El Cristo de la hermandad...


La salida norte de Río Grande muestra como una dominante de su paisaje costero la figura de un Cristo, de 18 metros de alto, construido en lenga. Tal vez no todos se detengan a persignarse ante él, pero si existe consenso de dar ayuda al viajero. En unl ugar cercano a la rotonda donde se encuentra perdió la vida el recordado José Zink, el Cura Gaucho, en un accidente automovilístico. Pero este Cristo no mira hacia se lugar.


De la primer imagen tomada un extraordinario día de calor, extraordinario para el verano fueguino, pasamos a esta otra toma nocturna. Se produce un delito, un robo, y todo lo sustraído se encuentra al pie del mismo. Sabido es que las Escrituras hacen mención que Jesús muere entre dos ladrones, pero solo uno se arrepintió, parte de esa conducta habrá tenido el anónimo delincuente que dejó su ofrenda.


Luís Sissara fue el artesano que llegó del litoral con su habilidad, su compromiso y su fe. Su proyecto de levantar Cristos de la Hermandad viene de lejos y se ha desarrollado en diversos pueblos. La idea nada tiene que ver con la célebre competencia automovilística de "La Hermandad", aunque se haya difundido esta versión en algunos círculos menos informados sobre lo religioso, más informados sobre lo tuerca.


El Cristo tiene que aclimatarse, lo han levantado en las proximidades de una barriada con buen poder adquisitivo. Pero el  invierno se ha ensañado con él, sin la menor compasión. Santiago José Politano ha sido testigo de esos momentos en que el sol con alcanza a deshielarlo.


Hubo unos días primeros en el la Comunidad Indígena Rafael Isthon facilitó el espacio para su construcción. Entonces fue objeto de devociones como las que se perfilan en los carteles que lo acompañan. De esos días tenía buena memoria Condorito Andrade, que cubrió periodìsticamente lo que se iba viviendo, para LRA 24, y nos ayudó a recordar.


Fue hace 25 años: Fundación Poética de Río Grande.



El recorte periodístico corresponde a la revista TEMAS Y FOTOS que dirigiera el escritor Eduardo Belgrano Rawson.

Este sábado, a las  21.30, en el Centro Cultural Yaganes, y en el marco de la 20ma Edición del la Feria de Libro -que lleva el lema de  "La palabra es fundacional", los protagonistas de aquel hecho tendrán la oportunidad de conversar sobre la experiencia.

Están todos formalmente invitados.

Isabel: Blanca rosa viva.

A veces la gente me pregunta donde puede conseguir algunos viejos escritos míos. Uno de ellos son las semblanzas de Lugareños, que en parte publicamos en El Sureño, y luego seguimos espaciadamente en EL RÍO. En algunas circunstancias podemos satisfacer a los curiosos, en otras no es tan fácil. 

Lugareños hablaba de la gente que transitaba en nuestras calles.., caminando. Eso es lo que hizo Isabel Ferraldo, en su último retorno. Y así lo reflejamos en el número tres de Memorias de la zona.




Ella decidió pasar la Semana Santa entre nosotros. Y fue por ello que se la vio en la Parroquia San Juan Bosco siguiendo las celebraciones del padre Felisísimo, un cura del cual le llamó la atención por lo verborrágico y gesticulante. Difería evidentemente de las prácticas de su infancia, esas que seguía ella en familia –tan apegados a la presencia de Dios- como que es hija de un hombre que tuvo sus votos religiosos hasta que pidió del Papa las dispensas que lo habilitaran para contraer matrimonio.

Isabel es hija de Juan Ferrando, aquel que fuera “el baqueano de Fagnano”, y que hace 80 años dejara su vida como coadjutor en la Misión de La Candelaria para unirse en matrimonio con Leticia Esperanza, una joven alacalufe criada entre los salesianos de Isla Dawson hasta que el cierre de esa casa la trajo a tierra argentina.

Leticia es un particular recuerdo de mi infancia, acodada cerca de la estufa de la cocina de Doña Dolly –la esposa de Juan Ferrando hijo- con un cigarrillo negro entre sus dedos frotándose pulgar e índice hasta hacerse sacar pequeñas partículas oscuras. -¡Lo ves muchacho, Dios nos hizo de barro! Y yo, maravillado, experimentaba en mis propias manos, mucho más callejeadas que trajinadas las suyas en tareas de cocina, sentándome en el faldeo del fondo del patio, amasando un dedo con otro, y comprobando que la verdad bíblica podía ser demostrada físicamente. Tal vez ella no supiera bien quien era yo, yo que sabía su condición de india, de india ajena y propia en alguna medida de esta tierra. Pero Doña Leticia me volvía a ver, y me repetía en sus dedos el gesto que me había maravillado, y yo sonreía devolviéndole eso que era para mí una forma de saludo; y que no tardé en darme cuenta que no era más que una evidencia de mi mugre.

