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EVOCACIÓN**12 DE MAYO DE 1885. Tierra del Fuego y su primer jefe policial.



La disposición se da antes de cumplirse un año de la sanción de la ley 1532 de Territorios Nacionales, por la que había sido creada esta jurisdicción austral.

Y antes de seis meses de la designación de su primer gobernador, hecho ocurrido el 25 de noviembre de 1884 en la persona de Félix M. Paz. Un marino tucumano.

Ya el 9 de mayo el gobernador había pedido la designación para el cargo de jefe policial de Antonio Romero, un capitán de Infantería de la Armada, situación que se efectiviza con la firma del presidente Roca,  un día como el de hoy en el año 1885.

Pero diversas circunstancias impedirán que asuma el cargo, con lo que al mes siguiente será Luís Botazzi el designado, que a tal fin llegará a la isla para organizar este cuerpo policial  que hoy cumple 131 años.

Durante años la policía tenía una conmemoración en enero, respondía al hecho que era Policía de los Territorios Nacionales, y los cuerpos de seguridad distribuían su juego en los diversos Territorios del país. Alguien comenzaba su carrera en Neuquén, podía seguirla en el Chaco y terminarla en Tierra del Fuego, sobre todo en cuadros de oficiales. Una parte del origen de las dotaciones respondía a zonas de reclutamientos que todavía no eran provincia.

Pero en días del gobernador Gregoria Lloret se cambió la fecha a este 12 de mayo, se le dio entonces a la repartición un poco más de antigüedad, pero se apoyó en un hecho fallido puesto que aquel primer jefe fundacional nunca vino a tomar servicio a nuestra isla.  Situación que no es ajena a muchas otras que encuentras en determinaciones tomadas en el norte del país, como hechos liminares destinados a cambiar la vida fueguina.


Todavía queda en el conjunto de la policía algún retirado que se identifica como “Territoriano” recordando que su ingreso se dio en un momento en que todavía no éramos provincia, y alcanzamos a conocer algunos que por haber ingresado antes de 1955, perteneció a la Gobernación Marítima.


EVOCACIONES***Diciembre 27, de 1923. El comisario de Río Grande se ha fugado a Chile.


Se trata de Tomás Pulmkett, inculpado pos sus procedimientos en la detención del poblador Miguel Sucic.

Dice Juan Esteban Belza en su trabajo “Aquí está todo acéfalo” - “En la Isla del Fuego, años de desamparo y abandono” cuenta que arrestar al vecino Miguel Susic en 1923, el comisario Plunkett es sumariado por lo que se considera abuso de autoridad, Susic estaba detenido por “Atentado a mano armada y resistencia a la autoridad, y lesiones”. Y dice expresamente: “El 27 de diciembre falla en el sumario practicado por el mismo Sánchez contra el comisario de Río Grande, Tomás Plunketh, ante las denuncias de Miguel Sucic (abuso de autoridad) y resuelve poner a disposición del juez letrado. Inmediatamente el Ministro del Interior aprobó la medida. Pero el día 26 Plunkett había huido a Chile (Porvenir) en automóvil. Sin embargo, cuando el 3 de febrero pidió, en Buenos Aires, la liquidación de sus haberes, le fueron abonados sin mayor averiguación”-


Belza continúa con su relato diciendo que: “En este sumario aparece una carta con todos los antecedentes de Plunketh que parece difícil ignoraran los que lo promovieron desde Buenos Aires”.

Aquel comisario de Río Grande había cometido un homicidio en Ostende, antes de ser nombrado en este lejano sur.


Las fojas de servicio del personal de la administración pública territorial, muchas veces dejaba  que desear.

EVOCACIONES ****Diciembre 17, de 1927. Acta sobre muerte de más de 700 caballos por moquillo.




“De como la policía se entró a quedar de a pié”


Desde sus inicios la policía fueguina requirió de las cabalgaduras para efectivizar su misión. A tal punto que podríamos hablar de una verdadera “Policía Montada de Tierra del Fuego”, casi hasta llegar a los años 60. Por entonces para ser agente el antecedente primordial era la condición ecuestre. Don Isaac Salinas nos recordaba como llegó preso a Ushuaia en 1937, y allí estando detenido fue indagado por sus mismos guardianes sobre si sabía cabalgar; y como Salinas venía de la Isla de los Estados de matar lobos a garrotazos, y como siendo puntado y de campo había aprendido a cabalgar al mismo tiempo que había comenzado a caminar, lo entusiasmaron para que ingrese a la repartición. No tardaron en descubrir que la actividad de lobero que realizaba estaba autorizada, cuando el y otros compañeros estaban en libertad, y alistándose en la policía. Sabía cabalgar y dar palos..

Los yeguarizos de la policía exigieron toda una remonta, y se distribuían una vez amansados en los distintos destacamentos rurales y las comisarías de los dos centros urbanos.

Hemos encontrado en el Archivo General de la Nación un expediente de 1927 que nos hace referencia a una situación sanitaria no registrada hasta ahora en la memoria de los que tanto se acuerdan del ayer, y desatendida a la vez por los funcionarios de turno.

Se trata de una peste de moquillo que entendemos hizo peligrar la locomoción propia de esos años en la Tierra del Fuego.

Pero vayamos al desarrollo de los acontecimientos:

El 18 de febrero de 1927, Mendoza –comisario de Río Grande. dirige al Jefe de Policía Don Raúl R. Massey  comunicándole “a los efectos que hubiere lugar haberse desarrollado en toda esta zona una peste de moquillo en las yeguadas y como consecuencias en la hacienda que pertenece a la Gobernación existe mortaldad, no encontrando el suscripto el medio de poder subsanar tal enfermedad”.

Massey estaba en aquel momento a cargo de la Gobernación y es así como el 24 de febrero  se dirigen telegramas al Ministerio de Agricultura y al Gobernador titular: Juan María Gómez informado sobre la problemática. La respuesta vendrá dos días más tarde cuando el Subsecretario de Agricultura, Don Pedro Scalabrini Ortiz afirma que la Dirección de Ganadería intervendría para combatirla.

