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EVOCACIONES* El 4 de Febrero de 1889, a un día de la llegada salesiana en la goleta Fueguina, la Misión de San Rafael en Isla Dawson recibe a su primeros alakalufes.

Ya para entonces Fagnano había solicitado al Congreso Nacional argentino “como premio de mis trabajos, la cantidad de 30.000 hectáreas de terreno en la Tierra del Fuego, donde pienso establecerme para beneficio de los pobres indios, y no dudo, se me negará, pues se hizo una concesión hace dos años al señor Tomás Bridges de la misión protestante”.

¿Cuáles son los méritos por los que Fagnano solicita se premiado? Su participación en la zona del Río Negro en acciones evangelizadoras simultáneas a las militares, propias de la llamada Conquista del Desierto. 

¿Cuáles son las tierras con las que se benefició a Bridges? Las que integran la Estancia Harberton, patrimonio familiar que ya eran la primera estancia fueguina en territorio argentino.

De buscar imágenes para ilustrar esta referencia histórica encontré por un lado uno de los bustos que recuerdan a José Fagnano, en la intersección de la calle que lleva su nombre y la avenida San Martín, Y por otro lado un retrato del pastor anglicano, advirtiendo que no hay monumentos en la Tierra del Fuego que recuerden aquella presencia pionera que se gestó en torno de Ushuaia, al menos en torno a sus figuras más notables.


EVOCACIONES***Marzo 17, DE 1893. Carta de Fagnano sobre la idea de propiedad de los nativos.

“Los salvajes tienen ideas extrañas sobre la propiedad”


Se publicó en el Boletín Salesiana en columna identificada como NOTICIAS DE NUESTRAS MISIONES - TIERRA DEL FUEGO

Ayer llegué a la Isla de Dawson, en la Tierra del Fuego, después de haber pasado más de un mes de peligros y fatigas. El objeto principal de mi viaje fue el de buscar un lugar á propósito para la fundación de una nueva Misión. Dictados por el R. P. Beauvoir los ejercicios espirituales á nuestros Hermanos y á las Hermanas de María Auxiliadora en la Misión de San Rafael, y hechos los preparativos necesarios, partí en nuestro pequeño barco acompañado del R. P. Beauvoir, de los coadjutores Ferrando é Ibáñez, del joven Cesario Villalobos y de dos indios, uno ya bautizado, Luis, y otro todavía catecúmeno, Octavio. Luis habla bien el español y el yagan, y regularmente el ona. Octavio, que es una ona, entiende, pero no habla el español, y vino como práctico para ponernos en relación con los onas del centro de la Tierra del Fuego.

La mención sobre el tema propiedad aparece al avanzar la crónica exploratoria.

La guardia contra los salvajes. Acampamento- Un cacique.

Hacer la guardia por la noche es acá indispensable, como quiera que es menester tratar de evitar cualquier sorpresa de los indios, quienes podrían robarnos algún caballo ó matarnos con sus flechas por habernos atrevido á llegar á sus dominios. Los salvajes tienen ideas extrañas sobre la propiedad: cazan pájaros, guanacos y zorros en sus campos, donde no puede entrar persona alguna de otra tribu, y el llegar á ellos de improviso es una como declaración de guerra.
Buscábamos los orígenes del Río Grande, andando siempre al sud-este, pero en esta dirección se extendían bosques interminables, de manera que solo después de seis días de marcha á caballo, por valles y colinas minadas por las talpas, llegamos, el 22 de febrero, á su nacimiento, á unos cuarenta kilómetros del mar.
Los humos que el día anterior habíamos visto no lejos del camino nos indicaban los lugares preferidos por los Onas para la caza. Pasamos el río y á las tres de la tarde nos detuvimos en una isla abundante en pasto y algunos robles, que eran los últimos que habíamos de encontrar. Luis distinguió á poca distancia  un grande acampamento de indios, y animado á llegar allí con Octavio y manifestar á los salvajes el objeto de nuestro viaje , le recomendé les advirtieran que no viviesen á nosotros en la noche, porque nuestros perros los podrían dañar, sino hasta la mañana siguiente, que serían muy bien recibidos.
Luis y Octavio vistieron una piel de guanaco y partieron.
Entretanto el R. P. Beauvoir y yo nos pusimos á visitar la isla y á buscar camino por donde continuar viaje al día siguiente.
Llegaron nuestros indios al caer la tarde, acompañados de otro indio, capitán ó cacique de aquella tribu, cubierto con una piel y ensangrentadas las piernas.

