EVOCACIONES*26 de agosto de 1833. Se subleva en Malvinas el Gaucho Rivero.

Es la primera violenta reacción durante la ocupación británica efectivizada el 3 de enero  de ese mismo año.

Una vertiente nacionalista ha pretendido darle a Rivero, sobre el cual se sabe poco sobre quien era antes y que hizo después, una condición de caudillo popular anti imperialista. Pero nada se documenta en ese sentido.


Antonio Rivero fue así un mito más de los argentinos, formándose comisiones de homenajes, levantándosele monumentos, y tratando en algún momento –cuando se logró la ocupación militar el 2 de abril de 1982- la imposición del nombre Puerto Rivero para el Stanley británico.

No obstante ello, en el momento se impuso el análisis documentado de los acontecimientos del Rivero, gaucho alzado, sobre todo desde las perspectiva que tenía analizada del caso el principal referente historiográfico de la Armada Argentina.

Sobre el particular ha escrito Laurio Destéfani:

Durante el año 1833, las Malvinas estuvieron la mayor parte del tiempo sin gobierno efectivo. Si nuestros compatriotas no hubieran estado  en lucha política y permanente guerra civil, quizás algo podrían haber hecho para recuperarlas.

No habiendo autoridades inglesas en las Malvinas, se produjeron los hechos del 26 de agosto de 1833.

Dos gauchos y cinco indios charrúas mandados por Antonio Rivero, que trabajaban ganado en el campo, llegaron a Puerto Soledad y por que Juan Simón –administrador de las propiedades de Vernet- les había negado el cambio de dinero metálico, en lugar de los vales que cobraban, realizaron un asesinato a mansalva de los hombres de Vernet a saber: el capataz Juan Simón, encargado permanente a la vez del gobierno argentino, Brisbane, hombre de confianza de Vernet, un alemán, un español y un escocés: Dickson. Este último había sido el encargado de izar el pabellón inglés los domingos y avistar buques ingleses.

Cometidos estos asesinatos, el terror reinó en Puerto Soledad y el resto de los habitantes criollos, loberos argentinos, ingleses, etc, huyó a un islote cercano para refugiarse. Desde allí solicitó auxilio y entonces llegó una nave inglesa que desembarcó al teniente de Marina Henry Smith, un suboficial y seis soldados de infantería de marina. Estos persiguieron a Rivero y sus hombres, que a su vez habían dado muerte ya a unos de los suyo, el gaucho Brasido.

Los hombres de Rivero, siete en total contando el cabecilla, se rindieron de a uno y el último fue el mismo Rivero.

Rivero y cinco de sus compañeros fueron llevados a Inglaterra, pero allí, se consideró que el juicio de los gauchos no era conveniente, o quizás los jueces se consideraron incompetentes. Rivero y sus compañeros fueron devueltos a Montevideo y dejados libres.

Esta es toda la historia que prueban 42 documentos publicados por la Academia Nacional de la Historia..



RASTROS EN EL RÍO 1991.

La aparición del diario EL SUREÑO me trajo en Río Grande una interesante oferta laboral. Yo la reduje a lo posible en ese momento: publicar una serie de 72 artículos que años antes habían constituido el prólogo a un importante ciclo radial LOS GAJOS DE LA TIERRA.
No creí que el diario pudiera durar más, nos reímos con GONZÁLEZ y FAYANÁS cada vez que lo recordamos.
Lo que tenía que hacer era escribir una columna dominical.
Con los años la producción de ese año, más una cronología de eventos culturales fue convertida el libro. Hoy ese ejemplar está agotado y en este domingo pensé en que podría volver a publicar algunos de esos escritos, al menos los domingos, por si se mantiene el interés por nuestra mirada de entonces. Perdonen si me vuelvo autorreferencial, pero es por provecho ajeno.., alguien que venga y pregunte por algún tema en particular puede ser remitido a estas columnas que pasan a sí a tener estado público.



“Y fue con un primer censo que encontramos elementos de reflexión sobre la población colonizadora del antiguo Río Grande.”

