En la camada…



En la imagen aparecen Juan Sebastián Lara y su esposa Lila Lelia Ullua, y en la camada de la Ford los niños Sebastián, Daniel, Fredy, Gustavo, Rosana y Marita. Se agrega –con una gorra verde- un peón que trabajara con Lara, entonces empresario de la construcción.

Todos muestran la alegría de participar de una salida de fin de semana, allá por 1983 o 1984, por donde se registra la data temporal de la foto.

Tal vez Lara era el que menos disfrutaba en la salida, puesto que para el andar por el campo formaba parte de sus tareas de toda la semana; él había llegado por los años 70, encargándose de la construcción de los puestos policiales de Radman, Puente Justicia –allá en el Ewan-, San Pablo, Laguna Escondida y San Sebastián.

En la foto faltaban parte de los hijos, tal vez quien sacó la foto, y seguramente el hijo mayor no estaba presente porque privilegiaba la noche en Barbarella, y al día siguiente Juan Carlos, que este el mozo de más de 20 años, tenía que componer el cuerpo.

Del hombre de gorra verde hemos perdido la identidad, era una de las tantas personas que venían del norte y que trabajando para Lara se incorporaba a otros aspectos de la vida familiar. Allá en la calle O’Higgins, donde estaba la casa del albañil-constructor- había en el fondo del patio una casita para alojarlos hasta que quisieran abrirse a una expectativa mejor. Pero algunos de ellos se incorporaron la familias, puesto que pasaron de la condición de empleados a la de yernos, casándose de esta manera dos de las hijas rionegrinas con dos ejemplares chaqueños,

A dónde irían este domingo: Tal vez no muy lejos, en una estancia donde ya tenían permiso para ocupar un lugar. Hubiera sido lindo si el fotógrafo, gastando una imagen más del rollo, nos habría dejado una toma de todo lo que se llevaba en la camada del vehículo para armar el campamento por un día.

En otros casos la salida era más abierta, se iba hasta Ushuaia, y se volvía en la jornada.

Viajar en la camada de un vehículo era común en aquella época, así como en este caso vemos una familia, en otros un camión llevaba decenas de personas, como es el caso de las delegaciones deportivas.

Si bien la ley no permitía esta situaciones de riesgo, las necesidades se imponían, los controles policiales eran mínimos, y la prudencia de los conductores hizo que en muy pocos casos ocurrieran accidentes que lamentar.

Apreciamso el lugar donde se lleva la placa trasera de patente, tal vez por que la camioneta en otras circunstancia se arrastraban algún remoque con materiales, situación que no dejaría ver la patente se hubiera estado en su lugar tradicional. Del carro trasero saldría un trapo rojo que indicaba la presencia de algo que podía ser peligroso para los otros conductores.


Desde lo cotidiano esto de llevar peones en la camada de la camioneta era una figura común en el norte fueguino, incluso a los peones de viajaban de esta manera se les asignaba un nombre:pionetas.

Un libro monumental sobre un marino pionero de este sur.

Magarita y Pepe pusieron en mis manos un envío del compadre Carlos Vega Delgado que indaga en la vida y personalidad de William Low.

Si me estaba quedando sin material de lectura, el libro de Armando Álvarez Salvidia me llena la plana.

Antes de comenzar con su lectura encontré una referencia reciente a la publicación de este voluminoso tomo de 271 páginas, y un escrito anterior que puso en mi las primeras noticias sobre este personale.


Médico natalino investigó la vida y obra del lobero William Low
Por Poly Raín  Lunes 7 de noviembre del 2016

