Con motivo del Día de la Policía fueguina el pasado 12 de mayo leímos en Provincia 23 un memorable reportaje de Ramón Taborda Strusiat. Ronda la existencia de un servidor público que contagió a su familia del oficio.
Un escrito y una serie de valores en estos vecinos que amerita guardarlo en nuestro corazón.
Don Federico Antonio Díaz nació en Acheral, Departamento Monteros,
Provincia de Tucumán y a sus 85 años la tonada lo confirma. Su madre falleció
en el parto cuando él vino al mundo; su padre falleció seis años después.
Criado hasta los ocho años en los montes de Campinchango, Federico se crió huérfano,
se hizo solo en medio del monte. A los 13 años “salí recién a la civilización y
era bastante arisco con la gente como todo muchacho criado en esos parajes
tucumanos”, recordó.
“Llegué en el año 50 a Ushuaia, terminé mi servicio militar y quedé contratado
en la Marina, de marinero. Mi jefe era Muriel, que era el suboficial encargado
del pañol general”, prosiguió don Federico Antonio
Díaz quedó encargado de este depósito y tenía la función de entregar
herramientas e insumos para las distintas tareas que desplegaba la Armada en el
extremo sur del país y para las actividades sociales y educativas. “Era como
una escuela para chicos y grandes; se hacían todos trabajos de torno y tenía
también, por ejemplo, todo el asunto de carpintería y realmente éramos poquitos
los que trabajábamos ahí”.
Varias veces le tocó en suerte embarcarse en el Ushuaia, en la lancha o bien en
el Godoy, que eran las naves surtas en el puerto capitalino en esos tiempos,
donde hacían viajes a Harberton a traer madera para Ushuaia. “Atábamos con
cadenas los rollizos y los traíamos a la ciudad, de ahí sacábamos madera para
la carpintería”.
En la Marina aprendió a leer y a escribir y luego, en la Policía, completó sus
estudios primarios.
“Cuando me tocó la baja, como yo era afiliado al partido peronista y en ese
momento se produjo el primer levantamiento contra Perón, mis jefes me dijeron:
‘Díaz, lamentablemente te tenemos que dar de baja’ porque hay orden de Buenos
Aires de que te tenemos de dar de baja’. Luego me llama el Capitán y me dice
que la Policía dependía de la Marina y me ofrecieron la posibilidad de quedarme
en la fuerza policial. Ahí nomás me dijeron que suba al DC-3 (avión muy
utilizado en esa época) y que vaya a Río Grande, ‘ya allá te van a ubicar en un
lugar lejos, donde no pasa nadie’, me dijeron”, memoró don Federico.
Relató que llegó a Río Grande “y me dijo el comisario Díaz, tocayo mío: ‘Díaz,
mañana tiene que desaparecer de acá’ y le digo: ¿a dónde voy? Y me responde:
‘Usted se va a Khami’, en ese tiempo se le decía Lago Khami y hoy esa zona es
Tolhuin. Yo no conocía a nadie en Río Grande y entonces le pregunto cómo hago
para ir hasta allá. El comisario Díaz me dice ‘se las arregla porque yo tampoco
conozco a nadie’. Entonces les pregunto a los demás compañeros y tampoco ellos
conocían a nadie y me recomendaron que vaya a verlo a don Julio Andrade que
tenía un hotel”.
Díaz padre cuenta que Andrade le recomendó que “traiga todas mis pilchas y que
cruce en bote el río Grande, del otro lado está un destacamento y preguntale al
encargado cómo podés hacer para viajar. El encargado me dice que estaba justo
cargando el camión que salía para Khami y que iba a partir a las 4 de la tarde.
Hablé con el chofer y me dijo que no había problemas porque viajaba solo y le
hacía falta un compañero para charlar en el viaje”.