¿Pero donde estaban estos funcionarios? En Río Gallegos, y en la persona de un médico veterinario de apellido González, que requirió a Massey informen sobre los síntomas de los animales enfermos.  El pedido saldrá para la Comisaría de Río Grande no registrando el expediente detalles de como fue diligenciado a partir de ese momento la tramitación.

Todo parece que se intentó manejar a la distancia, y así fueron las cosas, al menos se atendemos a un procedimiento administrativos que casi nueve meses después hacía intervenir al Juez de Paz de Río Grande.

 Actúa Telmo Suárez.

En Río Grande, Departamento de San Sebastián, Territorio Nacional de Tierra del Fuego, a diez y siete días del mes de diciembre del año mil novecientos veintisiete, ante mi Juez de Paz, investido de la facultad que le acuerda la ley tres mil doscientos cuarenta y cinco, para otorgar escrituras públicas y testigos al final nombrados, el suscripto Juez de Paz atendiendo solicitud por nota del Señor Jefe de Policía del Territorio, Don Raúl T. Massey, se traslada a comprobar el número de los animales yeguarizos muertos en este Departamento pertenecientes a la Gobernación  de este Territorio de la Marca R.A. actuaciones que se practican en compañía y presencia del Señor Jefe de Policía nombrado, Comisario Don Domingo Landani, Oficial Omar Rodríguez, Sargento Juan Flores, Cabos Claudio Ruiz Díaz y Edmundo Tristten, todos dependientes de la Comisaría de Policía de este departamento, habiéndose constatado, la muerte de setecientos treinta y cuatro animales yegurarizos, entre machos y hembras, de distintas edades de uno a diez años, pérdida que se ha producido en la siguiente manera y lugares:

Por peste de “moquillo” habido a principios del año en curso en el campo denominado “Cabo Santo Domingo”, se han encontrado quinientos  cinco animales muertos de la peste indicada, y doscientos ventinueve  yeguarizos en el lote fiscal número setenta y nueve de este departamento, ubicado en las proximidades de la cabecera del Lago Fagnano, campo sumamente pantanoso como así de turbales, surcado de chorrillos, de mucho monte alto, que carece en absoluto de pastos en esta parte, que es lo que ha motivado  la pérdida de la hacienda referida, que siendo así la configuración y calidad del campo, no se ha podido evitar en forma alguna esta pérdida por cuanto esta hacienda era toda chúcara, por lo que no se podía hacer bien los repuntes y traslados a lugares secos.

En lo que respecta a sacar las marcas de los animales a que nos referimos, se hace imposible, por cuanto el tiempo transcurrido en el primer caso, sean en los animales caídos en el campo “Cabo Santo Domingo” no lo permite por estar estos secos y otros podridos y caídos del lado de la marca en la inmensa mayoría.

En los del lote setenta y nueve, lo dificulta los mismos pantanos, chorrillos y turbales que hoy están todos inundados por los deshielos que ocurren en estas épocas del año, que hacen imposible el acceso a caballo o a pié, llegar hasta donde están los animales muertos a riesgo de exponer la vida de un hombre como de la cabalgadura de que montare.

El trámite termina con la rúbrica de todos los implicados en el testimonio.

 Consideraciones finales

Buscamos en la Memoria de la Gobernación de Tierra del Fuego mayores referencias a este grave problema que mató a 700 cabalgaduras de la policía territorial, y que estimamos debe haber afectado a equinos de particulares, pero nada dice al respecto. Tan solo se señala en el trámite de despacho dado al 15 de junio de 1928, que los equinos en el Territorio suman unos 4000.  Y la policía tenía a principios de la década unos 600 animales en sus campos de San Sebastián.

El moquillo, en una visión de lo más optimista se habría llevado a otro mundo al menos al 20 % de los equinos, pero el hecho era ignorado por los mandatarios con responsabilidad patrimonial sobre aquellos “patria”... R.A.

Lo que si no dejaba de ponderarse es que en 1927 la policía había recibido en donación de parte de estancieros del norte fueguino el primer automóvil de la repartición, vehículo que imaginamos –en aquellos tiempos sin caminos- no tendría toda la eficacia comunicacional de las cabalgaduras que seguirían siendo demandadas por años y años.

Pensamos que una pérdida de animales en el campo lindero a la Misión de La Candelaria habría dejado un registro en las crónicas de la casa, pero no tuvimos esa evidencia. Si la certeza que el día 17 de diciembre, el mismo día del acta realizada por el Juez de Paz, este pasó a visitar a los salesianos en compañía del Jefe de Correos –Mateo Fornetti que estaba de novio con la cocinera Clotilde Knamen- el Inspector de Tierras, Señor Muñoz y el Inspector de Bosques, Señor Cabezas.

Ese día Telmo Suárez se interesó por comprarles a los salesianos una carreta, por la que días después adelantó doscientos pesos, y algo más tarde mandó a Lías a retirarla. El Juez tendría un permiso de pastaje en la zona del Lago, lote 88 al que recientemente habían renunciado los salesianos que alentaron allí el proyecto de una Misión no llegó a serlo, Suárez  pensaba también en hacerse estanciero.

El lote 88 era lindero al 79, el del moquillo,





FEDERICO DÍAZ en diálogo con Ramón Taborda Strusiat

Con motivo del Día de la Policía fueguina el pasado 12 de mayo leímos en Provincia 23 un memorable reportaje de Ramón Taborda Strusiat. Ronda la existencia de un servidor público que contagió a su familia del oficio.

Un escrito y una serie de valores en estos vecinos que amerita guardarlo en nuestro corazón.