El médico traumatólogo natalino Armando Alvarez Saldivia siempre ha sido un ferviente lector y amante de la historia de la Patagonia en general, sin fronteras, tanto del lado chileno como argentino.
En algunos pasajes de la historia de la Patagonia aparece tímidamente el nombre de William Low, pero nunca se había abordado en profundidad la importancia de este personaje.
Armando Alvarez admite que fue un trabajo largo, de cuatro años de investigación, que ahora se ve plasmado en este libro de alrededor de 400 páginas, titulado “William Low, lobero del fin del mundo”.
La investigación demandó cuatro años y llevó a su autor a realizar algunos viajes a Carmen de Patagones (ciudad de la provincia de Buenos Aires), islas Malvinas (Falkland), Chiloé y también a corroborar algunos datos en el Archivo General de la Nación en Buenos Aires.
Low es un lobero de nacionalidad escocesa que llegó a la Patagonia alrededor de la primera o segunda década del siglo 19. Tuvo una vida fascinante, siendo capaz de dar vuelta al mundo varias veces, de recorrer lugares que en ese entonces se estaban recién descubriendo. Incluso, llegó a cazar lobos en las islas Shetland del Sur, siendo de crucial ayuda para muchos náufragos de la época, entre ellos el capitán John Biscoe, uno de los grandes exploradores en la Antártica.
A través de este libro se va descubriendo la intensa vida de este personaje, que al final termina viviendo en Chiloé y es el padre de una gran familia, que tiene muchos descendientes en Magallanes. “Uno podría decir que todas las personas que llevan el apellido Low son descendientes de este lobero. Al menos los que tienen origen chilote, son descendientes de Williams Low”, planteó el autor de la publicación.
Nació antes de 1800 y murió en 1841 en Chiloé. Es difícil llegar a establecer en qué localidad murió. En el libro se descubre que vivió en Achao, siendo su familia los primeros colonizadores del pueblo de Quellón.
Un capítulo relevante y hasta en cierta manera desconocido, es la participación que tuvo William Low en la heroica sublevación de un grupo de gauchos e indios el 26 de agosto de 1833 en Las Malvinas.
Es la primera obra literaria que edita Armando Alvarez, siendo probable que más adelante pueda escribir otras cosas con la ayuda de sus amigos historiadores.
El financiamiento de esta edición corrió por su cuenta, aprovechando de agradecer al periodista y escritor Carlos Vega Delgado, en cuya imprenta, Atelí, se realizó la impresión.
La obra literaria estará pronto a la venta, estando pendiente su lanzamiento, que se hará en breve en las ciudades de Puerto Natales, Punta Arenas, Quellón y posiblemente en Río Grande, Argentina.

Leído hace unos años en Milodón City…
Un chozno de William Low en Puerto Natales.
Por Héctor Martínez Díaz
A Octavio, Bautista y Almagro

Hay quienes gustan sacarnos pica con eso de que a los natalinos el Cerro Dorotea nos tapa la visión del mundo. Suelo no hacerles caso, más aún si discrepo profundamente de aquello, pues, en lo que mi concierne, por ejemplo, sé, si mal no recuerdo porque lo vi por el canal National Geografic, que existe en las islas británicas una antigua leyenda popular transmitida de manera oral de generación en generación y que habla de que el carácter de un antepasado se repetirá en uno sus choznos.
Mi madre, me contó que mi abuelo, Octavio Díaz Low, alcanzó a tomarme en brazos cuando yo tenía 6 meses, imagino que cultivando eso del bajo perfil de siempre, quizás por el estigma de apellidarse Low (humilde o bajo en Inglés), me miraría silencioso con su callado anarquismo obrero, antes de que su delirante afición a los puzzles y una arteriosclerosis galopante lo llevaran a extraviarse en la pampa del frigorífico nuevo de Natales.
Casado con Ofelia García Alderete, era hijo de Carmen Low Garay, una chilota gringa de ojos verdes, que tuvo con su primer esposo -tempranamente fallecido en el mar- tres hijos Almagro, Bautista y Octavio, y que para los sucesos de 1920 en Natales, se cuenta que la diabla cerró su boliche de venta de vino para ir fascinada a cargar los rifles de los revolucionarios. 

En la Patagonia, en un día cualquiera, el viajero puede encontrar a un galés, a un terrateniente inglés, a un hippy de Haaight-Asbury, a un nacionalista montenegrino, a un afrikáner, a un misionero persa de la religión Bahai o al archidiácono de Buenos Aires en gira bautismal.
O puede dar con personajes como Bautista Díaz Low, domador de caballos y anarquista al que conocí cerca de Puerto Natales en el sur de Chile; y quien con sus propias manos, se había hecho una estancia en medio del húmedo bosque.
Me sorprendió su conocimiento, un tanto embrollado, de la expedición del Beagle: no porque hubiese leído algún libro sobre el tema o tan siquiera supiese leer, sino porque su bisabuelo, el capitán William Low, había sido piloto de Darwin y de FitzRoy a través de los canales. Fue toda una generosidad por su parte atribuir a su "sangre británica" su coraje y absoluto mal genio. 
Bruce Chatwin

