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Cabo Matanzas: LA LIMPIEZA DE LA TIERRA




Les voy a contar entonces de la matanza que hicieron en Cabo Peñas.
A abuelos míos mató el apodado Chancho Colorado, Mac Lennan de nombre, administrador de Menéndez. Mató como a dos, tres, allá en la playa. Algunos se tiraron barranca abajo, cayeron, se quebraron ahí. Otros se fueron muy adentro del mar, donde hay unas piedras gruesas, para esconderse, y casi los agarra el mar. Tan sólo uno se escondió entre las rocas. Y bueno, ellos esperaban para ver si salía de ahí, y otros más se escaparon por debajo de la barranca, adonde viven, ahí se metieron, no pudieron matar a todos, pero por lo menos se mataron como a sesenta ahí, en ese lugar que salía al otro lado del frigorífico, un poco más arriba.
Esa fue una de las matanzas más grandes que hubo. Esos cuentan el cuento, esos que dispararon, cuentan el cuento, esos. Y ahí fue donde mató el Chancho Colorado. Porque les pagaban una libra esterlina por cada cabeza, les pagaba Menéndez, José Menéndez, el fundador de esas estancias que están allá. Una libra esterlina por cada cabeza de Indio. Y pagaban a cada matador; el matador seguía matando, cuanto más indios mataba, más cabezas traía, más libras esterlinas recibía. A los matadores los voy a nombrar: uno era José Díaz, algo de portugués. Otro se llamaba Kovasich, yugoslavo, Niword, Alberto Niword, otro. Son tres, Sam Islop era otro. Sam Islop, y este Stewart, que tenía algo de malvinero. Mas o menos los conozco por mi mamá que los nombró a todos, que son esos y hay varios más que yo no me recuerdo.
Mataban para limpieza de campos. Porque los indios llevaban animales para comer, no para producir, sino para comer llevaban ovejas ellos. Y por eso los mataba Menéndez. Menéndez sacó permiso seguro del gobierno, quién sabe qué gobierno estaría en esos tiempos. Dijo que los maten nomás. Así que tenía autorización. Por eso mataba. Si no, no iba a matar nada, si no, habría algún representante del gobierno que no los permitiría matar.
Entonces los indios eran mansos, la flecha no tenía tanto alcance como la carabina; podía agarrarlos muy fácilmente y amansarlos, no matarlos, así como matar animales. Se hicieron una limpieza, y más para la pampa mataron más, los cazadores de indios. Ellos mataban porque les convenía, porqué les pagaban una libra esterlina por cada cabeza, y a la mujer le cortaban los senos, le cortaban los senos para que vieran que fue mujer y entonces pagaban un poco más por la mujer, me parece, una libra y media o algo así. Decían que producían los chicos y que los chicos cuando fueran hombres iban a ser ladrones. Eran ladrones por necesidad, porque ellos tenían hambre; con las flechas a ellos les costaba, muy difícil para matar los guanacos. Se ausentaban los guanacos del movimiento de la gente, lejos se iban. Y así, para no morir de hambre, buscaban los animales de los Menéndez. Y de eso comían ellos. Los mataban y los metían en los chorrillos para que no se eche a perder la carne. Y así tenían la carne, así iban manteniéndose.
Bueno, estos señores era para poblar, tranquilamente era para poblar, para eso era la limpieza de matar a los indios, para que puedan poblar, producir con las ovejas esas. Para su ganancia, para su producto, con eso tenían sus ganancias, por eso mataban los indios. Cuanto más indio encontraban, más mataban, los mataban a todos. Sí, eso era; para poner ovejas mataban los indios. Para limpiar, que no haiga ningún indio. Entonces estaban tranquilos.
Después hubo otra matanza en Cabo Chico y, un cerro de Cabo Chico y, que está un poco más arriba. Cuenta mi tío, que era tío legítimo mío, que se mantuvo ahí tirando flechas. Estuvo tirando fechas a los enemigos, que estaban con carabinas y todo. Pero él y otros se metieron dentro de una cueva, y ahí se mantuvieron, hasta que se vino la noche entonces se fueron los matadores. Y uno de los matadores quiso agarrar la flecha así con la mano y la flecha se enterró acá en el cuero, y le agarró cuero y carnes, y ya no quiso saber más, retrocedió y se fue, se fue.
Así que mataron, dos o tres mataron ahí. Y cerca de Despedida, también mataron otro.

