Los primeros de la familia



He terminado de leer un escrito de LUCILA APOLINAIRE donde recuerda el centenario de la construcción del Galpón de Esquila de la Estancia José Menéndez, y el centenario de la Estancia Despedida que formó parte del establecimiento anteriormente mencionado.

Y también una reflexión suya que dice:

Creo que casi todos los que habitamos hace muchos años Tierra del Fuego tenemos alguna conexión o relación con el desarrollo de la ganadería en la isla. En cada familia, hay un abuelo, padre, tío u otro pariente que vino al sur a trabajar al campo, muchos de Chile, algunos de Europa, otros de las provincias del norte del país, (recordando que para los fueguinos, “norte” es cualquier zona del continente una vez 
cruzado el Estrecho de Magallanes). Son muchas las personas que aún hoy guardan relación con el trabajo de la tierra. Ovejeros y puesteros, peones, administradores, capataces y encargados, cadetes, mecánicos, carpinteros y pintores, herreros, tractoristas, jardineros y quinteros, , cocineros, mozos y mucamas, esquiladores, alambradores, en fin…muchos trabajadores y sus familias dedicaron su vida al trabajo rural. 

Esto me llevó a hacer memoria sobre lo particular, relacionado con mi familia. Con la complejidad que tienen los rumbos de la sangre.

Por eso quiero mencionar los que primeros llegaron los la lìnea paterna.

Y en este caso cae la primacìa en la persona de Vicente Quesada Gutiérrez, un primo de mi padre, que fue empleado de estancia Ruby, en el recuerdo de mis mayores del àrea contable del establecimiento de la familia Braun. Él era hijo de Nieves Gutierres Fuentes, hermana de mi abuelo Onofre, y de Vicente Quezada. Chilenos ellos, de la provincia de Cautín, zona de la frontera. Este primero en llegar estaba casado con Juana Berta Fuentes Campos, al decir de mi padre: una prima. Pero no estoy, hoy por hoy, de señalar el lazo exacto de la relaciòn. Cierto es que aparece la reiteraciòn del apellido Fuentes y en cuanto al nombre: Juana, lo tuvo tambièn una hermana de papá. Por lo que dicen los papeles era hija de Zenón y Juan Cruz Campos.

Viviendo en nuestro lugar el 15 de septiembre fueron padres de una niña, a la que llamaron Marta Eugenia de 1924. Pero la niña no vivió mucho. Para el 13 de febrero del año siguiente se producía su deceso en la misma estancia, a consecuencia "de debilidad congénita". Entre los testigos del deceso aprece Eduardo Van Aken, que ya lo había sido del nacimiento, y también Marcial Gutiérrez, mi tío, hermano de mi padre que ya había venido tras el primo a trabajar en ese establecimiento donde la haría hasta su muerte en 1961.

Mi tío no tuvo descendencia. Vivió solo como tantos hombres de campo. La soledad que gobierna nuestras vidas en el sur ya ha sido trabajada literariamente por Domingo Melfi, por Manuel Andrade leiva y porque no en mi novela Hasta el próximo recuerdo.

Tras la huella del hermano llegó un día mi padre: Oscar Gutierrez Carrillo, y por la misma impronta el primo de este Hipólito Casiano Canales Lara. El primero se empleó por el 30 en Carmen Vieja, realizò innumerables tareas -entre ellas la de alambrador- para terminar su vìnculo con lo rural como encargado de estancia Laura. El tìo Polo, entanto, fue carpintero en zona rural, y por los dìas del criadero de zorros, verdugo, perpetuando una relaciòn con con la familia Van Aken que ya aparece en la documentaciòn relacionada con los primos Quezada.

Canales tuvo un hijo, habido en Punta Arenas, con Juana Lara: Juan Canales Lara. Quién nunca vino a la isla por distancias con  el padre. El fue tornero de oficio y poeta de vocación.