Fue, precisamente, mi difunta abuela Ofelia la que me visitó en sueños contándome que los ancestros de mi abuelo eran indígenas, más un email del poeta Hugo Vera Miranda consultando por el hermano de mi abuelo Bautista Díaz Low, lo que me motivó a escudriñar el pasado no siendo yo diestro en la ciencias historiográfica y estando muy lejano mi amigo historiador el Cunco Iván Inostroza, para brindarme sus sabios consejos.
Pensé, primeramente, en seguir la sugerencia del amigo Mattioni, otrora Director Regional del Servicio de Registro Civil e Identificación y acudir a las fichas microfilmadas de las actas de bautismo en Chile, actas que tienen los mormones con las cuales casi de manera gratuita uno puede hacer su árbol genealógico. Desistí, inmediatamente, más por prevención que por temer a la escatología, sabiendo que los fieles a José Smith, acostumbran pedirle a uno como parte de pago que otorgue el permiso para bautizar en su clero a los difuntos, me inquietaba que las almas de mi parentela fueran un tanto iconoclastas y podrían venir todas las noches a tirarme las patas. Así, a falta de fuentes orales vivas y poco acceso a las documentales hube de sumergirme en la vorágine googleana.
Encontré que su bisabuelo fue Williams Low un lobero inglés que repartía su tiempo entre las Malvinas, los canales patagónicos y las islas del archipiélago de Chiloé, y que por su destreza y conocimiento de las mareas, fiordos y canales del Estrecho de Magallanes, fue contratado como piloto práctico ayudando en las dos Travesías de la Beagle por los canales del Sur comandada por Parker King primero, y por Robert Fitz Roy después, incluso a este último, dicen algunos que vende en Malvinas su Goleta Unicorne (Capricorn, según otros), transformándola Fitz Roy en la Adventure. Se sabe que en el viaje traba amistad con Charles Darwin, quien con esa novel curiosidad estigmatizadora, registra como veracidad científica, un cuento que William Low, en esas frías y oscuras de noches de tempestades con ese humor británico, y por el puro gusto de asustar a los marineros, les relataba:

"Yo, por mi experiencia de lobero, conozco el lugar donde vamos y sé, que allí los hombres que se llaman a si mismos yámanas son salvajes caníbales, en invierno y los tiempos de hambruna se comen a las viejas las cuelgan sobre un fuego de madera totalmente verde y cuando se encuentran casi totalmente asfixiadas son ahorcadas, descuartizadas y comidas con glotonería. Los yámanas se comen a las viejas y no a sus perros porque estos les sirven para cazar nutrias y las viejas no le sirven para nada".

Era el mismo William Low, que vivió también un tiempo en Puerto del Hambre y que había conocido Bernardo O'Higgins en la guerra de la Independencia, y a quien el prócer desde el exilio en el Perú, se referiría en su última carta a Chile, como a quien era necesario ubicar en Chiloé, pues era único hombre capaz de comandar la expedición que tomaría posesión chilena en el Estrecho de Magallanes, pero cuando llegaron a buscarlo el año 1842, hacía dos años que había fallecido.
¿Y si el devenir el histórico fuera posible cambiarlo? entonces al viejo lobero Williams Low, no lo habrían encontrado muerto, comandaría la Goleta Ancud, siendo por ello recordado en Magallanes, la leyenda británica sería cierta y yo, su chozno, tendría también un carácter memorable, sería famoso y aparecería mi nombre en negrilla en el libro "Natales, 100 años de historia".



EVOCACIONES. Diciembre 8 de 1553. Entra la armada de Gallego al Estrecho por el poniente.



Se trata de una expedición enviada desde Chile con el propósito de abrir una ruta de salida marítima por el sur, doblando en sentido inverso a la experiencia europea el intrincado espacio del estrecho de Magallanes.

El tema había sido impuesto por Pedro de Valdivia, descubrir el estrecho desde el poniente, y a tal sentido salieron desde Concepción..

Un tramo de las crónicas del viaje da detalles de la experiencia que hoy recorremos:

Y fui yo, Hernán Gallego, en busca del puerto, por unos bajos, que estaríamos en la mar bien cuarenta leguas, a donde el otro navío mi compañero se quedó afuera.

