SANTIAGO RUPATINI, en el centro de una recuerdo y una crítica..



Todo comenzó cuando María Ester Bustamante subió desde Río Gallegos una foto del abuelo con atuendo tradicional, esa que ilustra nuestra presentación.

Se me ocurrió buscar en la red alguna información adicional sobre él, y encontré en EL AVE SIMURGH, una escrito de 2008 que en el párrafo que más me interesa dice lo siguiente:


Por estos días estuve recordando con frecuencia a Santiago “Yorek” Rupatini. Y saludo con alegría de corazón este recuerdo, pequeño triunfo de la memoria sobre la injusticia y el crimen.

Yorek se pronuncia “Yor-k”, con un espacio libre, como para una vocal sin tono. La palabra, como el propio Rupatini decía, significa “hermano” en su idioma, el selknam. Él quería que lo llamaran así. Veo ahora que una calle de Tolhuin (quizás la ciudad más nueva de nuestro paìs, fundada en 1972) lleva el nombre “Santiago Rupatini”. Bajo el mismo nombre se lo menciona a Yorek en un expediente de “concesión” (en realidad, menguada devolución) de tierras fueguinas a integrantes del pueblo ona.

Para mantener viva la memoria, quiero compartir con ustedes lo que recuerdo de mi encuentro personal con Yorek Rupatini, en 1964 – hace nada menos que 44 años.

Estaba yo cursando el colegio secundario en Bahía Blanca. Me vinieron a buscar unos amigos, los Fantini, hijos de un periodista que vivía en la calle Rodríguez al 500, diciéndome que en su casa había alguien a quien debía conocer.

Los visitantes en casa de los Fantini eran dos, que habían hecho etapa durante ese día, esperando una combinación de vuelos. Venían de Ushuaia y tenían que seguir viaje hacia Buenos Aires. Uno de ellos, Rodolfo Casamiquela, por entonces un joven investigador que ya había publicado algunos trabajos sobre temas paleontológicos y antropológicos (en particular recuerdo uno sobre Lihué Calel). El otro era Rupatini.

Yorek era bajo y corpulento, con un fuerte tórax y manos grandes, curtidas en el trabajo del campo. Aunque aquel día de primavera era bastante fresco, le bastaba con una camisa liviana de cuadros. Luego comentaría que sentía demasiado calor si se ponía alguna prenda más. Utilizaba una campera tan sólo para llevarla al brazo.

Era un hombre de aspecto sereno, que nos contemplaba a los charlatanes adolescentes de ciudad con divertido interés, y nos hablaba con parquedad. Frecuentemente sonreía.

Ante todo, Yorek nos enseñó a llamarlo así. Después comentó el motivo por el que se lo llamaba “el último ona”: el sólo tenía conocimiento de que existía una pequeña comunidad de tres onas en el campo: su esposa, su hermano y él mismo. Los dos primeros habían fallecido ya. Comentó que era estéril; no había podido tener hijos, y atribuía esto a que su grupo había comenzado a tomar bebidas alcohólicas a raíz de su contacto con los blancos; de ahí el daño.

Nos describió su vida como campesino, los trabajos que realizaba en la cría de ovejas.

Algunos de nosotros habíamos leído el libro de José María Borrero “La Patagonia Trágica” (esa primera parte, donde investigaba el genocidio de los onas). Obligada fue entonces la pregunta por las matanzas de onas encomendadas por los Menéndez, por Rosa Braun y alguno más del linaje. Rupatini contó algunos episodios de estas matanzas que él conocía, y supimos entonces que nada en el libro de Borrero era exageración: el envenenamiento de una ballena para que la comiera un grupo indígena, las cacerías de personas, el pago a los cazadores por cada oreja de indio entregada, y luego por testículos de ona. No sólo se había destacado como cazador el tristemente célebre Colorado Mc Clellan; también alguno de los estancieros había participado. Así lo demostraba una célebre fotografía de Rosa Braun como cazadora, vistiendo breeches y botas, con el pie sobre un cadáver de ona y el fusil apoyado en el suelo, de la que alguien había sacado una copia - el original estaba en el Archivo Salesiano, a la sazón guardado en la sede de la Inspectoría de la congregación, en Bahía Blanca.

Charlamos largamente hasta la tarde. Entre otros temas, recuerdo que Yorek nos comentó que cuando se peleaba con su hermano por cuestiones de momento, o porque habían tomado, “nos puteábamos en castilla”, porque en ona no existían insultos personales. Se reía al narrar esto.

