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AQUEL GOBERNADOR DE LA ISLA DE LOS ESTADOS


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urante los años 1974 y 1975 tracé aspectos de embrionarios de mi búsqueda del ayer fueguino, uno de ellos consistió en examinar la colección de la revista CARAS y CARETAS existente en la Biblioteca Dardo Roca de la UNLP.
Allí en una edición del 10 de abril de 1909 encontré esta nota que hablaba de un “gobernador” en la citada isla, con el tiempo transcribí ese escrito en una columna que en el periódico EL AUSTRAL recibía el nombre de LOS FUEGUINOS Y SU MUNDO –recortes del pasado, era el 15 de noviembre de 1976 y ya estábamos mascando la historia regional.
Los vericuetos fueguinos, los canales acantilados en que se ve la corteza del mundo fue hecha en tajadas que asoman donde el bosque de fagus deja un claro, la nieve con que los montes parecen soportar inmensa cantidad de azúcar o harina derramada sobre sus cumbres en cuyas faldas las cavernas remedan “bocas por donde bostezan los montes” su majestuosa soledad, peñascos que acechan quillas casi a flor de agua, todo quedó atrás y el barco entrando a Puerto Kuck echó anclas a la voz de ¡fondo! dada por el capitán. Luego, el saludo de ordenanza: tres pitadas. S. E. el gobernador de la isla, Felipe Zucarelli, contesta de tierra con tres tiros y en su falúa no tarda en venir a visitarnos.

El gobernador, así lo proclamaron los oficiales de nuestra armada, y por tal es conocido en toda Tierra del Fuego, aparenta tener unos cincuenta años. Su gobierno dura desde 1903 y es un gobierno modelo, sin escándalos, sin revoluciones, sin la menor protesta, a pesar de la inmensa población que existe en la isla. Nos ha mostrado su último censo:
HABITANTES DE LA ISLA
Hombres……………………. 1
Mujeres……………………... ninguna
Niños………………………... ninguno
Perros……………………….. 5
Es un anacoreta. Recuerda el solitario habitante de la isla Juan Fernández, aquel marinero olvidado, abandonado, que inspiró la preciosa leyenda del Robinson Crusoe. Es un Robinson, con mucho del Enock-Harden de Tensión. Es un Robinson este Zucarelli, en cuya cabaña gimen los otoños fueguinos y rugen las tempestades australes. Una empresa lo dejó allí con provisiones para dos meses, asegurándole que en breve le enviarían más. Esto fue en 1903. Todavía espera.

Cuando regresaba la corbeta “Uruguay” de las Orcadas con rumbo a Buenos Aires, se halló sin carbón para llegar a Ushuaia. La isla de los Estados se presentaba a la vista y fueron a Puerto Kuck en busca de leña. ¿Cuál no sería la sorpresa de la oficialidad al descubrir en tierra a un hombre que no solamente los recibió con toda afabilidad sino que les entregó 60 toneladas de carbón para que siguieran su viaje, obsequiando al comandante con gallinas, pescado y mariscos? El carbón le fue devuelto, y desde entonces no hay buque de la armada que viaje por allí que no se desvíe algunas millas para visitar al gobernador Zucarelli.

Es fácil suponer las penurias que algunas veces pasa. Hace poco, la temporada fue terrible para él, pues se encontró cuatro meses sin galleta, sin azúcar, sin café, sin fideos y sin aceite.
Le preguntamos que comía.
- No comía, bebía… caldo, caldo, y después, otra vez caldo.
- ¿Y ahora?
- Han llegado ustedes lo más oportunamente. Con decirle que no me quedaba más que esta galleta…

Y como nunca pide sino lo que verdaderamente le falta, no tardó en llevarse su pequeña despensa.La soledad, la artista de las veladuras, ha impreso su sello inconfundible en el espíritu de Zucarelli. Mira, con la indecible mirada de los solitarios. Habla… ¡ah! Su lenguaje es extraño. Así hablaba Robinson, así Enock-Hardem. La gramática de los solitarios tiene ausencias de índole universal. Y eso, que Zucarelli habla, porque conversa a todas horas. Con su gran compañero que lo acompaña desde el principio de su gobierno, el más fiel ministro habido y por haber. Con los árboles y los líquenes, con los peñascos y las olas, con el mar, con la noche, con la Cruz del Sur, con la Mosca, con Alfa y Beta del Centauro.
Cada gallina tiene su nombre. Famosas son la catalana, Juanita y Pepita la batarás. Cuando azuza el apetito, llama a una de sus amigas… y se la come. ¡Pérfido! Hace como el que llama a sus conejos: -¡Guisito! ¡Guisito! ¡Vení Guisito! Y que en guiso se los come.

El señor Olenford, de Ushuaia, lo sorprendió conversando como el grillo de Dickens, con la pava. Zucarelli, apurado por servir un mate al señor Olenford, decía en voz baja: -“Pava, herví pronto y no me hagas calentar!”