Dos días antes había trabado combate con los indios de otra tribu y había perdido dos de los suyos. Ahora al ver nuestro fuego habíase figurado que aquella tribu enemiga hubiera vuelto á librar nueva batalla; pero luego supo por nuestros indios que éramos gente de paz, que nos brindábamos por amigos suyos y estábamos dispuestos á defenderlos de quienesquiera que tratasen de hacerles daño, vino alegre á nuestra tienda. No aceptó la sopa, ni la galleta que le ofrecimos, pero sí un pedazo de pato asado, que comió con mucho gusto. Luego le regalé dos mantas de lana y le puse al cuello una medalla de María Auxiliadora; le prometí pagarle al día siguiente la visita, y se retiró. Con todo no dejamos de estar alerta durante la noche.

EVOCACIONES. 2 de Julio de 1897. La Misión de La Candelaria encuentra su emplazamiento definitivo.

Había nacido como un proyecto apresurado en el invierno de 1893 con un puñado de hombres y los pocos enceres que pudieron colocar sobre la costa de la Bahía de San Sebastián. Para noviembre del mismo año celebraban misa en los Barrancos Negros y levantaba la primer casa “la colorada”. Algo más tarde buscaron un lugar más alto, y provisto de agua: los tres manantiales. Y allí los sorprendió un incendio destructor, justo cuanto tenían por vecinos –acampados solamente- los efectivos de la policía territorial y río de por medio se venía levantando la primer estancia de José Menéndez.

Monseños José Fagnano buscó un lugar distante de los aprontes de la civilización, para preservar la integridad del indio.

La crónica misionera dice: Fui hoy con Monseñor y Beltramo a buscar un paraje oportuno para establecer las casas de la misión y galpones. Monseñor estableció de colocar la misión  a unas cinco cuadras al Norte del actual potrero y los galpones a la desembocadura del cañadón de la porotera. Se carneó un animal (las hermanas  cuentan que ese día monseñor predicó “los ejercicios espirituales”)

El Padre Raúl Entraigas, biógrafo de Fagnano dará cuenta posteriormente de este momento fundacional de la siguiente forma:

“A nueve kilómetros de la extinta misión hallaron un lugar aparente: a unos quinientos metros del Cabo Sunday defendido de los terribles vientos del Oeste por unas bardas de varios metros de altura, con buenos chorrillos y terreno cultivable. Ahí dio orden el prelado de levantar la nueva Misión. Los dos carpinteros  que habían conchavado  axprofeso en Punta Arenas pusieron enseguida manos a la obra. Todos los coadjutores e indios ayudaban. El Padre Bernabé hizo un nuevo plano. Al poco tiempo ya se veían desde lejos las casitas de madera al socaire del cantil”.



El lugar conocido por entonces como El Cañadón de la Porotera tenía un nombre aborigen: WANWRAY.

EVOCACIONES*****Mayo 19, de 1896. Fagnano escribe a Don Rúa dando noticias de la Misión en Río Grande.