Don Federico Antonio Díaz nació en Acheral, Departamento Monteros, Provincia de Tucumán y a sus 85 años la tonada lo confirma. Su madre falleció en el parto cuando él vino al mundo; su padre falleció seis años después. Criado hasta los ocho años en los montes de Campinchango, Federico se crió huérfano, se hizo solo en medio del monte. A los 13 años “salí recién a la civilización y era bastante arisco con la gente como todo muchacho criado en esos parajes tucumanos”, recordó.
“Llegué en el año 50 a Ushuaia, terminé mi servicio militar y quedé contratado en la Marina, de marinero. Mi jefe era Muriel, que era el suboficial encargado del pañol general”, prosiguió don Federico Antonio
Díaz quedó encargado de este depósito y tenía la función de entregar herramientas e insumos para las distintas tareas que desplegaba la Armada en el extremo sur del país y para las actividades sociales y educativas. “Era como una escuela para chicos y grandes; se hacían todos trabajos de torno y tenía también, por ejemplo, todo el asunto de carpintería y realmente éramos poquitos los que trabajábamos ahí”.
Varias veces le tocó en suerte embarcarse en el Ushuaia, en la lancha o bien en el Godoy, que eran las naves surtas en el puerto capitalino en esos tiempos, donde hacían viajes a Harberton a traer madera para Ushuaia. “Atábamos con cadenas los rollizos y los traíamos a la ciudad, de ahí sacábamos madera para la carpintería”.
En la Marina aprendió a leer y a escribir y luego, en la Policía, completó sus estudios primarios.
“Cuando me tocó la baja, como yo era afiliado al partido peronista y en ese momento se produjo el primer levantamiento contra Perón, mis jefes me dijeron: ‘Díaz, lamentablemente te tenemos que dar de baja’ porque hay orden de Buenos Aires de que te tenemos de dar de baja’. Luego me llama el Capitán y me dice que la Policía dependía de la Marina y me ofrecieron la posibilidad de quedarme en la fuerza policial. Ahí nomás me dijeron que suba al DC-3 (avión muy utilizado en esa época) y que vaya a Río Grande, ‘ya allá te van a ubicar en un lugar lejos, donde no pasa nadie’, me dijeron”, memoró don Federico.
Relató que llegó a Río Grande “y me dijo el comisario Díaz, tocayo mío: ‘Díaz, mañana tiene que desaparecer de acá’ y le digo: ¿a dónde voy? Y me responde: ‘Usted se va a Khami’, en ese tiempo se le decía Lago Khami y hoy esa zona es Tolhuin. Yo no conocía a nadie en Río Grande y entonces le pregunto cómo hago para ir hasta allá. El comisario Díaz me dice ‘se las arregla porque yo tampoco conozco a nadie’. Entonces les pregunto a los demás compañeros y tampoco ellos conocían a nadie y me recomendaron que vaya a verlo a don Julio Andrade que tenía un hotel”.
Díaz padre cuenta que Andrade le recomendó que “traiga todas mis pilchas y que cruce en bote el río Grande, del otro lado está un destacamento y preguntale al encargado cómo podés hacer para viajar. El encargado me dice que estaba justo cargando el camión que salía para Khami y que iba a partir a las 4 de la tarde. Hablé con el chofer y me dijo que no había problemas porque viajaba solo y le hacía falta un compañero para charlar en el viaje”.
Relató que “salimos a eso de las 16:15 del Destacamento (en la zona del CAP), yo llevaba mi bolso de Marina como único equipaje. Llegamos a Punta María –donde había una posada- y ya era de noche. Los camiones andaban a paso de hombre. Al otro día salimos y alcanzamos a llegar a Entre Ríos y ahí nos quedamos porque el camión no podía seguir más porque se le formaban bloques de barro amarillo en las ruedas. Tenía que sacar agua del río para lavar las cubiertas y sacarle el barro. Se hizo de noche y me fui a pasar a un puesto de ovejero que había en la zona. Esa noche dormí ahí en tanto que el chofer durmió en su camita que tenía en el camión”.
El entrevistado prosiguió: “Al otro día esperábamos a un tractor que había en la zona para que nos venga a auxiliar. El tractor para que llegue, tardó un día más. Tres días nos llevó llegar al destacamento de Khami. Cuando llego, no había nadie. En Río Grande me habían entregado un llavero con quince llaves, pero no había nadie”.
Agregó: “tenía el armamento, las cajas de balas, la ametralladora todo ahí. El Sargento que estaba a cargo ya se había venido de pase a Río Grande con Roncallo, que era guardabosque. Llego al Destacamento –que estaba entonces en la zona del Lago Fagnano (entonces Lago Khami) –entre las hoy Cabañas Khami y las cabañas de Berbel- y como estaba solo me preguntaba que iba a ser ahí si no había nadie. Entonces me vuelvo a Khami y le pregunto a la gente y ninguno me podía decir nada”.