Yorek iba a ser presentado en un programa de televisión de aquellos tiempos. Entre La caldera del diablo, El show de Dick van Dyke, el clan Stivel y Pinky, se le daba un espacio a un integrante de un pueblo originario, claro que con sesgo pintoresquista – “tenemos al último ona”. Por su parte, Rupatini pensaba que podría aprovechar ese espacio para dar un mensaje en defensa de los derechos de los indígenas.

Tres días después, Yorek y Casamiquela pasaron de nuevo por Bahía Blanca en su viaje de regreso.

Esta vez no tuvimos mucho tiempo para conversar. Pero retengo un dato fundamental de lo que Rupatini nos relató. Un día antes de su presentación en el programa televisivo “me llamaron para saber qué pensaba decir. Les dije que se quedaran tranquilos, que no iba a contar nada. Y no conté nada; para qué.”

No supe más de Yorek Rupatini.


La nota se complementa con una apreciación sobre una experiencia televisiva más reciente, en la cual aparece el nombre de Badía, y sobre la que se puede encontrar in extenso lo dicho tras la siguiente signatura:


Me permito agregar alguna consideración con el tema de la esterilidad manifestado por Ramón como producto de ese encuentro con Santiago, en una conferencia dada en el HRRG por el doctor Juan Maglio, sobre te lema de la muerte, conversamos sobre el exterminio selknam, así lo llamamos en ese momento, y se dio como una apreciación que las grandes pestes de sarampión de 1924 podrían haber venido acompañadas de paperas, con alguna consecuencia sobre la fecundidad de los varones. Examinado luego los registros de nacimientos a partir de esa fecha apreciamos que aparecían madres nativas, no así padres en un número destacado. Esto se podía deber a lo avanzado del mestizaje o a la conjetura de Maglio.

También es de hacer notar que los pueblos americanos no tuvieron una estructura familiar estrechamente ligada a las prescripciones del Código Civil, y que la adopción establecía fuertes ligazones, similares a la de la consanguinidad, con lo que el trato de padre)hijo, nieto/abuelo era fruto del reconocimiento y gratitud, más allá de una derivación parental. Lo mismo que la hermandad, que no significaba estrictamente tener los mismo padres, sino sentirse hermanos.


EVOCACIONES***21 de abril de 1900. Naufragio y muerte sobre la costa fueguina.


 Es el que protagonizó un bote del acorazado Almirante Brown, cuando realizaba tareas hidrográficas sobre el litoral austral.

En el acto fallecería el teniente Mackinlay y cinco tripulantes.

Transcribiendo dichos del capitán de fragata Saenz Valiente que comandaba la nave se pudo saber que:

Una racha de viento hizo zozobrar a dicha lancha que tripulaban cinco marineros al mando del alférez de fragata Juan Mackinlay, sin que por mas esfuerzo que se hicieron lograse salvarse a los náufragos.
Según informes de informes de oficiales de la Armada que conocen el canal de Beagle, paraje donde ha ocurrido el lamentable suceso de que nos ocupamos, con frecuencia se producen estos, sin que los más expertos marinos puedan evitarlo.
Hay parajes en que los buques no pueden entrar por más que sea mar limpio, en este caso se ven obligados a largar lanchas que nunca se alejan más de mil metros del buque.
En caso presente, ha pasado algo semejante no obstante venir el “Brown” en dirección a Buenos Aires, continuaban los trabajos de sondaje, para lo cual se desprendió la lancha que tripulaba el alférez Mackinlay, la que navegaba a la vista del comandante Saenz Valiente.
La observaba este con su anteojo cuando de pronto fue sorprendida por un fuerte tifón del sur, que arrastró a la pequeña embarcación durante tan solo unos minutos, y la perdió de vista.
El comandante ordenó el salvataje en el acto, pero ye era inútil, pues no se volvió a ver más a la lancha ni a sus tripulantes.
Después de repetidos reconocimientos, y viendo que todo esfuerzo se estrellaba en lo imposible, resolvió seguir viaje a Puerto Madryn , desde donde ha comunicado al Ministerio la fatal terminación de su hasta entonces feliz expedición.
El alférez Juan Mackinlay,  era un apreciado oficial, querido de sus jefes y subalternos, muy contraído a su carrera, a la que profesaba adoración.
En la familia era motivo de digno elogio como buen hijo. Sus amigos y parientes reconocen las bellas cualidades del distinguido oficial, que ha dejado la vida en el cumplimiento de su deber cuando terminaba una empresa que tal vez le hubiera valido el ascenso

Los nombres de los que corrieron su triste suerte fueron  Segundo cabo de mar Ramón Martínez Pena, marineros Alejandro Flores, José M.Araujo, Martín López y José Navarro. Solo se encontraron los restos de dos de ellos, no pudiendo por ahora especificar cual.



Una calle de Río Grande lleva el nombre del Alférez Mackinlay.

