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Isómeros destemplados

Entre el barullo electoral esta semana nos ha llegado de Chile a la frontera noticias del traslado de restos aborígenes de Europa a Tierra del Fuego, para su descanso final en la isla Karukinká.

La situación nos llevó a recordar lecturas pendientes para este blog, una de ellas con la firma de Enrique Zorrilla Concha, extraida de “América destemplada” (Editorial Andina, Buenos Aires, 1967) y de la cual meses atrás obtuvimos un emotivo relato: la desaparición de los isómeros.

Nos quedamos a la vez pensando en la realidad de aquellos fueguinos que eran levantados por las naves que venían de lo desconocido, y hacia cuyos mundos eran llevados. Imagen que se puede parangonar con lo que la novelística y la cinematografia del siglo XX nos ha mostrado en razón de los humanos –casi siempre norteamericanos- que son secuestrados por los extraterrestres.

Pero si bien, hoy por hoy y por motivos culturales, puede haber humanos que gustarían de una experiencia planetaria, ¿habrá existido un mínimo de consentimiento entre los que eran sacados del meridión americano por propósitos para entonces científicos?
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Al que le interese ahora lo propuesto, puede volver sobre nuestras páginas y encontrar una primera entrega:


En esas tierras ya no existen sobrevivientes de los grupos indígenas que las habitaron hasta hace muy poco.

Todos han muerto.

Para ver un ejemplar de Patagón o Yagán hay que ir a admirarlo en el bronce erigido a Magallanes en la plaza de Punta Arenas o bien ir a incursionar en el pequeño, muy interesante pero poco lucido Museo Salesiano. Abierto para todos los visitantes y sin la vigilancia que merecen sus tesoros, yacen amontonadas una de las más ricas colecciones autóctonas americanas. Ese pequeño museo es todo un drama de nuestra civilización.

Pueblos nómades y selváticos, como sus lejanos primos los hurones e iroqueses u otras tribus del Canadá y EE.UU., o del Caribe y Amazonia, se habían acostumbrado a vivir desnudos en esas inhóspitas regiones.

Pero de poco les había servido su fortaleza. Con la llegada del blanco, nuevas condiciones ambientales les habían destruido y exterminado. Al parecer, la naturaleza se complace en deshacerse de sus propias creaciones y las hace sucumbir al contacto de otras más evolucionadas en un proceso infinito de renovación.

Pero esta vez la tragedia tuvo proporciones tremendas. No sólo habían desaparecido los aborígenes sino que su muerte había arrastrado al fracaso a uno de los más hermosos sueños de fraternidad. Los relatos, las pruebas y aún las fotografías, estaban allí para demostrar el fracaso de las tentativas civilizadoras laicas y religiosas. Seguramente, con un estetoscopio, habríanse hallado sobre los utensilios indígenas del museo la presencia del virus mortífero.

Yo tenía en forma retrospectiva ante mi vista los testimonios irrefutables de la reciente catástrofe.

Atraído por una foto que colgaba de una pared, me topé con la cara de uno de los últimos sobrevivientes. No me olvidaré jamás. Dentro de las grandes órbitas se hallaba expresada la más honda de las inexpresiones.

¿Por qué tal injusticia? ¿Por qué?

Me fue imposible comprenderlo esa noche. Pero en la mañana temprano obró mi intuición, y me fui al aeródromo donde presenté la carta que me había dado el comandante en jefe de la aviación chilena para volar sobre la región.Dos jóvenes oficiales me estrecharon la mano y me convidaron de inmediato a hacer el vuelo.

Pero antes me pasaron el formulario usual en esta clase de vuelos para deslindar cualquier responsabilidad. Me aprontaba a firmar esa acta banal, semidistraido, cuando sentí clavada en mi persona la vista de los dos pilotos ya enfundados en sus overoles nylon azul marino y me pareció que estaban pendientes de mi decisión de firmar.

Envuelto en mis recuerdos y evocaciones, me turbé por completo. Yo necesitaba saber a qué atenerme con respecto a la desaparición de los aborígenes y creía que el paso más directo sería alcanzar la zona de la isla Ambarino, donde podría compenetrarme del tremendo y casual asesinato en masa perpetrado por nuestra civilización en aras de sus eternas ilusiones de fe, poder, dinero, trabajo y seguridad.

Los actuales habitantes de la región, me daba cuenta, parecían estar siempre bajo el peso de una gran culpa oculta y ahora la intranquilidad de los dos pilotos confirmaba mis presentimientos.