El 10 de mayo de 1895 se realizó en la República Argentina el Segundo Censo de Población y Vivienda, que en Tierra del Fuego resultó ser el primero aplicado por las autoridades nacionales.

Creemos oportuno traer algunas cifras de aquella experiencia estos Rastros en el río, ya sea al ingresar en la anécdota o bien al sumirnos en la realidad social de aquellos días. El Territorio gobernado entonces por Pedro Godoy sumaba aquel año para el Departamento de San Sebastián un total de 73 habitantes, 17 casas, e inexistencia de familias.

Los datos -que hoy se insiste son reservados- nos sirven para configurar algunas referencias, teniendo en cuenta que no se atendió a censar a la población aborigen que no estaba reducida; aparecen nombres, edades y profesiones de aquel segmento de la isla que hoy es el Departamento de Río Grande.

Si atendemos a las nacionalidades diremos que aparecen 13 argentinos, a los que podemos agregar 6 cuyo lugar de nacimiento resulta Tierra del Fuego, hecho que puede atender a una cuestión de mestizaje o condición aborigen. Al final 19 connacionales sobre 73.

Los austríacos, que luego se llamarían yugoeslavos, llegan a sumar 16, todos hombres.

En realidad la presencia femenina es mínima, llegan a ser 8 las identificadas, cuatro de ellas religiosas más una niña de ocho años, lo que hace suponer que la vida galante estaba reducida a su mínima expresión.

Quince aborígenes son censados como procedentes de San Sebastián, en los informes de Ushuaia, sin saberse si estaban de paso, o los datos se tomaron mediante otro recurso.

La profesión del lugar y del momento era ser minero, los austríacos continuaban los derroteros y ambiciones de Popper. Seguían en interesante número de policías, en demasía para la población blanca existente lo que lleva a prefigurar en su accionar una presencia dirigida esencialmente a anteponerse a los aborígenes. Los trece policías bajo la jefatura de José Pezzoli, el Comisario censista, eran seis argentinos: dos de Santa Fe, tres de Buenos Aires y un cordobés, el primero, Vicente Castro que por entonces tenía 39 años de edad. Pero además de los argentinos se registran cuatro españoles, y un representante de cada uno de los siguientes países: Portugal, Italia y la República Oriental del Uruguay.
Los militares de aquel censo son cinco, es que se viene desempeñando en la zona la Comisión Demarcadora de Límites, bajo la jefatura de José Castro Sumbland, porteño, secundado por Carlos Backhausen, alemán de 48 años.

La ganadería que apunta a aparecer –todavía no se instalan estancias en la zona- está representada por tres ovejeros: un portugués Samuel Martínez, un inglés Jack Dicks, que en las crónicas de la Misión aparece con el apodo de Chale, y Andrés Beltrán, con ese apellido se lo sindica de nacionalidad escocesa. El único estanciero es un inglés, Normand Wodds de 25 años; años después su apellido aparecía ligado a la firma Waldron. Los Wood tenían su ámbito de acción del lado chileno, Estancia San Martín, donde su nombre aparece ligado a casos de matanzas de indígenas.

Desconocemos el propósito de su inclusión en nuestras estadísticas a no ser que fuera un habitué del medio argentino, porque la metodología no parece haberse basado en una encuesta realizada en un solo día, sino en la observación continua de la autoridad policial.

La Misión era uno de los establecimientos visibles, allí se registró al único sacerdote José Maria Beauvoir, italiano de 44 años; dos coadjutores Juan Ferrando y Antonio Bergese aparecerán como carpinteros, el tercero del oficio es un argentino Miguel Ipeconi.

Las religiosas son Rosa Mosobrio, italiana, Rosa Gutiérrez, chilena, y una joven de 15 años de nacionalidad desconocida: Maria Oyarzo.

Tres jornaleros formaban la fuerza laboral, uno de ellos es francés, en tanto que del lado de la peonada sólo aparece un sanjuanino de 26 años: Gregorio Morales.

El panadero del lugar –vaya a saber si venía con el oficio o lo desempeñó aquí- era un paraguayo Juan de la Cruz Franco. En tanto que en alarde de ciencia y técnica se nos daba la presencia del agrimensor Carlos Glade y del químico Bruno Ansörge.

