El nacimiento del ATE.

 


Fue en el otoño de 1975, en días del gobierno popular, que lostrabajadores del estado se reunián y consolidaban su herramienta electoral.

Ya no quedan  todos los protagonistas, pero los que están podrían reunirse y hacer buena memoria de como se fue dando todo esto.




ESTANCIA CON NOMBRE DE MUJER.3. María Behety

 

María Behety Chapital, dama uruguaya, contrajo enlace con José Menéndez trasladándose a Punta Arenas donde la familia ganadera fue levantando un enorme imperio económico

Cuándo la familia logró propiedades al norte del río Grande el establecimiento recibirá el nombre de Segunda Argentina, pero al fallecer se la reidentifica con su nombre.

Era un extenso latifundio al que deben sumarse las tierras de las actuales Estancias Flamencos, San Julio y Salvador.

Mujer de vida retraida solía tener poca vida social en Punta Arenas donde estaba el epicentro de estas actividades fundacionales de la colonización. En la revoluciónn de los Artilleros fue herida en una pierna, lo que condicionó su ánimo en el andar. Era de rutinas benéficas cuando tenía responsabilidad en Magallanes de la ayuda social llamada Copa de Leche.

Promediando el primer gobierno de Perón los campos del establecimiento que llevó su nombre fueron subdivididos, repartiemdose entre representantes de la misma familia.


Sus fampos han contenido el galpóm de esquina más grande del mundo, una cabaña de excelente producciónn ovino, y en las últimas décadas un importante loft de pesca.

Un recuerdo perdurable por ERNESTO IPAS.


Ayer dentro del clima de festejos que se vive en el Museo Municipal Virginia Choquintel se anunció que los archivos fotográficos de la institucion llevarán su nombre.

Fallecido en un tiempo cercano Ernesto se incorporó a los proyectos patrimoniales de la comuna, secundando a Migue Ángel Vítola, mientras él estuvo.., y prosiguiendo hasta alcanzar la edad jubilatoria bajo éjida del Museo, y en el marco comercial y societario de Los Amigos de la Fotografía.

El 21 de julio de 2021 llegamos al Alberdi 555 con la invtación del intendente, y aunque esto no estaba dios a conocer que llegábamos a proponer que se retomara el proyecto fundacional de todas estas cosas, con una Fototeca que lleve el nombre de su inspirador "El león Blanco". Abrimos la caja que contenía imánes de figuras del justicialismo fueguino. Pedíamos a cambio de la entrega una copia digitalizada de los mismos.


Después hubo distancias, y la fatalidad de la muerte de Ernesto. El nombre de Miguel no prosperó para esos repositorios, y el de Ernesto viene a imponerse con doble carga.

LRA 24 Y SUS CINCUENTA AÑOS.20. Mensajes al poblador rural.

 

 


Como en otras radios del sur la emisora desde el primer momento recibió estos pedidos que congregaban un buen número de mensajes, y varias ediciones diarias. Hubo situaciones reglamentarias que complicaron inicialmente la tarea: en un momento debieron ser despachos como telegrama en el Correo Local. En otro se reglamentó las formas y vocabulario del mensaje. Las motivaciones debían estar centradas en urgencias, no en situaciones de salutación. Y no debían ser dirigidas a un medio urbano, tratando de eludir comunicaciones dirigidas a la región magallánica.




PAPELES CINEMATOGRÁFICOS.1941.05.10 Títulos que volverían en el tiempo.

 


Aquí se produjo en traspapelamiento en la información que estamos analizando y presentando, con lo que cuando estábamos por terminar el año... volvemos al mes de mayo.

La lectura nos permite apreciar que desde Comodoro se proveía a Manuel Arias de los carbones para sus proyectores "50 pres en el avión anterior".

Hay filmaciones de relleno, tal vez cortometrajes.

Y aparece en la constelación de éxitos los títulos de Tarzán, El hombre invisible, King Kong.. el cine que mientras el mundo estaba en guerra se podía apreciar en el confín del mundo.



LOS PUENTES DE LA MEMORIA.28.“Es salud y es enfermedad, es aliento pero también puede ser sombra, su encuentro con el hombre lo fortalece o lo languidece. Es el otro río que se ríe de nuestra cordura”.

 


Un río de alcohol, sin cauce alguno, recorrió la Isla Grande.

Dela orilla de la tierra, al interior de la vida.

Envileciendo al nativo.

Embruteciendo al colono.

La sombra de la soledad.

 

Para el británico se llamó whisky; Mc Lennan –que fuera juez- se sobrealimentaba con verdaderos cargamentos, era el Chancho Colorado de las orgías de sangre.

 

El dálmata trajo su pelíncovak, o un raquia, fuerte aguardiente del Adriático que consumió junto a la cosechadora de oro.

 

Hubo un argentino de la grapa, la caña y la ginebra.

 

Y de Chile vino la uva al granel en toneles de roble que rodaron por la playa como el primer tributo de cada barco que tocaba nuestras costas.

 

Quisieron hallar la vida, mas encontraron la muerte. Para el indio fue cosa de sumar: el trago, la bala y la tuberculosis. A veces las tres cosas juntas, y al final: su raza.

 

El Padre Zennone acompañó, extrañamente, su fervor misionero con la dipsomamía, ese fue el final cuando luego de andar de boliche en boliche de lo apartó de la isla, pero no así del escándalo de esos recuerdos.

 

El fueguino fue ganado por la bebida, colonización interna de los pueblos pobres, de los hombres solos, de los buenos negocios.