Mi padre me tuvo a mí, hijo único con Margarita Martinovich que vino por primera vez el 26 acompañando a su hermana Francisca luego de haber alumbrado esta a su primer hijo an Punta Arenas: Héctor Rene. Venía a hacer trabajo de tía.

Pero dejemos el rastro por aquí. La chispa encendió su fuego.

Mientras tanto digamos que en algún lugar del cementerio de La Candelaria se han venido diluyendo los restos de aquella que fue la primera de la familia en nacer aquí: María Eugenia Quesada Fuentes.

Nota: El mapa muestra el establecimiento al que fue a trabajar mi padre.

Falleció Antonio Jesús Menéndez Rendic

Su deceso se dio este 13 de diciembre, un Día del Petróleo que tal vez recuerde su largo desempeño en esa actividad.
Yo lo conocí con este rostro que aqui mostramos, cuando vivia en la cuadra del 200 de la calle Alberdi.
Para entonces se había dado su matrimonio con una joven rubia: Graciela Aldé Barsoti; y de esa unión vendrían tres hijos a los que me tocó con los años tenerlos de alumnos: Graciela, la que emigró pero cnserva su corazón en nuestro sur, Daniel pilar del periodistmo deportivo en El Sureño y promotor de la atividad atlétiuca, y Fernando no hace mucho fallecido quien qudó en mostrarme alguna vez las fotos de la familia.
La familia era remontarse a los Menéndez pobres, en vínculo con Don Jesús Menéndez sobrino de José, el asturiano.
Graciela me ha llamado durante años para saludarme en los días de mi cumpleaños, en su cabeza, sin recursos de internet están las fechas importantes para la vida de casi todos los antiguos riograndenses.
Jesus desde hace años vivió  pleando, con ayuda médica, para prolongar su existencia.
En tanto quedó a medio hacer esa casa/edificio que quiso levantar en Belgrano al 400.
Hoy nos dijo adiós, y desde su silencio, mientras su sangre bulle en el espíritu de sus descendientes.

Los amores de María, los amores de Manuel.



María le confió a su enfermera, en la etapa final de su vida, que ella nunca supo lo que es el amor. A ella le llamó la atención porque sabía de los largos años de su relación con Manuel del que por otra parte decía que nunca había recibido un mal trato.
Manuel no habló nunca de otra mujer como no fuera María.
Y eso menos cuando volvió a la isla vestido de argentino, impresionando en el almacén de la familia de María, a donde concurría a cada hora para comprar algo, que cigarrillos, que confites, que un par de guantes.. Era curioso ver al gaucho vestido con guantes tejidos al crochet por la joven hija de los dueños de aquel comercio de menestras.
María tenía un festejante, eso nunca lo confesó.
Un día que este salió en navegación, tareas de pesca, se consumó el idilio entre la niña y el visitante.
Se juntaron las dos familias, se realizó la boda y los brindis, pasando por alto las obligaciones eclesiásticas que disponían anuncios de varias semanas previas a la consumación del matrimonio.
El festejante quedó sorprendido al regreso. Según lo que dijo luego de una borrachera expiatoria, la María le había manifestado que lo quería, y el había dicho y hecho lo propio.
Juró que iría a la Patagonia a buscarla, y cuando le dijeron que no estaba en ese lugar sino mucho más allá: en la Tierra del Fuego, daría la vuelta al mundo si fuera preciso. Y prorrumpió una amenaza en al almacén de los que iban a ser sus suegros.
Pero una noche recibió un ataque, se supone que por los familiares de María, y se rumoreó que lo dejaron en estado de no servir más para una mujer.
Pasaron los años y María y Manuel vieron crecer en los hijos un hogar feliz. El mayor había venido en el vientre de la mujer, el segundo tardó un poco en llegar al mundo, pero llegó..
Con los años se hicieron de una posición económica, ella en tareas de costura, él como carpintero y constructor.
Anciano ya Manuel fue perdiendo la vista, y permanecía largas horas en torno la mesa en que María cosía, escuchando lo que decía el televisor, mientras la esposa le contaba sobre lo que se veía en la pantalla.
Pero llegó el progreso, y así se supo que había cirugías que devolvían la vista a la persona más impedida para ver.
También hubo cambios en la vida de nuestra gente y en la pantalla chica llegó el destape.
Manuel, el operado, se pasaba las horas soldado a los programas de espectáculos.