La única costurera era Candelaria Arpi, chilena, moza sin edad definida, en tanto que otra de las damas de lugar Isabel Chamorro, es la madre de Marcos Chamorro, el más joven de los censados que tenía aquel 10 de mayo de 1895 sólo dos años.

Los más viejos serían Antonio Bergese de la Misión y Luis Botazzi, minero, eran los veteranos de cincuenta años.

No se registran en los datos de este censo apellidos que luego se hayan perpetuado en familias antiguas de la localidad. El hecho demográfico europeo no estaba garantizado aún. Los indígenas, ni siguiera incluidos, Sus mujeres, en el mestizaje forzado o inevitable, fueron pediendo identidad racial y nominativa. El celibato de algunos y el golondrinaje de otros no configuraban un afán de poblamiento que tanto tiempo tardaría en manifestarse.




EVOCACIONES* Agosto 24 de 1770. La corona española se muestra vacilante en torno a su soberanía en Malvinas.

El 10 de junio habían sido desalojadas por las fuerzas llegadas del Río de la Plata los ocupantes de puerto Egmont, y ahora temerosos de represalias inglesas, generaban antecedentes excusatorios.

Así fue como en esta fecha de aquel mismo año se dicta la Real Orden dándose por enterado el gobierno español de la salida de la expedición de Madariaga y diciendo que si, al recibo de esta, no ha practicado aún el desalojo de los ingleses, suspenda la operación, 



ordenándole a Bucarelli –gobernador en Buenos Aires- , insista en las protestas “sin proceder a más”.

La orden -eso sí- refiere a las Malvinas y no a las costas patagónicas sobre las cual pesaba también la sospecha de una posesión inglesa.


EVOCACIONES* El 23 de Agosto de 1889 Thomas Greenshiels, recibe el poder para interesar a Malvineros en la adquisición de acciones para las tierras magallánicas.

Se conocía el éxito de la aclimatación ganadera en ese archipiélago. La ventura económica de la producción de lana requerida por las hilanderías inglesas.

Y el tema de estimular a los sectores subalternos de la economía inglesa del lugar a pasar de empleados a propietarios resultaría interesante para solucionar el tema del desarrollo tanto en Magallanes en este momento, como en otro lo fue con Moyano en Santa Cruz.

Pero el gestor de esta medida en el sector chileno era un particular: Mauricio Braun, cuñado del inversionista de origen portugués José Nogueira (foto), concesionario de importantes extensiones de tierras en el sector chileno de la Isla Grande donde se conformaba la Compañía de Hacienda de Ovejas de Tierra del Fuego, a cien libras por acción.



Nogueira tenía para el proyecto 180.000 hectáreas, Mauricio 170.000.




PUERTO HAMBRE de Hugo Covaro.

De su libro DIEZ PEQUEÑAS HISTORIAS MARINERAS es este relato de un destacado narrador del Chubut.

El espacio LITERASUR ha privilegiado en incluirlo, y nosotros no queremos ser menos.