 

Terminaba la esquila, llegaba el carnaval, finalizaba la faena frigorífica, era Navidad o tal vez... el día de San José; y el desborde de alegrías que en su momento traía la bebida motivaba la prudencia policial sobre los hechos; la redada cuando se les subía a todos a la cabeza y los servicios de trabajo, la más de las veces, para volver a salir a la libertad de los pesos gastados.

 

Frente a los palenques de los almacenes se ataban los caballos y con cajones de cerveza bajo el brazo –a temperatura ambiente- se probaban las camisas nuevas desechando las viejas, mirando al cielo cada vez que se daba fin a una nueva botella.

 

El licor rodaba para el mejor postor en el prostíbulo de la costa, y se robaba en las iglesias.

 

Se entraba de a caballo a tomar junto al mostrador, y cada negocio daba la oportunidad de ir tomando un traguito mientras se hacían las compras de la temporada. Y como por aquel entonces faltaba el efectivo en una población sin entidades bancarias, se daba el vuelto en copas para no quedar debiendo vales a nadie.

 

Hasta que un día surgió la institución del Bar, el simple reducto de un mostrador, bancos altos, algunas mesas para tintiar y truquear, la barra para jugar al cacho, y el ritual de pagar la rueda: lo que llevaba a que el atardecer urbano viera andar, con más de una copa, ala juventud recién salida del trabajo. Y más de un dependiente –casi siempre dueño del negocio- por ello de seguir el ritmo de la clientela, consumió en alcohol la salud que se perdió rápidamente en su tumba.

 

El trago no estaba disociado del heroísmo. Ernesto Krund, un alemán zorrero, beodo empedernido, sirviendo a la policía llevaba el correo a la capital del territorio; sabía del recurso del esquí y muchas veces, adormilado, llegaba sólo por el instinto de su caballo al destino de sus rutinas.

 

Pero el alcohol se vinculó con el mundo fueguino del delito, estuvo en la sangre del cuatrero, en el prólogo de la riña, en la punta del cuchillo que confundía al cristiano con el animal, en el abuso de la india.

 

Hasta que surgieron como elementos de la fauna marginal de Río Grande, los borrachitos... Esos que podían amanecer cada mañana durmiendo en una cuneta, o juntarse a vivir pobremente en una casa antigua –ya medio tapera- a la que la curiosidad de los decentes daba los más diversos calificativos: “La caldera del diablo” o “El palacio de Baco”.

 

Ellos fueron “Soderado”, “El petiso de los mandados”, “Corazón de vidrio”, “Morrón”, “Fatiga”... ¡no les faltaban seguidores!

 

Fatiga se hizo célebre aquel día que intentó transitar el río helado y, al desprenderse el témpano, se lo vio pasar a la deriva frente al puerto, con el reaseguro del calor de una damajuana de 10 litros: un subprefecto intentó salvarlo, y casi pierde la vida congelado, él apareció intacto, no así el frasco que lo acompañara en su odisea fluvial.

 

El Estado tomó recaudos sobre la proliferación de la venta de alcohol y así, desde la aplicación de los Códigos Rurales, se impidió la venta en las estancias; lo que no impidió que alguien, con sano tino, instalara un boliche en un punto estratégico donde tropezara la paisanada. Que éstos se corrieran una cuadrera para el lado de la estantería, o bien que mercachifles de todo tipo –zepelines- realizaran las transacciones en los cascos de las estancias y garantizaran enterramientos de ginebra en lugares a los que se llegaba con la adquisición de un prolijo mapa.

 

Y en los bares, que los hubo en más de uno por cuadra, se tomaron medidas de suspender el otorgamiento de patentes a partir de los años ’50; y luego, a la menor transgresión de la política –no siempre equitativa- de no abrirlos más; así, hoy no conocemos “El sacrificio”, “El palenque”, “El pencazo”, “Colo-colo”, “Chile-argentina”, “Mi boliche”, “Mi refugio”, “El caleuche”. Muchos nombres fueron cambiados de oficio cuando ’78 marcó distancias de guerra con Chile, y se buscaron entonces reemplazar denominaciones trasandinas con un leguaje más nuestro.

 

El Bar-restaurant o el Bar-hotel, como rubro comercial, podía sorprendernos por la inexistencia del segundo negocio, que solamente era empleado como un recurso adicional al fundamental del trago, y que finalmente desapareció por la presión tributaria.

 

Pero estos bares que yo recuerdo, son los del cacho y la radio pasando el partido, el almanaque de Alpargatas y la bota de huaso; donde se sacaba la suerte y se recordaba el pasado.

 

Reductos masculinos donde no entró fácilmente, la presencia de la mujer, como no ser la patrona que ayudaba un tanto al “jefe”, sin mayor atención que la charla mostrador de por medio.

 

Tardó un tiempo en aparecer el otro bar, de la gentil mujer y la copa tarifada, ése que no cierra a la medianoche y donde no se va “para tomar nomás”.

LRA 24 Y SUS CINCUENTA AÑOS .19. “Pisto” Arriagada, Abel Segundo.

 

 


Formó parte de la dotación inicial procedente de la Estación Costera de Encotel. Con el tiempo pasó a Estudios desenvolviéndose como auxiliar de programación, y a veces como operador. Pero la Planta lo estaba llamando y volvió a ella hasta el momento de jubilarse, fue el primer agente que ingresó dentro de la repartición al sector pasivo. Fue por muchos años el asador oficial de la emisora, obsequiando en cada ocasión a los concurrentes –y en forma gratuita- la soda Pablito.