En las últimas semanas supe de gestiones relacionadas con cambiar su nombre e imponer el de de Rodolfo Walsh. Fui interrogado sobre quien era Mackinlay, se suponía que por ser un apellido inglés era indigno de tener un reconocimiento público -la anglofobia crece en nuestra comunidad en determinadas épocas del año-, los remití a un escrito anterior a este y me quedé pensando que Walsh no era muy criollo que digamos.



Ante la muerte de la Hermana Teresa Battaglin

Final del formulario

 Ayer a la hora 20 falleció en Río Gallegos esta educadora de dilatada trayectoria en nuestro sur. Sus restos están siendo velados en la capilla del Instituto María Auxiliadora de la capital santacruceña y a modo de despedida traemos algunos recuerdos.

La primera en alertarnos sobre su muerte fue Susana Dobronic, que escribió:

Querida Hermana Teresa: quiero con estas sencillas palabras,llenas de sentimiento,despedirte y agradecerte por ser parte de mi educación...siempre estarás presente en mi corazón!!
Hoy dejas esta tierra,donde queda todo lo que has dado,honestidad,amor,sacrificio y valor...cumpliendo lo que dijo Jesus: "Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos,aún el más pequeño,lo hicieron por Mi"
Tu presencia marcó la vida de cada niña o joven que sintió tu cariño solidario,enseñasteis a amar,diste confianza,contención,...y tu franca sonrisa hicieron posible el acercarnos a tu cálida y tierna personalidad.
Hermana Teresa tus valores marcaron nuestra educación animada por la oración sencilla a nuestra Madre María Auxiliadora...Dios te espera en el Paraíso para gozar de la Vida Eterna,que descanses en Paz...jamás te olvidaré!!!

En 1951 la hermana Teresa Battaglin se recibió de maestra en la Casa de Bernal de Buenos Aires. Había dejado Italia cuatro años antes. Ese mismo año llegó al Colegio María Auxiliadora de Puerto Deseado para abocarse a la tarea educadora. En 1955 viajó a la Casa de Río Grande, en Tierra del Fuego, donde fue iniciadora de la escuela primaria. En la isla fue protagonista y testigo de sucesos verdaderamente históricos. Más adelante la hermana Teresa colaboró en las casas de Santa Cruz, Río Gallegos y San Julián, y fue directora de la escuela primaria e iniciadora de las Exploradoras de María Auxiliadora.

Pablo Beecher, luego de entrevistarla, publicó en el suplemento El Dominical del diario La Opinión Austral de Río Gallegos, estos sus recuerdos.

Los recuerdos de una maestra misionera...

El viaje  

El barco se detuvo por varias horas en Tenerife, Islas Canarias, y nos dijeron que podíamos bajar un momento, entonces los salesianos nos invitaron a visitar el colegio de la congregación para celebrar misa. Ellos nos dijeron que las hermanas de María Auxiliadora estaban terminando su colegio y que también podíamos conocerlo, entonces los salesianos se quedaron con sus pares y nosotras fuimos a saludar a las hermanas que estaban cerca. Allí vimos que vivían en dos o tres piezas y que estaban en plena construcción. Una de ellas nos preguntó cuándo seguíamos viaje, entonces en mi castellano elemental le respondí: “¡Mañana!”, en vez de decir: “Esta misma mañana” y otra dijo: “¡Tenemos tiempo para que conozcan la isla!”. Ahí me di cuenta que había una confusión y aclaré: “¡No!, ¡no!, mañana…” y señalaba con el dedo hacia abajo indicando que era hoy. En un coche de alquiler nos mostraron en poco tiempo esa isla maravillosa que es primavera todo el año. Me acuerdo que casi sobre la hora llegamos al puerto. 
Una hermana vino con una canasta llena de frutas para que lleváramos y fue la providencia, porque muchos se mareaban durante el viaje en barco y los limones fueron de gran ayuda. En el camarote íbamos tres hermanas y una señora que viajaba hacia el Brasil con su esposo -que iba en otro camarote-, porque él estaba ciego e iban a vivir con su hijo que los esperaba. Una de las hermanas viajaba bastante mareada y solamente toleraba la fruta que nos habían dado. Un sacerdote también viajaba mareado y nos pedía limones. El tema es que la fruta pronto se nos terminó y la hermana no podía comer nada que le cayera pesado, solamente fruta, entonces pasamos por la cocina -porque íbamos en tercera económica- y nos animamos a pedirle al cocinero algo de fruta. El nos observó y enseguida preguntó si éramos hijas de María Auxiliadora, porque tenía una tía religiosa que casualmente la hermana que tenía el malestar conocía. 
No dijimos nada, pero al día siguiente fuimos al comedor para almorzar, él se asomó a la puerta y dijo: “¡Por orden médica, comida especial a las hermanas!”, porque habitualmente la comida llevaba demasiada salsa de tomate. Además, el muchacho nos daba doble ración de fruta.
En el viaje tuvimos varias tormentas, pero yo afortunadamente dormía muy bien. Una noche teníamos tanto calor que abrimos el ojo de buey y a la mañana siguiente me extrañó encontrarlo cerrado. Una hermana me dijo: “¡Usted ni se dio cuenta que vino el camarero a cerrarlo porque había tormenta y entraba el agua!”.