      Sostenido por sus fíeles fantasmas, el viejo capitán soñaba. No era un sueño placentero, su soñar tenía la incertidumbre de la pesadilla, la tortura de estar despierto y soñar un sueño que por repetido, cada día es menos cierto.
      Pedro Sarmiento de Gamboa, Gobernador y Capitán del Estrecho, visionario, astrólogo, respetado cartógrafo, escribiente de armados sonetos, aventurero loco o simple fabricante de anillos y filtros mágicos, recorría los oscuros rincones de la Corte del rey Felipe, como un ciego que necesitaba tocar las conocidas cosas que marcaban su previsible derrotero. Nada veía de lo que aparecía y pasaba delante de sus ojos tormentosos. Su deambular era una ruta que llevaba a lejanos confines, a ignotas regiones de soledad y espanto donde empezaba o terminaba la codicia del mundo y el hombre era apenas la sombra de un delirio antiguo. A esa hora y en ese sitio, para felicidad del monarca, herederos y descendientes, volvería a fundar la Ciudad del Nombre de Jesús al abrigo de una barranca, a media legua del Cabo de las Vírgenes y con el mismo rito que aquel domingo 11 de febrero de 1584.
        Unos pasos, sólo unos pasos dados en el silencio de la gran sala, lo llevaron hasta el palo de la justicia, donde el rostro del conjurado, natural de Alcalá de Guadaira, Sebastián Salvador, lo miraba transido de rencor con la muerte puesta en sus pupilas güeras. Con sólo girar la noble cabeza tuvo al alcance de su mano fuerte la vergüenza para Diego de Ribera y su escudero, Antón Pablos, fariseos que no se animaron a mirarlo, condenados por el pecado de haber abandonado a sus hermanos desvalidos en el más atroz de los desamparos. Y cuando creía que habían quedado atrás esos personajes abominables, las siluetas decapitadas de Juan Rodríguez y Juan Arroyo dejaron por un instante el profano sepulcro de Ciudad del Rey Felipe, acicateados por un rencor inextinguible.
       Caminó erguido, con la gallardía puesta a volar como un blasón luminoso, invicto estandarte enarbolado sobre las ruinas de su alma. No había podido cobrar los sueldos que le adeudaban. Se sentía pobre, aunque se sabía noble y casi no le dolía que su majestad demorara casi tres años en pagar los doscientos mil maravedíes que sicarios de Enrique de Navarra pedían por su libertad. Demasiado tarde comprendería que el rescate de la lúgubre mazmorra de Mont-Masan había sido pagado con su propio dinero. Pero la herida era otra, honda y secreta, antigua e incurable. El recuerdo de aquellos trágicos pobladores del Estrecho, desterrados en ese inclemente territorio de hambre y locura lo perseguían. A veces, en medio de tanta oscuridad un rayo de luz iluminaba sus horas de cordura con breve relámpago y podía ver entonces aquella tierra de salvaje belleza, hembra desdeñosa, que parecía hechizarlo con sus montañas nevadas, prisioneras de un mar azul y hondo. Ese mismo mar, que desataba la furia escondida en borrascosas entrañas para lavar con tempestades la alucinada memoria de sus invasores. Y era entonces cuando resonaban en sus oídos las palabras de Túpac Amaru, ese muchacho ingenuo y valiente, hijo de Manco Inca, - último soberano de los descendientes del sol de América - preguntándole antes de ser ajusticiado:
           -"¿Pues para matarme me persuadieron que me bautizase y me hiciese cristiano?"
          El viejo capitán meneaba su cabeza como no queriendo escuchar ese reclamo ominoso. Pero sentía que sus botas desandaban el camino empedrado que llevaba al Machu Picchu, la sagrada ciudad fortaleza del imperio conquistado. Podía oler el aliento caliente del trópico en el rumor del Urubamba, que acezando antiguos celos, soltaba por la virginidad de la selva su colosal anaconda alazana.
     El recuerdo -esa trampa engañosa de la memoria- le había preguntado más de una vez al viejo marinero de qué había muerto Diego López de Zúñiga y Velasco, conde de Nieva, veleidoso virrey del Perú. Detuvo el paso, miró la claridad hiriente que invadía la fastuosa residencia, hizo como que pensaba, sonrió con desgano, y reinició la marcha rumbo a nuevas alucinaciones.
         No había podido hablar con el rey por esos días y presentía que Su Majestad evitaba el encuentro. ¡Negarle esa gracia a él, que con rotunda justicia nombraban Caballero de Galicia! Justo a él, que había sido el primero en clavar en aquellas tierras inconquistadas del Estrecho de la Madre de Dios, el emblema con las armas de Felipe II desafiando los misterios del austro; y el crucifijo -ese símbolo omnímodo y atroz- evidencia de un designio ineluctable.
     Le habían ofrecido ser el Almirante de la Armada para defender de la piratería inglesa la flota de galeones que traficaban con las riquezas de las Indias. ¡Pobre tarea para un hombre singular, hecho a mano por la providencia, lleno de valor y nobleza, martirio e infortunio y herido de muerte por la gloria!
         La Historia diría en una brumosa página que murió una tibia mañana de julio de 1592 cerca de Lisboa, olvidado, solo y desnudo de todo honor y reconocimiento.
(*) Escritor comodorense. De su libro “Diez pequeñas historias marineras”.