No se trata, por cierto, de obligarme a asumir mi responsabilidad en el vuelo. Se trataba de hacerme asumir una culpabilidad, hacerme compartir, y seguramente para diluirlo hasta el olvido, un gran crimen.

Mis cavilaciones y demoras parecían atormentar a los pilotos. Si no firmaba, mi vuelo sería cancelado. En caso contrario, mi decisión sería inapelable.

Yo he creído siempre en la solidaridad de los hombres y en la continuidad de las generaciones. Y fue así como después de pensarlo, accedí a firmar y compartir también en nombre de la civilización, su enorme error.El viento tronaba afuera y sacudía el bimotor como una hojarasca. Pero adentro, la temperatura era tibia. Un largo calentamiento del motor y una cuidadosa inspección del tablero precedió al despegue. Salimos al encuentro del viento y en un instante volábamos en la luminosidad naciente de la mañana.

Dejamos los techos rojos de Punta Arenas, enfilamos al Estrecho, pasamos sobre Puerto Hambre en dirección a la isla Dawson. A esa altura, formaciones de grandes nubes grises empezaron a interferir nuestra marcha. Alcanzamos los ventisqueros siniestros de la cordillera de Darwin. Siglos y siglos pasaban en un instante.

Ahora, los fiordos se ofrecían a mi vista, la isla Hoste, los canales fueguinos. Uno de los pilotos dio vuelta la cabeza y me hizo una señal con el guante. Habíamos llegado.Estaba en el Beagle, el gran canal inmortalizado por el velero de Fitz Roy, flanqueado por las crestas nevadas de la Tierra del Fuego y las elevaciones boscosas de la isla Ambarino.

Fitz Roy hubiera podido reconocer los parajes y ubicarse en el laberinto de costas sin playas, pero hubiera quedado desconcertado por el silencio y la ausencia de los indios. Sus fuegos estaban definitivamente extintos. Era imposible poder encontrar un solo indicio de su presencia a no ser por algunos antiguos conchales desparramados.

Pero me había propuesto obtener una respuesta. Inclinado sobre embarcaciones, juguetes de las olas, interrogaba vanamente al mar. Yo sabía que era inútil y también ridículo mortificarse por seres que Darwin consideró abyectos y miserables, pero seguía buscando en los conchales mortecinos y en los huesos de ballenas varadas.

Atravesaba turberas pantanosas, salvando los árboles caídos y remontaba al nivel de los árboles grandes entre la selva casi impenetrable e insospechadamente feraz en algunos puntos. Seguía interrogando a los árboles retorcidos, envueltos en sus mortajas de musgo verdoso. En el silencio de la selva sólo se lamentaba el viento y se retorcían los árboles. De repente, pude oír el golpeteo de un pájaro carpintero.

Hay en esos bosques una ausencia extraña de vida animal. Los reptiles son desconocidos. No hay pumas, zorros, liebres, sino en el continente. Quizá algún huemul. La creencia de estos pueblos era que los hombres una vez muertos, vale decir sus almas, se transformaban en montes y árboles.

Para creerlo, basta oír el viento que se lamenta en esas selvas y ver cómo se retuercen de desesperación los árboles y sentir cómo las olas golpean con sus puños los cascos de las embarcaciones.

LA DESAPARICIÓN DE LOS ISÓMEROS


En el invierno de 1984 llegó a mis manos este artículo formando parte de la revista Aconcagua que en Buenos Aires alcanzaba el número 6, en momentos de destierros.
El trabajo de Enrique Zorrilla (Concha) figuraba en la penúltima página de este tabloide de ocho y junto a él el Profesor Pedro Godoy alertaba sobre una obra del articulista titulada "Gestación de latinoamérica".
Pero el trabajo de los isómeros -nombre que utilizara Darwin para identificar a gente del sur- correspondía a otro trabajo publicado en 1967: La América destemplada.
Y es ahora que creo oportuno ofrecer a los lectores aquel capítulo que me llevara a relacionarme con la obra de Zorrilla.
Nosotros los crucificamos. Nosotros somos los verdaderos responsables de las epidemias, las matanzas, las reclusiones. Todos: Loberos, penados, buscadores de oro, ganaderos, laicos y religiosos, católicos y protestantes, chilenos, argentinos y demás aventureros extranjeros. Todos. Y por largo tiempo deberemos pagar con justicia el descuido y la ignorancia de las generaciones pasadas. Íbamos tras el oro, las pieles, la propiedad, las almas. Tras los eternos señuelos humanos, habíamos despojado a los indios de sus mujeres y de su tierra, les habíamos contagiado nuestras repugnantes enfermedades, les habíamos pervertido con el alcohol, con nuestras costumbres y nuestra debilidad. Les habíamos engañado, robado y también masacrado. Con la delicadeza de las grandes máquinas aplanadoras, habíamos pasado por encima de ellos, sin ni siquiera sentirlos.