Estoy de vuelta de la Misión de N. Sra. De la Candelaria situada sobre el Río más grande de la Tierra del Fuego y mientras me preparo á partir para Italia deseo anticiparle algunas noticias de esta Misión, que promete ser la más grande y provechosa.
Digo la más grande, porque situada en el centro de la Tierra, es accesible fácilmente para todos los indios que viven desde el Norte hasta el Estrecho de Magallanes y para los que se extienden hasta el Cabo S. Diego abarcando casi todos los habitantes de esta gran isla. Será la más provechosa, porque los indios teniendo esta comodidad, nos dejarán a sus hijos para educarles y sacarán mucho provecho ellos mismos como mucho más sacará la Sociedad que se servirá de ellos para la explotación de las riquezas de esta Tierra.
Hemos dado principio á los trabajos de la nueva población que se levantará sobre el altiplano á la izquierda del Río y distante unos kilómetros de su desembocadura en la mar, y unos dos y medio del puerto lugar el más aparente á nuestro juicio sea para reunirse los indígenas, sea para la comodidad del puerto.
Se trazó la plaza de metros 100 x 100 y en medio se colocó una cruz, el hasta de la bandera, y se trazaron las calles de veinte metros de ancho. En la manzana al oeste de la plaza se levantó la Iglesia y á sus lados los Colegios y escuelas para los varones y niñas.
En las otras manzanas se levantan las casas para vivienda de los indios, todas simétricas, ocupando cada casa una superficie de metros 25 x 50 dando su frente á la calle de modo que forman una verdadera población, lo que atrae la admiración de los salvajes.
Estos ahora ya tienen limitadas sus correrías y son echados de los terrenos que los particulares han arrendado  en los Gobiernos de Chile ó de la Argentina. No pueden, pues, encontrar con facilidad los alimentos y se ven obligados por el hambre á quitar ovejas ó caballos á sus arrendadores, quienes sin miramiento alguno, alejan con las armas á los infelices indios.
Es, pues, urgente, proveer la misión de animales para que parte sirvan de alimento, y parte para los trabajos; todo para la manutención y educación de los indios. Lo mejor sería llevar ovejas que se desarrollan bien en estos parajes y pueden dar ocupación á los indios que las guardarían y provecho con su carne, lana y quesos. A mi parecer, no hay otro medio más adecuado que este para civilizar á estos indios y al  mismo tiempo más económico; más ¿Cómo nos arreglaremos con solo los recursos ordinarios? Los pocos animales que se pueden llevar, desaparecen enseguida por la concurrencia de tantos indios á quienes debemos alimentar para poder atender á su Instrucción religiosa; y concluidos los pocos recursos con que contamos, esos infelices se ven obligados á alejarse para buscar su sustento en parajes lejanos y no pueden volver tan pronto sea por la distancia, sea por la incertidumbre de encontrar alimentos en nuestra estación.

Como vé, querido D. Rúa, con el desarrollo de la Misión deben crecer los medios de personal y de recursos materiales adecuados. Pronto estaré yo á su lado para tratar este asunto; mientras tanto lee daré cuenta de mi viaje.
Salimos la noche del 30 de Marzo de Puntarenas con algún atraso por una avería que un buque hizo á nuestro Vapor mientras se dirigía á cargar carbón; á las tres de la tarde del 31 llegamos á la desembocadura del Estrecho, y fondeamos para esperar tiempo bueno á fin de poder hacer la travesía hasta la embocadura del Río Grande. Por la noche se desencadenó un fuerte viento que no nos perjudicó en nada por encontrarnos anclados, pues si nos hubiese cogido en alta mar,, nos habría hecho sufrir mucho, sobre todo á las Hermanas que iban á encargarse de la Misión. Salimos, pues, por la tarde para llegar  la madrugada del día primero á la embocadura del Río, mas el tiempo que nos parecía se había calmado en el momento de la salida, después de tres horas de navegación empezó á nublarse y agitarse la mar de modo que tuvimos que alejarnos de la tierra y tomar la alta mar, como á las diez de la noche, y continuó todo el día azotándonos con mar gruesa que si no ponía en peligro al Vapor, nos incomodaba mucho, en particular á las Hermanas. Bástame decirle que el día primero de abril, marineros y fogoneros se marearon mucho y en todo el día no se pudo hacer la comida viéndonos en la necesidad de comer solamente galleta.
Como á la media noche se calmó un poco el tiempo y pudimos dirigirnos en busca de tierra pues tanto nos habíamos alejado, que no la veíamos más. A las ocho empezamos á divisar las alturas de las montañas y á las nueve el Cabo Sunday que se halla al Norte de la embocadura del Río.
A las diez llegamos frente al Río y esperamos una hora á que subiera la marea, pues solo en tiempo de pleamar se puede entrar en el. A las doce en punto fondeamos en el < Puerto Torino>.
Ya los hermanos Ferrando y verguéese habían avistado el Vapor y se preparaban bajar á la playa con los carros para la descarga. Al llegar nosotros bajó la marea y el Vapor se encontró completamente en seco, sobre la arena. Nos esperaba D. Beauvoir, que nos abrazó con mucha alegría, pues hacía tiempo que nos esperaba; los hermanos Verguéese y Ferrando se alegraron también mucho de vernos, de saber noticias de los superiores y de la llegada de las Hermanas, lo que indicaba el principio de la verdadera misión, pues así se instruiría y se educaría mejor las mujeres y á las niñas. Al bajarnos nos rodearon los indios que se admiraban mucho de las Hermanas, de su vestido y de las afables maneras con que las trataban y mientras á pie salvábamos la distancia del Puerto á las casas, algunos se acercaban á mí riéndose á carcajadas y saltando de contento, golpeándome el hombro y preguntándome siempre: <¿Cómo estás?> pues solo estas palabras habían aprendido.
Llegamos á la nueva casa y allí corrieron las mujeres á ver el maravilloso espectáculo que según ellas, les ofrecía la vista de las Hermanas. ¡Con que gusto vinieron las niñas! Y ¡Con que contento veían las Hermanas el nuevo campo de sus trabajos!
Dejó á un lado la sorpresa de los hombres y de los niños al oír cantar y ver coser y lavar á las Hermanas y solo diré que yo en  mi interior lloraba de consuelo en ver el futuro desarrollo de la Misión, el sueño dorado de Don Bosco y nuestras esperanzas realizadas.
Al día siguiente  con el niño Pedro salí á buscar á una tribu  que creía muy lejos, pero la encontré de camino hacia nuestra Misión, donde esperaban encontrar algunos recursos para poder vivir y amparo contra los malos indios y pobres desgraciados cristianos. Me decían que los blancos
 Habían matado á dos a balazos y que ellos se habían podido escapar. ¡Cuánta pobreza, cuánta desnudez y miseria! Con tanto frío (5 grados centígrados bajo cero) la mayor parte no tenía con que cubrirse. Llegamos cerca de dos casas, levantaron una especie de rancho, y después se acercaron á nuestra casa para ver y saludar á los recién llegados.
No les permití que vieran á las Hermanas en aquel estado; les distribuimos mantas para cubrir su desnudez y les lavamos y después los enviamos á sus ranchos, donde les dejamos para salir.
Tranquilizaos, queridos indios, yo iré á Italia y haré ver vuestro estado y las miserias que sufrís, si es que me prometéis ser buenos, y espero que el corazón de mis Superiores, y espero que el corazón de se moverá á darme personal, y el de los cooperadores nos proporcionará los recursos necesarios para vuestra salvación.
Querido D. Rúa, espéreme pronto con mucho personal listo y recursos que serán la salvación de la Tierra del Fuego, y bendígame con todos los hermanos.
J
JOSÉ FAGNANO
Prefecto Apostólico.
Puntarenas 19 de mayo de 1895.    