Las noches invernales.


Había un orden que cambia con la llegada del invierno.
Mi cama se mudaba a la pieza de mis padres y el dormitorio permanecía cerrado la noche y Buena parte del día.
De esta forma me conseguía concentrar el calor que partiendo de un calentador de fierro, sobre el pasillo de la casa, invadía levemente los dormitorios. Cerrado uno, se beneficiaba el otro.
No es que haya cambiado la temperatura, cuando me fuí hacienda más grande esta situación cambió y ya no hubo mudanzas de cama. Algún pudor se impuso sobre la necesidad de abrigo.
En los primeros tiempos la bolsa de agua caliente era presencia obligada en cada cama. Se le llamaba guatero, pero no iba a la guata, sino a los pies. Yo no soportaba dormer con media pero había quien lo hacía. Mamá que siempre cosía me acercaba pedazos de tela con los que hacía gorritas para ella y papa, y también para mi, pensando que de esta forma protegería del chiflete nuestros cráneos. El chiflete siempre estaba presente, por algún lugar difícil de determinar, llegaba ese delgado hilo de aire frío que ostigaba las partes descubiertas de nuestro cuerpo.
Con los años la bolsa de agua caliente vino más segura: ya no era el simple tapón, sino que el tapón se atornillaba. Siempre se hablaba de un descuido que terminaba por abrirla y quemar a su dueño, o bien dejar en pésimas condiciones al colchón.
Hubo un tiempo que mi padre contrajo reumatismos varios y se le recomendó ladrillos refractarios. Los consiguió de un horno en desuso y se calentaban en la blanca cocina económica. Como raspaban se los envolvía en una frazada vieja, más tarde mama le hizo una funda y también tejió una funda par alas bolsas de agua.
Me parece que en invierno los sueños eran diferentes, duraban más y ocurrían en tiempo real.
Ya para finales de mi adolescencia estos elementos de calefacción nocturne habían desaparecido. Mamá planchaba las sábanas –al menos la de abajo- antes que uno fuera a dormer. Quedábamos con ese olor particular de la tela tostada, y al mismo tiempo espantaba la humedad que hacía sentir aveces las sábanas como si fueran de lata.
No era usual tener calefacción en los dormitories. Los vidrios amanecían mostrando una telaraña de hielo que solíamos raspar para mirar afuera. Una vez dibujé en ellos un corazón y un nombre.
Al ancochecer se entraba la ropa congelada. Se la traía del cordel que había en el patio. Colocada frente al calentador sus estáticas figuras se iban derritiendo, en agónica danza. Cuando terminaban en el suelo se las preparaba para planchar.
Ese era trabajo nocturne de mi madre: planchas la ropa, escuchar la radio y preparer el pan. Mi padre al despertar temprano terminaba de sacudir la masa sobre la sólida mesa, produciendo un ruido que despertaba al vecindario. El pan luego iba al horno y en cierto momento, cuando el se había ido, corríamos a levantarnos para comer pancito caliente. Él no lo consumía de esta forma, decía que era malo para la digestion.
El perro debía dormir afuera, para eso tenía su cucha.
El gato tenía su lugar de privilegio bajo la cocina. Cuando andaba adormilado y lagañoso se decía que el artefacto gasificaba mal –estaba adaptado a gas, con un grueso quemador- entonces se debía limpiar la instalación que volvía a tener una perfecta llama azul. El gato comenzaba a andar major y si antes el gas hacía picar los ojos ahora ya no lo hacía más y su combustión se volvía silenciosa. La cocina tenía un caño de salida que en muchos casos buscaba lugar por una ventana, formando un codo que emergía por uno de los pequeños vidrios que componían esta entrada de luz.
La cocinas adaptadas permitían que si no había gas se las pudiera cargar con leña la que siempre había en cierta cantidad y convertida en estilla, secándose en el horno cuando no se usaba.
Como el agua tendía a congelarse siempre había un delgado hilo que salía de la canilla.
En invierno desaparecían los vientos. En el patio había un avión de madera a modo de veleta. Generalmente por su quietud y las inclemencias del tiempo solía congelarse.
El gallo cantaba más tarde y las gallinas dejaban de poner. Un día una de ellas fue subiendo a un sauce buscando calor solar en la altura. Y no la pudimos bajar. Pasó una noche y al día siguiente mi padre la tocó con el mango del rastrillo: el ave de corral había muerto congelada. De imprevisto cayó sobre sus patas que la dejaron colgando como un singular murciélago, boca a abajo.