(Extractado de: Wot'n. Documentos del Genocidio Ona Tomo II, de Nelly Iris Penazzo de Penazzo, y Guillermo Tercero Penazzo, en base a una nota aparecida en el diario la Opinión de Buenos Aires, del 27 de mayo de 1973, del testimonio de Federico Echeuleilene, recogido por Ana Montes de González).

LAS DOS PAGINAS DE ARTURO FUENTES RABÉ SOBRE LOS CAZADORES DE INDIOS.

Fue hace algunos días cuando releyendo unas fotocopias hechas sobre el libro TIERRA DEL FUEGO, que refleja la visita hecha por este militar chileno que me llevé una desagradable sorpresa: faltaban las páginas 180 y 181 donde se daba una relación sobre hechos abominables.

No tengo muchas visitas en casa que se interioricen sobre este particular, y tuvimos que hacer memoria sobre quienes pueden haber tenido acceso a las mismas y haberlas sustraído.

Pero por suerte Patricia me aportó una salida: tal vez en una década habrían subido el texto completo del libro –que en su momento se veía en las vitrinas de Douglas en el aeropuerto Presidente Ibañez, a precio salado- y fue como decía mi esposa. Todo el libro se puede consultar en internet.

Así que sin mayor trámite hice las transcripciones del caso para que ustedes aprecien y juzguen:



Antes de que a aquella Isla acudieran los misioneros salesianos que apenas tuvieron tiempo de sustraer a las hordas sanguinarias, las pocas y amedrentadas familias indígenas que habían logrado escapar al plomo invasor, el ona tenia profundo terror por los blancos a quienes «llamaba, kaliote-bandido», por cuatro razones: 1.ª: que les habían quitado sus campos a fuerza de balas; 2.ª: arrojándolos al interior de la selva e imposibilitándoles para llevar vida libre, les quitaban el derecho de cazar y con ello el alimento; 3.ª: los perseguían y mataban; y, 4.ª: les robaban las mujeres.
Esto fue general a todas las tribus y el mal se agravó con la introducción del alcohol y enfermedades de carácter social, que comenzaron a hacer estragos en los nativos.
Como lo hemos manifestado, las misiones de Río Grande e Isla Dawson, alcanzaron a recoger los despojos de esta raza, antes viril y fuerte y que en la actualidad puede considerarse extinguida para la historia del país.
Hace más o menos 40 años, se presentaron en Tierra del Fuego dos familias de aventureros seguidas de un verdadero ejército de conquistadores.
Uno de ellos, el inglés Popert, se instaló en la parte norte de Bahía San Sebastián, punto donde estableció su campamento. Organizó una guardia permanente y su pequeño ejército se dedicó a la caza de indígenas. En esta forma logró apropiarse de gran cantidad de terrenos y de pastorear bastante ganado. Su fortuna creció rápidamente y llegó a constituir un pequeño feudo donde circulaba moneda propia, acuñada especialmente para esta raza de conquistadores.
Los indios fueron muertos por docenas y los que lograron escapar, buscaron refugio hacia el sur y en el interior de la Isla.