Añadió: “Una señora me recomendó que vaya a ‘la casa de los indios’ y que ellos me iban a poder orientar y enseñar todos los caminos. Yo andaba a pie, no tenía vehículo así que me las tenía que arreglar caminando nomás. Me fui hasta estancia La Pampa de Rupatini y estaba su hijo Alfredo y me le presenté. Me dijo: ‘Díaz, no se preocupe que yo le voy a indicar todo. Tiene una hermosa tropilla de caballos mansos y hay también algunos caballos que no están amansados y yo le voy a prestar un caballo y vamos a ir hasta el Destacamento a conocer la tropilla’. Cuando llegué saqué la montura y fuimos a buscar los caballos y los pusimos en el corral”.
Alfredo Rupatini, baqueano del Batallón de Infantería de Marina Nº5, se ofreció a colaborar en todo lo que necesitare el flamante policía. “Ahí me quedé más tranquilo. Ventilé el lugar porque hace tiempo que estaba todo cerrado y con mucho olor a humedad. Dejé dos caballos de monta. A los tres días llega un sargento y me dice: ‘Díaz, tengo la correspondencia que tiene que llevar a Rancho Hambre’. Le pregunté si se quedaba y me respondió que no, que se iba llevar las pocas pertenencias que le quedaban en el Destacamento y que se volvía a Río Grande y me va a llevar el ‘Pollo’ Antonio Kovacic con la camioneta”.
“Yo, recién llegado, no sabía dónde quedaba Rancho Hambre, así que otra vez me fui a la casa de Rupatini y le pido a Alfredo que me indique el camino. Me dijo: ‘yo te voy a guiar hasta una parte (hasta lo que hoy es El Mirador en el Paso Garibaldi). Te voy a indicar por dónde tenés que pasar porque hay pasos en donde el caballo puede caerse o quedar atrapado y si muere el caballo, morís vos también’, me dijo. Menos mal que yo me críe en el campo, de a caballo”, recordó don Federico.
Aquí continuó con su relato. “Llegamos hasta ese lugar –lo que hoy es Petrel- y él se vuelve, no sin antes indicarme que siga un río hasta que cruce la cordillera. Sigo viaje muy despacio porque el ‘camino’ era muy feo con bajadas y subidas. Creo que me llevó catorce o dieciséis horas todo el trayecto desde Khami a Rancho Hambre. Cuando llegué al puesto de Vialidad, me atendió el sobrestante Garibaldi y él me dice: ‘Estábamos esperando la correspondencia porque hacía rato que me preguntaban si habían llegado noticias”.
“Ahí nomás le digo que estaba oscureciendo y que me tenía que volver y Garibaldi me dice: No, que se va a ir ahora, se puede caer por el camino; cuando se pone el sol uno no ve nada y puede atraparlo una nevazón. Quédese a dormir acá’. En ese tiempo nevaba en cualquier momento”.
Recordó también que “la cama era unos postes puestos sobre horquetas, un catrecito con cueros de oveja. El olor a oveja era fuerte, pero tenía que descansar y me tiré vestido. Me saqué las botas, nada más. Al otro día, a las 5 de la mañana me despierto y me siento en la cama. Ya los muchachos estaban haciendo fuego en esos barriles en que traían la nafta. Los usaban como estufas; tenían varios distribuidos en cada lugar y sobre eso cocinaban también. Salí como a eso de las 9 de la mañana y llegué a la casa de don Cárcamo en el Valdez (en la actualidad vive Luisa allí) a quien le decían ‘El Burro’ y estaba doña Antonia también y allí me atendieron y me dieron café, descansé un rato, me subí luego al caballo y seguí viaje ya al galope, hacia el Destacamento”.
Retomó que “a los quince días, otra vez tenía que llevar la correspondencia a Rancho Hambre. Esto era muy común. A veces, el Comisario, mandaba la correspondencia desde Río Grande con el ‘Petiso’ Andrade. Llegó hasta el Destacamento y me dice: ‘Eh Díaz, acá te traigo un trabajito’ que era el maletín para llevar a Rancho Hambre. Agarré un buen caballo y me fui a la fábrica (en el Aserradero Lago Khami que por entonces era el centro de la actividad en el Corazón de la Isla) le digo al herrero: ‘¿Me puede hacer un buen par de herraduras?’ y me hizo las herraduras con clavo y ya era otra cosa porque subir la cordillera en medio de las piedras, si bien subir no era muy difícil, la más larga era la subida de El Mirador sobre el Lago Escondido”.
“A la orilla del río era muy peligroso porque había como cuevas y hoyos y donde mete la pata el caballo, se puede caer o quedar atrapado. Menos mal que los caballos de la zona, conocen todo. No le podíamos exigir porque ellos sabían por instinto que había lugares que no debían pasar y no lo hacían de ningún modo”.
Pasando el tiempo logró conocer a toda la gente de la zona, “y me atendían muy bien, estaba el Aserradero Khami, la estancia de los nativos shelk’nam (onas) ‘La Pampa’ donde estaban Santiago y Alfredo Rupatini; doña Rafaela Ishton, doña Lola Kieps (o Kiepja), Ángela Loig, el Indio Jack. Yo conocía a todos ellos. De la Estancia La Pampa había unos cuantos kilómetros hasta Laguna El Pescado, donde vivía el Indio Jack que tenía 105 años y doña Lola Kieps”. Otro amigo de la familia era don Federico Echelaine, quien siempre cargaba en brazos a José Díaz cuando éste era todavía pequeño.