¡Cuántos retos habrá dado, cuántos castigos habrá impuesto a la pava, allá en las largas noches heladas de la Isla de los Estados! Pero como el hombre se asimila tan fácilmente al escenario, Zucarelli ha concluido por amar su Barataria. Y allá vuela su vida, prendida al peñón marino que surge en el mar austral, andando a todas horas, abriendo sendas en las que no se marca más que su planta, siempre en camino de las rocas desde las cuales escudriña el horizonte, ávido de ver el barco que viene, anuncio de próximas conversaciones con seres no tan rebeldes como la triste pava silbadora, de las largas veladas de invierno.
La larga nota para lo que era el periodismo tipográfico de entonces era compuesta por Héctor Emilio Chamorro García, veterano de las lides gráficas con el que de tanto en tanto nos encontramos y recordamos la buena vida de la juventud y el trabajo, loca juventud seguro, como la de Felipe Zucarelli.





EVOCACIONES *****Agosto 26, de 1885. Muere en La Plata Matías Behety. Sepultado en el Cementerio de Lomas de Tolosa con el tiempo se descubrirá su cuerpo momificado.

Leemos en Caras y Caretas una semblanza sobre Matías Behety, escrita años después por Rafael Barreda.

Las fiestas que se han hecho en la Concepción del Uruguay conmemorando la fundación del histórico Colegio me traen á la memoria el recuerdo de aquel “chiquilín prodigioso”, que tanto quisimos y que fuera el discípulo de estudios mayores más predilecto del rector Larroque.  Fué de allí que se vino á la metrópoli argentina cubierto su cuerpo, como siempre lo hizo, con la desarreglada indumentaria del bohemio estudiantil, cuando apenas contaba quince años. Ingresó en nuestra universidad donde aprendió la teoría del derecho sin llegar á ser borlado. Goyena,  Estrada, Quintana, Guido Spano, Héctor Várela, Mansilla y cuanto intelectual había por aquel entonces, fueron los amigos íntimos de aquel “hombrecito”,  cuya opinión llegó á respetarse como la de un maestro.
Matías era pobre y vivió pobre, casi en la miseria, frecuentando diariamente la redacción de casi todos los diarios, en las que ayudaba al condimento de los editoriales, á zurrir sueltos, á improvisar folletines ó versos,- que para él todo era lo mismo. Inclinado por temperamento y escuela al romanticismo “lamartiniano”, solía acercarse á las tendencias de Edgardo Poe con cuyo autor hubo quien lo comparara por… las aventuras de su vida, un tanto desordenada. Matías podía haber destacado á ese respecto, entre los “Adolfos” de Henri Murger.
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 Como llevo dicho, Behety estudiaba derecho y llegó á ser el “pasante” indispensable en el estudio del doctor don Manuel Quintana, su amigo y su maestro, que en él depositara toda su confianza, al extremo de que este jurisconsulto entregó, en más de una ocasión, á su criterio las más arduas cuestiones judiciales. Behety se las extractaba, citándole los artículos pertinentes ó concordantes de los códigos y aun á veces, por encargo del mismo abogado, le hacía los borradores de escritos que luego formulaba. Un día avisaron al doctor Quintana que á las tres de la tarde debía informar in voce en uno de aquellos pleitos resonantes. El doctor Quintana, para recordar antecedentes de ese pleito, hace llamar á Behety; Behety no estaba y el expediente lo tenía él. El caso era verdaderamente serio y fué esta una de las rarísimas excepciones en la que el semblante del imperturbable jurisconsulto expresó de lleno la contrariedad de su espíritu. Por fin, Behety apareció cuando no faltaba más que una hora para que el informe in voce se hiciera ante la cámara.- ¿Dónde está ese expediente?- le preguntó Quintana después del consabido “café” como ahora decimos. -Aquí está, -replicó Behety, mostrándoselo. -¿Y qué hago, sin antecedentes? -Tampoco yo los tengo. -¿Y qué hacer ahora? -Por poco te apuras, Manuel. -¿Y cómo crees que yo pueda informar? ¡Imposible! -¡No puedes! –No. -Pues entonces podré yo,  -añadió Behety, y calándose el sombrero y poniéndose el mamotreto debajo del brazo, salió del estudio con dirección á la cámara, llevando en su “personita” el aire de suficiencia que lo caracterizaba. Pocos momentos después se encontraba ante los señores ministros de justicia y un numeroso auditorio, pues habiendo cundido la noticia de que Behety iba á informar, leguleyos letrados y cuanta persona se encontraba en la casa, acudieron allí. Behety disculpó la ausencia del doctor Quintana y entrando al informe lo hizo con tan pasmosa erudición que, al terminarlo, jueces y auditorio, faltando á los usos, no pudieron menos que aplaudirlo estrepitosamente. ¡Qué Pico de la Mirándola!... pico de oro, le pusieron, y el mote se le quedó.
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Y á este respecto me viene á la memoria otro caso en el que nuestro venerable maestro en la gaya ciencia Carlos Guido Spano, su íntimo amigo, fué actor. Encontráronse cierta tarde: -¿Adónde vas? -le preguntó Behety. -A la recepción del ministro brasileño- -Cuanto gusto tendría en acompañarte. –Ven. - No tengo ropa. -Mira cómo yo voy… -Tú vas así porque es tu traje usual; pero yo… -Ven, hombre, y ya te disculparé. –Vamos, que lo más que puede pasar es que me echen.
 Llegaron y, naturalmente “los invitados” llamaron la atención por su indumentaria, allí donde el traje de “frac” era de rigurosa etiqueta. Y no tanto la del poeta, que al fin pocos eran los que no sabían el “capricho de Guido”; pero “aquel otro”… ¿quién era?... ¿quién era aquel otro tipo raro con su Ievitín raído, su corbata incolora, el cuello de la camisa no muy presentable, el cabello despeinado y su cara de muñeco de porcelana? ¿Un periodista? Pues bien pudo, si no lo tenía, pedirlo prestado ó alquilar un frac y demás prendas á cualquier ropavejero… Y todos miraban con desagrado á aquel “buey corneta” que parecía un lamparón en el raso, hasta que llegado el momento de los brindis, el dueño de casa pidió á Guido que hiciera uso de la palabra: -Me va á permitir, el señor ministro que se la ceda á mi distinguido amigo el “doctor” Behety, - contestó el poeta señalando a Matías. Todas las miradas convergieron á éste, los unos curiosos, los otros con altivez, los demás con demostraciones de admiración burlesca; pero Matías cambia la suya con la de su amigo que lo anima en el gesto. Behety habla y concluye de hacerlo de manera tan magistral, que las burlas y los gestos desagradables se trocaron en las más entusiastas demostraciones de respeto y verdadera admiración. Desde ese instante todos se disputaban el honor de hablarle de ir con él… ¿Y la indumentaria?