La familia, descendiente de un pastor anglicano, de apellido Bridges, levantó su campamento en los campos del sur y, con un sistema completamente humanitario y ajeno a asesinatos o bandolerismo, consiguió formarse una colosal fortuna que hoy sube de varios millones.
Al tratar de las islas al sur de Tierra del Fuego, hemos manifestado el papel preponderante que correspondió al Hno. señor Bridges, como también la misión y el trabajo en que se han inspirado los actos de sus hijos.
De lamentar es que estos esforzados luchadores en estas tierras australes, no hayan logrado reunir un mayor número de nativos fueguinos, para el bien de la civilización y para facilitar el difícil estudio que hoy se hace, sobre esta raza extinguida.
Como estos hermanos hacen viajes periódicos a Europa, en uno de ellos lograron llevar un indio que se destacaba entre sus compañeros por estar dotado de una inteligencia privilegiada y de una disposición asombrosa para el dibujo y la pintura. No se ha logrado saber el fin que aquel nativo pudo tener en el lejano continente.
Aparte de estas dos familias que, dejamos señaladas, y que se destacaron en distinta forma, hubo quienes contrataron cazadores de indios que por estar bien remunerados, se dedicaron con bastante fruto a tan sanguinaria ocupación. Los más crueles de éstos fueron dos: los ingleses Sam Islop, que ya no existe y, N. N. que todavía está vivo y trabaja en los terrenos de la Isla. Preferimos callar el nombre.
El primero de ellos se vanagloriaba de usar correas fabricadas con piel de indio (según él, la extraía de «los lomos»).
Un poderoso estanciero, muy conocido en la región que hoy está radicado fuera del país, y que disfruta de una fortuna considerable, fue otro famoso cazador de indios, les disparó por placer y gozó con los padecimientos de sus víctimas.
En un principio fue administrador de una gran estancia, a la que legó su nombre en recuerdo de los buenos o importantes servicios que prestó despejando el campo.
Todas las expediciones que se internaron en busca de oro o que con el mismo objeto se embarcaron en pequeños «cutters» con rumbo al Cabo de Hornos o Islas Sur, hicieron estragos entre los nativos a quienes dieron muerte sin esperanzas de cuartel.
Estas expediciones recibían dos beneficios; el que les pudiera proporcionar el oro recogido, y la paga que se les daba por la matanza de indios, a saber: «Una libra por cabeza de indio y diez pesos por indio vivo». Muy sencillo es llegar a la conclusión de que la matanza se imponía; era más fácil presentar varias cabezas que custodiar y alimentar a un hombre.
Uno de los más sanguinarios de estos cazadores pagados fue un bandido argentino: Máximo Gutiérrez, quien expresó que sólo concluiría la matanza, cuando completara el número de cien muertes.
En una ocasión (esto nos lo narró el Sr. Simón Macan, vecino respetable y acaudalado comerciante de Punta Arenas), Gutiérrez mató por gusto y por la espalda a una indefensa india que tenía a su servicio. Aún quedan en Porvenir espectadores de este hecho, entre ellos, el señor Marco Yukic hoy comerciante de fortuna y en aquel tiempo correo entre los distintos puntos de la Isla. Gutiérrez -dice el señor Yukic- ordenó a la india que fuera a traer un poco de leña a un montón vecino de la casa; cuando se encontraba 10 metros distante, el asesino empuñó la carabina y disparó un tiro que, al dar en la cabeza, hirió de muerte a la indefensa india. Mi indignación -dice el señor Yukic- fue tan grande, que si no maté en el acto a aquel bandido, fue porque los demás compañeros me lo impidieron.
El instinto sanguinario se desarrolló en tal forma en Gutiérrez que, más tarde, no encontrando indios, se dedicó a la matanza de blancos. Así sucedió un día en que después de pedir y obtener albergue en casa de una familia inglesa radicada en pleno centro de Tierra del Fuego, logró engañar al padre de la familia y lo hizo salir de la habitación, momento que aprovechó para matar a la madre junto con sus cuatro hijos.
Afortunadamente, este peligroso asesino, murió bajo las balas de un comisario argentino, Sr. Gebar, a quien apodaban Mateo Chico.
Otro famoso bandolero fue un joven de unos 30 años de edad y de nacionalidad chilena. Llegó a la Isla huyendo de la policía argentina, que lo perseguía por el delito de asesinato. Después de sentar sus reales en Tierra del Fuego, se dedicó a la matanza de nativos. El olor a sangre humana acrecentó sus instintos criminales y sólo miró víctimas sin distinguir razas. Fue por esto que la autoridad argentina volvió a alarmarse y a continuar su persecución, jamás se le supo el nombre, únicamente se le distinguió con el apodo de «Cuatro Pasos».
Acorralado por la policía a la que secundaban algunos indios provistos de boleadoras, «Cuatro Pasos» retrocedió su caballo hasta el borde de un precipicio que, en plano vertical, desde una altura de cincuenta metros, se precipita en las profunda aguas de «Río Grande». Allí, en el mismo borde del barranco, se vio a «cuatro pasos» elevarse con su caballo en el vacío y sepultarse después, en las correntosas aguas del río. Todos le creyeron muerto y hecho pedazos; sin embargo, algunos meses más tarde, sucumbía bajo las balas de algunos policías que le sorprendieron en la Patagonia.