María, la que nunca conoció el amor, solía decir sobre su esposo –que cada vez estaba más sordo- ¡Se la pasa el día mirando culos!

ALEJANDRO PINTO, palabras de caminante.



Pasó por casa para entregarme sus producciones literarias, esas que nacen de sus manos de manera artesanal bajo el seyo editorial de Klóketen Tintea. Estaba por salir al día siguiente rumbo a Ushuaia, se alojaría en Bosque Yatana por la hospitalida de Mónica Alvarado y partiría al día siguiente para recorrer el Paso Beban.
Mientras esperaba conseguir pastillas para potabilizar el agua porque, contrariamente a lo que se cree es un riesgo consumir agua en esos espacios cordilleranos.
Me contó de una caminante que tomó agua cristalina de un arroyo pero que al subir apreció que en curso de agua había un animal muerto desde hacía varios días, los efectos nocivos de la ingesta no tardaron en hacerse notar.
Alejandro vivió con anterioridad una experiencia iniciática por los senderos fueguinos de la mano de una francesa ducha en estos menesteres.
Pero ahora dispone de cinco días para los cuales se ha venido preparando durante mucho tiempo.
El paso Beban fue uno de los primeros en facilitar el transporte de personas, cabalgaduras y ganados entre el norte y el sur fueguino, y lleva su nombre por el apellido de un pionero croata -el Fortunato- ducho en andares marìtimo por sus memorables goletas.
Alejandro muestra su sencibilidad en el trato memorioso de lo cotidiano. La casa que vendiera su padre al irese al norte, el estado en que se encuentra lo mismo -donde se estan borrando los rasgos de la infancia- la desapariciòn del cementerio de mascotas que existìa en un rincòn del patio.
Una de mis perras se subiò al sillòn desde donde me hablaba y miraba curiosamente los gestos que acompañaban su decir.
¡Pronto estará de vuelta entre nosotros! Tal vez vuelque en discrusos similares su relaciòn de todo lo vivido, o tal vez apure escritos -como los de La isla me llama- que està al alcance de la mano para que comience a leerlos.
Pero el estará en lo suyo recorriendo las calles en su condicón de cartero, y no registrarà en imagenes su andar -que por otra parte requerirìa de una tecnologìa que no dispone- pero si guardarà en la memoria poética de sus narraciones, su condiciòn de caminante... encandilado por las bellezas de este sur.


FREDY GALLARDO, por los valles urgentes de la vida






Creo que hay que ser paciente una vez más, ya sé que todo tiene un límite, pero ya llegará ese momento en que los temores y las dudas que tenemos, se despejen de una buena vez; como este retazo de cielo límpido que ahora estoy mirando. Para que así podamos caminar por las anchas avenidas con dignidad.
Oye me parece que me fui del tema, pero yo creo que sentí la necesidad de decirlo, será porque paso demasiado tiempo que no le escribía a alguien. Creo que tu sabrás disculparme. Lo importante es que vos estás bien.
Bueno querida amiga, creo que esta tinta no da para más, y hasta la próxima carta.
Un beso. Fredy.



Los asalariados
recorren las calles con el dedo en el gatillo,
apuntando al corazón.
Marchan hacia los límites del infierno.
No se rinden ante la realidad macabra
de la pobreza.
Del trauma abierto por el filo del pasado.
Pero, ocultarse en el sótano tendrá su recompensa
Izar el estandarte de la impaciencia
a la hora justa, no es nada más que la señal
del dios del tiempo.
Dejar atrás los muertos
sin mirarlos a los ojos será un peso
en la conciencia.
La injusticia remontando los ríos
de los cielos.

