Es por eso que un día como el de hou, el 22 de julio zarpa  a bordo de la tan suspirada embarcación de 150 toneladas, 450 caballos de fuerza y 300 toneladas de capacidad de carga, la cual, registrada bajo el nombre TORINO cumplió una destacada labor en apoyo de las misiones salesianas de Dawson y Río Grande.




EVOCACIONES***Julio 21, de 1887. Llegan los salesianos a Punta Arenas.



Formaban parte de la avanzada misionera destinada por Don Bosco a lo que será la Prefectura Apostólica una espacio comprendidos por dominios ingleses, chilenos y argentinos.

Integran el grupo Antonio Ferreo y Forturnato Griffa, que venían de Uruguay, el Coadjutor José Audisio, junto a monseñor José Fagnano.

Griffa, es acólito, seminarista, y dejará escritas sus impresiones de aquel día.

Al atardecer del 21 de julio de 1887, el vapor Thebem de la Cía Hamburgesa Kosmos anclaba en Punta Arenas, última población del continente americano.

En el cielo flotaban nubarrones cenicientos y la temperatura era muy fría. Las pocas casas que formaban la población, diseminadas por el declive del cerro, estban cubiertas por un blanco manto de nieve y, vistas desde el vapor, presentaban un aspecto fantástico.

Después de los trámites de costumbre con las autoridades marítimas, los pasajeros que veníamos a Punta Arenas, bajamos a tierra. Éramos cuatro salesianos que por primera vez llegábamos a estas frías y apartadas regiones.

¿Qué diferencia entre nuestra llegada a Punta Arenas y la de tantos misioneros que habían desembarcado en otros puertos de América. Muchos de ellos, recibidos casi triunfalmente por las poblaciones que los esperaban con ansia y obsequiados por las autoridades civiles y eclesiásticas, encontraron a su disposición locales ya preparados que le  habías dispuestos la generosa previsión de algunos cooperadores…!

Nosotros por el contrario, llegamos aquí completamente desconocidos; veníamos donde no éramos esperados: por eso que no encontramos una sola persona amiga que nos tendiese la mano para saludarnos.

Apenas, desembarcados, entramos en el primer hotel que encontramos, junto al puerto- Recuerdo el nombre del dueño, Timoteo Gómez, que desempeñaba el cargo de Oficial Civil y cuya esposa despachaba el servicio postal.

Al día siguiente el Padre Ferrero y yo salimos a recorrer la población, que entonces todos llamaban Colonia, por haber sido tiempo atrás una colonia penal, a donde el Gobierno chileno desterraba ciertos elementos peligrosos para la sociedad.

La descripción del padre Griffa, que misionará más tarde en Río Grande, pone al desnudo los inconvenientes que tendrán los salesianos, en esta frontera.


EVOCACIONES**Julio 20, de 1898. Carta de Robins sobre el Chancho Colorado.




En el invierno de 1898 en Ingeniero Mecánico James G.Robins, empleado de la estancia Primera Argentina de José Menéndez, administrada por el Red Pig –el Chancho Colorado- Alexander Mac Lennan participó de una expedición contra los nativos a los que se consideraba depredadores de la naciente ganadería lanar.

En un carta dirigida a Albert Maryon, en Inglaterra, fechada en un día como el de hoy, en aquel año decía: “Tenemos quince soldados aquí cuyo deber es cazar indios, pero hacen la cacería alrededor del fuego”, en alusión a lo que considera una negligencia policial,, para luego agregar la conducta de los empleados de la estancia sobre el particular: “Los indios han quemado tres casas y en el hecho han salido las cosas muy movidas, pero pude saber que no siempre han salido libres, ocho de nosotros salimos aquí una noche y viajamos al sur, pasado Punta María, con un indio como guía, y llegamos al punto más cercano al campamento indio, dejamos los caballos y caminamos una hora y veinte minutos a través del monte y pillamos alrededor de 70.  Voy a correr el velo sobre los siguientes cinco minutos y dejarlo que suponga el resto”.

Un testimonio que conduce a justificar la matanza.


Con el tiempo el sacerdote de la congregación del Verbo Divino, Martin Gusinte, que realizó una suma etnográfica sobre los nativos de Tierra del Fuego dirá de Mac Lennan.