Yo me fui olvidando de muchas de estas cosas, el invierno era el tiempo de los trineos y los patines, de jugar al pirata o la latita. Si se cortaba el gas en la escuela teníamos gimnasia de continuo para entrar en calor. Tal vez al día siguiente todo los problemas se superaran.

De Patagonia a Tierra del Fuego El camino del chilote.

REPORT - Argentina, Viaje. La presentación de un escrito mio en Wall Street International Magazine, es compartida con los seguidores meridionales de estos espacios construidos para hacer crecer nuestra identidad sureña.

De Patagonia a Tierra del Fuego

”Y ellos llegaron para ganar un mundo, sabiendo lo mucho que estaban perdiendo”.
La América Meridional muestra tres importantes archipiélagos: en el Atlántico el de Malvinas, en el Pacífico el de Chiloé, y en la conjunción de los dos océanos uno que se configura en torno a la Isla Grande de Tierra del Fuego.
A la hora del poblamiento blanco los tres interactuaron para dar lugar a una economía confluyente con la egemonía británica de esa hora: la ganadería ovina.
De modo particular la Isla Grande de Chiloé fue tributaria de la Patagonia –dividida entre Chile y Argentina- para proporcionar sus excedentes poblacionales que se constituyeron en el sustrato trabajador de la región.
Un tipo mestizo –fusión de antiguos linajes españoles que resistieron a la idependencia y los nativos del lugar, gente de mar- llegó hasta la Tierra del Fuego para incorporarse a las tareas rurales, y luego por extensión –cuando se dio la posibilidad de traer familia- hicieron crecer los pueblos.
Hasta no hace mucho tiempo la población de origen chilote (*) era el núcleo fundamental de la clase obrera. En el caso del norte fueguino –costa atlántica desde donde escribimos- esta situación recién se entró a revertir por los años 70, cuando un conflicto por la posesión de tres islas en el Canal de Beagle casi enfrentó a Chile y Argentina, países que nunca estuvieron en guerra.
Desde Buenos Aires se estimuló el poblamiento del sur con connacionales, mientras que en Chile se experimentaba los efectos de las políticas de Pinochet.
Luego de un conjunto de desplazados políticos y sociales, que se sucedieron al golpe de estado de 1973, ya disminuyó la migración chilena al sur argentino. Migrante se volvía a la vez para la dictadura argentina –concretada en 1976- como sospechoso de un detestable izquierdismo.
Pero los chilotes que habían hecho patria en este sur no volvían a su lugar de origen. Y en ellos y sus hijos comenzó a crecer la mística de lo que fue su epopeya poblacional.
La que hoy podemos enunciar con el siguiente título:
EL CAMINO DEL CHILOTE.
Nuestra población rural es, predominantemente, de origen chileno, y si un lugar fue generoso éste se llama archipiélago de Chiloé. Con anterioridad a ellos la peonada rural era europea, pero al llegar la Gran Guerra partieron gran parte de ellos a cumplir con sus banderas no regresando todos al fin de la contienda. Su lugar fue ocupado por el chilote en gran medida y, en segundo orden, por los hijos de yugoeslavos, muchos de estos últimos iniciando el despoblamiento de Porvenir –sobre el Estrecho de Magallanes- al descender a oficios más humildes que los alcanzados por los padres o, las mujeres, al formar su matrimonio con residentes en el norte fueguino argentino.
Pero nuestras conclusiones abarcarán la vida del obrero rural de origen chileno, fundamentalmente el chilote, y para eso dibujaos el camino que, como una constante, aparece en el relato de tantos que hicieron a nuestro pueblo.
a) Se partía del pueblo natal con cierto agobio económico en un barco que los obligaba a atravesar el Golfo de Penas, con no pocos infortunios marineros, se encontraba en Punta Arenas un nudo distributivo de las oportunidades laborales que en gran medida terminaba alojándolos en el campo argentino. El viaje se hacía con el hacinamiento propio de la tercera clase y/o la bodega.