En Buenos Aires
El 31 de enero de 1947 llegamos a Buenos Aires. El calor era insoportable. 
El 1 de marzo empezamos con las clases de magisterio, pero aún no entendíamos bien el idioma y una hermana nos empezó a enseñar el castellano. Mientras tanto la hermana superiora nos aconsejaba que no tuviéramos apuro por hablar, que escucháramos primero y que por tres meses no habláramos… ¡pero yo pensaba que sería mejor esperar seis! Este fue un año muy especial, claro. En Bernal conocí a Carolina Querol, que era hija de estancieros de Santa Cruz y en ese momento estaba haciendo el aspirantado. 
Hicimos cinco años de estudios y en 1951 nos recibimos de maestras, entonces la superiora nos envió a una colonia de Cosquín, Córdoba, para que conociéramos un poco el interior del país antes de marcharnos al sur. 
El 31 de enero, Día de Don Bosco, el transporte que llevaba de paseo a las hermanas de otra casa y a un grupo de exalumnas tuvo un accidente porque el chofer estaba borracho y chocó con un camión que llevaba hacienda. Murieron tres hermanas. Ese mismo día la hermana superiora había viajado a Córdoba para despedir a los chicos que terminaban la colonia de vacaciones y la llamaron para que no viajara a raíz del accidente.
En febrero volvimos a Buenos Aires y en la estación de Once nos esperaba la superiora, preocupada después de semejante desgracia. Me dijo: “¡Hermana Teresa!, ¡se va a la Patagonia!”. 
Había una aspirante a la que le pidió que fuera a suplir a una hermana que había quedado herida en el mismo accidente y que era cocinera en el sur, entonces ella fue de cocinera a la Casa de San Julián, pero poco después dejaría los hábitos. 

(Más adelante dos hermanos míos emigraron a la Argentina. Antonio trabajó en una fábrica de telas. Una hermana mía, Santina, trajo a la novia de Antonio para que aquí se casaran. Santina encontró novio, italiano, se casaron y unos años después volvieron a Italia. Tarquinio fue chofer). 

En Puerto Deseado
Me tocó Puerto Deseado en el Territorio de Santa Cruz. La hermana superiora me dijo: “Vas a dar clases… y además, lo que diga la hermana directora”. Mi viaje fue en tren hasta San Antonio Oeste y después continué en micro.
En 1951 me recibió en Deseado la hermana Antonia Brera y antes que me saludara, una chica huérfana que vivía en el colegio dijo: “¡Hermana directora!… ¡llegó la cocinera!”, porque también cambiaban de cocinera. Me tocó, además, cocinar. Me fui acostumbrando a la comida, pero me llamaba la atención la cantidad de carne que la gente consumía.
Me quedé tres años en el colegio y di tercero, después pasé con las mismas chicas a cuarto y luego a quinto. En esa época se llegaba a sexto grado y cuando las chicas supieron que me iba a Río Grande, me dijeron: “Hermana, ¿por qué no se queda un año más para terminar con nosotras?”. Muchas eran pupilas de familias del campo. Me gustó mucho Deseado.
En esa época las casas del sur -que son cinco- dependían de Chile, pero surgió un problema por los estudios, porque en Chile no querían mandar a sus maestras a la Argentina y las argentinas no podían ir a Chile a enseñar, entonces las cinco casas -Deseado, San Julián, Santa Cruz, Gallegos y Río Grande- finalmente pasaron a depender de Buenos Aires.