En el exterminio de los indios se destacaba por sus grandes ofensivas. Con una caterva de bandidos inhumanos desplegados en formación dispersa “limpiaba” paso a paso grandes áreas de indígenas. No tomaba prisioneros sino que disparaba indistintamente sobre cualquier ser que se movía o se ponía delante de sus caños.

Estas caserías les proporcionaban excelentes ganancias, pues estaba al servicio de la estancia mas grande.

Monseñor Fagnano dirá del Chancho Colorado: “El ganó en un año en premios por el macabro sport, la suma de 412 esterlinas, lo que quiere decir que en un año mató 412 indios. Esta deplorable hazaña fue festejada con champagne, en medio de una incalificable orgía, por algunos miembros de la compañía que brindaron por la prosperidad de la “Explotadora” y por la salud del brillante tirador”.


EVOCACIONES****Julio 19 de 1937. La revista MENÉNDEZ BEHETY da cuenta de la producción del frigorífico de Río Grande que resulta ser en la pasada faena la de mayor producción entre los establecimientos de la región chilena y argentina.




Y da los siguientes guarismos.


Corderos frigorizados 217,196
Rechazados 4,820.

Capones y ovejas vírgenes

Frigorizados 13.404
Rechazxados 860.

Total frigorizados 230,600
Rechazados 5,680

Total faenados
236,280

Toneladas inglesas

Reses 3.207.76
Pedazos y menudencias 55,49
Total 3,263,25.


La caja no habla.. Apunte para una historia de las comunicaciones.


Lola vivía con los hermanos Barrientos, uno de los cuales era su hombre.
Un día los Finocchieto abrieron una picada no autorizada, y allá fueron los tres instalándose en un rancho.
Llevaron todo lo que tenían en el sitio anterior, y Lola reclamó porque no quería cambiar de hogar.
Entre las cosas formaron parte de la mudanza estaba el wincharge, con su molino, sus acumuladores y el receptor radial.
El tiempo no alcanzó para bajar del camión todo lo que llevaron, e instalarlo.
Al día siguiente los hombres salieron a hacer su trabajo y Lola quedó en su nuevo hogar, sintiéndose sola.
Al atardecer regresaron los Barrientos y vieron a la india tejer una cesta afuera del rancho, sin devolver ninguna palabra a los recién venidos.
El gesto era raro porque Lola era muy hospitalaria.
La respuesta comenzó a aparecer cuando entraron a la casa y vieron sobre la mesa la radio y un hacha clavada sobre la misma partiendo en dos al aparato.
Barrientos, el marido, salió y la llamó a Lola con un gesto del dedo índice de la mano izquierda, en la otra el hachero había perdido ese dedo. Ella se levantó lentamente, parecía estar apesadumbrada.
Entonces recibió la pregunta: -¿Qué pasó aquí?
-Caja de madera no hablaba.- dijo la india que ese día se había sentido sola.

¡Y Tereso quería volar!



Por 1995 escribíamos para la revista EDADES Y TIEMPOS una serie de artículos de ficción que en algunos casos mostraban como sería nuestro lugar en el futuro: Viajando por la Tierra del Fuego. El reciente encuentro con el director de aquella publicación, que actualmente viven en Buenos Aires me llevó a tomar el cuarto de aquellos relatos, como un elemento que puede ganar espacio en nuestro blog.

Vista la repercusión alcanzada por nuestra nota de números atrás donde hablamos del círculo escatológico, y atendiendo a la generalización de las prácticas fueguinas fuera de la isla luego de nuestra información, es que hoy volvemos sobre el tema para ver cómo se trabaja la aceptación social de esta praxis que, como es de imaginar, se cultiva desde la infancia.
Para ello les remito este cuento que forma parte de las lecturas obligatorias en el  7mo grado de la enseñanza elemental, como quien dice un clásico impuesto, pero un clásico al fin.
Su autoría responde a un grupo de tareas pedagógicas, pero reconoce inspiración de una poetisa porteña que imaginó tal situación a mediados de los años noventa.