EVOCACIONES*2 de septiembre de 1883. El Papa León XIII aprueba la Constitución de la Prefectura Apostólica de Magallanes.


Este organismo eclesiástico comprenderá en la América Meridional todo el archipiélago
fueguino, Santa Cruz, Magallanes y Malvinas.

Sus límites eran imprecisos dado que se trataba de comarcas que no había sido exploradas aun. En materia eclesiástica con el tiempo limitaría al norte con las diócesis de Ancud, en Chile, y de Viedma, en Argentina.


A fines de aquel año la jefatura de la Prefectura se verá corporizada en la figura de Monseñor José Fagnano, hasta entonces cura párroco de Carmen de Patagones.

Leonor María Piñero me observó en un momento que Fagnano no fue obispo, fue prefecto apostólico de la Patagonia Meridional y Tierra del Fuego.

Mi personaje inolvidable.1

De él no hace falta traer muchas noticias, bastante se habló en su reciente muerte.
De ella vale presentarla: se trata de Angelina Fagnano, sobrina nieta de Monseñor José Fagnano; escritora de tema borgeano autora del libro "Borges, el Aleph y le Màle Francés".
La imagen data de la XIX Feria del libro realizada en 1993, imagen tomada el 3 de mayo.
Cuando la recibí Mónica Zega me dijo que ella también tenía una foto con Sábato, y que podía verla visitando la redacción de Tiempo Fueguino bajo el vidrio de su escritorio, lo que que pasó a reflexionar:"Claro que lo importante sería que esa misma foto estuviera en el escritorio de Ernesto.."
Y yo tomé este título pensando en esas fotos que logramos con alguna persona de nuestra admiración, y en en el mínimo encuentro representa un momento destacado para nuestra vida. Si hay entre los lectores alguien que quiera sumar la suya: ¡bienvenido!