EL EXTERMINIO DE LOS ONAS




Enrique Inda, autor de temáticas fueguinas ha encontrado una continuidad poética a su ensayo en la materia.
Y desde Buenos Aires nos lo ha remitido como testimonio de los lazos continuos que mantiene con este sur.
Una familia de onas cerca del río Grande
Descansa escondida en la hondonada
Sin fuerzas por el hambre de semanas.
Los hombres ya no encuentran
guanacos salvadores, hay mus pocos, ariscos temerosos
cazados a balazos por los gringos
de empresas ganaderas, con miles de lanares,
por su fina y valiosa piel de invierno.
De pronto un indio ve una oveja
entre tupidas matas moras.
Al instante la bolea, la carnea
Y deja el cuero colgado del alambre.
Las mujeres, los niños, las ancianas
alegres y contentas encientes un fueguito:
¡Por fin comerán carne!
Pero los perros ladran anunciando el peligro
y aparecen dos jinetes con fusiles y sin una palabra
comienzan la matanza.
Gritos, lamentos, maldiciones, la perrada
de los onas garronean a los caballos.
Un jinete cae al suelo. Un joven indio enfurecido
lo mata de un flechazo, al gringo de a caballo.
Suena un tiro que termina con el joven.
Después, silencio total, solo se oye
un apagado grito de clemencia
y el sollozo lastimero de un niño que agoniza.
¡Se ha repetido un nuevo crimen
A libra por cabeza!

El puente mutilado.



Quién en un atardecer de verano atraviese raudamente en su vehículo la ruta a la altura del Río Grande, yendo o viniendo por la ruta tres, tendrá muy poco tiempo para ver al poniente –encandilado por un rojo sol austral- el perfil de hierro del puente colgante que fuera habilitado por los años veinte para el transporte de hombres, cabalgaduras y carretas, ovejas y los escasos automotores de entonces.
Por diversas urgencias su memoria no será convocada necesariamente a recordar que durante el año que pasó el puente se vino abajo, que la calzada del mismo fue levantada del río y que sus despojos se encuentras depositados en la margen norte, esperando providencias que -al no darse de inmediato- sumieron el historial de vida de esta obra de vinculación en una total incertidumbre.
Los defensores de la existencia del puente se configuraron –al estilo fueguino, o de este tiempo- en buscadores de culpas. Y los sectores involucrados –atacados de esta forma- creyeron necesario hacer algo que se tradujo en: decisiones ejecutivas por parte del Municipio, y estudios técnicos por parte de la gobernación.
Algunas promesa quedó en el camino, y alguien sintió correr una lágrima por su mejilla cuando después de medio siglo de inacción el puente ya caído sobre el curso del río se desgarró durante una fuerte ventolera.
Enero nos encandila con sus soles enérgicos. Quién en un atardecer encuentre el lugar como destino; el vado del Tropezón, o el cerro del Águila, verá más de cerca que el perfil inconfundible del puente colgante muestra ahora sus mutilaciones. Alguien caminará sobre sus escombros. Se harán múltiples ejercicios fotográficos, Y también se sustraerán recuerdos.
Enero es un mes de ausencias: no están los que dan soluciones, pero también no están lo que reclaman con mayor enjundia.
Pero con el caso del puente, cuando pase el verano..., ¿pasará algo?
Se sabe que los estudios encarados vieron la posibilidad de recupera la estructura, tal como la conocimos, y que esa situación resulta imposible: hay muchos componentes que se han perdido, y otros ya estaban destruidos. Se ha pensado en levantar una suerte de museo de sitio que conserve lo que quedó e imprima en el lugar una situación informativa general sobre la ganadería fueguina y la colonización. Pero no hay dinero para estos en los presupuestos aprobados. El sector ganadero de ser invitado a aportar elementos de trabajo de otros días, para que puedan ser vistos en el lugar, desconfía de quienes puedan ser los responsables de esos elementos en una esfera patrimonial. El sector ganadero a su vez no es visto con simpatía con los sectores que hoy se identifican como progresistas, los que no invertirían un solo peso en la exaltación de una experiencia histórica –representada por el puente y su entorno- que alude entro otros bemoles al final de los pueblos originarios.
Pero se llegó hasta considerar la reconstrucción del puente colgante utilizando elementos nuevos, y para el caso se redondeó una cifra: doce millones.
Nos han dicho que en se párrafo del informe los encargados de leerlo cerraron la carpeta. El área patrimonial provincial se maneja con moneditas, para el caso una referencia: el Museo Histórico Khami, inaugurado un día de sol y asado, debió cerrar al llegar el invierno ¡porque no tenía calefacción!
El puente colgante ya no cuelga, tal vez por eso merezca este otro nombre: El Puente Mutilado.