Relató que “salimos a eso de las 16:15 del Destacamento (en la zona del CAP),
yo llevaba mi bolso de Marina como único equipaje. Llegamos a Punta María
–donde había una posada- y ya era de noche. Los camiones andaban a paso de
hombre. Al otro día salimos y alcanzamos a llegar a Entre Ríos y ahí nos
quedamos porque el camión no podía seguir más porque se le formaban bloques de
barro amarillo en las ruedas. Tenía que sacar agua del río para lavar las
cubiertas y sacarle el barro. Se hizo de noche y me fui a pasar a un puesto de
ovejero que había en la zona. Esa noche dormí ahí en tanto que el chofer durmió
en su camita que tenía en el camión”.
El entrevistado prosiguió: “Al otro día esperábamos a un tractor que había en
la zona para que nos venga a auxiliar. El tractor para que llegue, tardó un día
más. Tres días nos llevó llegar al destacamento de Khami. Cuando llego, no
había nadie. En Río Grande me habían entregado un llavero con quince llaves,
pero no había nadie”.
Agregó: “tenía el armamento, las cajas de balas, la ametralladora todo ahí. El
Sargento que estaba a cargo ya se había venido de pase a Río Grande con
Roncallo, que era guardabosque. Llego al Destacamento –que estaba entonces en
la zona del Lago Fagnano (entonces Lago Khami) –entre las hoy Cabañas Khami y
las cabañas de Berbel- y como estaba solo me preguntaba que iba a ser ahí si no
había nadie. Entonces me vuelvo a Khami y le pregunto a la gente y ninguno me
podía decir nada”.
Añadió: “Una señora me recomendó que vaya a ‘la casa de los indios’ y que ellos
me iban a poder orientar y enseñar todos los caminos. Yo andaba a pie, no tenía
vehículo así que me las tenía que arreglar caminando nomás. Me fui hasta
estancia La Pampa de Rupatini y estaba su hijo Alfredo y me le presenté. Me
dijo: ‘Díaz, no se preocupe que yo le voy a indicar todo. Tiene una hermosa
tropilla de caballos mansos y hay también algunos caballos que no están
amansados y yo le voy a prestar un caballo y vamos a ir hasta el Destacamento a
conocer la tropilla’. Cuando llegué saqué la montura y fuimos a buscar los
caballos y los pusimos en el corral”.
Alfredo Rupatini, baqueano del Batallón de Infantería de Marina Nº5, se ofreció
a colaborar en todo lo que necesitare el flamante policía. “Ahí me quedé más
tranquilo. Ventilé el lugar porque hace tiempo que estaba todo cerrado y con
mucho olor a humedad. Dejé dos caballos de monta. A los tres días llega un
sargento y me dice: ‘Díaz, tengo la correspondencia que tiene que llevar a
Rancho Hambre’. Le pregunté si se quedaba y me respondió que no, que se iba
llevar las pocas pertenencias que le quedaban en el Destacamento y que se
volvía a Río Grande y me va a llevar el ‘Pollo’ Antonio Kovacic con la
camioneta”.
“Yo, recién llegado, no sabía dónde quedaba Rancho Hambre, así que otra vez me
fui a la casa de Rupatini y le pido a Alfredo que me indique el camino. Me
dijo: ‘yo te voy a guiar hasta una parte (hasta lo que hoy es El Mirador en el
Paso Garibaldi). Te voy a indicar por dónde tenés que pasar porque hay pasos en
donde el caballo puede caerse o quedar atrapado y si muere el caballo, morís
vos también’, me dijo. Menos mal que yo me críe en el campo, de a caballo”,
recordó don Federico.
Aquí continuó con su relato. “Llegamos hasta ese lugar –lo que hoy es Petrel- y
él se vuelve, no sin antes indicarme que siga un río hasta que cruce la
cordillera. Sigo viaje muy despacio porque el ‘camino’ era muy feo con bajadas
y subidas. Creo que me llevó catorce o dieciséis horas todo el trayecto desde
Khami a Rancho Hambre. Cuando llegué al puesto de Vialidad, me atendió el
sobrestante Garibaldi y él me dice: ‘Estábamos esperando la correspondencia
porque hacía rato que me preguntaban si habían llegado noticias”.
