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LOS ANIMALES O YO, de Alejandro Pinto.

En medio de la noche leí la reciente publicación nacida de la conjunción entre el escritor y el artista. Porque este fanzine nació en esta cuarentena, al regresar Omar Hirsig de su aventura porteña.

Como fanzine es pequeño, no cubre la palma de mi mano, pero tiene sustancia de aventuras como  para construir si se quisiera enormes sagas de múltiples vidas.

Pero aquí están las construcciones porque todo lo que transcurre en cada relato conduce a la muerte. Son alegorías del existir, del camino cotidiano en que todos de una manera u otra somos seres finitos.

El libro nos habilita a multiplicarlo por que dice que se publica SIN DERECHOS RESERVADOS.

Pero a mi me gustaría que ustedes se desvivan por conseguirlo, a pesar que creo que ya casi están vendidos a 150 pesos su primera edición; como de muestra un botón, les dejo el presente:

LA GALLINA

Mi abuela le arrancó la cabeza como si partiera un cacho de pan y la volvió a dejar en el piso. Entonces salió corriendo a ninguna parte y nosotros la seguimos en ese juego. Nos divertimos mucho. Nos causaba mucha gracia verla correr sin cabeza, parecía que lo hacía a propósito. Éramos niños, no sabíamos que se estaba muriendo.


ALEJANDRO PINTO, palabras de caminante.



Pasó por casa para entregarme sus producciones literarias, esas que nacen de sus manos de manera artesanal bajo el seyo editorial de Klóketen Tintea. Estaba por salir al día siguiente rumbo a Ushuaia, se alojaría en Bosque Yatana por la hospitalida de Mónica Alvarado y partiría al día siguiente para recorrer el Paso Beban.
Mientras esperaba conseguir pastillas para potabilizar el agua porque, contrariamente a lo que se cree es un riesgo consumir agua en esos espacios cordilleranos.
Me contó de una caminante que tomó agua cristalina de un arroyo pero que al subir apreció que en curso de agua había un animal muerto desde hacía varios días, los efectos nocivos de la ingesta no tardaron en hacerse notar.
Alejandro vivió con anterioridad una experiencia iniciática por los senderos fueguinos de la mano de una francesa ducha en estos menesteres.
Pero ahora dispone de cinco días para los cuales se ha venido preparando durante mucho tiempo.
El paso Beban fue uno de los primeros en facilitar el transporte de personas, cabalgaduras y ganados entre el norte y el sur fueguino, y lleva su nombre por el apellido de un pionero croata -el Fortunato- ducho en andares marìtimo por sus memorables goletas.
Alejandro muestra su sencibilidad en el trato memorioso de lo cotidiano. La casa que vendiera su padre al irese al norte, el estado en que se encuentra lo mismo -donde se estan borrando los rasgos de la infancia- la desapariciòn del cementerio de mascotas que existìa en un rincòn del patio.
Una de mis perras se subiò al sillòn desde donde me hablaba y miraba curiosamente los gestos que acompañaban su decir.
¡Pronto estará de vuelta entre nosotros! Tal vez vuelque en discrusos similares su relaciòn de todo lo vivido, o tal vez apure escritos -como los de La isla me llama- que està al alcance de la mano para que comience a leerlos.
Pero el estará en lo suyo recorriendo las calles en su condicón de cartero, y no registrarà en imagenes su andar -que por otra parte requerirìa de una tecnologìa que no dispone- pero si guardarà en la memoria poética de sus narraciones, su condiciòn de caminante... encandilado por las bellezas de este sur.


LA LINEA "A" Escribe Alejandro Pinto.



De las líneas de colectivos que recorren la ciudad, la “A” es la más entretenida. Y además tiene el recorrido más largo. Cruza la ciudad, ida y vuelta, de Este a Oeste. Empieza en el casco viejo de la Margen Sur, atraviesa los asentamientos, agarra la calle de tierra que sube al puente, cruza el río, entra al centro de la ciudad por la San Martín, se desvía hasta el hospital y retoma la avenida, dobla por el barrio de mi infancia y encara por la ruta hacia Chacra XIII, y de ahí hasta llegar hasta Chacra XI, donde pega la vuelta y roza el aeropuerto rastrillando los barrios que están atrás del monumento a la trucha, y vuelve por el mismo itinerante que hizo hasta regresar al casco viejo de la Margen Sur. Ahí descansa unos veinte minutos y arranca de nuevo. Llevo casi tres años viajando en esa línea y nunca dejó de fascinarme.
En su recorrido suben Bolivia, Perú, Chile y República Dominicana. Y entremezclados a ellos, el Chaco, Mendoza, Córdoba, Buenos Aires, Comodoro Rivadavia y Tierra del Fuego. Todos estos países y provincias te los podés llegar a encontrar en un solo viaje. Una mezcla de pieles y tonadas que a uno sin querer le florece la diversidad cultural con solamente viajar en bondi. 
Me encantaría detenerme a describir cada barrio, cada persona y cada paisaje que se pueden ver viajando en esa línea. Son apasionantes, se los lo juro. Y ni hablar de las escenas que se viven. Pero no tengo el tiempo suficiente para hacerlo. Asique sólo me voy a detener en un pequeño recorte de su trayectoria que, a mi sentir y parecer, creo que por ser fueguino, no sé, es uno de los que más me movilizan. Cuando cruza el puente.
El puente General Mosconi está muy cerca de la antena de Radio Nacional, casi al lado. A ambos los relaciona, por así decirlo, tanto su rol social, o sea la conexión, como así también los suicidios. La antena fue protagonista de intentos en su gran mayoría no concretados, distinto al puente, lamentablemente, en el que se concretaron más hechos que amenazas. Yo no entiendo cómo nadie todavía fue a tirar una flor desde ahí, una flor al río… disculpen, pero cruzar el puente, en parte, me moviliza desde ese lado. Además muchas personas que viajan en la línea “A” quizás desconocen este dato, asique me parece bien entrometerlo.
Es muy bello el paisaje cruzando el puente. El río te roza los pies y por el fondo de las ventanas, por el sur, cuando el horizonte está despejado de nubes, entra la cordillera. Se ve la cordillera, no les miento. Hay días que se aparece más grande y luminosa, y otros en las que apenas es un murmullo empañado, pero está allá, y entra al bondi. Cruzando el puente el cielo se ve más grande, y también entra. Y las nubes, miren las nubes, esos colores y esas formas. El bondi tiene ventanas grandes, cuando cruza el puente parece invisible, y entra todo el paisaje abierto que lo rodea. La gente, todos, cuando estamos pasando por ahí nos callamos un poco.