El Simón que sigue.

El Simón que sigue se llama Simón Fabián Martínovich Gallardo, y nació un día como hoy hace 45 años. Es el pequeño que está en nota anterior con su papá Simón Martínovich Martínovich y su mamá Margarita Gallardo.
En el mismo escenario de la foto: el patio de la casa de la Nona (como se le llamó un tiempo) aparecen nuestros otros simones.
El Simón Mayor vestido elegante, como solían hacerlo nuestros trabajadores rurales cuando estaban en el poblado. El Simoncito arrastrado tal vez para salir en la imagen familiar. Los zapatos entierrados, robustos, como para afrontar los trajines del correteo diario. las medias polvorosas. Los pantalones cortos para lucir extremidades. Pantalones colocados no descuidadamente sino con la cintura sobre el ombligo. El jersey y por fuera del cuello una camisita. Al niño lo ha peinado mamá Blanca, seguramente con alguna gomina.., puede ser Brancato, la misma que utiliza a diario el padre colocada en él de manera extraordinaria. La pequeña -ahora no cabe dudas que es menor que su hermano, es Nora, recién se afirma en el caminar y luce de punta en blanco. Tres juguetes asisten a la cita fotográfica: dos son sobre ruedas: uno para arrastrar, el otro para cabalgar y soñar que sos grande. El muñeco puede ser una suerte de osita.
En el entorno está la quinta y el jardín. La quinta al centro con almácigos limitados por piedras que tal vez son rezago de los trabajos realizados por el abuelo Mateo Martínovich, empedrador croata-magallánico. En los laterales hay lugares para las flores. Se esfuma en un primer plano el rosal.
Hay, con apariencia distinta, cercos de madera que deben haber ido creciendo en la medida que se fue necesitando delimitar los diversos espacios de la vida doméstica en el solar familiar.
Falta otro Simón Martínovich para recordar, el de la otra rama familliar que en Río Grande ha dado en hijos a Juan, Jorge (Koki) y argarita Martínovich.

Tríptica nacional.Lengua.El español de los argentinos.2


Se han analizado los trabajos lexicológicos relacionados con el habla de los argentinos, en torno a una idea de que existen vocablos que pueden llegar a ser identificados como ARGENTINISMOS.

Y sobre el particular existen tres tipos de diccionarios.

En una primer categoría está el DICCIONARIO DEL ESPAÑOL EN LA ARGENTINA, que registra el léxico habitual en toda la extensión del país, en todos los niveles sociales y en todos los registros posibles.

El segundo tipo comprende al DICCIONARIO DEL HABLA DE LOS ARGENTINOS, que coloca aquellas voces diferenciadas de la península, en vocablos y excepciones. Es un diccionario contrastivo de la Real Academia deja espacio también para este tipo de inclusiones, siempre presentes en un estudio mayor.

El tercer tipo es el relacionado con el DICCIONARIO DE ARGETINISMOS que registra las expresiones exclusivas del país, las que no se comparten con el resto de los países hispanoparlantes.

Lo que nos lleva a pensar que tendría que haber en la proyección del tiempo una suerte de diccionario de diccionarios.

Qué se habrá hecho de Diego Angelino?