El amansador de caballos



Don Federico Díaz se hizo práctico en domar caballos a su manera, tal cual hacían los antiguos pobladores americanos. “Los domaba un poquito todos los días; los amansaba hablándoles, conversándoles, los maneaba despacito y tenía al frente una suerte de lagunita –un tajamar- que era como un pantano para que los caballos salten todo lo que quieran. Como se enterraban hasta las rodillas los caballos, los acariciaba, los pasaba por atrás porque sabía que no me podían patear, y así es que yo fui amansador y no domador de caballos. Les hablaba y si bien obviamente no me contestaban, me entendían y me di cuenta de ello por sus modos de mirarme, de relinchar, de moverse. El caballo tiene un oído y un olfato formidables y le entiende todo a la persona que está con él”.
Amansaba caballos para todos los destacamentos policiales desperdigados por la vasta geografía fueguina. “Amansaba caballos para el Destacamento Los Cerros; para el Destacamento Radman; para el Destacamento San Sebastián y para el Destacamento San Pablo porque de ahí se sacaba los caballos del ‘miche’, eran caballos todos chúcaros y yo elegía a los caballos que eran buenos para después amansarlos”.
Como prueba de su comprensión de los caballos, se acercó a un grupo de caballos salvajes y les dio de comer con la mano. Ganó la apuesta que había hecho a su familia.
Don Federico Antonio Díaz es el último policía que hizo el correo a caballo en Tierra del Fuego. “En septiembre u octubre de 1954 se habilitó la Ruta Nacional Nº 3 y pudieron pasar los vehículos a motor. El primero que pasó el Garibaldi fue un Jeep de la Marina y don Brandani que le faltaba tres dedos en la mano”, recordó. Allí conoció al ‘Barraco’ don Jorge Águila, trabajador de Vialidad que hace poco recibió su merecido homenaje en Ushuaia.
También les brindó palabras a los nuevos policías que son recibidos en la Escuela, instándolo a seguir el camino de la honestidad y el don de buenas gentes. “Antes no se estudiaba para policía, uno se hacía a sí mismo. Solo bastaba el criterio y el sentido común, conocer a la gente, a los vecinos, y tener presente siempre que uno está al servicio de ellos, para cuidarlos, cuidar sus bienes y propender a que la sociedad se desarrolle en armonía y en paz, ese es el trabajo del policía”, expuso don Federico con su ancestral sabiduría y agregó: “deben los policías tener respeto por las personas, especialmente a los niños como a los ancianos, y no olvidar que somos auxiliares de la justicia. Si bien estoy retirado, sigo siendo policía. Hay que respetar para que uno sea respetado”, exhortó.
“Una vez me citó el Juez de Primera Instancia de Ushuaia y me dijo: ‘cada vez que necesite llamar a una persona para que se presente en el Juzgado, se lo voy a pedir a usted. Así que yo hacía el recorrido en la población y también en el campo. En el pueblo iba a hotel por hotel, pensión por pensión, a tomar el nombre de todas las personas que se albergaban y semanalmente pedía una lista de todas las personas que pasaban y lo mismo hacía en el aeropuerto. Yo tenía conocimiento de todas las personas, también en las estancias. En cada estancia, a veces había más de treinta personas y los administradores me tenían que enviar una lista de la gente que trabajaba en cada uno de los establecimientos, sean puesteros o gente que trabajaba en las comparsas de esquila. Cuando se necesitaba dar con una persona, generalmente yo sabía dónde se encontraba”.
Díaz desplegó su tarea por prácticamente toda la provincia. Hasta estuvo destacado en Estancia San Julio. “Mi casa era un verdadero destacamento porque los vecinos acudían a mi hogar por distintos problemas, a cualquier hora incluso de noche. Mujeres, chicos, personas de todas las edades, ya sea por un requerimiento o por algunos maltratos, etcétera”.
También destacó que la policía fueguina “es una policía honesta, talvez la más honesta del país. Si bien hay casos puntuales que por suerte son extirpados a tiempo, nuestra policía tiene una larga tradición profesional. Una vez, me acuerdo, un chico salió corriendo de una casa y la mamá le dijo: ‘mirá que viene la policía’. Y yo me volví hacia ella y le dije: ‘señora, usted no le haga tener miedo de la policía al chico, porque la policía está para resguardar el bienestar de todas las personas. Usted tiene que enseñarle al chico que sea respetuoso y amable con los demás y no meterle miedo de la policía como si el policía fuera un verdugo”.

Operación Cóndor


También quiso el destino que don Federico se involucrara en la historia argentina. Fue el policía que custodió a cuatro de los integrantes del Operativo Cóndor, los jóvenes que desviaron un avión hacia las Islas Malvinas. “Cuando llegó el avión a las Malvinas, desde la policía de acá mandaron personas, una de ellas fue Brandán, que era compañero mío, para trasladar a aquellos jóvenes hasta Ushuaia, en barco. Como en Ushuaia el lugar era muy chico para tenerlos a todos juntos, enviaron cuatro de los integrantes del Operativo Cóndor a Río Grande. Esas cuatro personas estaban alojadas en el calabozo frente al mar y había una chica entre ellos también. Inmediatamente ellos se sintieron identificados conmigo, me tenían como a una persona de confianza y me gustaba charlar con ellos y me contaron todo lo que hicieron en esa operación. ‘Los felicito’ les dije porque esas tierras, las Islas Malvinas, son nuestras. Y ellos me tomaron un cariño muy especial. Yo uniformado los cuidaba y también salía con ellos a dar una vuelta por el pueblo y de paso, los invitaba a comer a casa. Así que los sacaba yo a los cuatro a pasear”, recordó. Entre los cuatro estaba uno de los cerebros del Operativo Cóndor, Alejandro Giovenco Romero.
Díaz padre trabajó con don Aníbal Allen y con Ernesto Krund cuyo nombre tiene un cerro de la provincia. “Él llevaba la correspondencia desde Ushuaia a Rancho Hambre y yo lo hacía desde Khami al mismo punto”, recordó.