En las imágenes: Fredy Gallardo en el reciente homenaje a Julio Leite, Biblioteca Schmidt (h) -foto de María desde aquí, fragmento de una carta, portada del libro que escribiera durante su residencia laboral en la cabecera del lago, escribiente a máquina en los días primeros de la Fundación Poética de Río Grande, junto a Patricia Cajal y a mí - Colón 1091, foto de Raúl Ortigoza.




RASTROS EN EL RIO. 2 de agosto de 1992. “Y está el miedo, que es lo que da más identidad a los pueblos que el coraje”.


El río fluye de una edad a otra y las historias de su gente transcurren en la orilla. Transcurren para ser olvidadas y para que el río siga fluyendo.
                                                                                                   Milan Kundera.

Siempre le tuve más miedo al cuco que al diablo. Y en mis primeras confesiones encontré dudas al tener que contestar si se había tocado, me había dejado tocar o por mi parte toqué. Yo atribuía mis faltas al gran placer que tenía simplemente en jugar a la mancha venenosa.

La muerte estaba cerca, aunque nunca alcanzaron a ser los velorios esa fiesta que tanto hadado motivos al folklore y al humorismo, pero los muertos se velaban en casa, y como las casas eran pequeñas se pedía prestada la de un compadre, la pensión o el club. Los muertos llegaban descubiertos a la iglesia donde se echaban responsos en esa lengua solemne que repetíamos sin conocerla, y envueltos en el vaho del incienso ascendías con el cántico del Tantum Ergo, o “La paz de lo santos concede a las almas que en penas y llanto imploran perdón...”

La advertencia de la muerte pretendía limitar nuestras incursiones invernales que nos llevaban muy lejos, o nuestros paseos estivales a lo largo de la costa con el riesgo de la marea.

El miedo estaba allí, en los misterios de la mente de los niños, en el acicate de orden que imponían los mayores, que supongo que –también a su modo-tendrían miedo.

Por eso hoy voy a escribirles rastreando en mi memoria sobre mi miedo de niño, ese que también compartían otros de mi edad y que resultaba terrible cuando salía de la boca de una madre que ante nuestras travesuras decía:

-¡Me voy a morir!
-¡Ya van a ver cuando yo les falte..!

Nuestras madres especulaban con su ausencia o nos atemorizaban con relatos en los cuales el niño desobediente era secuestrado por los gitanos, aunque secuestrado no era la palabra; esa se asignaba para casos que habían conmovido a nuestros padres en su juventud, como “El caso Lindberg” o “Martita Schulz”,  aquí lisa y llanamente se nos decía que nos podían robar.

Pero los gitanos no aparecían nunca en este pueblo bien provisto de hojalateros, y falto aun de un parque automotor atrayente. Así que se generalizaba el llamado “Viejo de la bolsa”, que solía ser algún inocente borrachín, o como decía mi amigo Raúl –aunque él es de otros suelos- un “changarín” que resumía las depravaciones innombrables.

De conversar con el Petiso Andrade, con un té frío de por medio, nos acordamos de un poema de Laura Vera, en que manifiesta sus temores infantiles ante Manguay: “Doce del mediodía/ hora de sopa densa,/ -¡Toma toda la sopa/ que allá viene Manguay/ Y Manguay siempre pasa: / enfundado en las manchas/ de un perramus eterno,/ botines embarrados/ y algún bulto en el hombro,/( barba de algunos días/ y cabellos muy cano./ Su gran porte encorvado/ su perdida mirada/ -a veces muy celeste/ y otras casi aguachenta/ pronto me fascinaron./ Mi viejo de la bolsa:/nunca te tuve miedo,/ ya casi adolescente/ te vi hosco y gruñón./ Un día las comadres proclamaron a coro:/ -que Manguay era rico,/ que guardaba un millón.../ mirá como vivía/ que italiano... que inglés.../ Creo que nadie supo tu humanidad escondida/ solo se que cumpliste muy bien con el papel.