Y yo entré en la tierra en donde hallé muy buenos puertos, a lo cual puse por nombre los puertos de Hernán Gallego. Están en altura de 49 grados, a donde nos partimos los dos navíos el uno del otro, donde más no nos juntamos. El cual navío se volvió atrás en busca de do salió.

De este puerto salí adelante y corríase la costa al sur. Y al cabo de tres días, di con unas corrientes grandes adonde nos llevaron las aguas muy recio por tierras y nos pareció estar cerca del estrecho. Y allí tomamos el sol, el día de Nuestra Señora de la Concepción, donde no hallamos estar en 52 grados. Y luego ese día entramos por la Boca del Estrecho, donde entre diez leguas dentro del Estrecho, que nos llevaban las corrientes para adentro, donde surgimos dieciséis brazas.

El nombre del puerto identificado con el nombre del descubridor, se perdió a poco de andar. Gallego no llegará hasta la boca oriental, pero abrirá el camino a la expedición de Ladrillero.

El documento testigo de esta navegación figura en el Epítome de la Biblioteca Oriental y Occidental, que en 1738 fue editada por Antonio Lionel Pinelo, bajo una identificación equivocada, y con los años fue recuperado como un antecedente notable de los aprontes españoles en la navegación austral.


La nave restante era comandada por Gerónimo de Vivar y las crónicas difieren en sus datos puesto que la experiencia final de las mismas fue diferente.

Ante el mapa: Observar día actual de ingreso por las dos bocas del Estrecho, y su itinerario.

JOSÉ PEDRO VEDIA, atrás de un camión ruso.



El negro nació en San Juan donde pasó el tiempo de su infancia y su adolescencia. Tiene recuerdos de familia, muy pocos de su padre, un gendarme al que ve uniformado y de norme porte, la madre soporte de las necesidades familiares y la escuela como soporte de la vida social. Cuando le empezó a sombrear el bigote integraba las Juventudes Católicas, después de una pequeña militancia en el Movimiento Socialista Revolucionario.

Pero para 1978 pensó en buscar un poco de libertad para escapar de un medio que todo lo controlaba.

Aquí lo esperaba el tío, Adolfo Nora, que pronto lo encolumnó en la dinámica económica familiar: la distribución de vinos.

Como no tenía carnet de conductor, pero si 18 años fue a la municipalidad a preguntar que papeles debía llegar para conseguirlo. Allí lo recibió Alberto Pellejero que le dijo que en mismo momento le realizarían el trámite, Epifanio Rodríguez le sacó la foto y le entregaron el carnet plastificado.

Partieron tío y sobrino hacia la capital fueguina cargado de mercadería líquida, que descargaron en un galponcito que le alquilaron a Vivar.

Tupungato (el del Tupún Tupún), El plumerillo, eran las dos grandes marcas.., luego se incorporó viniendo de Colonia Carolla otra de un nombre desafiante El montonero.

Aquel mismo día cuando Nora se embarcaba en Los Carlos de regreso a Río Grande, el sobrino le preguntó si no le podía dejar unos pesos para ir pagando su comida, el hotel; a lo que Adolfo le contestó: -Te dejé un galpón lleno de vino, que esperás para salir a ganarte unos pesos.

El negro vivió un año y medio en Ushuaia, hizo un buen trabajo pero después volvió a Río Grande.

Encontraba diferentes a los fueguinos de allá de los fueguinos de acá.

Tenía pensión en casa de Lastenia Alvarado, la mamá de Pelusa Díaz, donde imperaba un clima de familiaridad. Gente que sembraba sus experiencias con el lugar, aunque en todos imperaba esa historia de volver al lugar que había quedado lejos.

Pero ya Pedro tiene hijos y nietos fueguinos, y con ello clavó su bandera en nuestro Río Grande.

La historia podría extenderse hacia el presente pero se va a detener en una foto. La que acompaña el pórtico de esta entrega. Lo vemos al joven Pedro junto a un camión Sil 6x6, en días en los cuales le habían alquilado el aserradero a Belbel.

Sería por los años 1999 y 2000, recuerda (porque después con De la Rúa perdimos todo).

El camión formó parte de un remate realizado en Vialidad Provincial, en esos días del Mopof. Lo había comprado Lucho Mansilla, del corralón Buenos Aires, lo tuvieron en el aserradero, y cuando tuvieron que dejar el negocio volvió a manos de Lucho.

