FREDY GALLARDO, por los valles urgentes de la vida






Creo que hay que ser paciente una vez más, ya sé que todo tiene un límite, pero ya llegará ese momento en que los temores y las dudas que tenemos, se despejen de una buena vez; como este retazo de cielo límpido que ahora estoy mirando. Para que así podamos caminar por las anchas avenidas con dignidad.
Oye me parece que me fui del tema, pero yo creo que sentí la necesidad de decirlo, será porque paso demasiado tiempo que no le escribía a alguien. Creo que tu sabrás disculparme. Lo importante es que vos estás bien.
Bueno querida amiga, creo que esta tinta no da para más, y hasta la próxima carta.
Un beso. Fredy.



Los asalariados
recorren las calles con el dedo en el gatillo,
apuntando al corazón.
Marchan hacia los límites del infierno.
No se rinden ante la realidad macabra
de la pobreza.
Del trauma abierto por el filo del pasado.
Pero, ocultarse en el sótano tendrá su recompensa
Izar el estandarte de la impaciencia
a la hora justa, no es nada más que la señal
del dios del tiempo.
Dejar atrás los muertos
sin mirarlos a los ojos será un peso
en la conciencia.
La injusticia remontando los ríos
de los cielos.

En las imágenes: Fredy Gallardo en el reciente homenaje a Julio Leite, Biblioteca Schmidt (h) -foto de María desde aquí, fragmento de una carta, portada del libro que escribiera durante su residencia laboral en la cabecera del lago, escribiente a máquina en los días primeros de la Fundación Poética de Río Grande, junto a Patricia Cajal y a mí - Colón 1091, foto de Raúl Ortigoza.




RASTROS EN EL RIO. 2 de agosto de 1992. “Y está el miedo, que es lo que da más identidad a los pueblos que el coraje”.


El río fluye de una edad a otra y las historias de su gente transcurren en la orilla. Transcurren para ser olvidadas y para que el río siga fluyendo.
                                                                                                   Milan Kundera.

Siempre le tuve más miedo al cuco que al diablo. Y en mis primeras confesiones encontré dudas al tener que contestar si se había tocado, me había dejado tocar o por mi parte toqué. Yo atribuía mis faltas al gran placer que tenía simplemente en jugar a la mancha venenosa.

La muerte estaba cerca, aunque nunca alcanzaron a ser los velorios esa fiesta que tanto hadado motivos al folklore y al humorismo, pero los muertos se velaban en casa, y como las casas eran pequeñas se pedía prestada la de un compadre, la pensión o el club. Los muertos llegaban descubiertos a la iglesia donde se echaban responsos en esa lengua solemne que repetíamos sin conocerla, y envueltos en el vaho del incienso ascendías con el cántico del Tantum Ergo, o “La paz de lo santos concede a las almas que en penas y llanto imploran perdón...”

La advertencia de la muerte pretendía limitar nuestras incursiones invernales que nos llevaban muy lejos, o nuestros paseos estivales a lo largo de la costa con el riesgo de la marea.

El miedo estaba allí, en los misterios de la mente de los niños, en el acicate de orden que imponían los mayores, que supongo que –también a su modo-tendrían miedo.

Por eso hoy voy a escribirles rastreando en mi memoria sobre mi miedo de niño, ese que también compartían otros de mi edad y que resultaba terrible cuando salía de la boca de una madre que ante nuestras travesuras decía:

-¡Me voy a morir!
-¡Ya van a ver cuando yo les falte..!

Nuestras madres especulaban con su ausencia o nos atemorizaban con relatos en los cuales el niño desobediente era secuestrado por los gitanos, aunque secuestrado no era la palabra; esa se asignaba para casos que habían conmovido a nuestros padres en su juventud, como “El caso Lindberg” o “Martita Schulz”,  aquí lisa y llanamente se nos decía que nos podían robar.