Cuando por los años 60 a inspiración de Leonor María Piñero comenzaron en Río Grande las Ferias Territoriales del Libro, una gestión de Del Biaggio trajo presencias de escritores de otros puntos del país. En una de ellos convergieron Arturo Gudiño Kieffer y Diego Angelino. El escritor que mentamos era entrerriano, y residìa por entonces en El Bolsòn. Asì conocerìamos su novela Recordando en el viento, donde la trama de la acciòn se centra en Comodoro Rivadavia -ciudad en la que había vivido- relatàndose la vida de Juna Sosa, la madre de Perón casada entonces con Canosa, en trande de muerte. La poblaciòn está ansiosa porque por tamaña circunstancia podría hacerse presente el general en un vuelo que todos parecen sentir.
Buscamos en internet relaciones sobre el devenir autoral de Angelino, y lo que encontramos para enriquecer nuestra mirada es un escrito firmado por Alejandra Delgado(1) y Haydée Razzari(2)

          Diego Angelino, nació en 1944, en Maciá, un pequeño poblado del Departamento de Rosario del Tala, Provincia de Entre Ríos, Argentina. Transcurre  parte de su infancia en el campo y parte en la ciudad de Nogoyá.  De allí se traslada a la  Escuela Normal Rural “Juan B. Alberdi” cerca de Paraná para seguir  los estudios secundarios, y egresar en el año 1960. Al año siguiente se inscribe en la carrera de abogacía,  que deja inconclusa. En la ciudad de Paraná,  perteneció al  Consejo General de Educación de la Provincia de Entre Ríos, afectado a tareas relacionadas con lo que iba a ser  su vocación literaria: la redacción del Boletín del organismo. En 1961, José María Díaz –también en el Consejo de Educación- lo vinculó con Luis Sadi Grosso, que lo animó a la publicación de su primer libro.
          La siguiente residencia de Angelino fue en Comodoro Rivadavia, donde vivió durante tres años, trabajando un período de bibliotecario y en la Dirección de Cultura, y otro período, en la Justicia. De allí se trasladó a la ciudad de El Bolsón, Río Negro, donde se radicó. Hace años que se dedica al cultivo de plantas ornamentales, en su vivero “Tierra Baldía”, nombre que además de la referencia a una de las obras maestras del poeta T.S. Eliot, recuerda la emblemática editorial de Fogwill, en la década del 80’.
          Hasta 1975, escribe obras “de cámara”, que desarrollan su espiritualidad sin volverse regionalistas respecto de la geografía, la historia o la militancia social. He aquí un poema escrito en  El Bolsón,  Río Negro, donde nos muestra un momentáneo ensimismamiento de entrerriano del interior de la provincia transradicado a esa tierra del  sur del país:
 
He cambiado
 
He cambiado
un árbol por un árbol
un cielo por cielo
una tierra por otra.
 
A veces, sin embargo
-lejos ya de los trigales, las colinas,
los montes de espinillo-
me sorprende un aire
de paraísos florecidos
O simplemente
el rumor de una siesta
imprecisable.
 
Si miro entonces
las montañas
no veo las hogueras otoñales
saludándome.
(Mis hijos me hablan
y no pueden saber
que entre los ñires
otro es el aire
que sacude las hojas.
 Me tiran de la mano
y compruebo
que la noche se acerca
y es necesario regresar
para encender las lámparas  y el fuego.
La noche siempre
nos acerca a nosotros,
nos devuelve a ésta
nuestra tierra elegida)
Otro es el aire
y es el mismo    
                                                
  (abril 1972)
  