Fue un tiempo de trabajo y esperanza donde Vedia debía hacer múltiples actividades, a veces arriba en el monte, otras en la calle Yrigoyen 673, vendiendo madera. Y tenían 22 viejos en el campo- el aserradero se llamaba Isla Grande-  a los que había que conseguirle su salario.

Hoy Vedia es un ejecutivo en la política con múltiples desempeños estratégicos, eso que comenzó en el cuándo “cuando se enamoró de Alfonsín”. Pero eso es otra historia.



MEMORIAS DEL UN CARTERO FUEGUINO DEL TERCER MILENIO. Un escrito de Alejandro Pinto.

ENFRENTAMIENTO CONUN DOGO..

Cada vez que llevaba correspondencia a esa casa pensaba lo mismo: "algún día se va a zafar". 

Siempre estuvo atado y adentro del patio con rejas. Pero ni la soga que lo sujetana, ni el enrejado se veían nada seguro. Dab miedo verlo sacudirse de un lado a otro tironenado y ladrando con furia, asomando de vez en en vez su hocido por un surco  que él mismo había cabado al ras de la tierras.

"Algún día se va a zafar". 



Hoy al fin ocurrió. Cuando dejé el sobre en el buzón escuché el sonido seco de la soga cortándose y que súbitamente había dejado de ladrar. Cuando lo miré corrió hasta un espacio libre que había a un costado del pilar de luz.

Él sabía muy bien que por ahí podía escapar. Enseguida me posicioné de frente por donde vendría. Salió y se acercó directamente a atacar. Controlar el cuerpo y la mente bajo tanta presión es casi imposible. Como la vez pasada con el Pitbull, atiné a defenderme con lo único que tenía a mano, mi planillero de plástico.

Por suerte cuando tiró el mordisco pude acertar con el planillero entre sus dientes y se detuvo. Al morderlo lo sacudió con fuerza arrancándomelo de las manos. Comencé a gritarle con furia para intentar intimidarlo y cuando retrocedió un paso yo avancé otro y pude tomar el control.

Finalmente empezó a tener miedo él, sin dejar de ladrar furioso. Pero ya había retrocedido y yo recuperado algo de control sobre mí.

Saqué un fierro de un conteiner para terminar de amedrentarlo y se fue. Esperé cerca de quince minutos afuera de la casa, golpeando la reja con el fierro hasta que la dueña se dignó a salir y pude explicarle lo que había pasado, por supuesto que exasperado y algo nervioso, pero sin insultos de por medio.


Otros quince minutos después pasaron, frente a esa misma casa, y sin exagerar, un mínimo de cuatro a seis niños muy pequeños de la mano de sus padres que recién salían de una escuelita a una cuadra del lugar.

EVOCACIONES* El 7 de Diciembre de 1921 nace Martín Lawrence.




Integrante de la familia pionera del maestro y pastor Juan Lawrence fue a nacer en Buenos Aires , regresando al mes con su madre Ana  Teresa Costa a la población de Ushuaia, donde ha sido permanente residente.

Jorge Versálovic ha dicho. “Martincito era el hijo mimado y distinguido de la pequeña sociedad de entonces y en el año 1947 contrajo matrimonio con Angélica Herbertz con quien tuvo dos hijos: Juan y Ana, quienes a su ves le proporcionaron, varios nietos”.

“Desde 1955 está radicado en su estancia Moat después de haber sido administrador por algunos años de Harberton, estancia de sus primos Bridges y Goodall”.

Y después rescata de este fueguino octogenario:

Fue sucesor del padre en la primer agencia marítima en Ushuaia.

Fue director de la primera orquesta típica, denominada Santa Ana.

Primer radioaficionado en la costa del Beagle.


Primer piloto del Aeroclub Ushuaia, realizando así el primer aterrizaje en la Isla de los Estados.