b) Porvenir los invitaba a llegar hasta las estancias de nuestra zona. A veces se daba algún intento de probar suerte en los grandes establecimientos de la Explotadora. Un vehículo de correo los acercaba hasta el mismo Río Grande, no faltando los casos en que la travesía se hacía de a caballo –con algún animalito prestado por algún paisano- o simplemente caminando, eludiendo en estos casos el paso fronterizo de San Sebastián, para acortar camino, o simplemente –más cuando estábamos entre menores de edad- evitar la presentación de documentos que la policía exigía solamente en el paso. El camino entonces era más al Sur ingresando por el Río Chico. Un poncho era casi todo el equipaje; en cualquier estancia, a la que se llegara de pasajero, había techo y comida.
c) Esto ocurría en septiembre.
d) Muy pocos acudían a un pariente o paisano para que les haga de gestor laboral. Llegar al pueblo significaba casi siempre pagar pensión y no se traía presupuesto para ello. Entonces, la inmediata presentación en las estancias posibilitaba el empleo, y la inmediata manutención por cuenta del empleador. Los administradores de las grandes estancias esperaban primero la llegada de la gente conocida y competente que emplearan en años anteriores; sólo a falta de ellos o por una emergencia de días que a veces resultaba definitiva, el novato conseguía empleo. En las estancias chicas la circunstancia era distinta, los sueldos también y con ello la incertidumbre para algunos que corrieron la suerte de no encontrar el mejor patrón.
e) Así nacía el ayudante de cocina, el campañista, el peón, el ovejero, el ayudante de alambrado, el carnicero, el puestero, el chofer... En el campo se aprendía de todo.
f) Cada mes de mayo –comienzo del invierno austral- representaba la paralización de las actividades rurales hasta que llegara la primavera, entonces se regresaba –ahora con algo más de dinero- por barco hasta Punta Arenas, o cómodamente en un correo terrestre hasta Porvenir. No todos seguían hasta su Chiloé, pelechaban en invierno en Punta Arenas con la fuerte moneda argentina que en muchos casos recién cobraban en bancos de esa plaza y algunos disfrutaban recién, y por algunos días, por todos los sinsabores de la incesante tarea rural antes experimentada. Muy pocos tenían la oportunidad de seguir en la estancia durante el invierno, ese mérito se conseguía con los años. Casi nadie encontraba motivos inmediatos para quedarse en Río Grande, muy pocos se aventuraban al norte argentino, o a la costa. Tal vez aquellos que querían eludir el servicio militar en su país, y esperaban con el tiempo alguna amnistía.
g) Con los años estaba quien se hacía de cierto capitalito y, más que nada, de un empleo seguro; entonces llegaba el momento de volver a Chiloé a buscar mujer y no se demoraba mucho en el trámite. Es que nuestro chilote ya volvía vestido de argentino: bombacha y botas, campera de cuero y pañuelo al cuello y firme del lado del tirador. La paisana debía ser “de un solo pueblo”, casi siempre más joven, a veces una niña y se partía, en muchos casos, con el consentimiento del patrón para recibirla en tareas afines a la cocina, o en desempeños calificados como “el matrimonio” donde se prestaba trabajo en la “casa grande”.
h) Si no era así, la flamante esposa debía quedar en el pueblo, en pensión o en casa de algún conocido que ya se había independizado de las tareas rurales. A veces se la dejaba en Porvenir o en Punta Arenas en igual situación, pero más que nada por que un hijo venía en camino y así nacía en la patria... o bien con una atención médica que acá todavía no se prodigaba.
i) Al crecer los hijos, vivir en el pueblo era ya un imperativo. Algunos se volvían bolicheros, otros se esmeraban en algún oficio: carpintero, mecánico o se empleaban en los caminos, el frigorífico, la esquila, el puerto y el caponero, es decir: asegurarse un fuerte ingreso en cierta época del año y aguantar el resto.