Pero los gitanos no aparecían nunca en este pueblo bien provisto de hojalateros, y falto aun de un parque automotor atrayente. Así que se generalizaba el llamado “Viejo de la bolsa”, que solía ser algún inocente borrachín, o como decía mi amigo Raúl –aunque él es de otros suelos- un “changarín” que resumía las depravaciones innombrables.

De conversar con el Petiso Andrade, con un té frío de por medio, nos acordamos de un poema de Laura Vera, en que manifiesta sus temores infantiles ante Manguay: “Doce del mediodía/ hora de sopa densa,/ -¡Toma toda la sopa/ que allá viene Manguay/ Y Manguay siempre pasa: / enfundado en las manchas/ de un perramus eterno,/ botines embarrados/ y algún bulto en el hombro,/( barba de algunos días/ y cabellos muy cano./ Su gran porte encorvado/ su perdida mirada/ -a veces muy celeste/ y otras casi aguachenta/ pronto me fascinaron./ Mi viejo de la bolsa:/nunca te tuve miedo,/ ya casi adolescente/ te vi hosco y gruñón./ Un día las comadres proclamaron a coro:/ -que Manguay era rico,/ que guardaba un millón.../ mirá como vivía/ que italiano... que inglés.../ Creo que nadie supo tu humanidad escondida/ solo se que cumpliste muy bien con el papel.

Manguay era solo el marginal que podía asustar a algunos niños, pero que para los grandes era otra cosa; así lo describió el Petiso en su libro:

“Recuerdo a Manguay , que después terminó por vivir en Ushuaia, este hombre tenía una obsesión, no agarraba nunca con la mano la manija de una puerta, se ponía un guante izquierdo, y cuando lo perdía escondía la mano en la manga y con ella hacía la agarradera. Una vez pasó por una casa y viendo un corderito apropiado para su apetito, lo enlazó con una soga y al pasar frente a la Comisaría –el vivía sobre la playa- lo detuvieron por ser esa una actitud sospechosa. Manguay no reclamó el corderito, calladamente reconoció el delito, pero eso sí, exigía que le entreguen la soga porque: -¡La soguita es mía! Nunca trabajó, cosa que veía la vendía, y parece que no le faltaban clientes, salía para afuera como zepelinero.

El cuco era un ánima para los más pequeños. El podía estar en la despensa, a la que nos gustaba tanto meternos  para incautar alguna deliciosa provisión que se reservaba para otro momento. El cuco estaba siempre en la oscuridad. Que problema cuando por ser más grandes debíamos salir a hacer nuestras necesidades al fondo, y el cuco parecía asomarse en la noche sin estrellas o en las turbulencias ópticas de la escarcha. Y contra él no había remedio.

Muchos padres se esmeraban en que los hijos no creyeran en estas cosas que después les intranquilizaba el sueño; pero el aprendizaje se producía de conversar con otros amiguitos que no entraban en nuestras razones de la misma forma que nosotros entrábamos en sus temores; y así también, ya más crecidos, aprendíamos con ellos las malas palabras que no se escuchaban en casa, o su significado, y el laberinto excitante de lo sexual en el que escasamente se nos orientaba en el hogar.

En resumen: ¡que gran culpa la del otro en eso de andar metiendo miedo!

Si el médico era un pan de Dios, el enfermero o practicante era un inquisidor de primer orden al manejar un instrumento de tortura: la jeringa. Mi mayor miedo se concentraba entonces en la figura de Pedro Bay, quien además de enfermero era policía, y por ello –si llorabas te podía llevar preso-; luego continuaba Paleta Saldivia, al que yo por lo flaco llamaba “Tablita”, y él se reía mientras me aplicaba la intramuscular, mientras yo temblaba pensando como se vengaría si no le gustaba su nombre; después estaba Vicente Barría Clausen, quien me impresionaba con su enorme estatura y unas manos que creía de carnicero. Pero el simple trámite de vacunarnos nos tenía intranquilos, cuando no llorosos, para burla de los mayores que se creían faquires en este trámite. Ni que decir de la amenaza representada por el irrigador o el empacho.