UNO
Ni bien comenzó a cobrar forma, fundamentalmente por la pérdida de líquido, el tereso quiso saber cuál sería su destino. Estaba en proceso de acomodamiento, como la restante materia fecal, y en los primeros tramos del intestino grueso solo encontró una respuesta: conocería el aire momentáneamente, y dado los hábitos higiénidos del sujeto en que se había formado pasaría a un medio acuoso que en forma subterránea lo llevaría hasta el mar, donde la salinidad y la acción microbiana terminaría por disolverlo.
La noticia llegaba desde más adelante, donde los teresos engrosaban sus formas, aumentaban su tono corporal y se preparaban para el mundo exterior.
Nuestro tereso percibió la idea del tiempo y se preguntó si su existir sería mucho o poco en relación a otras formas de la naturaleza.
Pero no encontró respuesta.
Los gases que se filtraban en el interior del conducto inefable de su vida le dieron una idea de lo que era su paso transitorio hacia el abismo. Y pensó que su destino, al fin de cuentas, sería un destino de mierda, pero ninguno de sus colegas le aportó una respuesta, ni coincidente ni disidente.
El tereso pensó que su camino podía ser otro, el tereso con una intuición que solo tienen los grandes, creyó que a lo mejor, si se lo proponía podría volar.
No era un tereso de un animal inferior. Crecía en el cuerpo de un humano y como garantía para sus ilusiones estaba conformado por los desechos de lo que había sido un ave. ¡Un ave! Animal que cuando quería cobraba altura, constituyéndose de esta forma en un privilegiado observador del reino animal. El tereso pensó que podía ser un ave si llegaba a volar.
Pero ninguno de sus congéneres contribuyó a su entusiasmo. Más bien amargas sonrisas, sarcásticas muecas moribundas le llegaron de quienes más adelante se daban cuenta del salto por el que deberían ingresar al mundo exterior.
Tal vez, enredados en los sargazos de alguna cloaca, se limitaba su acceso al mar y s prolongaba su lóbrega existencia. Tal vez por una contingencia que lo apartaba de su cotidianidad, el humano defecaría a la intemperie y así conocería el cielo, aunque sea desde abajo.
El tereso se encaminó en la pendiente de los condenados e hizo mucha pero mucha fuerza para que se produjera el milagro.
En el tramo sigmoideo de su existencia se sintió en la urgencia de la evacuación, Ahora tenía varios teresos tras de sí, entre los cuales no había conseguido ningún compañero de ilusiones, y los de adelante, apesadumbrados por su hora, le habían cortado todo tipo de diálogo. Las paredes del intestino se comprimieron sobre la masa olorosa, un par de teresos avanzaron hasta caer, y nuestro amigo se dio cuenta que, como un paracaidista en un salto inaugura, rondaban el él señales de alegría y desesperación. ¡Porque él podría volar!
No fue aquel día ni aquella noche, fue al día siguiente en que se aproximó a la recta final de su existencia intrahumana. Su compañero de adelante, que desde hacía largas horas no tenía nada que decirle, le indicó: ¡sígame!, y él, sin tiempo a medir lo que pasaba, recorrió el tramo que lo condujo a un espacio de mayor claridad y en medio de un chapoteo fue a para a un medio acuoso que le hizo acordar las primeras horas de su origen. ¿Habría llegado al mar?
Un tereso más lo acompaño en la epopeya y  al momento un leve temblor fue sucedido por la invasión de la luz, la luz, el cielo debía ser así.
Un ruido y el agua creció, uno de sus colegas alcanzó a decirle: ¡Nos vamos a la mierda! Pero el tereso quiso volar y algo pasó en él: ¡logró levitarse!. Pero un remolino lo atrajo nuevamente hacia el fondo de su nuevo mundo, donde con grandes dificultades pudo sobrellevar su objetivo y nadó, nadó, nadó esperando tomar nuevo impulso y poder volar.