Isabel Ferrando ha venido a recorrer el sur hasta dar en Semana Santa con la Tierra del Fuego. Una mañana, antes de partir hacia a Ushuaia para visitar la tumba de su sobrino Eugenio, ese que desarmó la casa de sus mayores rearmándola en un barrio llamado Los Fueguinos, como una antigua flor fue dejando caer ante mí los pétalos de sus recuerdos, algunos vivaces, húmedos aún; otros mustios... descoloridos.

Había hecho escala en Madryn, donde descansan los restos de su hermana Ana María, los de su madre –fallecida en casa de los Sozzani-, y finalmente su esposo: Pablo. Los Sozzani han sido él y ella, por casi 60, y un niño que se perdió al nacer del cual no ha querido hablar aunque ha repetido sentida una fecha, el 5 de octubre, recordando aquel 1949. Tampoco ha querido hablar de la hermana –Ángela- víctima de un terrible hecho pasional que conmovió a la aldea que era nuestro pueblo en la primavera de 1938. Hizo la cuenta si, que de tantas visitas póstumas se estaba quedando sin tiempo para pasar por Río Gallegos y visitar su tumba.

Con su tapado bordó, y cubriendo prolijamente la cabeza, anduvo sus días de regreso recorriendo lo que ha quedado de su Río Grande, preguntando –aquí y allá- sobre tal casa que en otro momento aparecía imponente tras los cercos de piquetes, pero que ahora parecía escondérsele, preguntando por nombres vivos de gente muerta, poniéndose al día con las buenas y las malas noticias. Y después estaba la plaza, su inmenso mar, que fue recorriendo como un ritual después de cada almuerzo, para ir a recalar algo más tarde a casa de Pichona, a quien ha ayudado a recuperar el aliento de vivir.

En medio de la conversación me di cuenta que le estaba faltando tiempo para seguir en la búsqueda de si misma, entre nosotros, pero que le estaba apurando la vida para partir, como que con todo lo que se lleva en esta oportunidad estaba cumpliendo un ritual fundamental para sellar su existencia.

Isabel Ferrando, más allá de la porfiada buscadora de tumbas en el cementerio local –dos veces fue tras la de su hermano Juan- ha sido por esta Semana Santa la niña que en María Behety escuchaba a su padre, postreramente jardinero, recordara la epopeya misionera en la que participara con Fagnano desde 1889. Singular jardinero de un pequeño fragmento de una tierra que enormemente había sido suya, hasta que con su firma permitió que los salesianos la vendieran a los Menéndez, para los cuales cultivaba afanosamente rosales silvestres. Su padre, y su madre que hablaba menos, protagonistas de toda una aventura en soledad, allá donde quedó como un testimonio el río llamado Leticia. Ferrando, el viejo, relatando al Padre Entraigas todos los pormenores de lo vivido, como para que sobre ese hilo conductor construyera un libro memorable del tiempo pionero.



Isabel Ferrando, al fin, novia en su tiempo sonriéndole a la vida a Pablo en distintos destinos policiales. Me ha mostrado de ese tiempo una foto de los dos, mientras se detenía a observar el mar embravecido, mostrándose por la ventana de la posada, como no había estado en todas estas jornadas de caminatas.

En este andar de otoño pasó en su momento por la esquina vacía de Elcano y Belgrano donde estuvo su casa, buscando vestigios de un rosal que hace más de 60 años –tal vez para sus quince- le regaló Don Francisco Bilbao: -Estas rosas que son tan bellas como tú, seguirán vivas mientras tu vivas –dicen que le dijo, y ahora no ha podido encontrarla.

En parte le ha creído a su sobrino, Tico, que dice que el rosal de su casa de Caleta Olivia es hijo de un gajo de aquel otro; en parte me ha creído que una tarde, cuando veíamos que el patio se desmantelaba en vistas a una previsible enajenación, partimos pala en mano y obtuvimos junto a algunos ruibarbos, un rosal blanco, bello, vivo, en uno de los rincones de mi patio.


Algo sobre los canutos.

Y o era un niño cuando entré a enterarme que en la vida no éramos todos iguales. Habían algunos grupos que se diferenciaban de los otros aunque esas diferencias no estaban en su documento de identidad. Y entre ellos aparecían "los canutos".


Eran gente de una confesión religiosa distinta a la nuestra. No eran simplemente los protestante, seguidores de Lutero, aquel que recién sería condenado el día del Juicio Final, sumando a sus pecados las culpas por todos sus seguidores a los que había hecho caer en el pecado.

Se identificaban con la Iglesia Evangélica Bautista, una pequeña casa de chapa y madera situada en la calle Piedra Buena; tenían oficios religiosos el sábado, no el domingo, sus pastores se podían casar, y en su mayoría eran procedentes de Chile, con lo que –sin que se dijera con estas palabras- se anunciaba que sus ideas eran contrarias al pensamiento nacional.