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Su delicadeza llegaba al extremo… Pasó hasta tres días sin comer,  sin que á nadie se lo dijera. Fundada la ciudad de La Plata, se fué á vivir allí. Un fondero, al que uno de sus clientes embrollaba, le encomendó el asunto, y le salió tan bien que el fondero, agradecido,  le pidió que fuera á vivir á su establecimiento sin pagar nada. Y tanto y tanto suplicó, sabiendo la triste situación porque Matías pasaba, que una tarde Matías se hizo mostrar las piezas desocupadas y deteniéndose en la más pequeña y aislada le dijo: -Bien, aquí vendré á vivir, pero con una condición. –Diga. -Que usted me pase todos los meses la cuenta que yo le abonaré con toda puntualidad. –Mas, señor don Matías, -le contestó el fondero suplicante- si yo quiero que usted venga á vivir conmigo sin cobrarle. –Nada. ó usted me presenta la cuenta todos los meses ó no vengo á vivir á su fonda. -----
-Está bueno, Matías vivió por espacio de algunos meses allí. Comía poco, pero bebía… Llegaba fin de mes y pedía su cuenta. Una noche se presentó al fondero con el rostro abotagado. Llevaba en la mano las cuentas que aun no había satisfecho: -Tome, ahí tiene sus cuentas, -le dijo, -reconocidas por mí bajo mi firma. No puedo pagarle por ahora y me marcho. –Ma, don Matías, si yo no quiero cobrarle. -No sé nada. Volveré cuando pueda pagarle.
Quince días después volvió á la fonda, pidió su cuenta y la abonó íntegra. Le sobraban algunos pesos, pidió el importe de ellos en licores y se hizo acompañar á beberlos por el fondero.
El último período de su vida, se alejó de sus amigos que estaban en auge y sólo se le encontraba en los fondines, tabernas ó bodegones…  Allí se hallaba en su centro, á su anchas, como él decía, usando de su lenguaje persuasivo, salpicado de figuras bellísimas, compartiendo con los pobres lo pobre de su bolso. Y, cosa rara, los que escuchaban sus frases, siempre originales, -aquella gente ruda é ignorante, -sentían por él el mayor respeto. Al pasar una noche por un almacén oí su voz en la trastienda y entré, allí me lo hallé con hombres de baja estofa que lo escuchaban admirados. Me miró y, al reconocerme, me dijo, con aquella gravedad propia de su carácter: -¡Aquí me tienes ilustrando las masas!
Allá, en La Plata, hace tiempo se mostraba un cuartujo pequeño, desmantelado y vacío, diciendo:  -Aquí murió Matías Behety.
Sí, allí murió Matías Behety en el más profundo aislamiento. Cuando sus amigos íntimos fueron á buscar su sepultura señalada por una modesta cruz en el cementerio, el pampero la había derribado, lo que hizo exclamar al poeta Lamberti:
                                                        “¡Hasta las cruces que levanta el pobre
                                                          Son las primeras que derriba el viento!”

Matías Behety fue hermano de María Behety, esposa de José Menéndez, en la estancia que lleva el nombre de su hermana, la biblioteca recordaba su existencia,
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Hubo tiempos más difíciles de los que nos tocan vivir.

Como lo demuestra este aviso comercial publicado en CARAS Y CARETAS -a toda página- en el número 990, de 22 de setiembre de 1917.

Una solución para el Ipauss. Y no es broma de los inocentes.

Aparecía en la revista Caras y Caretas, un proyecto que hoy en día es dirigido por el historiador -y acreditado desmitificador- Felipe Pigna.

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Y además te daban material de lectura.