DOS
Liliana visitaba la casa de su novio, el Andrés. Se conocían desde toda la vida pero la relación había comenzado un par de meses atrás, el día aquel en que un desperfecto en su auto le permitió al galán sacarla del apuro que significaba pasar la noche en el frío bosque fueguino. Andrés era un inquieto muchacho, amante de la naturaleza, y se ejercitaba en la supervivencia cada fin de semana.
Liliana ingresó a su mundo y vivió su amor y su pasión bajo las estrellas del firmamento austral. Un par de días atrás cazó su primera avutarda y la cocinó con el visto bueno del embobado novio.
Ho la niña visita por primera vez a sus suegros, los que no han puesto mal cara por la elección del muchacho.
Antes de almorzar, hoy hay asado en el patio de la casa aprovechando los primeros días de calor, Liliana anunció que se iba a lavar las manos, y llegada al baño hizo algo más que eso. Evaluó sus formas ante el espejo. Cuidó algunos detalles del maquillaje. Distrajo su atención un suplementos de espectáculos de un diario capitalino, y sintió que al fin volvía a mover el vientre.
Lo que no esperaba nunca ocurrió después cuando debió apretar por segunda vez el botón de descarga del inodoro. En un primer momento le pareció que el terso rebelde había desaparecido, sin advertir que en realidad se encontraba a un metro de altura suspendido y girando lentamente como avistando curiosamente el escenario de esta narración.
Liliana le dio la espalda y volvió sobre el espejo para cuidar algunos otros detalles de su presentación, y fue entonces cuando se le devolvió la imagen del tereso que subía trabajosamente pero subía, cada vez más alto. La joven refrenó su grito, y con una marcada agitación en su ritmo cardíaco, se fue acercando a este singular objeto volador no identificado el que, como dándose cuenta de que era objeto de la curiosidad femenina, se acercó golpeando con su presencia nauseabunda la sensibilidad de la muchacha, que por reflejo se escurrió a tiempo como para que no chocara con su cara.
¿Qué hacer? ¿Qué decir?¿Cómo se explicaba esto que le estaba pasando en casa de sus suegros? ¡Ma si sus suegros, si lo tenía cazado a Andres!
Tomando papel higiénico se acercó al tereso que en el espacio permanecía inmutable como en el si el mismo disfrutara de su presencia ante el espejo, y lo cubrió despaciosamente con las hojas que le dieron un aspecto de superhéroe. Fue recién después de pensarlo, aunque el tiempo giraba muy lentamente para nuestros protagonistas, en que ella lo envolvió en su mano y le dejó en el recipiente plástico al que de inmediato le puso la tapa.
Liliana salió, aliviada pero confundida rumbo al patio donde ya se habían hecho algunas observaciones sobre el exagerado tiempo que empleaba en sus prácticas higiénicas. Pero mentalmente estaba en otro mundo, y había pedido literalmente el apetito.