          Lo primero que escribió fue la novela Al Sur del Sur (1973) que, si bien fue  especialmente recomendada por el jurado del Premio América Latina (La Opinión-Sudamericana), Angelino decidió no publicar.  Aun cuando el autor comenzó –como tantos narradores- escribiendo poemas, su registro más alto se observa en la prosa.  Al año siguiente el reconocimiento le llegaría con su libro de cuentos  Con Otro Sol editado por la editorial Corregidor, ganador del Primer Premio del diario La Nación en 1974, por un jurado integrado por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Alicia Jurado, Eduardo Mallea y Leónidas de Vedia. Se trata de una historia que transcurre entre  sombras: una mirada introspectiva que se desarrolla entre el descenso y el ascenso del sol, pero siempre en la penumbra. En un primer  momento el libro se llamó Antes de que Amanezca,  bajo  este título recibió la distinción y seis de los cuentos fueron publicados en el diario La Nación.  Uno de los cuentos: Bajo la Luna, sobre la Tierra, bajo la Noche,   también  generaría elogios de parte de Borges, pero sobre todo de Victoria Ocampo, que en aquel momento integraba el Fondo Nacional de las Artes. En una carta enviada a Angelino el 30 de octubre de 1973, le expresa  su aprecio por el tono del cuento y cierta simplicidad existente en él. Y Juan Laurentino Ortiz consideraba a Angelino como uno de los más grandes cuentistas argentinos.
          Un dramatismo realista, una composición de tono poético, y un humor popular casi inadvertido pero sólidamente tratado, constituyen los elementos formales de sus historias. La escritura, transparente, aparentemente sencilla,  presenta  giros coloquiales y párrafos amplios, de rápida solución, que generan el nacimiento del siguiente. Angelino  construye sus relatos como un albañil experimentado levanta un edificio, redondo como un nido,  cada palabra va modelando un clima intimista, predominante en su obra.
          Autor poco prolífero, pareciera que por eso mismo la energía se condensara en cada uno de sus  libros, cuyas historias se suceden en círculos concéntricos, al punto de que el cuento Bajo la Luna, sobre la Tierra, bajo la Noche, con posterioridad  se convierte en la base de la novela Sobre la Tierra. Esta obra ha sido llevaba al cine bajo la dirección de Nicolás Sarquis,  con la participación de la actriz Graciela Borges. 
          Sus personajes caminan lentamente hacia la desintegración, pero están contenidos en un lenguaje que confirma la sentencia del poeta  Rainer  María Rilke: “Lo bello es lo soportable de lo terrible”.  El campo hostil y duro; es el ámbito natural de estas historias;  el conocimiento intuitivo del hombre que recorre osamentas y comprende el motivo del vuelo de los caranchos sobre muchos puntos del monte; de los isleños que son capaces de prevenir una inundación mirando el vuelo de las aves y  el color del agua del río, y  oliendo los aromas que viajan por el agua.  No obstante,  la desesperación nunca es completa,  el autor deja siempre abierto un resquicio para la esperanza:
 Y pese a que todos miraban el cielo y esperaban la lluvia, sabían que ya era tarde, que ese año no habría trigo ni lino, pero igual miraban el cielo… (Sobre la tierra)
          La baronesa y la vieja Frutos de Sobre la tierra,  madre e hijo de Recordando en el viento,  y el Viejo Pancho huyen de los estereotipos y bajo la pluma de Angelino se transforman por su humanidad y se vuelven tan reales como los vecinos a la vuelta de la esquina, al alcance de la mano.
         En el cuento Mi amigo, las islas, el capitán y la muerte ambientado en nuestra provincia, en Paraná, el protagonista, Biondi recuerda  las Islas del Ibicuy y sus habitantes, que son presentados por un narrador en primera persona, amigo de Biondi, ya no por medio de tercera persona del narrador omnisciente, recurso frecuente en la prosa de Angelino. Como en “Sobre la tierra”, aparece -  tangencialmente a través del personaje de Klaus-,  la inmigración alemana y hay cierta recurrencia temática: la incomunicación, la insatisfacción del sexo, la amistad verdadera. No obstante, aquí el autor escribe una historia de amor imposible. Y lo hace con un estilo sedimentado por los años, que gana en precisión y visualidad.
          Angelino no utiliza los consabidos recursos literarios para volver más poética su prosa, la poeticidad surge de la materia en sí,  de la atmósfera que va creando al hilvanar las acciones de un modo sutil, en una trama tejida en torno al destino de los personajes. Así logra inficionar el relato de poesía.
          No podemos dejar de señalar un hecho inusitado para cualquier escritor.  Después de Recordando en el viento, escrita a los 39 años, sobreviene un silencio literario de más de veinte años. El mismo autor le confesó al Director de esta Sección -publicada en el diario El Heraldo-, que no sabía el motivo por el cual había dejado de escribir, que se dejó ganar por “los trabajos y los días”. Angelino siempre estuvo apartado del mundillo literario, en un margen saludable, dentro del cual siempre estuvo la naturaleza. En el interín, hubo una aparición pública notable: su intervención como jurado del XXI Encuentro Patagónico de Escritores, que  integró junto a Héctor Tizón y Liliana Hecker, realizado en Puerto Madryn, en 1999. En el campo,  los tiempos son diferentes y el vuelo de un pájaro quiere decir muchas cosas (Viejo Pancho). Sin embargo, el cultivo de la tierra es análogo al de la escritura. Seguramente Angelino encontró su lugar en el mundo. Seguramente como Rilke, también Angelino se preguntó si moriría si le estuviese vedado escribir. Y sólo cuando volvió a sentir la íntima necesidad de la palabra pudo volver.  Y cuenta para volver a vivir.  