“Ahí nomás le digo que estaba oscureciendo y que me tenía que volver y
Garibaldi me dice: No, que se va a ir ahora, se puede caer por el camino;
cuando se pone el sol uno no ve nada y puede atraparlo una nevazón. Quédese a
dormir acá’. En ese tiempo nevaba en cualquier momento”.
Recordó también que “la cama era unos postes puestos sobre horquetas, un
catrecito con cueros de oveja. El olor a oveja era fuerte, pero tenía que
descansar y me tiré vestido. Me saqué las botas, nada más. Al otro día, a las 5
de la mañana me despierto y me siento en la cama. Ya los muchachos estaban
haciendo fuego en esos barriles en que traían la nafta. Los usaban como
estufas; tenían varios distribuidos en cada lugar y sobre eso cocinaban
también. Salí como a eso de las 9 de la mañana y llegué a la casa de don
Cárcamo en el Valdez (en la actualidad vive Luisa allí) a quien le decían ‘El
Burro’ y estaba doña Antonia también y allí me atendieron y me dieron café,
descansé un rato, me subí luego al caballo y seguí viaje ya al galope, hacia el
Destacamento”.
Retomó que “a los quince días, otra vez tenía que llevar la correspondencia a
Rancho Hambre. Esto era muy común. A veces, el Comisario, mandaba la
correspondencia desde Río Grande con el ‘Petiso’ Andrade. Llegó hasta el
Destacamento y me dice: ‘Eh Díaz, acá te traigo un trabajito’ que era el
maletín para llevar a Rancho Hambre. Agarré un buen caballo y me fui a la
fábrica (en el Aserradero Lago Khami que por entonces era el centro de la
actividad en el Corazón de la Isla) le digo al herrero: ‘¿Me puede hacer un
buen par de herraduras?’ y me hizo las herraduras con clavo y ya era otra cosa
porque subir la cordillera en medio de las piedras, si bien subir no era muy
difícil, la más larga era la subida de El Mirador sobre el Lago Escondido”.
“A la orilla del río era muy peligroso porque había como cuevas y hoyos y donde
mete la pata el caballo, se puede caer o quedar atrapado. Menos mal que los
caballos de la zona, conocen todo. No le podíamos exigir porque ellos sabían
por instinto que había lugares que no debían pasar y no lo hacían de ningún modo”.
Pasando el tiempo logró conocer a toda la gente de la zona, “y me atendían muy
bien, estaba el Aserradero Khami, la estancia de los nativos shelk’nam (onas)
‘La Pampa’ donde estaban Santiago y Alfredo Rupatini; doña Rafaela Ishton, doña
Lola Kieps (o Kiepja), Ángela Loig, el Indio Jack. Yo conocía a todos ellos. De
la Estancia La Pampa había unos cuantos kilómetros hasta Laguna El Pescado,
donde vivía el Indio Jack que tenía 105 años y doña Lola Kieps”. Otro amigo de
la familia era don Federico Echelaine, quien siempre cargaba en brazos a José
Díaz cuando éste era todavía pequeño.
El amansador de caballos

Don Federico Díaz se hizo práctico en domar caballos a su manera, tal cual
hacían los antiguos pobladores americanos. “Los domaba un poquito todos los
días; los amansaba hablándoles, conversándoles, los maneaba despacito y tenía
al frente una suerte de lagunita –un tajamar- que era como un pantano para que
los caballos salten todo lo que quieran. Como se enterraban hasta las rodillas
los caballos, los acariciaba, los pasaba por atrás porque sabía que no me
podían patear, y así es que yo fui amansador y no domador de caballos. Les
hablaba y si bien obviamente no me contestaban, me entendían y me di cuenta de
ello por sus modos de mirarme, de relinchar, de moverse. El caballo tiene un
oído y un olfato formidables y le entiende todo a la persona que está con él”.
Amansaba caballos para todos los destacamentos policiales desperdigados por la
vasta geografía fueguina. “Amansaba caballos para el Destacamento Los Cerros;
para el Destacamento Radman; para el Destacamento San Sebastián y para el
Destacamento San Pablo porque de ahí se sacaba los caballos del ‘miche’, eran
caballos todos chúcaros y yo elegía a los caballos que eran buenos para después
amansarlos”.