No obstante ello entre el pobrerío tenían algunas condiciones que los hacías estimables: en más de una oportunidad recibían a un borracho empedernido, y conseguían regenerarlo.

Se los sabía eruditos del conocimiento bíblico, solían recitar de memoria fragmentos de las escrituras, con nombres, capítulos y versículos.

Y pagaban un diezmo, que eran el diez por ciento de sus ingresos, para sostener al pastor y al culto.

Un día párroco el Cura Párroco casó una pizarra  a la vereda recorrió advirtiendo a los feligreses que concurrir a ese otro templo era pecado.

Por esos años,  Augusto Almada, hombre de la Armada terminó renunciando a la institución porque presionaron sobre él: se había casado con una pastora.



Después del Concilio todo se morigeró entre los católicos y los evangéligos. Ya en el secundario recuerdo algunos compañeros que eran de esa confesión que eran aceptados en el colegio Don Bosco, y que tenían tiempo libre la hora de religión. Millacahuín,  Díaz, son los primeros apellidos que vienen a mi memoria.

Con el tiempo los canutos, que tanto criticaban a los romanos –los romanos éramos nosotros- alquilaron terreno a don Juan Romano, el colchonero, y a cien metros de la iglesia levantaron su templo. Allí estaba de pastor don Isaías Levicoy, compañero de mi padre en trabajos portuarios. Con el tiempo se levantó sede en la calle Bilbao, barriada nueva donde sembraron su fe.

Se los llamaban despectivamente:  Canutos, y en parte aquí traemos el porqué.


Aquí viene la historia…


Juan Bautista Canut de Bon Gil nació en Valencia, España, el 1 de octubre de 1846. A los 18 años ingresó a la Orden de la Compañía de Jesús  en Balaguer, Lérida.

A los dos años de formación y emitidos sus votos religiosos, fue destinado al colegio de Tortosa, a cargo del taller de sastrería. Pero la situación política de España enfrentada en las Guerras Carlistas entre clericales y Laicos hizo difícil su permanencia en el país.

Fue destinado a la Argentina donde aprendió Homeopatía y luego pasó a Chile donde el 30 de abril de 1871 se retiró de la Orden Jesuita (pasando la cordillera a lomo de mula) se radicó en Los Andes dedicándose a la compraventa de telas

Fue enviado a Valparaíso donde estuvo muy poco tiempo pues allí, lo asegura un documento se retiró el 30 de abril de 1871. y el 5 de agosto de ese mismo año se casó con Virginia Robles Aguilar. Su familia quedará constituida por una totalidad de 10 hijos, de los cuales sobreviven al parto y a los primeros años de existencia tan solo cuatro: Salvador Alfonso, Carlos Elías, Eva y Juan Barack.

En 1878 su hijo Carlos Elías es bautizado por David Trumbull.

En diciembre de 1876, según el Diario de Vida de Canut de Bon, encontró un nuevo testamento en un andén de una estación de Ferrocarril, proveniente de la Sociedad Bíblica de Valparaíso episodio que transformo su vida: "fue mi "Primer encuentro que tuve con el Evangelio".

En 1880 tendrá oportunidad de conocer al predicador Robert McLean del que se hizo amigo.

Se transformará en el primer predicador en lengua hispana en Chile "Gracias a la Misión de Mac- Lean he encontrado esta salvación tan grande a mi alma". El Periódico Evangélico, editado en Inglés "The Record" escribe de él en diciembre de 1879: "Hace dos años atrás, un inteligente Español, a la sazón residente en san Felipe, se hizo ardiente amigo del Evangelio de Jesucristo"

Hasta 1880 Juan Canut de Bon recorrió el país vendiendo Biblias y tratados. Corto tiempo, sin embargo, suficiente para ser reconocido como “el Canuto” y recibir las innumerables degradaciones de parte del sector católico.

Durante los días que Canut de Bon fue colpoltor
(difusor de biblias protestantes) bajo el auspicio de la Misión Presbiteriana, ya se generaba un diálogo, quizás antes no evidenciado, entre los sectores populares católicos y el protestantismo. El pastor Canut ideó varias estrategias que facilitaron el rápido acceso de la Sagradas Escrituras a la población, acción que fue rápidamente invalidada por los líderes parroquiales católicos que quisieron impedir la democratización de la lectura bíblica.

Posteriormente se traslada a Concepción, para ayudar en la Iglesia a Robert Mac Lean. Pero graves conflictos internos entre los hermanos Mc Clean y otros misioneros, y graves dificultades que el mismo experimento, crearon una amargura que se expreso en su predicación y en marzo de 1881 fue despedido de sus funciones.