La sierra «Carmen Silva» fue testigo de innumerables matanzas. Ésos fueron los campos preferidos por Sam Islop quien, para economizar pólvora, se dedicó a matar hombres y degollar niños.
Otro cazador cuyo nombre silenciamos porque goza hoy día de cierta prestigiosa reputación en Tierra del Fuego, cansado tal vez de esta carnicería humana y ya en presencia del exterminio do la tribu, concluyó por adoptar un pequeño indiecito que todavía conserva en su poder.
Como dato ilustrativo creemos necesario manifestar que, posterior a estas matanzas, se creyó conveniente gratificar a uno de los buenos servidores, regalándole dos grandes lotes de terrenos. Estos lotes fueron vendidos por su propietario al señor Antonio Covacic. Otros dos lotes que la misma Compañía apartó de sus terrenos para repartirlos entre los colonos, después de haber sido solicitados sin fruto alguno por más de un centenar de personas necesitadas, fueron donados al mismo cazador de indios «en reconocimiento de los importantes servicios prestados a la Compañía».
En la misma sierra que acabamos de mencionar, existe una ancha depresión denominada el cañadón del muerto; en aquella depresión descansó una expedición compuesta por un chileno y un inglés que conducían un piño de nativos. Allí se quedaron dormidos estos dos expedicionarios y su sueño temporal pasó a transformarse en el sueño eterno; los indios les dieron muerte y huyeron a la selva. Actos como éste, hacían que recrudecieran las persecuciones y que las matanzas adquirieran mayor furor.
Antes de terminar vamos a narrar dos episodios que se relacionan con este capítulo y que nos fueron contados personalmente por un estanciero chileno que antes trabajó como ovejero en una de las estancias.
Al fondo de una quebrada, nos dijo, fue donde el famoso inglés Sam Islop, «cazador de indios fueguinos», encontró a los ocho nativos que habían dado muerte a un teniente de marina en los campos de Boquerón. Verlos y apuntarles fue cosa de un momento. Al primer disparo cayó un nativo dando grandes saltos y fuertes gritos, parecía un endemoniado.
Iba ya a hacer fuego sobre el segundo cuando uno de los acompañantes, que era chileno, se opuso. ¡Pobres indios indefensos! Las flechas con que respondían a este ataque brutal, iban a morir muy lejos de sus asesinos. San Islop quería concluir con todos. La oposición de algunos puso término a este salvajismo inaudito y la vida de aquellos infelices fue por primera vez respetada. Amarrados como bestias feroces fueron llevados a Porvenir y desde allí embarcados hacia la Isla Dawson.
El otro se relaciona con las Compañías Ganaderas y es el siguiente:
El señor X. X. (permítasenos silenciar el nombre) figura prominente en la administración de una de las Sociedades y a cuyos esfuerzos se debe principalmente el brillante pie en que hoy día se mantiene esta institución ganadera, narra un episodio particular que se refiere al exterminio de los nativos. Según datos que hemos podido inquirir personalmente, fue este Administrador quien declaró que a él se le debía casi exclusivamente, haber limpiado la isla del elemento que hacía daño al ganado lanar. Por esta causa, agregan los informantes, los indios habían dictado sentencia de muerte contra el administrador.
Más tarde pude reforzar estas informaciones por la relación que me hizo uno de los estancieros de la isla, el señor A. Kuzmanic, quien lo supo de propia boca del señor X. X.; el episodio es el siguiente:
-Viajaba -dijo el Administrador- por uno de los caminos de la Isla, cuando fui repentinamente atacado por un indio oculto detrás de una alta roca junto a la cual debía forzosamente transitar. El ataque fue tan sorpresivo que apenas tuve tiempo de inclinar el cuerpo hacia atrás y el gran machete con que el indio dio el golpe, fue a incrustarse sobre la parte delantera de mi montura. Al ver fracasado el ataque, el asaltante se arrodilló sobre la misma piedra y cruzando los brazos sobre el pecho, imploró perdón.
No tuve más que preparar mi carabina y hacer blanco sobre ese infame que había pretendido ultimarme. Allí quedó tendido y agonizando el cuerpo ensangrentado de ese infeliz, que había querido asesinar a uno de los principales personajes dedicado a limpiar la isla de sus primitivos habitantes.
Un sinnúmero de hechos de esta naturaleza podríamos señalar en la presente relación. Sin embargo, en beneficio de la concisión, debemos prescindir de ellos.
Creemos, pues, con lo manifestado, haber llevado al ánimo de los lectores, la historia de los onas y la verdadera causa de tan sanguinario exterminio. Se nos preguntará, y con mucha lógica, ¿las autoridades no tenían conocimiento de estos hechos?, ¿qué hizo el Gobierno por impedirlos.
Dolorosamente debemos confesar que esta misma pregunta nos la hicimos personalmente y muchas veces durante el viaje por Tierra del Fuego y llegamos a la triste convicción, de que aquel asesinato era del dominio público y que nada se hizo por ponerle término. Las misiones salesianas fueron inspiradas por los propios misioneros, quienes apenas alcanzaron a recibir y cuidar los estertores agónicos de una raza que moría bajo el plomo del asesino.