‘Mire doña Soledad’
Don Federico Antonio Díaz estuvo un año solo viviendo en el Destacamento, además de agente de policía, era un poco comisario, cartero, amansador de caballos y encargado de un sin fin de tareas más en ese duro pero hermoso paraje que asemejaba al Paraíso en la tierra. Era el representante del Estado en esos lugares en toda regla y los lugareños así lo entendían y respetaban.
“No había nadie; en el Destacamento estuve más de un año solo. Conversaba con el caballo y con el perro, y después me puse a pensar: ‘me estoy volviendo loco’. El caballo no me contesta, el perro tampoco y me propuse ir al pueblo (a Río Grande) para ver si consigo alguna chica para casarme. Todavía no conocía a nadie, llego al pueblo y lo empiezo a recorrer y veo a las chicas que empiezan a salir de ahí, de las Monjas (el María Auxiliadora) que en esos tiempos tenían una casitas chicas nomás, y como ellas enseñaban a varias chicas y cuando salían, yo las empezaba a mirar; incluso había una monjita que jugaba con las chicas, tirándose pelotas; iba pasando yo y me tira la pelota”, relató.
Agregó: “me dice la monjita: ‘hace días que lo veo dando vueltas por acá’. Ah, sí, le digo yo. En eso me llama el cura que estaba mirando la escena desde la puerta, era el padre (José) Forgacs. Usaba un gorrito -me acuerdo- y me dice: ‘qué anda haciendo por acá, hace días que lo veo dando vueltas por acá’. Le dije la verdad: ando buscando una mujer para casarme, una chica. Veo señoritas que salen de la escuela y quiero ver si hay alguna que me lleve al apunte porque acá soy desconocido”.
Don Federico andaba entonces con un ponchito sobre el uniforme de policía y una cámara fotográfica marca ‘Argus’ alemana. “El padre Forgacs me invitó a almorzar; había una monjita que llevaba la comida en una vianda, cruzando lo que es hoy el Instituto María Auxiliadora hacia el Colegio Don Bosco, y le llevaba también un botelloncito con vino. Comí con él y tenía solo tres días más para quedarme antes de volverme al Lago, así que insistí en encontrar a la chica y la vi a Lucía (Muñoz) con una valijita de las monjas. No quería pasar por atrevido, le pedí si la podía acompañar, no me contestaba nada y yo me quedaba preocupado. Pasaron los tres días y me fui de nuevo al Lago y no la hora de volver de nuevo. Pasó un mes y me vengo a Río Grande y justo era el día patrio (el 25 de mayo de 1954) y me dice un jefe: ‘menos mal que viniste Díaz, necesitamos uno que vaya al busto de San Martín para que esté de guardia porque salen los chicos de la Escuela 2. Así que me dirijo allí, donde estaba el acto, una vez que concluyó la veo a ella (a Lucía) que iba acompañado por una señora”.
“Ni lerdo ni perezoso me acerqué ambas, me puse a la par de su paso y les dije: ‘¿no me invitan a su casa a tomar mate? La señora era esposa de un policía –yo no lo sabía- y sorprendentemente me dijo que sí, que viniera a la casa. Así que fui. Estaba mi ahora suegra haciendo empanadas por las fiestas patrias y comí tres empanadas y me ofrecieron más pero les dije que tenía que presentarme a la comisaría (que estaba sobre Elcano) porque terminó mi guardia. Apurado me salí y me fui, pero antes de salir de la casa, le digo: ‘señora, cuando venga del Lago Khami, ¿puedo venir a tomar mate porque no tengo gente conocida acá’. Me dijo ‘Venga cuando quiera nomás’…”
Todos en el pueblo del Río Grande de entonces ya sabían las intenciones de don Federico y ‘prepararon’ el camino al casamiento.
“Más de dos días en el pueblo se me complicaba porque cuando cruzaba en bote, tenía que dejar el caballo del otro lado y era difícil conseguirle comida. A veces conseguía pasto o maíz que me daba la gente”, recordó.
En aquellos tiempos la policía no cobraba todos los meses, sino cada seis meses o más. Como entradas extras para sostenerse, un policía tenía otras actividades. Don Federico trabajaba en ‘Los Luchos’, que eran los barcos que abastecían a la ciudad de Río Grande. “En esos cuatro días que trabajaba ahí, con autorización de los jefes, ganaba más que un mes como policía. Yo trabajaba para don Miguel Raful, por entonces”. Se retiró del servicio en 1972 con el penúltimo grado, ya que los ascensos no eran como en la actualidad, cuando ingresó a trabajar en SADOS.

Al lado de un gran hombre, una gran mujer

Estuvieron seis meses de novios y en diciembre de 1954, se casaron. Los casó el propio padre Forgacs. En diciembre de este año, cumplirán los 60 años de casados.
Doña Lucía Muñoz también recuerda esas épocas en el Corazón de la Isla. “Federico amansaba los caballos y después nuestros hijos también preparaban la leña para el invierno. Recuerdo una vez que nosotros dos tuvimos que atender un parto de la señora del Cabo Primero Salman. Ella no llegó a Río Grande, si bien la ambulancia fue a buscarla desde Río Grande, así que la tuvimos que atender nosotros. Fuimos parteros también”, señaló orgullosa.
“En esos años –prosiguió-, era la década del ’50, Federico recorría a caballo todas las estancias. Lo que hoy es Tolhuin, no había nada todavía; estaba el aserradero Khami; el aserradero del Pollo Kovacic y el Destacamento policial a la orilla del Fagnano. También había una casa al lado de lo que hoy es la Hostería Kaikén –que entonces no existía- y que era de Tardón. En el Destacamento había tres casas que todavía perviven. En una de ellas vivíamos nosotros y cada vez que pasamos nos trae muchos recuerdos y dicho sea de paso, está muy abandonada y deberían tenerla muy bien cuidada porque es parte de la historia fueguina y patrimonio de Tolhuin”, reclamó doña Lucía.
Las otras dos casas estaban destinadas una al personal policial que llegaría años después y la otra al encargado del Destacamento “que después llegó cuando nosotros nos vinimos a vivir a Río Grande”.
“Me casé joven y era realmente una esposa jovencita, y fui compañera en todo sentido de mi esposo. Cuando él salía de recorrida de a caballo por las estancias, yo era la encargada de atender a la gente en el Destacamento. Estoy orgullosa de ser la esposa de un policía. Pese a que era muy chica, me adapté al trabajo que él hacía como encargado y agente de policía que era”.
“Estamos muy orgullosos que también nuestro hijo y nuestros nietos, así como nuestra sobrina y mi nuera pertenezcan a la institución policial”, confió doña Lucía.
Relató que “en esos tiempos no había el confort que tenemos hoy; había que cortar leña para que al otro día tengamos calefacción. Lo lindo cuando estuvimos en el Lago, era que don Rupatini le prestó una vaca a mi esposo y con ella pudimos darles leche fresca a nuestros hijos, leche natural. Ellos fueron nuestros amigos, tanto los Rupatini, como doña Rafaela y todos los que nombré antes y estamos muy orgullosos de haber compartido esos años cerca de ellos”.
Por último, confió que “pese a la dureza y rudeza de la vida de entonces, jamás olvidaremos esos paisajes hermosos, lagos, cielos, bosques y montañas. Hoy el progreso trae otras cosas, pero ojalá que esas bellezas no se pierdan y aprendamos a cuidarla”.