Al fallecer pudimos leer en el Diario La Nación:

Martín Lawrence: el último vuelo del piloto que desafió los vientos australes

LA NACION
DOMINGO 21 DE ABRIL DE 2013
7
Miró lo poco que había de playa, sacó los flaps, le quitó todas las revoluciones al motor del PA-12, le bajó el morro y aterrizó en la Isla de los Estados, como nadie lo había hecho antes.
Martín Lawrence, quien murió a los 91 años, fue el primer piloto en aterrizar en la ventosa y escarpada isla del fin del mundo, en la que alguna vez había plantado la Bandera el comandante Luis Piedrabuena.
La hazaña estaba cumplida y Lawrence, ese hombre gentil y conversador, de buenos modos, pero lleno de arrojo, había dejado el sello de su intrepidez con las huellas de su avión en la arena.
Era descendiente de una familia pionera de Tierra del Fuego, tanto que su abuelo, Juan Lawrence, había llegado a Ushuaia en 1873. Compañero del misionero Thomas Bridges, Lawrence (abuelo) era pastor anglicano y se afincó en la isla diez años antes que el comodoro Augusto Laserre.
La familia adquirió la estancia Moet, en el Canal de Beagle, y justo enfrente de la hoy chilena isla Picton. En ese campo, jamás dejó de flamear la bandera argentina.
El nieto, Martín, fue funcionario de gobierno y hasta gobernador interino del entonces Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, pero se destacaba en cualquier misión. Cuando había que asistir a una de ellas, donde fuera, hacía rugir el motor de un avión del aeroclub, que el mismo presidió, o el dos motores de la máquina de la gobernación y se jugaba la vida en un rescate.

Un día, a comienzos de los 70, se animó y se largó en busca de la Bahía Colmet. Lo hizo en un PA-12 de tela, dos palas, planos altos, sin radio, comando a bastón y tren convencional. La matricula del monomotor era LV-YDU y, tras partir del aeroclub de Ushuaia, repostó en la estancia Moet, dejó tierra bien abajo en la Bahía Buen Suceso y cruzó el estrecho Le Maire desafiando al viento a 120 kilómetros por hora para alcanzar lo que nadie había alcanzado.Piloto civil, pero con una foja envidiable de 2500 horas de vuelo, piloteó desde los Piper J3, PA 11, 12, 18, Cherokee o Azteca hasta los Cessna 170 (172, 180, 185, 182, 206).
Volvió como siempre, con el PA-12 cansado, pero seguro y con arena en sus neumáticos, el gran trofeo de aquella isla que se trajo Martín Lawrence.


ALICIA KOVACIC, la visitante.



Alicia es integrante de la familia que en Río Grande formaron Alfonso y Sara Rosa DelichYung, dedicados a tareas rurales en la periferia de la Colonia Agrícola, en lo que se conoció como la Chacra de los Kovacic, y más arte la carnicería en sus dos sedes: la pequeña sobre Perito casi Belgrano, y más tarde la grande a la vuelta de la esquina.
Ella vivió y estudió en Porvenir, la tierra del su madre, y avanzada la adolescencia llegamos a conocerla.
Por entonces en diálogo con su primo Danubio Delich, argentino estudiante en Punta Arenas, surgió la necesidad de seguir estudios en su país. Buscó en los padres ese respaldo pero en la familia el proyecto para los hijos era trabajar. Con ello Alicia se abrió camino por su propio entusiasmo y así conoció Europa y en Austria hizo su vida.
Por Loncón supe que estaba aquí reconstruyendo relaciones y recuerdos, y me habló también un proyecto inmediato.
Cuando Alicia me dio la grata sorpresa de estar en casa, al viejo estilo, sin llamadas previas fuimos interiorizando de todo un poco, yo contando lo mío, ella relatando lo suyo.
Dijo tener todos mis libros gracias a su amiga porvenireña, Vesna..  
Y allí comenzamos a hablar de un libro en gestación.
Es que el abordar los recuerdos hacíamos centro el Chinchu, su hermano gestor de tantas iniciativas, y yo recordé a los Kovacic mayores más que los pequeños (en tamaño ninguno lo fue), y entre esos están los que ya han muerto: Alfonso, Mario, Luís..
Todos tenemos presente en Río Grande la conmoción que trajo el deceso del Gringo Kovacic, y en mérito a lo hecho por el él en el deporte, su grandes logros en el Futsal, es que comenzó el trabajo de indagación de Alicia que se desbordará en otros temas colindantes.
De allí que cuando vuelva en febrero Alicia jugará más de local y tendremos la fortuna de darle la mano que necesite para testimoniar todo lo que es suyo, todo lo que es nuestro..

Alicia, ¡gracias por venir!