Los incansables salesianos fueron los únicos que intentaron detener aquella ola destructora.
El paso de los misioneros ha dejado profundas huellas en aquel inmenso territorio, huellas que se traducen en cariño para el nativo y en esfuerzos por civilizar y conservar los restos de una raza que, con ímpetu asombroso, marchó a la historia.
Entristecidos pero no descorazonados ante el prematuro desaparecimiento del ella, los misioneros no omitieron sacrificios por legar al país una verdadera joya de informaciones, levantando en Punta Arenas, un monumento que encierra la Historia Natural Patagónica y Fueguina.
El Museo Regional «Mayorino Borgatello» exponente, del estudio y de la ciencia, no sólo está destinado a proporcionar al mundo civilizado el esfuerzo de aquél que lo concibió y de aquéllos que lograron formarlo, sino que él es la demostración más sincera de la vida, costumbres y capacidad del ona; tan dura y malamente tratado por tantos historiadores.
El ojo del visitante se asombra al contemplar las mil variedades de la flora y fauna Magallánica y Fueguina, y el mentís más poderoso surge de aquel científico conjunto, cuando se compara lo real con aquellas descripciones, muchas veces antojadizas y faltas de verdad, destinadas a quitar el valer verdadero de toda la riqueza que encierra el Territorio de Magallanes.
Antes de cerrar este capítulo y como un homenaje al nativo a quien hemos dedicado la última parte de este libro, séanos permitido estampar las cariñosas palabras del padre salesiano señor A. B., frases que encierran un monumento de compasión para el indio ona; el padre A. B. dice así:
«Allí se ve el desenvolvimiento progresivo desde el salvajismo a la civilización, en forma que resulta arbitraria la afirmación de Darwin, el cual sentenció que los indios de la Patagonia y Tierra del Fuego, eran los hombres más primitivos de la humanidad en su grado ínfimo.
¡No! La naturaleza que con estas tierras fue pródiga de riquezas, minerales y animales, no fue parca con el Rey del Universo.
Niños y niñas de la Misión de Dawson dejaron en el Museo Salesiano de Punta Arenas, un exponente magnífico de su espíritu en las cartitas candorosas como el perfume de la inocencia, en los cuadernos de tareas escolares y de música bien escritos y dispuestos como los de cualquier colegio fiscal, y en los tejidos de lana con que se adelantaron a los industriales del Territorio que sólo ahora empiezan a pensar en lavaderos y fábricas textiles.
¡Ah! Si esas reducciones del Capitán Bueno, como llamaban los indios a Monseñor Fagnano, no hubiesen prematuramente perecido, ¡qué de portentos de la civilización católica no hubieran revelado al mundo en este glorioso Centenario! .
Mas, por desgracia las razas indianas no pudieron subsistir ante la invasión arrolladora de quienes necesitaban el campo libre, o les infiltraron vicios degeneradores o les predispusieron a extinguirse con las hondas penas del alma de un pueblo domado y proscrito en su propio suelo.
Es verdad que la tuberculosis arrebató los aborígenes de Magallanes, pero es más verdad, también que le abrieron paso las nostalgias, el alcoholismo y la sífilis. Y es también muy verdad que para civilizarlos hubo de acorralar -permítasenos la palabra - a los que estaban acostumbrados a viajar más libres que el aire, los guanacos y el caiquén.
Hoy, los pocos indios que restan, viven escondidos en los canales inclementes, mientras que los más, sólo han legado a la posteridad los objetar coleccionados en el Museo ‘Mayorino Borgatello’».