Manguay era solo el marginal que podía asustar a algunos niños, pero que para los grandes era otra cosa; así lo describió el Petiso en su libro:

“Recuerdo a Manguay , que después terminó por vivir en Ushuaia, este hombre tenía una obsesión, no agarraba nunca con la mano la manija de una puerta, se ponía un guante izquierdo, y cuando lo perdía escondía la mano en la manga y con ella hacía la agarradera. Una vez pasó por una casa y viendo un corderito apropiado para su apetito, lo enlazó con una soga y al pasar frente a la Comisaría –el vivía sobre la playa- lo detuvieron por ser esa una actitud sospechosa. Manguay no reclamó el corderito, calladamente reconoció el delito, pero eso sí, exigía que le entreguen la soga porque: -¡La soguita es mía! Nunca trabajó, cosa que veía la vendía, y parece que no le faltaban clientes, salía para afuera como zepelinero.

El cuco era un ánima para los más pequeños. El podía estar en la despensa, a la que nos gustaba tanto meternos  para incautar alguna deliciosa provisión que se reservaba para otro momento. El cuco estaba siempre en la oscuridad. Que problema cuando por ser más grandes debíamos salir a hacer nuestras necesidades al fondo, y el cuco parecía asomarse en la noche sin estrellas o en las turbulencias ópticas de la escarcha. Y contra él no había remedio.

Muchos padres se esmeraban en que los hijos no creyeran en estas cosas que después les intranquilizaba el sueño; pero el aprendizaje se producía de conversar con otros amiguitos que no entraban en nuestras razones de la misma forma que nosotros entrábamos en sus temores; y así también, ya más crecidos, aprendíamos con ellos las malas palabras que no se escuchaban en casa, o su significado, y el laberinto excitante de lo sexual en el que escasamente se nos orientaba en el hogar.

En resumen: ¡que gran culpa la del otro en eso de andar metiendo miedo!

Si el médico era un pan de Dios, el enfermero o practicante era un inquisidor de primer orden al manejar un instrumento de tortura: la jeringa. Mi mayor miedo se concentraba entonces en la figura de Pedro Bay, quien además de enfermero era policía, y por ello –si llorabas te podía llevar preso-; luego continuaba Paleta Saldivia, al que yo por lo flaco llamaba “Tablita”, y él se reía mientras me aplicaba la intramuscular, mientras yo temblaba pensando como se vengaría si no le gustaba su nombre; después estaba Vicente Barría Clausen, quien me impresionaba con su enorme estatura y unas manos que creía de carnicero. Pero el simple trámite de vacunarnos nos tenía intranquilos, cuando no llorosos, para burla de los mayores que se creían faquires en este trámite. Ni que decir de la amenaza representada por el irrigador o el empacho.

Nuestras madres devotas nos amenazaban con situaciones concretas de distanciamiento del hogar:
-Si te portás mal, ¡te mandamos a La Misión!
-Si no estudiás, ¡te irás de comparsa a la esquila!

La Misión era levantarse temprano, comer lo que venga, estudiar compulsivamente, el sermón cotidiano, la agresión de los más grandes sobre los más chicos.

La esquila era ingresar antes de tiempo a la edad adulta, ser tratado en forma grosera, vivir sucio, comer mal, dormir entre cueros, y volver con mucha plata... pero no para uno, sino para la casa.

Doña Jovita fue de esas, lo envió a a Guillermo castigado a La Misión, y después el h ijo no quería seguir estudiando en el pueblo.

Canito, que era un barrabás, no sintió como un castigo la libertad de andar como gente grande en el mundo de la esquila.

Los miedos llegados a tiempo comenzaba disiparse pero mientras duraban era el mecanismo psicológico que empleaban los padres, con más eficacia que el chicote, ese que se colgaba siempre en un lugar visible.