Como prueba de su comprensión de los caballos, se acercó a un grupo de caballos
salvajes y les dio de comer con la mano. Ganó la apuesta que había hecho a su
familia.
Don Federico Antonio Díaz es el último policía que hizo el correo a caballo en
Tierra del Fuego. “En septiembre u octubre de 1954 se habilitó la Ruta Nacional
Nº 3 y pudieron pasar los vehículos a motor. El primero que pasó el Garibaldi
fue un Jeep de la Marina y don Brandani que le faltaba tres dedos en la mano”,
recordó. Allí conoció al ‘Barraco’ don Jorge Águila, trabajador de Vialidad que
hace poco recibió su merecido homenaje en Ushuaia.
También les brindó palabras a los nuevos policías que son recibidos en la
Escuela, instándolo a seguir el camino de la honestidad y el don de buenas gentes.
“Antes no se estudiaba para policía, uno se hacía a sí mismo. Solo bastaba el
criterio y el sentido común, conocer a la gente, a los vecinos, y tener
presente siempre que uno está al servicio de ellos, para cuidarlos, cuidar sus
bienes y propender a que la sociedad se desarrolle en armonía y en paz, ese es
el trabajo del policía”, expuso don Federico con su ancestral sabiduría y
agregó: “deben los policías tener respeto por las personas, especialmente a los
niños como a los ancianos, y no olvidar que somos auxiliares de la justicia. Si
bien estoy retirado, sigo siendo policía. Hay que respetar para que uno sea
respetado”, exhortó.
“Una vez me citó el Juez de Primera Instancia de Ushuaia y me dijo: ‘cada vez
que necesite llamar a una persona para que se presente en el Juzgado, se lo voy
a pedir a usted. Así que yo hacía el recorrido en la población y también en el
campo. En el pueblo iba a hotel por hotel, pensión por pensión, a tomar el
nombre de todas las personas que se albergaban y semanalmente pedía una lista
de todas las personas que pasaban y lo mismo hacía en el aeropuerto. Yo tenía
conocimiento de todas las personas, también en las estancias. En cada estancia,
a veces había más de treinta personas y los administradores me tenían que
enviar una lista de la gente que trabajaba en cada uno de los establecimientos,
sean puesteros o gente que trabajaba en las comparsas de esquila. Cuando se
necesitaba dar con una persona, generalmente yo sabía dónde se encontraba”.
Díaz desplegó su tarea por prácticamente toda la provincia. Hasta estuvo
destacado en Estancia San Julio. “Mi casa era un verdadero destacamento porque
los vecinos acudían a mi hogar por distintos problemas, a cualquier hora
incluso de noche. Mujeres, chicos, personas de todas las edades, ya sea por un
requerimiento o por algunos maltratos, etcétera”.
También destacó que la policía fueguina “es una policía honesta, talvez la más
honesta del país. Si bien hay casos puntuales que por suerte son extirpados a
tiempo, nuestra policía tiene una larga tradición profesional. Una vez, me
acuerdo, un chico salió corriendo de una casa y la mamá le dijo: ‘mirá que
viene la policía’. Y yo me volví hacia ella y le dije: ‘señora, usted no le
haga tener miedo de la policía al chico, porque la policía está para resguardar
el bienestar de todas las personas. Usted tiene que enseñarle al chico que sea
respetuoso y amable con los demás y no meterle miedo de la policía como si el
policía fuera un verdugo”.
Operación Cóndor

También quiso el destino que don Federico se involucrara en la historia
argentina. Fue el policía que custodió a cuatro de los integrantes del
Operativo Cóndor, los jóvenes que desviaron un avión hacia las Islas Malvinas.