En Río Grande
En 1955 me recibió en la Casa de Río Grande la hermana Luisa y las demás hermanas eran casi todas italianas. La directora, también italiana, me dijo: “Hermana Teresa, que las chicas no sepan que usted es italiana, de lo contrario las alumnas pueden decir que como es italiana, no sabe nada como para enseñarles”, porque las otras hermanas eran italianas, daban clases, pero no eran maestras ni tenían estudios de castellano y a veces mezclaban las palabras, entonces yo tenía que hablar solamente en castellano. 
Un día vino a visitarnos el rector mayor de los salesianos, entonces enseñé a las alumnas un poema italiano y comentaban: “¡Me parece que la hermana Teresa es italiana porque lo pronuncia demasiado bien!”. 
Un año antes de mi llegada había estado en la Casa de Río Grande una hermana argentina, pero se enfermó a raíz del frío y cambió de destino. El frío no me hacía nada, el calor me hacía mal. Había un médico que no quería atender a las chicas en el colegio, solamente si estaban en sus casas o en casa de sus tutores, aunque fuera un resfrío. 
Una vez, una chica se enfermó de sarampión y su tutora tenía una beba de meses, entonces nos pidió que la tuviéramos en el colegio, pero el doctor no lo permitió: “Usted es la encargada, usted se la lleva”, le dijo. Esa beba se enfermó y casi se muere.

La tarea educadora
En esa época todavía no dábamos clases, sino que se recibían alumnas pupilas y durante la primavera y el verano se las acompañaba caminando a la escuela pública que estaba a una cuadra. Eran chicas de campo, de padres separados o huérfanas.
Me acuerdo que en una época hubo una maestra que se emborrachaba y a veces no iba a dar clases. 
En la casa dábamos clases particulares a chicas y chicos durante el invierno, que era cuando tenían las vacaciones. Era un ejército de chicos y venían contentísimos para aprender y reforzar los temas de estudio. Me acuerdo que una vez la hermana directora le dijo a un muchacho que ya estaba demasiado grande para seguir viniendo a las clases particulares y él dijo: “¡Ay, hermana, lo que pasa es que lo que yo aprendo con la hermana Teresa después me sirve para todo el año!” (muchos años después volví de visita a Río Grande y encontré a este muchacho, casi gerente del banco. Me reconoció y me saludó emocionado). 
En la casa, todos los años preparábamos a los chicos para la comunión. El párroco salesiano cruzaba la calle y daba misa.
En esa época estaban las últimas descendientes de aborígenes. Me acuerdo que una chica era hija del último cacique. Estas chicas tenían mucho carácter, pero las alumnas eran consideradas todas iguales, sean aborígenes, argentinas, chilenas o hijas de europeas. Muchas eran hijas de estancieros o empleados del campo.
Me acuerdo cuando fuimos al norte de la isla para participar del acto por el inicio de la explotación del petróleo. En el puerto había un buque petrolero. Las chicas tenían mucho entusiasmo, cantamos el himno, el gobernador dijo su discurso y todos esperábamos que sucediera algo especial, pero solamente abrieron simbólicamente una llave del oleoducto y el acto terminó. Las chicas, desilusionadas, preguntaban: “¡Hermana!… ¡¿para esto vinimos?!”.
Muchas veces íbamos con las chicas de paseo a Ushuaia, pero poco antes de llegar había una subida pronunciada en la que nos deteníamos para contemplar el paisaje desde el Paso Garibaldi. Una vez subíamos la cuesta en el micro y les dije: “¡Chicas!… ¡miren qué belleza de paisaje!” y cuando me di vuelta, estaban todas escondidas del miedo.
En Ushuaia estaba la cárcel que ya no funcionaba. Nosotras parábamos con los salesianos o en casa de familias amigas, pero regresábamos de tarde. Me acuerdo de algunas familias como los Pechar.
En 1955 fuimos las que empezamos la Escuela de María Auxiliadora, con primero inferior, primero superior, segundo, tercero, cuarto y quinto.
Me tocó dar clases en dos grados a la mañana y en otros dos grados a la tarde, porque era la única maestra titulada. Me acuerdo que a los de primero debía hacerles las tareas cuaderno por cuaderno. Me gustaba muchísimo la docencia. 

Los recuerdos
Otras veces nos visitaban hermanas o sacerdotes salesianos y también de otras congregaciones como las vicentinas, que llegaron por primera vez a Río Grande y se alojaron con nosotras durante algunos días. 
Ellas atendieron el Hospital Militar hasta que se cerró. 
En Deseado había tenido fuertes dolores en una pierna y el malestar me duraba dos o tres días. El médico me dio unos remedios y me mejoré, pero en Río Grande volvieron los dolores. La hermana directora le preguntó a una maestra por un médico y ella le dijo: “El médico del batallón, que es bueno, está de campamento y el otro, si usted quiere que la hermana se muera pronto, llámelo”. En ese momento por suerte encontraron un enfermero buenísimo que me dijo que mi dolencia era fiebre reumática y me dio unas inyecciones que me curaron. 
Más adelante conocimos al doctor Oriol Doménech, otorrino, que después vivió en Río Gallegos.