Quién tenga más inquietudes que las que aquí hemos volcado, una última recomendación leer un ensayo relacionante: PASAJEROS DEL PODER PROPIETARIO. LAS SOCIEDAD EXPLOTADORA DE TIERRA DEL FUEGO Y LA BIOPOLITICA ESTANCIERA (1890-1910), siguiendo la presente signatura: http://www.scielo.cl/pdf/magallania/v36n2/art02.pdf


El 25 de noviembre, una fecha que recuerda dos matanzas de fueguinos.

 La primera de ellas la encontraremos remontándonos a 1598, es cuando llega la expedición de Oliver Van Noorth, holandés que en medio de la independencia de su patria busca vulnerar los dominios de España.

Formaba parte de la expedición el piloto Melish, uno de los sobrevivientes de la expedición de Cavendish, y experto navegante, el registra  un encuentro sangriento con nativos. En circunstancias en que algunos de ellos que vivían en la costa hicieron algunos gestos, después de aproximarse a la orilla, el colérico almirante que interpretó aquellas actitudes como señales de desafío, hizo desembarca a un grupo de mosqueteros y atrapó a los fueguinos en una gruta, entre sus colinas. Los nativos defendieron la entrada hasta el último hombre y finalmente los holandeses hallaron la explicación de su denodada resistencia. No se trataba de un tesoro fabuloso sino de un grupo de mujeres que aullaban de terror, mientras apretaban a los hijos contra sus pechos. Mataron a la mayoría de las mujeres y se contentaron con seleccionar seis niños –cuatro varones y dos niñas- para llevarlos a bordo, como especímenes.

El incidente se dio sobre el Estrecho en el sitio conocido como Cabo Nassau o Forland. Los holandeses desembarcaron a dos millas de allí en dos pequeñas islas, donde . relatarán en su crónica “.vimos nativos que nos hacían seña de que debíamos irnos, al punto que nos arrojaban desde arriba algunos pingüinos. Sólo cuando nos acercamos más nos lanzaron algunas flechas, cuando desembarcamos luego en la isla, vimos que ran más o menos cuarenta, y los que les hicimos fuego, entonces huyeron y se escondieron. En las laderas del valle de esa tierra encontramos una caverna, en cuyo interior no se podía penetrar desde arriba y abajo, era también demasiada estrecha. En la misma se hallaba un grupo de gente que se defendió durante largo rato con flechas, de modo que tres o cuatro de los nuestros fueron heridos y a pesar de que nosotros igualmente atacábamos con fuerza, no querían rendirse, hasta que todos los hombres fueron muertos. Llegamos ante algunas mujeres y niños, jóvenes y viejas que se habían amontonado, creyendo de esa manera protegerse de nuestras armas. Muchas de ellas estaban sin embargo igualmente muertas y heridas. Tomamos a cuatro muchachos y dos muchas y los llevados a bordo, posteriormente, por uno de ellos, que había aprendido nuestra lengua, conocimos la condición del país...”