Las nuevas generaciones
El hijo mayor de la familia Díaz, José Manuel, también hizo toda su carrera policial. Actualmente José es el Director General de Inspección del Municipio de Río Grande. “El uniforme me gustó desde que era muy chiquito, así que cuando tuve la oportunidad de hacer el servicio militar –porque lo hice en forma voluntaria antes de cumplir los 17 años- y estando de soldado me ofrecía a hacer guardias voluntarias y lo que más me gustaba era tener el arma en la mano, como a muchos jóvenes de mi generación y andaba con el fusil para todos lados”.
“Ahí me di cuenta que yo quería ser policía como mi papá; quería hacer lo que él hacia. Cuando cumplí 18 años comencé a hacer las gestiones para ingresar. Lo hice en Ushuaia en lo que entonces era la Policía Territorial. Me gustó la carrera, incluso antes de la explosión demográfica de 1983, varias veces me tentaron para entrar a trabajar en otras actividades, como por ejemplo, YPF, Había empresas petroleras que iban a la policía a buscar gente y a ofrecer trabajo pagando 5 ó 6 veces el sueldo que ganaba un policía promedio. Pero muchos de nosotros éramos policías por vocación y desistimos de estos ofrecimientos, si bien mucha gente aceptó. Hubo un tiempo en que muchos efectivos policiales dejaron la institución porque los sueldos eran muy bajos”, recordó José.
José Díaz hizo una carrera meteórica en la policía. A los 19 años de servicios ya era suboficial mayor, “después tuve el reconocimiento de la superioridad porque después que me retiré, convocaron nuevamente. Estuve casi siete años prestando servicios en la institución policial. Yo vi de desde niño que mi padre prestaba servicios uniformado, en las zonas de fronteras, en las estancias y después lo vi muchos años de civil. Un poco también me pasó lo mismo, porque además de trabajar de uniforme, también lo hice de civil al integrar una brigada especial que se dedicaba a investigar distintos hechos graves, delitos complejos, y ya se veía en esos tiempos la aparición de un nuevo flagelo como es el narcotráfico, la violación a la ley de estupefacientes”.
Agregó que “tuve la oportunidad de trabajar muchos años en esta de brigada de civil, tal es así que fui convocado para trabajar en las primeras brigadas de lucha contra el narcotráfico y delitos complejos, Todavía extraño ese mundo, cada vez que voy a visitar a mis camaradas me embargan los recuerdos. Es como sino me hubiese ido nunca. Lo más importante de todo es que seguí las enseñanzas de mi papá: practiqué la honradez porque ser honrado es lo más importante de todo y no caer en la tentación de la corrupción”.
En ese sentido, José confió que “tengo la satisfacción de que mi hijo mayor, Juan Antonio, que hoy después de 61 años de que mi padre estuvo a cargo del Destacamento de Lago Khami, él está de Comisario en Tolhuin, en el mismo lugar, así que es un tremendo orgullo para mí como papá pero también para toda nuestra familia Díaz”.

Federico Antonio Díaz, ingresó a la Policía en 1953; José Manuel Díaz ingresó en 1974; Juan Antonio Díaz lo hizo en 1994; la sobrina de José Díaz, Marisa Cabezón, su sobrino Maximiliano Díaz, otra sobrina , Xenia Tévez y la nuera Viviana Cárcamo.



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Sobre la búsqueda de la verdad...

En la película EL CAMINO HACIA LA MUERTE DEL VIEJO REALES hay una escena en la cual la policía allanan la vivienda del viejo. El responsable del operativo le pregunta violentamente por el hijo. Y el viejo le responde algo así como: -¿Y que me venís a preguntar a mi!¡Vos sos el policía!¡Vos tener que saber!

Esta idea es propia de nuestro pueblo, la gente cree que la policía lo sabe todo y si no lo dice es porque tiene complicidad con los hechores de un delito, o no tiene las pruebas suficientes.

Relaciono estas apreciaciones con lo que está pasando en estos días en temas tales como la trata y la droga en nuestro Río Grande.

Alguien debe saber quien trata y quien trafica pero no está en condiciones o interés de explicitarlo.

Habrá temores, negocios compartidos, falta de pericia en la tarea.., lo cierto que hay realidades que se perpetúan.

De leer numerosos expedientes judiciales de otros tiempos fueguinos viene a mi memoria el recuerdo de los procedimientos de antaño, en manos tal vez de la policía brava:

Se conocía de un robo. Era tarea de los uniformados averiguar quien podía haber sido y recuperar las pertenencias.

Se comisionaba a un agente policial. El mismo salía de civil visitando bares y prostíbulos donde alguien soltaba la lengua, y daba un dato que orientaba la búsqueda. -Lo vi a fulano, que se aloja en la pensión de mengana, comprándose una radio. ¡De donde habrá sacado plata para tamaña inversión!

Por supuesto se verificaba en el comercio, se buscaba la coincidencia de los datos, y citado a dependencia policial terminaba por confesar sus culpas.

No sabemos si por algún apremio físico, moral, o simplemente por el peso de las evidencias.

El ambiente marginal, la noche, era el espacio donde circulaba la información sobre el hampa local. Entre ellos parecían traicionarse.

Otro factor de de búsqueda del policía eran los informantes. Se consignaba que fulano de tal se presentó a la comisaría y expresó que en tal circunstancia vio que perengano estaba en una situación sospechosa. Al tiempo se veía que perengano aparecía en varios expedientes a la vez, lo que hablaba de su gran vocación de servicio, o su condición oficiosa de informante. Era una forma de ganarse terreno entre los simples espacios de poder de aquella época.

Se agregan a mis recuerdos la clara referencia que se tenía en cada cuadra, en cada manzana, de donde vivía el policía. No había mayores comunicaciones que las que podían brindar ellos. Ante un problema uno se acercaba a la casa y le contaba al agente lo que le había pasado, si el no estaba estaba la mujer que aconsejaba sobre que hacer.., en muchos casos si la complejidad lo ameritaba se mandaba a uno de los chicos pidiendo la intervención paterna, si este estaba de guardia, o de otro agente de confianza. Si el tema era mayúsculo en algún comercio legajo -generalmente de hotelería- podía haber un teléfono que resolvía en parte la comunicación. En muchos bares no había teléfono, pero si un auto de alquiler, que en ese caso prestaba colaboración, sin cobrar un peso.

No obstante esto habían muchas situaciones sin resolver. Entre ellos la desaparición de personas. Los casos más comunes era de los que repentinamente habían cobrado mucho dinero, o los que acumulaban deudas. Cuando la desaparición de las personas se prolongaba se suponía que; -Había partido para Chile. Pero alguno podría haber partido de este mundo.