Entre los momentos difíciles… En 1955, durante el gobierno de Perón, tuvimos miedo. Había un comerciante de Río Grande que mandaba a su hijo a Buenos Aires para que hiciera sus estudios, pero el año en que quemaron iglesias, decidió que su hijo estudiara en Río Grande. En ese tiempo nos enteramos que algunos querían quemar el Colegio Salesiano o el María Auxiliadora, pero en el pueblo no encontraron a nadie que aceptara ayudarles para semejante bajeza. Me han contado que por más dinero que les ofrecieran, respondían: “Yo a las hermanas no les puedo hacer daño”. 

El gas nos cambió la vida… Un empleado que mandaba la Comisión de Fomento al colegio nos cortaba la leña para las estufas, porque costaba calefaccionar el edificio. Había que buscar con un camión los troncos de lenga en el frigorífico y este buen hombre los hachaba. Además teníamos algo de carbón.
En 1958, YPF instalaba la red de gas. En el pueblo mucha gente tenía miedo de que le instalaran el servicio domiciliario, pero nosotras ni lo dudamos por la comodidad que significaba. Me acuerdo que un ingeniero pasó por el colegio para preguntarnos si estaríamos dispuestas a consumir gas y fuimos las primeras de la lista, después todos los vecinos fueron anotándose.
Una vez que se hizo la instalación de gas en el pueblo, se cambió el ciclo lectivo, además que las maestras que venían del norte querían tener sus vacaciones en verano para volver con su familia.

En las casas de Santa Cruz, San Julián, Río Gallegos y otra vez Río Grande
Entre 1964 y 1966 estuve en Puerto Santa Cruz. Hacíamos excursiones a la estancia “Cañadón León” que administraba Thomas O’Byrne, padre de una de las alumnas. 
Más adelante estuve otra vez en Río Grande y me encontré con su hijo, “Pat”, que administraba la estancia “Cullen”. Una vez fuimos de paseo a la estancia “Sara” con un grupo de hermanas de Chile, pero llegamos sin avisar y nos encontramos con que tenían visitas, entonces seguimos viaje y llegamos a otra estancia que estaba cerrada porque los dueños habían viajado a Buenos Aires. En lugar de ir hacia el lado chileno, nos acordamos de la estancia “Cullen”, donde los O’Byrne nos recibieron maravillosamente bien. El tema era que el personal estaba de franco por el domingo y los peones, que eran todos chilenos, vinieron rezongando a preparar el fuego, sin embargo cuando supieron que las hermanas eran chilenas cambiaron la cara, se deshicieron en atenciones y nos hicieron un asado riquísimo.
Me tocó organizar el grupo de las Exploradoras de María Auxiliadora, así como los salesianos tenían los Exploradores de Don Bosco, entonces nos juntábamos las tres hermanas de tres casas: Rosita Simeone, Carolina Querol y yo, con todas las alumnas exploradoras para hacer durante el verano un campamento en común en alguna estancia. Eramos las tres inseparables. Me acuerdo que en una oportunidad lo hicimos en la estancia “Las Buitreras”. 

En 1968 volví a la Casa de Río Grande, buscaba leer cualquier libro nuevo de educación para prepararlo en un cuaderno y darles ejercicios a las alumnas. Cuando las demás vieron eso, dijeron: “¡Esta se prepara mejor que nosotras!”. Más adelante fui directora de la escuela primaria.
En 1975 me trasladé a San Julián, donde fui maestra. Me encontré con alumnas sobresalientes y muy capaces en matemáticas. Me acuerdo que escribía el problema en el pizarrón para explicarlo y no terminaba de hacerlo que una chica daba el resultado. Un día le pedí que no lo dijera enseguida para dar la oportunidad a las demás. Me enteré luego que fue profesora.

En 1984 regresé a la Casa de Río Grande. Una vez las alumnas del colegio empezaron a decir que tal o cual maestra era “vieja” y que habría que cambiarla -¡porque tenía más de cincuenta años!-, entonces para que no dijeran nada de mí, que tenía setenta y seguía dando clases, pedí celebrar en privado mis bodas de oro de profesión para que no dijeran nada de mí.
En 1988 viajé a la Casa de Gallegos, pero en 1992 retorné a la isla hasta 2002 y al año siguiente recibí el premio “Divino Maestro” que otorga el Consejo Nacional de Educación Superior. 
Una vez vinieron a saludarme los chiquitos de jardín y una nena quiso hacerme una pregunta: “¿Cuántos años tiene?” y contesté: “¡Sin cuenta!”, pero ahora todos saben que ¡cumplí los 90!


EVOCACIONES** Abril 19 de 1899. Se incendia la comisaría de San Sebastián.



El incidente parece formar parte de una rebelión encabezada por Felipe Barragán, nativo ona, educado entre los salesianos de Punta Arenas.