“Cuando llegó el avión a las Malvinas, desde la policía de acá mandaron personas,
una de ellas fue Brandán, que era compañero mío, para trasladar a aquellos
jóvenes hasta Ushuaia, en barco. Como en Ushuaia el lugar era muy chico para
tenerlos a todos juntos, enviaron cuatro de los integrantes del Operativo
Cóndor a Río Grande. Esas cuatro personas estaban alojadas en el calabozo
frente al mar y había una chica entre ellos también. Inmediatamente ellos se
sintieron identificados conmigo, me tenían como a una persona de confianza y me
gustaba charlar con ellos y me contaron todo lo que hicieron en esa operación.
‘Los felicito’ les dije porque esas tierras, las Islas Malvinas, son nuestras.
Y ellos me tomaron un cariño muy especial. Yo uniformado los cuidaba y también
salía con ellos a dar una vuelta por el pueblo y de paso, los invitaba a comer
a casa. Así que los sacaba yo a los cuatro a pasear”, recordó. Entre los cuatro
estaba uno de los cerebros del Operativo Cóndor, Alejandro Giovenco Romero.
Díaz padre trabajó con don Aníbal Allen y con Ernesto Krund cuyo nombre tiene
un cerro de la provincia. “Él llevaba la correspondencia desde Ushuaia a Rancho
Hambre y yo lo hacía desde Khami al mismo punto”, recordó.
‘Mire doña Soledad’
Don Federico Antonio Díaz estuvo un año solo viviendo en el Destacamento,
además de agente de policía, era un poco comisario, cartero, amansador de
caballos y encargado de un sin fin de tareas más en ese duro pero hermoso
paraje que asemejaba al Paraíso en la tierra. Era el representante del Estado
en esos lugares en toda regla y los lugareños así lo entendían y respetaban.
“No había nadie; en el Destacamento estuve más de un año solo. Conversaba con
el caballo y con el perro, y después me puse a pensar: ‘me estoy volviendo
loco’. El caballo no me contesta, el perro tampoco y me propuse ir al pueblo (a
Río Grande) para ver si consigo alguna chica para casarme. Todavía no conocía a
nadie, llego al pueblo y lo empiezo a recorrer y veo a las chicas que empiezan
a salir de ahí, de las Monjas (el María Auxiliadora) que en esos tiempos tenían
una casitas chicas nomás, y como ellas enseñaban a varias chicas y cuando
salían, yo las empezaba a mirar; incluso había una monjita que jugaba con las
chicas, tirándose pelotas; iba pasando yo y me tira la pelota”, relató.
Agregó: “me dice la monjita: ‘hace días que lo veo dando vueltas por acá’. Ah,
sí, le digo yo. En eso me llama el cura que estaba mirando la escena desde la
puerta, era el padre (José) Forgacs. Usaba un gorrito -me acuerdo- y me dice:
‘qué anda haciendo por acá, hace días que lo veo dando vueltas por acá’. Le
dije la verdad: ando buscando una mujer para casarme, una chica. Veo señoritas
que salen de la escuela y quiero ver si hay alguna que me lleve al apunte
porque acá soy desconocido”.
Don Federico andaba entonces con un ponchito sobre el uniforme de policía y una
cámara fotográfica marca ‘Argus’ alemana. “El padre Forgacs me invitó a
almorzar; había una monjita que llevaba la comida en una vianda, cruzando lo
que es hoy el Instituto María Auxiliadora hacia el Colegio Don Bosco, y le
llevaba también un botelloncito con vino. Comí con él y tenía solo tres días
más para quedarme antes de volverme al Lago, así que insistí en encontrar a la
chica y la vi a Lucía (Muñoz) con una valijita de las monjas. No quería pasar
por atrevido, le pedí si la podía acompañar, no me contestaba nada y yo me
quedaba preocupado. Pasaron los tres días y me fui de nuevo al Lago y no la
hora de volver de nuevo. Pasó un mes y me vengo a Río Grande y justo era el día
patrio (el 25 de mayo de 1954) y me dice un jefe: ‘menos mal que viniste Díaz,
necesitamos uno que vaya al busto de San Martín para que esté de guardia porque
salen los chicos de la Escuela 2. Así que me dirijo allí, donde estaba el acto,
una vez que concluyó la veo a ella (a Lucía) que iba acompañado por una
señora”.
