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-¿Te gustaría quedarte un poco más para seguir espiando? Hernán Genovese, que lee y escribe.



En este caso con un encuentro entre Omoylume, canoero del fin del mundo, y los marinos.. del Gran Mundo. Para mejor comprensión pueden buscan en este mismo blog una publicación reciente de la cual es continuidad.



Rápidamente, los indios que estaban en el lugar se reunieron en la costa. No pasaban de una docena (...). Observaron atentamente cuál era la actitud de aquella gente extraña, con sus rostros blancos como pecho de pingüino y sus cabellos como las hojas cuando están secas. Pero se veía poco de ellos, ya que estaban cubiertos hasta el cuello con lo que parecían ser ropajes.

Los hombres subieron apresuradamente a sus embarcaciones, tomando los remos, mientras las mujeres se escondían entre los primeros árboles. Omoylume miraba la escena, con pena de perderse la experiencia. Pero un tío suyo, que ya estaba a punto de partir, lo vio y lo llamó:

-¡Eh, muchacho! ¿Tienes ganas de ir a ver?
-¡Voy corriendo¡ ¡Espérenme!

Remaron con brío (...). Llegaron casi hasta tocar la nave y comenzaron a gritar con todas sus fuerzas. Desde arriba, les hacían señas y se dieron cuenta de que pretendían algún intercambio. Uno de ellos tenía dos grandes pescados y los levantó sobre su cabeza como ofreciéndolos.

Cayó un par de sogas por el costado de la nave y comprendieron que era una invitación. Llevando en la boca su mercadería treparon con agilidad. El muchacho se fue hacia un costado y comenzó a mirar por un orificio. Un hombre muy erguido, que tenía una casaca azul y algunos objetos dorados encima, quiso dialogar con él, pero no resultó posible. Su tío le preguntó:

-¿Te gustaría quedarte un poco más para seguir espiando?
-Quizás. Respondió dubitativamente el muchacho.

“(El que vestía de azul) sonrió, mirando con simpatía al jovencito. Luego, pareció como que notara que tenía un botón a punto de caerse y se lo arrancó. Entregó el pedacito de nácar al indio, quien tuvo la idea de que era una especie de compensación por la visita de su sobrino. A nadie se le ocurrió que estaban comprando o vendiendo a alguien. De hecho, cuando a los pocos días volvió el padre de Omoylume, se enfureció con su hermano:

-¡Vendiste a mi hijo por esta tontería!
- Yo no lo vendí. Él quiso quedarse y el hombre me dio esto.

Pero aquel botón de nácar estaba destinado a la fama. Para los marinos, “Omoylume” era algo demasiado complicado. Por eso le pusieron un sobrenombre, con el cual el muchacho pasaría a la historia. En su idioma, el inglés, “Button” significa “botón”, y esa palabra sonaba buena como apellido. Alguno pensó en un nombre muy común, o esa “James”, pero, como era un niño, escogieron un diminutivo. Así fue como el pequeño fueguino llegó a ser conocido, y a su tiempo a ser famoso, como Jemmy Button”. (Canclini, Arnoldo: “El Fueguino. Jemmy Button y los suyos”. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1998).

Digamos también que en el área geográfica a la cual refiere Arnoldo Canclini, la cartografía actual incluye una isla que lleva el nombre “Button”, ubicada en el Seno Ponsonby, al sur del Canal Murray.

“Omoylume salió a caminar por la playa como todos los días..” Escribe Hernán Genovese.



La pluma de Arnoldo Canclini - autor fallecido el 10 de junio de 2014 -, nos dejó variados textos sobre historia fueguina. Una gran parte de su obra se centró en los aspectos concernientes a los misioneros anglicanos ingleses, quienes habían llegado a la Isla en el siglo 19 con el fin de evangelizar a los aborígenes yámanas, acercándolos a la vez a las normas y conductas que organizaban la vida del hombre civilizado. Alrededor de esta temática, Canclini publicó varios textos de importante circulación. Ejemplo de ello, es una colección de cuatro libros de la Editorial Marymar - hoy desaparecida aunque sobreviviendo con el nombre de CEFOMAR Editora - a los cuales Canclini tituló con los nombres de los principales misioneros anglicanos: Allen F. Gardiner, Waite H. Stirling, Tomás Bridges y Juan Lawrence.

El momento en la línea de tiempo fueguina en el cual aparece el grupo de fueguinos que fueron llevados por el Capitán Fitz Roy a Inglaterra en 1830, fue abordado por Arnoldo Canclini a lo largo de los años en diferentes trabajos.

Del libro citado en el artículo, “El fueguino. Jemmy Button y los suyos”, transcribo un extracto del capítulo inicial titulado Encuentro, en el cual el autor realiza una mirada posible sobre cómo pudieron haber ocurrido los hechos que derivaron en el sobrenombre Jemmy Button asignado a un aborigen fueguino.

“Aquella mañana, Omoylume salió a caminar por la playa como todos los días (...). Era el 11 de febrero de 1830 (...). Mientras caminaba al azar por la playa, pensaba en arrojar alguna piedra a una bandada de avutardas o de pingüinos para mejorar de ese modo su dieta, ya que no estaba seguro de cuándo regresaría su padre, que había ido con otros a perseguir una manada de guanacos (...). Un niño de doce años como él ya debía ser capaz de proveer algo y eso era lo único que le preocupaba.

Aunque algunos lo llamaba Show-lu-a, también le habían puesto Omoylume, y luego se crió en Wula, la gran isla en que vivían casi siempre. Aquel lugar, del que iban y venía periódicamente, era Wulaia, o sea la bahía de Wula, aunque él realmente había pasado sus primeros días en Wul-isk, el islote que estaba enfrente, y que ocultaba la vista del gran canal Onashaga.

Pero avanzada la mañana, una aparición surgió detrás del islote. Era una nave de dimensiones colosales (...). (...) Encima tenía una serie de grandes objetos blancos y planos que se hinchaban con el viento. Se veía una serie de hombres que iban de un lado al otro (...).

Nota: Hernán Genovese es la persona que más sabe de Tierra del Fuego y su historia, en Buenos Aires.

                           

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