 

Simoncito ya no está.



El pasado 6 de diciembre falleció en Punta Arenas Simón Martínovich, uno de mis primos. Venía de luchar duramente el año anterior con el cáncer que finalmente consumió su existencia.
Simoncito ya hace muchos años que eran Simón, en tanto que yo siempre lo mencioné en diminuto recordando a su padre –primo de mi madre-, aquel Simón Martinovich Martinovich que se repartía en tareas rurales en Magallanes, con algunas incursiones en el frigorífico de Río Grande donde era reconocido en su condición de excelente futbolísta.
No recuerdo bien si era el mayor de los tres hermanos, o era Nora la que lo aventajaba en la nacencia; lo cierto es que con Rodolfo –Fito- el mayor referente deportivo de la familia (crack que jugó en Santiago) forma el trío que trajo al mundo la tía Blanca, era mujer grande, anidadora, tan tierna al hablar como valiente al esgrimir sus posiciones ante la vida.
Simoncito vivió entre Gallegos y Punta Arenas muchos años de su existencia. Lo recuerdo un día del 67 –yo andaba de vacaciones- cuando falleció su padre. La familia estaba acongojada. El estaba firme. Le correspondía estarlo. Mi viaje se enlutó con esa pérdida, pero creo que al año comencé a descubrir su alegría: había venido el hijo –otro Simón- y es quien aparece en la foto junto a Margarita, la esposa, una mujer de gran capacidad artesanal: hacía cuadros de tipo oriental con virutas.
Ellos vivían en la vieja casa de los abuelos, esa que levantó Mateo Martínovich en 1892 y que todavía –algo remozada- se perfila en la esquina del barrio sur magallánico: en Serrano esquina España.
Los últimos años anida un asilo de ancianos que administraban diligentemente la esposa y la hermana.

El hombre que me devolvió un abrazo que creía perdido.