“Ni lerdo ni perezoso me acerqué ambas, me puse a la par de su paso y les dije:
‘¿no me invitan a su casa a tomar mate? La señora era esposa de un policía –yo
no lo sabía- y sorprendentemente me dijo que sí, que viniera a la casa. Así que
fui. Estaba mi ahora suegra haciendo empanadas por las fiestas patrias y comí
tres empanadas y me ofrecieron más pero les dije que tenía que presentarme a la
comisaría (que estaba sobre Elcano) porque terminó mi guardia. Apurado me salí
y me fui, pero antes de salir de la casa, le digo: ‘señora, cuando venga del
Lago Khami, ¿puedo venir a tomar mate porque no tengo gente conocida acá’. Me
dijo ‘Venga cuando quiera nomás’…”
Todos en el pueblo del Río Grande de entonces ya sabían las intenciones de don
Federico y ‘prepararon’ el camino al casamiento.
“Más de dos días en el pueblo se me complicaba porque cuando cruzaba en bote,
tenía que dejar el caballo del otro lado y era difícil conseguirle comida. A
veces conseguía pasto o maíz que me daba la gente”, recordó.
En aquellos tiempos la policía no cobraba todos los meses, sino cada seis meses
o más. Como entradas extras para sostenerse, un policía tenía otras
actividades. Don Federico trabajaba en ‘Los Luchos’, que eran los barcos que
abastecían a la ciudad de Río Grande. “En esos cuatro días que trabajaba ahí,
con autorización de los jefes, ganaba más que un mes como policía. Yo trabajaba
para don Miguel Raful, por entonces”. Se retiró del servicio en 1972 con el
penúltimo grado, ya que los ascensos no eran como en la actualidad, cuando
ingresó a trabajar en SADOS.
Al lado de un gran hombre, una gran mujer
Estuvieron seis meses de novios y en diciembre de 1954, se casaron. Los casó el
propio padre Forgacs. En diciembre de este año, cumplirán los 60 años de
casados.
Doña Lucía Muñoz también recuerda esas épocas en el Corazón de la Isla.
“Federico amansaba los caballos y después nuestros hijos también preparaban la
leña para el invierno. Recuerdo una vez que nosotros dos tuvimos que atender un
parto de la señora del Cabo Primero Salman. Ella no llegó a Río Grande, si bien
la ambulancia fue a buscarla desde Río Grande, así que la tuvimos que atender
nosotros. Fuimos parteros también”, señaló orgullosa.
“En esos años –prosiguió-, era la década del ’50, Federico recorría a caballo
todas las estancias. Lo que hoy es Tolhuin, no había nada todavía; estaba el
aserradero Khami; el aserradero del Pollo Kovacic y el Destacamento policial a
la orilla del Fagnano. También había una casa al lado de lo que hoy es la
Hostería Kaikén –que entonces no existía- y que era de Tardón. En el
Destacamento había tres casas que todavía perviven. En una de ellas vivíamos
nosotros y cada vez que pasamos nos trae muchos recuerdos y dicho sea de paso,
está muy abandonada y deberían tenerla muy bien cuidada porque es parte de la
historia fueguina y patrimonio de Tolhuin”, reclamó doña Lucía.
Las otras dos casas estaban destinadas una al personal policial que llegaría
años después y la otra al encargado del Destacamento “que después llegó cuando
nosotros nos vinimos a vivir a Río Grande”.
“Me casé joven y era realmente una esposa jovencita, y fui compañera en todo
sentido de mi esposo. Cuando él salía de recorrida de a caballo por las
estancias, yo era la encargada de atender a la gente en el Destacamento. Estoy
orgullosa de ser la esposa de un policía. Pese a que era muy chica, me adapté
al trabajo que él hacía como encargado y agente de policía que era”.
“Estamos muy orgullosos que también nuestro hijo y nuestros nietos, así como
nuestra sobrina y mi nuera pertenezcan a la institución policial”, confió doña
Lucía.