Nuestras madres devotas nos amenazaban con situaciones concretas de distanciamiento del hogar:
-Si te portás mal, ¡te mandamos a La Misión!
-Si no estudiás, ¡te irás de comparsa a la esquila!

La Misión era levantarse temprano, comer lo que venga, estudiar compulsivamente, el sermón cotidiano, la agresión de los más grandes sobre los más chicos.

La esquila era ingresar antes de tiempo a la edad adulta, ser tratado en forma grosera, vivir sucio, comer mal, dormir entre cueros, y volver con mucha plata... pero no para uno, sino para la casa.

Doña Jovita fue de esas, lo envió a a Guillermo castigado a La Misión, y después el h ijo no quería seguir estudiando en el pueblo.

Canito, que era un barrabás, no sintió como un castigo la libertad de andar como gente grande en el mundo de la esquila.

Los miedos llegados a tiempo comenzaba disiparse pero mientras duraban era el mecanismo psicológico que empleaban los padres, con más eficacia que el chicote, ese que se colgaba siempre en un lugar visible.

¡Qué miedo le tenía al chicote! Estaba allí colgado en la cocina de la pensión. Lo había trenzado uno de los inquilinos en sus ratos de ocio; hombre de campo, habilidoso para el cuento, que relataba la ferocidad de loa herramienta de siete patas que ponía en manos de mi madre. Bueno para el cuento, también, se fue un día sin pagar. Mi madre andaba intolerante por ello, y alguna minúscula picardía mía estuvo a punto de inaugurar sobre mi cuerpo al instrumento construido por el prófugo. Otros pibes de mi edad eran intimidados con el cinturón. Nos contaban que le habían pegado con la hebilla, o con la mano abierta: como se le pega a una mujer, o aun niño...

Pero regresemos al conjunto de los miedos menos contundentes.

Los sermones de los religiosos abundaban tanto en castigos a los desobedientes, que ingresar a la iglesia cuando no había nadie era una proeza similar a la de entrar en un cementerio de noche. La Virgen podía aparecer y con ello vaya a saber cada castigo...
Lo santos tapados en la Semana Santa escondían al mismo diablo, que por otra parte sabíamos que andaba suelto no sólo en Carnaval –donde andaba suelto y alegre- sino también entre el Viernes Santo y el Domingo de resurrección, donde se ponía fatal con los pecadores.

Otro miedo terrible que se despertaba en nosotros era el miedo a la condena eterna. Nuestros pecados tan difíciles de evitar nos conducirían al infierno. Y si lográbamos salvarnos seguramente que allí irían a parar nuestros seres más queridos. Nuestros padres, nuestros tíos, nuestros abuelos, no tenían para nada aquella conducta santificadora en que nos embarcábamos entre la Comunión y la Confirmación; ellos ni iban a Misa, como lo exigía la Santa Madre Iglesia, ni ayunaban si no se los recordábamos, tenían una falta de virtud humana y hasta pensábamos con tanta prédica insustanciada que podían ser masones y blasfemos, y con ellos pasto del fuego del averno. Por suerte, algunos más prácticos, confesamos y comulgamos durante nueves meses los primeros viernes de casa mes, y creíamos con ello ya tener asegurada nuestra salvación.

Las niñas no aparentaban tener miedos distintos a los nuestros. Nunca oí hablar de la Fiura, del Trauco, que como el Pombero correntino tiene la mitología chilota para limitar actitudes del deseo y justificar a los hijos no queridos. Si recuerdo aquello del dolor que acompaña el parto, como una advertencia para que las jovencitas se midan en lo que hoy es placer y mañana condena.

No era casual que nos metieran miedo con la policía, ni con los ladrones, era como que ambos podían afectar el mundo de los adultos, no así el de los pequeños.