j) La casa era el gran paso. Precaria pero propia, el terreno también lo era. Las grandes extensiones de aquellos días permitían al industrioso generar la quinta y el gallinero, otra fuente de supervivencia. Los que llegaron a tiempo encontraron en el gobernador Ernesto Campos el gran benefactor, el que le dio tierras a todo el mundo. La minga prosperaba a veces, donde también se recibía la ayuda de los paisanos a cambio de una comida en el patio; entre los evangélicos la solidaridad fue mucho más notoria.
k) Los hijos del chilote crecieron argentinos sin abandonar buena parte de las costumbres de su mayores con una dependencia, en muchos aspectos, de esa ecúmene de nuestro desarrollo que fue Punta Arenas, más que el Chiloé de origen. Allá había quedado un tiempo de privaciones, muchos parientes fueron llegando alentados por el feliz destino de esta tierra y los pocos que quedaron pudieron vivir mejor con lo poco que tenían.
l) La gran mayoría de los chilotes que he entrevistado se han naturalizado, reconocen que todo lo que tienen se lo deben esta tierra. No parecen haber tenido conflictos sociales con nadie, pese a que durante muchos años el argentino –el funcionario más que nada- los miró con recelos impuestos desde su norte de origen.
m) Será por eso que muchos de ellos evitan decir que son “chilotes”, calificativo que ha sido utilizado despectivamente por los mismos chilenos y que en tantos casos es fácilmente olvidado por sus hijos. Un buen día de estos, llegado un 20 de Junio, vistiendo el uniforme argentino juraba ante la nueva bandera de la familia. El Trauco y el Caleuche pasaron a ser voces humorísticas, las comidas tradicionales un culto que quedó solamente en manos de las abuelas... Las hijas miraban con buenos ojos a un recién llegado y así, algún colimbita del interior, o algún empleadito porteño, misturaba su indiosincracia con lo que quedaba de una familia de Quinchao.
n) La gran mayoría de nuestros chilotes recuerda lo difícil que era vivir sin agua, luz ni gas; el susto en el terremoto del ’49 que les hizo recordar tragedias propias, la gran nevada del ’54, el surgimiento del petróleo, el bote cruzando el río y los aviones que daban más de un susto, lo rápido que crecieron los hijos y lo difícil que les resultó –por instrucción y privilegios- competir con cierta gente venida “más ahora”, lo absurdos de ciertos odios sembrados durante algunos gobiernos impopulares, o en algunas campañas electorales... y uno que otro encontronazo con la policía cuando ésta quiso participar de una fiesta.
o) Fueron llenando los cementerios de Río Grande, simplemente por que dieron su vida a esta nueva tierra, y casi todos coincidieron que no hizo falta más que trabajo para llegar a ser felices...

(*) El término chilote, que empleamos para identificar a la población llegada del archipiélago de Chiloé, no es plenamente aceptado. En el mismo Chile es objeto de denigración, y en Argentina es utilizada de la misma manera, englobando a los nacidos en esas islas como los chilenos en su conjunto. Así aparece un verbo: chilotear. Descalificación dirigida a los habitantes de Chiloé ejercida desde otros lugares de Chile, y desde Argentina englobando a todos los chilenos. Durante un tiempo ellos mismos negaba su identidad nominal, hablaban de que en realidad se llamarían chiloenses, o formaban asociaciones bajo el pomposo nombre de “Hijos de Chiloé”, pero chilotes nunca. Caso del Centro Social de Hijos de Chiloé fundado el 25 de julio de 1943 en Porvenir – Tierra del Fuego chilena. Al decir del Profesor Mario Palma Godoy la chilotización penetra en las familias de ese origen, y los hijos se convierte a veces –como para eludir discriminaciones- en los mayores chiloteadores.
Publicado: Martes, 13 Agosto 2013
Autor: Mingo Gutierrez