TRES
¡Cuántas emociones! Literalmente nuestro tereso palpitaba de júbilo. Primero había logrado zafar el remolino. Después había alcanzado altura y percibió los efluvios del aire, la mirada y la inquietud del humano en que había sido formado, y por una situación óptica, que resultaba difícil de explicar, se vio en el espejo dándose cuenta de cuan distinto era a aquella persona en cuyo interior cobró vida.
Sabía que no era un tereso cualquiera. Nunca había ocurrido algo así desde que el mundo existe. Pero él se sentía en buena medida feliz, porque de alguna forma comprendía la inexistencia de un destino, y la ausencia de un origen. No había en su ser una madre -¿sería esa humana, sería aquel pájaro de cuyos desechos se conformaba su ser? – no habría nunca en su vida un hijo, aunque sea un hijo de esos que dicen que su padre es una mierda.
Por eso sintió el desprecio. Lamentó hber cambiado su destino por esta vida diferente pero incierta. Y el desprecio creció cuando en una funda de papel se le devolvió a las oscuridades de donde había salido… Pero no era así, era una oscuridad diferente, un espacio en cierta medida aireado y dónde no había más que despojo de materia fecal en sudarios de papel.
Intentó volver a volar, y descubrió que no le exigía una gran concentración, pero en lo oscuro chocaba con un límite que le fue imposible levantar, por más esfuerzo que hacía. Y así transcurrió pobre en emociones, abundante en remordimientos, un largo tiempo.
Liliana se sobresaltó cuando al anunciar su “cuñadito” que iría al baño, la mamá le advirtió: -Acordate Luchín a dónde va el papel: Y cuando el niño volvió inmutable, aliviado de vientre y con ganas de seguir comiendo; ella partió a inspeccionar el escenario del misterio.
Lo primero que advirtió, y por ello se apuró en cerrar la puerta, fue que el tereso maldito se había estrellado contra el techo. Si bien no había modificado su forma, había manchado el blanco cielorraso, Había ocurrido exactamente lo que ella imaginaba, mientras el gordito de la casa echaba el papel en el balde previo retirar la tapa, el tereso había tomado un envión tal que llegó hasta allá arriba.
Liliana, que tenía unos vinitos encima, y que por falta de costumbre y de alimento equilibrante ya podía considerársela como mareadita, busco afanosamente la forma de llegar hasta arriba y ponerlo en la vereda a esa mierda suya. Pero no le daba la altura ni con el lampazo y al subir sobre la tapa del inodoro, ésta resistió sólo unos instantes y al romperse, la hizo caer de tal modo que atrapó su tobillo en el hueco del artefacto, volteó su cuerpo sobre el bidet y dio con la cabeza contra el lavamano provocando un desvanecimiento instantáneo.
El grito, el ruido, y el silencio posterior atrajeron la presencia del novio y el padre de éste. Liliana no respondía y desde adentro se sentía correr el agua que se deslizaba bajo la puerta en el momento en que decidieron ingresar violentamente. Andrés pateó la puerta con atlético gesto y como Liliana no la había conseguido cerrar, esta se abrió con mucha más violencia que le esperada, recibiendo la cabeza de la joven un segundo golpe que resultó mortal. El alboroto fue tal, que nadie se dio cuenta del tereso en el techo ya que todos miraban el cuerpo sin vida de la joven con el tobillo quebrado dentro del inodoro caído, y el agua que corría hacia otros ámbitos de la casa sin que alguien recordara donde estaba la llave de paso que cerraba su fluir.

CUATRO
La casa había quedado sola después de las tramitaciones de procedimiento médico legal. El baño fue precintado en un momento hasta que luego alguien advirtió que era una fatalidad, una terrible fatalidad y dejaron la puerta abierta. El tereso entonces consiguió deprenderse del blanco espacio al que había quedado adherido y con poco papel en su entorno recorrió a media altura la soledad de la vivienda.
Se dio cuenta que su decisión había generado una serie de fatalidades que en su estado e resultaba difícil de explicar, pero comprendió que debía buscar un cielo mayor fuera de la casa. El gato de la familia pretendió alcanzarlo y el tereso se divirtió poniéndose fuera del alcance de sus garras.
Una ventana le hizo despertar un deseo irrefrenable, y así como en otro momento se impulsó desesperadamente contra la tapa del balde, se lanzó contra la ventana en la que quedó adherido, estando a punto de quebrar el vidrio. El golpe, en cierto modo, consiguió aturdirlo, o lo que lo confundió fue esa presencia exterior de tanto de aire de próximo cielo. Y así quedó un largo rato hasta que una mosca primero, y otras muchas después se percataron de su presencia y comenzaron a hacerle cosquillas. La experiencia siguiente fue terrible, algunas moscas comenzaron a cagar sobre él, otras quisieron devorarlo y no faltó la que depositó sus huevos en los repliegues de su ser.
El tereso se desprendió y descubrió que en un lugar sombrío estaba protegido del asedio volante de las moscas. Pero allí está cerca su final: el perro de la casa. Tan parecido en algunos aspectos al gato juguetón, pero tan calmo que el tereso sintiendo su curiosidad –tan distinta al asco de la Liliana-, se aproximó a la cabeza del animal que despertaba de una larga digestión con los restos del asado que fueron mayores que los de otros días. El tereso supo lo que es ser olido. Y el perro no supo a ciencia cierta que mierda era eso que volaba pero, recordando la preparación en supervivencia que le diera Andrés, se lo tragó sorpresivamente.

CINCO
En el interior del intestino del perro, el tereso humano sintió algo similar a la metempsicosis, aunque cuando   llegó al intestino grueso del Gorila –tal el nombre del nuevo albergue- se sintió modificado en su esencia y pidiendo permiso  a los teresos que lo precedían se olvidó de su deseo de volar y esperó el momento de la salida sabiendo de antemano que esta vez no llegaría al mar. Al mar que le parecía debía ser un nirvana lamentablemente desaprovechado por su ambición.