 Esta gente se llamaba Enoo y habíataba un país que denominaban Cossi, y la pequeña isla del incidente se llamaba Talke.


Agregamos a este relato los del capitán  Weer a Oliver Van Nort almirante de la expedición holandesa.

 “En una visita ala isla Pingüino había tenido que luchar con un grupo de 25 salvajes, los cuales habían dado muerte a tres de los suyos: que estos bárbaros combatían con tanto vigor, que una de sus mujeres que había sido herida de un tiro en el pie, sin preocuparse de ello, se había instalado en las rocas y había seguido lanzándoles flechas, hasta que fue muerta por otro tiro. Todos los salvajes fueron muertos en el mismo lugar, pues no se habían retirado, a excepción de seis niños, que habían atrapado y hecho llevar al barco”.

La segunda relación es más conocida, nos acercamos a 1886, y encontramos registro en Ramón Lista, militar argentino que protagoniza una expedición oficial, al momento en que otra –de carácter privado- es llevada adelante por Julio Popper.

Ramón Lista está signado como matador de indios a partir de la refriega que terminó con la vida de 26 de ellos. .

Dirá en favor de su determinación el hecho que los nativos no querían dispersarse, y los temores que les infundían la llegada de la noche, donde los onas, conocedores del terreno podrían fácilmente preparar una emboscada en su contra.

Argumentará en favor suyo también por la ferocidad manifiesta de los fueguinos, y la evidencia concreta en la herida de flecha propiciada a José Marzano su lugarteniente y pariente.

Pero lo que hoy es censurado por los defensores de los derechos humanos de los nativos, no fue objeto en aquel momento de ningún discurso censurador.  Al fin de cuentas Argentina crecía con la mentalidad de conquista de la denominada Generación del 80, un tiempo de exigida modernización al país, lo que pasaba por desterrar costumbres salvajes, y a los salvajes también.

Lo mismo que había hecho recientemente en la Conquista del Desierto Julio Argentino Roca, con quien solía cartearse Ramón Lista Marzano. El jefe de la expedición dejará asentada su visión de ese día en el siguiente escrito:

“En el deseo de inquirir personalmente el paradero de los indios hoy a las 7 de la mañana salí del campamento con el Capitán y diez soldados haciendo rumbo al citado cerro.
Después de una marcha de des horas, al paso y al trote, cruzando cañadones y sinuosas lomadas, descubrí una toldería que recién habían abandonado los indios, pues ardían aún sus hogares”
“Los toldos, consistentes en unos hoyos o nidos de 3 a 4 decímetros de profundidad, cubiertos en parte de yerbas desmenuzadas, y resguardados al viento por cueros de guanacos, sin pelo, sostenidos con bastones de madera dura, nos detuvieron un instante. Había en ellos algunos utensilios de cocina, sacos de cuero con pedernales y pinturas, y otras chucherías que no merecen mención”.
“Los rastros de los onas iban del sudoeste, en zig zag y claramente impresos. Viólos uno de los soldados que pasa por «rastreador», entre sus compañeros, y dijo al punto: “Allí no más están. detrás de la loma”.
“ lanzamos sobre la pista. Y antes de una hora vimos a los salvajes, en un cañadón al sud del cerro que nos sirviera de guía”.
“En la persecución, éstos fueron arrojando sus quillangos, y hasta abandonaron una criatura, que alzó un soldado y puso sobre la grupa de su mula”.
“Los onas detenidos desplegaron en semicírculos tras un espeso matorral espinoso, por cuyo centro corre un arroyito. La oposición había sido bien elegida para resistir nuestro ataque; y sin más ni más rompieron las hostilidades, disparando sus flechas sobre la tropa, que, a pie, fatigada y en cumplimiento de mis órdenes, se mantenía simplemente en la defensiva, pues mi propósito era el de desarmarlos y conducirlos al campamento, para que por medio de regalos, propiciarme su buena voluntad, y, obtener entre ellos un guía que me llevase a través de la isla”.