En algunos casos cuando una persona se volvía molesta para el orden público se la sacaba de la isla, sobre todo si era solo y no dejaba problemas de familia atrás. Persiste en el vocabulario de antiguos vecinos aquello de: -Y que lo echen de la isla.

Si era chileno: a su país.

Si era argentino.., ¡No los argentinos nos portábamos muy bien!

Los delitos más frecuentes parecían ser aquellos contra las personas: la riña y el alcohol eran una combinación fatal, señales de hombría. Pero entre aquellos contra la propiedad estaban en un primer orden los robos de gallina -donde desaparecía pronto la prueba del delito- y la sustracción lisa y llana de dinero. No había muchas cosas que robar: una casa se podía dejar sin llave porque todo era muy voluminoso o identificable en manos de quienes no eran sus dueños. Una radio era un mueble, un lavarropa era una una tina construida con media bordalesa con su enorme tabla de rasqueteo.

Las chicas de la noche informaban con facilidad, el investigador detallaba en su informe lo que se le había ido de su bolsillo en pago de copas, tal vez por ello recibiera algún reintegro.

Muchos ex policías eran más diligentes en su tarea de informar,  en su nuevo tiempo que cuando ejercían plenamente su función.

Algunos apuntes sobre el historial policial de Francisco Medina




Durante la reciénte muestra de la Policía Fuegui- na realiza- da en Río Grande en ocasión del 124 aniversario de la institución, pude tener acceso a los legajos de quienes fueron en su momento figuras destacadas de la misma: Salvador Molina, Ernesto Krund y Francisco Medina.

Sobre el prontuario de este último al que se lo reconoce descubridor del Paso Garibaldi, pude tomar algunos apuntes de su Pronturario el que fuera iniciado con dos fotos –una de civil y otra con uniforme, en fecha 1 de diciembre de 1943 la de paisano, y el 15 de diciembre de 1952 la que exponemos junto a esta presentación.

Medina era hijo de Venero y de Dolores Ortiz, y había nacido en San Martín, Mendoza el 24 de agosto de 1906.

Tenía al tiempo del registro prontuarial 1,75 de alto, y su cuerpo mediano. Se lo identificaba también con el Carnet de jubilación 260.046; por que había prestado servicios militares en el DM 51, teniendo a su haber la LE 3.278.543, u la cédula de identidad de la Policía Federal 1.576.685.

Eran sus hermanos Enriqueta, Julio, José, Raquel; estando casado com Filomena Maldonado, con quien trajo al mundo dos hijos residentes en Ushuaia, Oscar Rubén y Julio César..

De la lectura de algunos incluídos em su foja de servicio, rescatamos:

27-VII-Res 53.1932. Se felicita por la forma excelente en que cumplió su misin de preparar el viaje y guiar al Sr. Coronel Solari y sus oficiales ayudantes, en el cruce de la cordillera desde Río Grande a esta capital (Ushuaia)

21 de agosto de 1933. Nombrado oficial en comisión en Ushuaia. En la misma disposición José Cabezas es designado escribiente.

8-11-36 Alta como gendarme

8-2-936. Se le encomienda buscar un nuevo paso cordillerano.

25-10-1936 Comisario de la Policía del Territorio por decreto del PE.

9-1-38. Edecán del obispo de Viedma Monseñor Nicolás Esandi, en su visita a Ushuaia.

16-05-1939 Se hace cargo como titular de la Comisaría de Río Grande.

2 de septiembre de 1940. Comisario Francisco Medina s/acusación. Figura en el Prontuario diversas investigaciones relacionadas sobre un supuesta denuncia de haber permitido la práctica de Juegos de Azar, durante una Kermesse a beneficio de la escuela local. Situación que parece nació de enconos personales entre el médico local, la enfermera y la intriga del jefe de la Prefectura, pero de la que salió libre de culpa y cargo..


El 4 de noviembre de 1940 eleva proyecto de comunicación a la Gobernación al que se le encontró aplicación.

Comanda oficialmente la comisión que conduce al Capitán de Fragata Mora, mereciendo el agradecimiento del citado jefe. Cooperó en forma eficaz en el censo escolar desde el 10 de noviembre de 1942 hasta el 30 de noviembre de 1942.

15 de diciembre de 1948. Dirige las acciones para controlar en Río Grande el incendio de los comercios de Fadul e Ibarra; por lo que será felicitado..

5 de agosto de 1944. Es amonestado severamente, en nota reservada por lo que se consideran desplantes ante la autoridad gubernativa de Marina. “Llámase severamente la atención al Sr Comisario Francisco Medina por su falta de serenidad ante la posibilidad de una denuncia absurda contra resolución del suscripto, perfectamente enmarcada en disposiciones legales y facultades que en consecuencia le son inherentes. Hace saber al citado comisario que solamente una falta de juicio severo pudo haber llevado a redactar telegramas como los que encabeza esta investigación pues el señor gobernador, no “arregla situaciones con su presencia, si jamás ha dado motivos para que as{i pueda pensarlo , sino que corrige la situación equívoca produce sanciones disciplinarias o somete la situación de los hechos planteados ante las autoridades que corresponde”. Eran días de obediencias debidas, y el legajo no contienen todas las diligencias de esta nota de censura número 15.

Octubre 1944. Pide 30 días de licencia, tras lo cual aparece como trasladado a Rawson. Es de recordarse que en aquella época pertenecía a la policía de los Territorios, dependiente del Ministerio del Interior por lo que podía tener distintos destinos en las gobernaciones..

1 de diciembre de 1944. Llegada a Río Grande se hizo cargo de la comisaría.

10 de diciembre de 1944. Será ascendido a comisario inspector.

Mayo/11 de 1947. Mario Perón –siendo jefe de la Policía en Rawson- interviene en trámite de su traslado a Chubut. Con el tiempo será- hermano él del presidente de la Nación- director del Zoológico de Buenos Aires.

7 de marzo de 1948. Se aceptó renuncia.

Hay otros detalles que en tiempo ampliarán esta escueta presentación, producto de lo que hay –prima facie- o lo que queda en su Pronturario.