Donde si sabíamos del miedo –julepe directamente- era en el cine. Ni que contar lo que podía pasar en una película de Drácula, que casi siempre era de las prohibidas por la tremenda carga erótica que tenía el mordisco en el cuello. Yo era de los que se atemorizaba con la bruja de Blancanieves, así que imagínense como elegía mi programa cinematográfico;: preguntando por la calificación que daba la iglesia y que divulgaba hasta por teléfono el Colegio María Auxiliadora. Pero el miedo cinematográfico no estaba ligado a la muerte en duelo en el oeste, o en el frente de batalla, el miedo esencial era del de los muertos que caminan, los muertos que se levantan, los muertos vivos.

Un buen día, por el sólo hecho que estábamos creciendo, advertíamos el miedo más terrible, ese que anidaba en el alma de muchos de nuestros mayores: el miedo a la soledad. Y de la mano de nuestros impulsos aparecía el miedo al otro sexo, a ese mundo prohibido pro los convencionalismos, estimulado por los pícaros, ignorado por la infancia...


PATRICIA, poema de Oscar Barrionuevo.






















mi amigo Domingo
tiene una casa
          dentro de otra casa-
dónde una tarde
se le ha colgado de los balcones
un ramo de sonrisas
junto al sol propio que duerme
al lado/
mi amigo Domingo
tiene una casa de grandes ventanales
por dónde entra la mañana
a hacerle el alma/
tiene las puertas como el viento
para vender la distancia/
mi amigo Domingo
tiene una casa
dentro de otra casa/       dpmde
la luz sigue creciendo.

Los colaciches de la tía Kate


La tía era una de las hermanas de mamá, la que le seguía en edad puesto que había nacido el año siguiente en 1908. Viivió buena la mayor parte de su vida en Monte Grnde, Partido de Esteban Echeverría, hasta su fallecimiento el 19 de junio de 1974.

Desde cuando que no como colaciches?

Su hija Aurora Clara Kovacic vino a quebrar ea abstinencia al proporcionarnos la receta.

Partimos con los ingredientes:



Medio kilo de harina leudante.
Dos huevos.
Media taza de azúcar.
Media Taza de aceite
Media taza de leche.
Ralladura de limón, naranja o esencia de vainilla.



Preparación:

Poner en un bols la harina, el azúcar, luego los huevos. Mezclar el aceite y la leche en una taza e incorporarlos al bols, luego los huevos.
Tomar la masa, agregar la ralladura y amasar apenas agregndo un poco de harina de ser necesario, dejar descansar y tomar pellizcos de masa para formar las roquitas.


Hornear 15 o 20 minutos, hasta que estén apenas doradas (o muy) si les gustan más sequitas. Durán mucho si se guardan en envase cerrado.



Receta que habrá llegado de las "Croacias".

Oscar Domingo Gutiérrez, en una biografía de Patricia Liliana Cajal

Quién es Mingo? Patricia escribió hace algo más de un año esta biografía, destinada tal vez para una enciclopedia. Después pasaron muchas cosas, entre ellas el deceso de la autora, pero el tiempo nos lleva a que ella tome la palabra