“Viendo que continuaban en su actitud guerrera, mandé hacer fuego sin dirección. para intimidarlos, pero ellos contestaron arrojando nuevamente sus flechas, una de las cuales hirió levemente a un soldado, cerca de la tetilla derecha”.
“Enseguida se ocultaron en el matorral, y de allí nos provocaban con gritos airados.
Intenté desalojarlos; incendiando su guarida, pero en ese mismo instante cayó un fuerte chubasco de granizo y lluvia, que impidió mi propósito”.
“Volvieron a arrojar sus flechas los salvajes y a favor de la ligera neblina formada por la lluvia dos de ellos echaron a correr cuesta arriba de una elevada colina a retaguardia del matorral, no siendo posible darles alcance ni en mula pues corrían como guanacos, fuera de que, numerosas cuevas de tucu – tucus entorpecían cada paso de los perseguidores.
Quedamos algunos instantes a la expectativa, en la esperanza de que los indios se entregaran; pero siguieron en su actitud enconada; y como la noche se aproximaba y era necesario a toda costa apoderarse de esa gente, por la seguridad misma de la expedición, di la señal de ataque, sable en mano: el capitán iba a la izquierda, con tres hombres, yo en el centro, y el resto de la tropa a la derecha. Los indios nos recibieron con una granizada de flechas y cuando salvaba el capitán las primeras matas, cayó herido de un flechazo cerca de la témpora izquierda. No obstante, prosiguió el combate con el mismo ímpetu y después de algunas descargas de carabina el matorral quedó en nuestro poder, y sobre las zarzas veintiocho muertos, entre ellos un ona atlético, el jefe, quien en lengua tzóneka había repetido durante el combate, la palabra corrge (cacique), retándonos tal vez a un duelo singular”.
“Como habían quedado en poder de la tropa algunos prisioneros y heridos, dispuse nuestro inmediato regreso al campamento, donde el cirujano practicó en el acto las primeros curaciones, reconociendo prolijamente la herida del capitán que ha resultado, felizmente, no ser de mucha gravedad”.

Los nativos a quien uno identifica como Enoo, otro señala como Onas. Aunque tal vez sean grupos diferentes dado que los holandeses hablan de la pertenencia de los mismo a una isla del Estrecho.

En ambos casos hay secuestros entre los sobrevivientes.

Ramón Lista no pudo registrar fotográficamente este viaje porque en el apuro de bajar sus pertrechos del Villarino –antes que subiera la marea- dejaron la cámara a bordo. Sino tal vez se hubiera dado un registro similar al tan censurado en Popper, fotografiarse con cadáveres de nativos, situación que con el rumano no se dio en este viaje.

Hay dos testimonios más sobre lo acontecido ese día: los del sacerdote José Fagnano, y los del médico Polidoro Seguers.

El primero con el tiempo se constituiría en Prefecto Apostólico de la América Meridional, misionando en este sur; el segundo llegaría a ser el primer médico de la gobernación y, ya anciano, también sacerdote salesiano.

Lista como gobernador de Santa Cruz tendrá tratos con una tehuelche, la que le dará una hija natural, de gran ascendiente entre los suyos. Con los años, en el Chaco morirá en circunstancias confusas, una de ellas es presentada como el hambre y la sed, la otra a manos de una mujer nativa.


La matanza de Lista dio lugar a la instauración de esta fecha como DIA DEL INDIGENA FUEGUINO, iniciativa de la legisladora provincial justicialista Liliana “Chispita” Fadul.