Mi padre falleció en el invierno de 1979. Mi madre se fue a vivir a la casa que alquilaba con Yolanda en la calle Piedra Buena y donde el centro del mundo era mi pequeña hija: María Florencia.
Un día me pidió volver a su casa, y lo hizo para examinar lo que había quedado del finado. Me pidió que le dejara libre la tarde y que solicitara al vecino taxista: Gabriel Barrientos, que la pasaba a buscar para la cena. Yo volví por la radio y por teléfono le hice el encargo solicitándole, eso sí, que me llevara para poder volver con la viejita.
Así hicimos.
Gabriel me esperó e ingresé a la casa que estaba en silencio. Mamá estaba sentada a la mesa tomándose un te y mirándome con unos ojos que habían llorado mucho. Entonces me mostró lo que había hecho: en la habitación matrimonial había un conjunto de bolsas que encerraban toda la ropa que había pertenecido a mi padre, a la cual había hecho tiras para que nadie volviera a usarla.
Me dijo que guardaba un pantalón azul, de vestir, para que algún día los nietos comprendieran –dado el tamaño de la prenda- la estatura de mi padre.
Mi padre con su metro 96 era el gigante del pueblo.
También había dejado dos camperas Cacique, una impecable, la otra deteriorada un tanto por se la que usaba en el momento en que lo atropellaron. Me dijo que era una pena tirarlas, que a alguien le podían servir, que le habían constado mucho conseguirlas y adquirirlas puesto que no llegaba habitualmente ropa de confección de ese porte.
Y así partimos rumbo al coche con mamá haciendo peso de mi brazo.
Pasó un tiempo. Ya vivíamos de vuelta en la casita de Obligado un tanto modificada para albergar a mucha más gente. Y fue cuando pasó a visitarnos la tía Blanca y Simoncito.
Se estaban alojando en lo de los Otey, con los cuales la tía estaba ligada familiarmente, y ahora estaba haciendo la ronda de salutaciones familiares.
Yo llegaba del trabajo y cumplidos los protocolos mamá me llamó aparte: era para decirme que a Simoncito –tremendo Urso que era- le quedarían bien las camperas del finado.
Al primo le brillaron los ojos cuando mamá apareció con dos grandes envoltorios de papel azul que guardaban las camperas de mi padre.
Tomó la que estaba rasmillada en un codo y un hombro y dijo: -Esta me va a servir bien en el puerto (Simoncito como papá había sido mariplaya). Se metió dentro de la Cacique, subió el cierre, y le quedaba al cuerpo. Entonces mirando la otra dijo.-¡Y esta para cuando salga de rondín! Creímos entender que era para las fiestas.
Entonces Simoncito se acercó y me dio un abrazo muy fuerte, muy pronunciado, y por un momento sentí que con esa Cacique era mi padre el que había vuelto para abrazarme.

Tríptica Nacional.História.Deuda externa.2


En el año 1824 el gobierno de la Provincia de Buenos Aires por ese entonces a cargo del gobernador Martín Rodríguez, negoció con la compañía bancaria Baring Brothers de Londres, Inglaterra, un empréstito por un millón de libras dando, origen a la deuda externa argentina.

En principio este capital iba a utilizarse para la construcción del puerto, para el establecimiento de nuevos pueblos y para obras de salubridad.

Pero entre comisiones, seguros, amortizaciones, coimas, gastos e intereses por adelantado, llegó al país cerca de la mitad del monto total del préstamo (resulta difícil saber con exactitud la suma que llegó al país.

Circulan, entre los historiadores, distintas versiones, algunas determinan que el monto que arribò al paìs no fue mayor a 160.000 libras.

Por otro lado, no se realizaron ninguna de las obras para las cuales el empréstito habìa sido contratado. El dinero que llegó se disipó en otros gastos, como los resultantes de la guerra con Brasil.

La deuda, tras varias negociaciones infructuosas, incluido el ofrecimiento de las Islas Malvinas en forma de pago, terminó de pagarse recién en 1904, ochenta años después de la toma del crédito, por un monto ocho veces superior al original.

De por medio y en tiempos de la construcción de la Argentina liberal el tema de la deuda pasó a un segundo plano, y más aun, el país participó de acciones tendientes a que otros países se endeudaran. Tal fue el caso de la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay como que la invasión fue financiada, de principio a fin, por el Banco de Londres, la casa Baring Brothers y la banca Rothschild, en empréstitos con, intereses leoninos que hipotecaron la suerte de los países vencedores..

Se sepultó a la vez la única experiencia de desarrollo latinoamericano sin contraer deudas con la Europa mercantilista, y se diagramó un modelo económico dependiente para esa nación que pasó de estar protegida por su lejanía del mar y el mundo dominante, a estar encerrada los por intereses foráneos de los países que la vencieron.