EVOCACIONES.- 16 de Mayo de 1833. Charles Darwin, que vista la Malvina oriental, deja un registro de su Excursión.



                 Parto el 16 por la mañana con seis caballos y dos gauchos; estos últimos eran hombres admirables para el objeto que yo me proponía, acostumbrados como estaban a no contar mas que consigo mismo para encontrar aquello de que tuvieran necesidad. El tiempo es muy frío, hace mucho viento, y de vez en cuando, se levantan tremendas tempestades de nieve. Sin embargo avanzamos bastante de prisa; pero, excepto desde el punto de vista geológico, nada nos fue interesante en nuestro viaje. Siempre la misma llanura ondulada: por todas partes está recubierto el suelo de hierbas marchitas y de arbustillos; todo ello crece en un terreno turboso y elástico. Aquí y allá, en los valles, puede verse alguna pequeña bandada de ocas salvajes y es tan blando el suelo que la becada halla con facilidad su alimento. Aparte de estas son pocas las aves que allí hay. La isla está atravesada por una cadena principal de colinas, formadas sobre todo de cuarzo, y de unos dos mil  pies de altitud; pasamos grandes trabajos para poder atravesar esas colinas rugosas y estériles. Al sur de ellas encontramos la parte del país mas conveniente para la alimentación de los rebaños salvajes; sin embargo no encontramos muchos por que últimamente se han llevado a cabo frecuentes caserías.

Al atardecer encontramos un pequeño rebaño. Uno de mis compañeros, de nombre Santiago, pronto logró derribar a una gruesa vaca. Le arroja las boleadoras, la toca en las patas, pero las bolas no se enrollan. Entonces arroja su sombrero a tierra para reconocer el lugar donde cayeron sus boleadoras y, mientras persigue a caballo a la vaca, prepara el lazo, y tras una carrera alocada logra enlazar a la vaca por los cuernos. El otro gaucho nos había precedido con los caballos de mano, de suerte que Santiago tuvo no poco trabajo para poder dar muerte a la furiosa vaca. Sin embargo, consiguió llevarla a un lugar donde el terreno era prácticamente llano, anulando a tal fin todos los esfuerzos que el animal hacía para aproximársele. Cuando la vaca no quería moverse, mi caballo, perfectamente adiestrado en aquel género de ejercicios, se aproximaba a ella y la empujaba violentamente con el pecho. Más no se trataba de llevarla solo a un terreno llano, sino de matar a aquel animal loco de terror, lo cual no parecía cosa fácil para un hombre solo. Y hubiera sido imposible si el caballo, cuando su amo lo ha abandonado, no comprendiera por instinto que estará perdido si el lazo no estuviera siempre tirante; de tal forma que, si el toro o la vaca hace un movimiento hacia adelante, el caballo avanza con rapidez en la misma dirección, y si la vaca está quieta el caballo permanecerá inmóvil, afirmado sobre sus patas. Pero el caballo de Santiago, muy joven aun,  no comprendía bien esta maniobra y la vaca se iba aproximando gradualmente a él. Fue un espectáculo admirable ver con que destreza Santiago  logró colocarse detrás de la vaca y desjarretarla al fin; luego de lo cual no tuvo ya  gran trabajo para hundirle el cuchillo en la nuca, con lo que la vaca cayó como fulminada. Entonces, él cortó varios trozos de carne recubiertos, con la piel pero sin huesos, en cantidad suficiente para nuestra expedición. Seguidamente nos dirigimos al lugar que habíamos elegido para pasar la noche;  para cenar, tuvimos asado con cuero, esto es, carne asada con su piel. Esta carne es así superior a la del toro ordinario, lo mismo que el cabrito es superior al carnero. Para prepararla se toma un gran trozo circular del lomo del animal y se asa sobre leña encendida, con la piel hacia abajo; esta piel viene a constituir una salsera y así no se pierde ni una gota de jugo. Si un digno alderman –hace referencia a los Concejales Británicos- hubiera podido cenar con nosotros aquella noche, inútil es decir que la carne con cuero bien pronto habría sido celebrada en la ciudad de Londres.