Relató que “en esos tiempos no había el confort que tenemos hoy; había que
cortar leña para que al otro día tengamos calefacción. Lo lindo cuando
estuvimos en el Lago, era que don Rupatini le prestó una vaca a mi esposo y con
ella pudimos darles leche fresca a nuestros hijos, leche natural. Ellos fueron
nuestros amigos, tanto los Rupatini, como doña Rafaela y todos los que nombré
antes y estamos muy orgullosos de haber compartido esos años cerca de ellos”.
Por último, confió que “pese a la dureza y rudeza de la vida de entonces, jamás
olvidaremos esos paisajes hermosos, lagos, cielos, bosques y montañas. Hoy el
progreso trae otras cosas, pero ojalá que esas bellezas no se pierdan y
aprendamos a cuidarla”.

Las nuevas generaciones
El hijo mayor de la familia Díaz, José Manuel, también hizo toda su carrera
policial. Actualmente José es el Director General de Inspección del Municipio
de Río Grande. “El uniforme me gustó desde que era muy chiquito, así que cuando
tuve la oportunidad de hacer el servicio militar –porque lo hice en forma
voluntaria antes de cumplir los 17 años- y estando de soldado me ofrecía a
hacer guardias voluntarias y lo que más me gustaba era tener el arma en la
mano, como a muchos jóvenes de mi generación y andaba con el fusil para todos
lados”.
“Ahí me di cuenta que yo quería ser policía como mi papá; quería hacer lo que
él hacia. Cuando cumplí 18 años comencé a hacer las gestiones para ingresar. Lo
hice en Ushuaia en lo que entonces era la Policía Territorial. Me gustó la
carrera, incluso antes de la explosión demográfica de 1983, varias veces me
tentaron para entrar a trabajar en otras actividades, como por ejemplo, YPF,
Había empresas petroleras que iban a la policía a buscar gente y a ofrecer trabajo
pagando 5 ó 6 veces el sueldo que ganaba un policía promedio. Pero muchos de
nosotros éramos policías por vocación y desistimos de estos ofrecimientos, si
bien mucha gente aceptó. Hubo un tiempo en que muchos efectivos policiales
dejaron la institución porque los sueldos eran muy bajos”, recordó José.
José Díaz hizo una carrera meteórica en la policía. A los 19 años de servicios
ya era suboficial mayor, “después tuve el reconocimiento de la superioridad
porque después que me retiré, convocaron nuevamente. Estuve casi siete años
prestando servicios en la institución policial. Yo vi de desde niño que mi
padre prestaba servicios uniformado, en las zonas de fronteras, en las
estancias y después lo vi muchos años de civil. Un poco también me pasó lo mismo,
porque además de trabajar de uniforme, también lo hice de civil al integrar una
brigada especial que se dedicaba a investigar distintos hechos graves, delitos
complejos, y ya se veía en esos tiempos la aparición de un nuevo flagelo como
es el narcotráfico, la violación a la ley de estupefacientes”.
Agregó que “tuve la oportunidad de trabajar muchos años en esta de brigada de
civil, tal es así que fui convocado para trabajar en las primeras brigadas de
lucha contra el narcotráfico y delitos complejos, Todavía extraño ese mundo,
cada vez que voy a visitar a mis camaradas me embargan los recuerdos. Es como
sino me hubiese ido nunca. Lo más importante de todo es que seguí las
enseñanzas de mi papá: practiqué la honradez porque ser honrado es lo más
importante de todo y no caer en la tentación de la corrupción”.
En ese sentido, José confió que “tengo la satisfacción de que mi hijo mayor,
Juan Antonio, que hoy después de 61 años de que mi padre estuvo a cargo del
Destacamento de Lago Khami, él está de Comisario en Tolhuin, en el mismo lugar,
así que es un tremendo orgullo para mí como papá pero también para toda nuestra
familia Díaz”.
Federico Antonio Díaz,
ingresó a la Policía en 1953; José Manuel Díaz ingresó en 1974; Juan Antonio
Díaz lo hizo en 1994; la sobrina de José Díaz, Marisa Cabezón, su sobrino
Maximiliano Díaz, otra sobrina , Xenia Tévez y la nuera Viviana Cárcamo.
o.