El juez de Paz de Río Grande, Javier Soldani se dirigió desde aquí hacia la Misión, pero los indios mataron su caballo y fue baleado en una pierna.

También se lo acusó a Felipe de haber incendiado la casa de los soldados de San Sebastián, cuando estaban dormidos.

Luego, son muertos dos mineros.

Pero en estas tres acciones no se pudo constatar la presencia del ona en cuestión que será muerto por encargo de los ganaderos sobre el límite fronterizo.

El indio Felipe es principal personaje en la novela de Pavel Oyarzún titulada: Barragan; donde participa de un complot con Covadonga Ona, nativa fuegina que trabaja en casa del cónsul Stubenrauh, apoderado de Popper, y tiene tratos con emigrados de la comuna de París.











































La foto muestra a Covadonga Ona, tomada por su patrón, R. Stubenrauch, del sitio Aborígenes de Magallanes.

NACIONAL o FEDERAL


Promediando los años 90 descubrí el    Archivo General de la Nación como un importante repositorio sobre el ayer de nuestra Tierra del Fuego. Hasta entonces había trabajado con fuentes dispersas, incrementando mis conocimientos del ayer con testimonios logrados por la Historia Oral, pero examinando detenidamente las Crónicas de La Candelaria, los Archivos de Vialidad Nacional en Rio Grande, y el quantum acumulado en el viejo Juzgado de Paz.
Allá en Buenos Aires se acumulaban expedientes del Ministerio del Interior, en orden cronológico, conteniendo información de las diversas gobernaciones bajo su tutela, incluidas en ello la fueguina hasta su transformación en Gobernación Marítima.
De ese todo sin catalogar había que ir pidiendo paquete por paquete de expedientes y ver los que hacían referencia a nuestro lugar. No sabiendo por cual comenzar elegí el 1900 y avancé en ellos, sabiendo que los habría de antes, pero que quedarían para un trabajo de examen cuando terminara el derrotero del siglo XX.

Se podía apreciar el rastro de algunos investigadores sobre nuestro camino, tal vez el Padre Juan Esteban Belza, pero también se podía apreciar que en sus obras no se hacía transcripción plena de los contenidos de archivo, puesto que su consulta respondía a búsquedas parciales según la  investigación.
Al AGN solo se podía ingresar con un cuadernito y una birome, las fotocopias eran caras, y algunas de cierta antigüedad no autorizadas. El espacio se poblaba con investigadores nacionales (cuadernito y birome), y los extranjeros (notebook y scanner). También estaban los empleados por diversos estudios jurídicos, escribanías, que trabajan de dilucidar herederos sobre bienes inmuebles de Buenos Aires. Uno de ellos trabajó un tiempo con la testamentaría de Popper, allí depositada.
Viví un tiempo esta actividad, juntando francos en la radio, consiguiendo pasajes por campo, y aprovechando el alojamiento en el departamento de los primeros hijos que se fueron a estudiar a la gran ciudad.
Pero pronto dimensioné que larga sería la tarea sin radicarme en Buenos Aires. Charlando con otros provincianos advertimos el problema en común: la historia de la provincias está en la Capital Federal (ya comenzaría a llamarse CABA) y mucho más para los que habíamos sido Territorios Nacionales.
Cuando se registró el ascenso del kichnerismo Meneka Velázquez me preguntó que necesitaba –fue el primer y único político que me abordó de esa manera-, yo tal vez podría haberle pedido un puesto para hacer esta tarea viviendo de continuo en la capital, o pasajes, o viáticos, en fin.., o un equipamiento como el los investigadores extranjeros. Pero se me ocurrió pensar que otra podrían ser la solución: traer el archivo aquí. Instalar en el interior del país catálogos de consulta computacional que posibilitaran la consulta del material lejano por innumerables investigadores del interior.

Pensaba que esa experiencia podría comenzar con nuestra Tierra del Fuego, y que el AGN podría sr también un Archivo Federal de la Nación.

EVOCACIONES. Abril 11 de 1765 . Sobre la costa fueguina Francisco de Torres –Paquito- cae al agua.



El historiados y escritor Enrique Inda (FOTO) ha tomado este acontecimiento vivido por un tripulante de la Purísima Concepción, nave náufraga en estas costas en su andar del Atlántico al Pacífico, para desarrollar la historia de este viajero que se ve condenado en momentos en que la mayoría se salva volviendo a Montevideo en el Saint Louis y las Animas, un barco hecho con los despojos de la nave siniestrada, se ve condenado a la muerte por el incidente que aparece relatado en la crónica de la siguiente manera:

“11 de abril de 1765: a las diez y media de la noche, se nos cayó al agua Francisco de Torres y n se pudo recoger por la mucha marejada”.