Nació en Río Gallegos el 28 de Marzo de 1953, su padre Oscar Gutiérrez Carrillo, trabajador rural, portuario y posteriormente maderero. Su madre Margarita Martinovich, ama de casa, que de tanto viajar a Río Grande a cuidar a sus sobrinos terminó junto a su esposo y único hijo radicándose en la zona norte de tierra del fuego.
Entonces Mingo, cursó sus estudios primarios en el colegio Salesiano Ceferino Namuncurá, el secundario en el Instituto Don Bosco y luego en la Ciudad de la Plata en la Escuela Superior de Periodismo.
Ni bien se radicó en nuestra ciudad comenzó a despuntar el vicio de este oficio que abrazó desde muy jóven en el Periódico El Austral de propiedad del señor Higinio Fernández pero que en áquel entonces editaba Abraham Vázquez, por otro lado en el devenir del tiempo surgieron otras publicaciones como el mensuario "Truco" o "El Río" revista literaria que salió a la calle durante 4 años.
Con su esposa, Patricia Cajal, compartió los comienzos de la Fundación Poética Río Grande que integraba también, Fredy Gallardo.
De sus publicaciones destacamos: "Libro de Relatos de la Candelaria" ( 1989); después fueron "Temprano Río Grande"; "Los Shelknam ausencias y presencias"; "Rastros en el Río"; "Historias del Petróleo en Tierra del Fuego" compartido con Néstor Ortíz; el libro protocolar que nos representa a todos los riograndenses con fotos de Alfio Baldovin; "Poemario El Secreto" y su única novela titulada: "Hasta el próximo recuerdo". 
La radio que fué otra de sus compañeras de toda la vida se cruzó en su camino en 1977, ni bien despuntaba ese año en enero inició su carrera de periodista, locutor historiador, relator de anécdotas regionales, rescatando en su derrotero las vidas de las familias que se fueron asentando en la incipiente ciudad.
Desde entonces cuenta con más de cuatro mil horas de grabaciones y mas de siete mil imágenes del ayer fueguino.
La dirección de la primera radio de la zona la ejercía por el año 77, don Jorge De Amuchástegui, trabajando en ella entre otros los locutores Mabel Traber,Guillermo Boucho y Enrique Bischof, y los operadores Luján Muñiz, Juan Francisco Marín, Angel Acosta y Daniel Pisano, sólo por recordar algunos nombres.
Desde entonces su voz llevó a la audiencia riograndense programas de su autoría tales como "Los Gajos de la Tierra", "Memorias del Río", "Fronteras del Pasado", Río Grande en un nuevo Siglo","Evocaciones" y desde muy temprano en los últimos años: "Matinal puesta a punto".
Debemos decir que, además, MIngo también pasó por las aulas en su rol de docente de Historia y Formación Cívica en el colegio Don Bosco primero y luego en el Instituto María Auxiliadora, entre el 75 al 87.
Como muchos de nosotros la presencia de la democracia restaurada en el país lo encontró militando activamente en el Partido Justicialista llegando a ocupar una banca en el Concejo Deliberante en el período 83/85, durante la intendencia de Chiquito Martínez, y posteriormente ocupó el cargo de Director de Cultura del municipio.
Asimismo desde el año 1991 su veta periodística se vió plasmada en las páginas de "El Sureño" en el rol de columnista dominical hasta el 2000 con "Rastros en el río", y desde el 91 reprodujo la memoria fotográfica de los lectores con el siempre reconocido hasta nuestros días "Cordón Cuneta".
De todas estas facetas de periodista, poeta, narrador, articulista, recopilador de voces e imágenes, militante político, funcionario, vecino destacado, sobresale la que Mingo señala como su legado más trascendente sus hijos frutos del matrimonio con la docente Yolanda González: María Florencia, abogada; Damián Eloy, Kinesiólogo y Ana Laura, psicomotricista, y de su segundo matrimonio con Patricia Cajal, Marcial Fermín, actualmente estudiante universitario. Pero sus ojos se encienden cuando nombra a sus dos nietas Mía Carolina y Lucina, con N, como él dice.
Su vida transcurre entre su voz, su palabra y sus imágenes.


ANA LAURA, poema de Oscar Domingo Gutiérrez

En el sitio y apogeo de mis venas
la herencia del agua,
el claro ejército de su cuerpo
recién afincado al vapor
de la tierra;
semilla articulada que substancia
una música acometida de armonías
y causas.

Río Grande, 10 de noviembre de 1988.-

AL HIJO, poema de Oscar Domingo Gutiérrez.



Verás la resistendia del tiempo
cabalgando en tu corazón,
pero en sus pasos largos
                                       solo
en el camino
                     serás
el hombre.

Río Grande, 18 de enero de 1989.