¡Qué miedo le tenía al chicote! Estaba allí colgado en la cocina de la pensión. Lo había trenzado uno de los inquilinos en sus ratos de ocio; hombre de campo, habilidoso para el cuento, que relataba la ferocidad de loa herramienta de siete patas que ponía en manos de mi madre. Bueno para el cuento, también, se fue un día sin pagar. Mi madre andaba intolerante por ello, y alguna minúscula picardía mía estuvo a punto de inaugurar sobre mi cuerpo al instrumento construido por el prófugo. Otros pibes de mi edad eran intimidados con el cinturón. Nos contaban que le habían pegado con la hebilla, o con la mano abierta: como se le pega a una mujer, o aun niño...

Pero regresemos al conjunto de los miedos menos contundentes.

Los sermones de los religiosos abundaban tanto en castigos a los desobedientes, que ingresar a la iglesia cuando no había nadie era una proeza similar a la de entrar en un cementerio de noche. La Virgen podía aparecer y con ello vaya a saber cada castigo...
Lo santos tapados en la Semana Santa escondían al mismo diablo, que por otra parte sabíamos que andaba suelto no sólo en Carnaval –donde andaba suelto y alegre- sino también entre el Viernes Santo y el Domingo de resurrección, donde se ponía fatal con los pecadores.

Otro miedo terrible que se despertaba en nosotros era el miedo a la condena eterna. Nuestros pecados tan difíciles de evitar nos conducirían al infierno. Y si lográbamos salvarnos seguramente que allí irían a parar nuestros seres más queridos. Nuestros padres, nuestros tíos, nuestros abuelos, no tenían para nada aquella conducta santificadora en que nos embarcábamos entre la Comunión y la Confirmación; ellos ni iban a Misa, como lo exigía la Santa Madre Iglesia, ni ayunaban si no se los recordábamos, tenían una falta de virtud humana y hasta pensábamos con tanta prédica insustanciada que podían ser masones y blasfemos, y con ellos pasto del fuego del averno. Por suerte, algunos más prácticos, confesamos y comulgamos durante nueves meses los primeros viernes de casa mes, y creíamos con ello ya tener asegurada nuestra salvación.

Las niñas no aparentaban tener miedos distintos a los nuestros. Nunca oí hablar de la Fiura, del Trauco, que como el Pombero correntino tiene la mitología chilota para limitar actitudes del deseo y justificar a los hijos no queridos. Si recuerdo aquello del dolor que acompaña el parto, como una advertencia para que las jovencitas se midan en lo que hoy es placer y mañana condena.

No era casual que nos metieran miedo con la policía, ni con los ladrones, era como que ambos podían afectar el mundo de los adultos, no así el de los pequeños.

Donde si sabíamos del miedo –julepe directamente- era en el cine. Ni que contar lo que podía pasar en una película de Drácula, que casi siempre era de las prohibidas por la tremenda carga erótica que tenía el mordisco en el cuello. Yo era de los que se atemorizaba con la bruja de Blancanieves, así que imagínense como elegía mi programa cinematográfico;: preguntando por la calificación que daba la iglesia y que divulgaba hasta por teléfono el Colegio María Auxiliadora. Pero el miedo cinematográfico no estaba ligado a la muerte en duelo en el oeste, o en el frente de batalla, el miedo esencial era del de los muertos que caminan, los muertos que se levantan, los muertos vivos.

Un buen día, por el sólo hecho que estábamos creciendo, advertíamos el miedo más terrible, ese que anidaba en el alma de muchos de nuestros mayores: el miedo a la soledad. Y de la mano de nuestros impulsos aparecía el miedo al otro sexo, a ese mundo prohibido pro los convencionalismos, estimulado por los pícaros, ignorado por la infancia...


PATRICIA, poema de Oscar Barrionuevo.






















mi amigo Domingo
tiene una casa
          dentro de otra casa-
dónde una tarde
se le ha colgado de los balcones
un ramo de sonrisas
junto al sol propio que duerme
al lado/
mi amigo Domingo
tiene una casa de grandes ventanales
por dónde entra la mañana
a hacerle el alma/
tiene las puertas como el viento
para vender la distancia/
mi amigo Domingo
tiene una casa
dentro de otra casa/       dpmde
la luz sigue creciendo.