En los escritos de Inda titulados Los amores de un náufrago, que publicara en el número 286 de la revista Todo es Historia- se refiere a los detalles de aquel accidentado viaje- que daría origen al primer astillero fueguino y la primera  misa.

Se describe una relación sentimental con una indígena del lugar, de identidad Haus, y se conjetura sobre una procreación entre el viajero y la fueguina.

Es que años  después –en 1792- la expedición del capitán de fragata Juan José de Elizalde encontró en un joven de apariencia mestiza un crucifijo que llevaba la siguiente inscripción “A Francisco de Torres, recuerdo de su madre”.


Las historias de amores entre nativos y visitantes abundan, tal vez como una forma de encubrir relaciones más violentas o informales en el plano de lo sexual que siempre ha conflictuado a las personas y redefinido a los pueblos en tiempos de guerras e invasiones.

¿DÓNDE ESTÁN LOS LIBROS FUEGUINOS?

Esta pregunta me viene arrastrando desde una semana cuando la morir Carlos Baldassarre afloraron tras nuestros comentarios tantas demostraciones de afecto por el profesor.
Y la pregunta se relacionaba con otra: Dónde están todos los libros de Carlos? Yo podía responder encasa, en la suya tal vez también, pero fuera de estos ámbitos privados.. ¿Dónde en lo público?
Estarán en el Museo de la Ciudad donde sirvió como Director por más de una década. No hubo pronunciamientos ni formales ni concretos por su pérdida, por parte de la corporación municipal, pero tal vez atesore parte de sus obras como una herencia.
Aunque no se perfila así, al menos de manera aceptable.
Es que no hay en el medio un lugar donde alguien pueda acudir a requerir las publicaciones que sobre el medio se han escrito.
Si en algún momento alentamos la realización de estos repositorios se nos señaló que sería para el próximo presupuesto, o luego de las próximas elecciones, pero la cosa no avanzó.. Los viejos libros sobre la Tierra del Fuego todavía se pueden encontrar en el Museo Salesiana –institución privada- o cercanos a la vieja vitrina de la Biblioteca Schmith donde Tita Romero los tenía al resguardo haciendo un préstamo restringido de los mismos..
Es que de las Bibliotecas muchas veces los libros salen, pero no vuelve..
El impulso dado por el Padre Juan Esteban Belza por los años 70 al conocimiento de nuestro ayer multiplicó las obras fueguinas. La incorporación del offset y la computación facilitó la tarea de edición de textos.
La Tierra del Fuego se llenó de escritores, por lo que te salía un moderno televisor te podías imprimir un libro.., el problema que venía después era la distribución.
Recién en la última década aparecieron librerías convencionales que a veces aceptan los libros del autor fueguino, no siempre ponderándolos en su exhibición.
La Editora Cultural, nacida durante la gestión Ríos, posibilitó la impresión de numerosas obras, algunas de ellas entregadas a bibliotecas escolares donde diversos criterios de los responsables de las mismas posibilitan la visibilización o invisibilización de los libros.
Ayudó en esta tarea el menguado Plan de Lectura.
Pero para el lector común interesando.., ¡cuántos problemas a la hora de encontrar un trabajo de un escritor local! Casi tanto como el de algunos autores para encontrar lectores.
Y el estado con repositorios ausentes.
Mucho ayudó en la difusión de las obras de autores locales el rincón abierto en panadería La Unión, en Tolhuin.. Otra iniciativa particular.
Pensar que con el sueldo de un funcionario jerárquico, que seguramente se colocaría al frente de un área de esta naturaleza –digamos unos 26 mil pesos- se podrían ir adquiriendo muchos y variados ejemplares.
Pero la cosa sigue así, y en estas instancias vacías de futuro no aparece el libro como una prioridad.
Traigo a colación una anécdota: Un día vi que en el cesto de la basura de una imprenta había una importante cantidad de bolsas, y de una de las cuales aparecían libros. Me acerqué y vi que se trataba de un escrito de Baldassarre del cual habían faltado tapas. Pasé y pregunté sobre que pensaban hacer, estaban en la basura--- Habían esperado la orden por más tapas pero esta nunca había llegado. Los cargué en el baúl del auto y al día siguiente los visité a Carlos. Se acercó los miró y dijo que ya estaban  húmedos. Le pregunté si se los dejaba. Me dijo que tenía otro tanto en casa que no había conseguido vender.
Me puse a pensar que Baldassarre había caído ya sobre el magnetismo pleno del filatelista, que sabe que cuantas menos estampillas existan, estas más valen. Pero la función del libro es multiplicar, democratizar.
En casa, se fueron secando, no estaban todos húmedos, y así sin tapas los fui regalando al conjunto de curiosos e interesados que suelen visitarme.