Sobre las playas, nos precipitábamos a apuñalear y balear por centenares y miles a los muy inocentes pingüinos para llenar nuestros tachos de aceite. De amanecida, a la luz mortecina, sorprendíamos a las focas indolentes para matarlas a golpe de garrote y no estropearles la piel en una loca carrera que debía terminar antes que se lanzaran al mar. Tras el sillaje sangriento de las ballenas arponeadas y de su aceite nauseabundo, tras el oro, las pieles, la tierra, el ganado y las almas, habíamos tropezado con los indios. Habíamos quemado los bosques, erosionado la tierra, despoblado los mares, exterminado a los indios. ¿Por qué?


En esas orgías exterminadoras, la humanidad, desgraciadamente, realiza sus grandes pasos históricos. El hombre desatado y libre, a merced de sus impulsos irrefrenables, ha descubierto y conquistado el mundo, la gloria, la fama; ha levantado imperios, ha hecho revoluciones, ha inventado armas para autodestruirse y a la vez liberarse. Y el precio ha sido siempre la violencia en las cosas y en las personas. ¿Por qué?Las enfermedades habían surgido de los primeros contactos. La benigna influenza, por obra del clima y por la falta de defensas, se transformó en neumonía infecciosa y luego en tuberculosis, cuando ya los indios no podían desprenderse de sus mugrientos ropajes y no disponían del escudo de su desnudez. El indio aprendió a gustar de las bebidas quemantes y embriagadoras, las hembras consintieron placenteras a completar el intercambio, dóciles a las terribles caricias de los crápulas barbudos civilizados. Las enfermedades sexuales intervinieron. Razas degeneradas, sí. Pero degeneradas por nosotros.Todo confabuló contra los indios. La alimentación nueva, las habitaciones herméticas y nauseabundas, transformadas en chiqueros contagiosos, el contacto con los blancos. En Tierra del Fuego, los buscadores de oro se enfrentaron con los indios, contestando con balas a las flechas. La aparición de la propiedad en esas vastísimas regiones, fue la tragedia de los onas, quienes se vieron impedidos para proseguir su vida nómade secular tras la caza del guanaco y del zorro. Los estancieros se encargaron de extinguir a los guanacos que talaban los pastizales destinados a las ovejas, y luego corres a los indios de las cercas. En los perímetros recortados por las alambradas de las grandes estancias patagónicas, vio el indio surgir un animal desconocido. La blanca y tierna oveja se le presentó para satisfacer su apetito cavernario. Pero el hecho de confundir la oveja con el guanaco blanco lo llevó a la perdición.


La ley no la hacían los hombres nómades, dueños inmemoriales de las estepas, de los bosques y de su fauna, sino los nuevos propietarios ovinos. Los grandes estancieros no podían aceptar la matanza salvaje de sus rebaños domesticados. Como los indios no hacían juicio y seguían en sus cacerías endemoniadas, matando cientos y miles de ovejas, perdieron ellos la paciencia, y tal como se había perseguido a los guanacos y a los zorros, se empezó a cazar al indio. Habíamos regresado a la edad de piedra. Ningún gobierno, naturalmente, se atrevió a defender a los saboteadores de las riquezas nacionales. Se llegó a pagar una prima por las orejas y testículos de los indios. Aunque estos crímenes fueron aislados, existieron. Propietarios más bondadosos prefirieron deshacerse de los indios indeseables llevándolos en largas caravanas hacia las reducciones religiosas.


En un experimentos estrictamente laico, se hizo desfilar en Punta Arenas a los “rebeldes”, ante la burla y los escupitajos de la barbarie civilizada. En ese intento forzoso de civilización los hombres fueron separados de sus mujeres. Felizmente, ninguno sobrevivió al experimento. (Un grupo de onas llevado a Buenos Aires, acampó en Palermo y allí sus perros contrajeron la rabia que diseminaron posteriormente una vez que regresaron a sus tierras).


Y cuando todos, onas, yaganes, alacalufes, hubieron muerto y se pensó que por fin la paz había llegado a la región, se encontró que los fieles perros indígenas, privados de sus amos, seguían por su riesgo y cuenta la resistencia, dando de baja a las ovejas. Y tratándose de enemigos tanto más peligrosos, hubo que traer pastores alemanes para combatirlos y así borrar los vestigios de la indiada.