En su desilusión, Canut llego a dudar la realidad de su reacción en contra de la iglesia Católica, y no solo renuncio al protestantismo sino que tres años más tarde, en Curico fue readmitido a la Iglesia Católica.

Sin embargo, su "periodo católico" tuvo fin en 1888, cuando conoció a William Taylor (1821-1902), un pastor metodista estadounidense que había predicado en África e India entre 1856 y 1883. 


AI iniciarse el año 1890, en cumplimiento de los acuerdos de la Conferencia Misionera celebrada en enero, el Dr. LaFetra, contando con los fondos de superavit del Santiago College, procedió a contratar como pastor a tiempo completo para la obra religiosa en español en La Serena y Coquimbo al medico homeopático de origen español, Juan Canut de Bon. En enero de 1890, LaFetra lo nombra como pastor a La Serena donde Canut llega a principios de febrero para iniciar su histórico pastorado.

Tres años duró el pastorado de Canut de Bon en La Serena, pero su primer año fue el de mayor prueba, pero a la ves de mayor crecimiento. Su predicación llena de fervor, pero a la vez polémica de la Iglesia católica, (a la cual se refiere en sus cartas como la Iglesia del Anticristo), avivó a la congregación y atrajo a muchas almas nuevas Esto despertó una furiosa reacción de parte del clero, y elementos fanáticos iniciaron acciones hostiles que culminaron poniendo en serio peligro a Canut de Bon y su familia.

“Cuando salgo por la calle todos los días, no se oye más que gritos al lobo canuto, al apostata, el diablo, al loco, Toda la gente a las puertas. Yo, saludando. Alguna pedrada de estos trae muchas cuestiones y no son gente baja sino jóvenes, niños y mujeres decentes. Los pobres me defienden…Los conventos todos los días predican contra mí. Yo creo que alguno de mis hijos va a ser el primer mártir de Jesucristo. Ellos tienen ahora más fe, aman a Jesús. Mi Virginia (esposa) está conforme, pero tiene miedo que maten a los niños. Yo deseo que usted haga una visita a Balmaceda y ponga en su conocimiento lo que sucede…”

En el año 1892, por cuatro meses, acompañado por un colportor chileno, visitó los pueblos del Valle del Huasco, predicando y vendiendo Biblias. Fueron perseguidos pero las autoridades civiles los protegieron



Fue un pastor evangélico del siglo XIX, predicó denodadamente el reino de Dios, ganando para sí el apelativo cargado de una connotación indigna y burlesca. Incluso, el diccionario de la Real Academia de la lengua española ha establecido al término “canuto” una acepción, señalando que es el “Nombre que el pueblo de Chile da a los Ministros y Pastores protestantes”



Internet nos ayudó su poco en la construcción de este relato:

Su forma de predicar, fogosa y de gran oratoria y conocimientos, atrajo a muchos; sin embargo, también le significó muchos enemigos y sus clientes en la homeopatía  le abandonaron. Se dedicó entonces a predicar de tiempo completo apoyándose en sus conocimientos en el campo de la homeopatía para mantenerse. Para evitar el rechazo de los sacerdotes de la Iglesia católica, ensanchó el territorio de su predicación a ciudades sureñas y lugares donde la Iglesia católica no tuviera mucha influencia —bajo pueblo, campesinos, ciudades lejanas—. Esto tendrá repercusión en el futuro.
Durante cinco años predicó el Evangelio y fundó iglesias en CoquimboLa SerenaConcepciónTraiguénAngolLos ÁngelesVictoria y Temuco.

La Conferencia anual de 1896 decidió trasladar a Canut de Bon de Angol a Santiago con la esperanza del que pudiera mejorar de salud en un clima más benigno y que por su merecida fama de anunciador del evangelio formara la primera congregación metodista de habla hispana en la Capital, sin embargo su salud siguió empeorando y no le fue posible realizar cultos públicos. Después de largos meses de enfermedad durante la cual se vio lleno de gozo y de paz fallece el 9 de noviembre de 1896 a la edad de 50 años.

Sus restos descansan en el Patio de los Disidentes del Cementerio General de Santiago, las fotos corresponde al lugar donde está inhumado..

En el contexto de luchas laicas causadas por la no Separación Iglesia-Estado, su estilo de prédica callejera le ocasionó persecución y burlas, pero también adeptos [cita requerida], quienes recibieron el apelativo de «canutos» para reconocerlos como «seguidores de Canut» —a principios del siglo XX, el escritor anarquista José Santos González Vera describió a unos policías arrestando a un grupo de evangélicos que predicaban y su forma de entrar cantando a la cárcel, tomando nota del apodo de «canutos» que se les daba—. Aunque este término se ha hecho extensivo para todos los miembros de las iglesias evangélicas, sean o no seguidores de Canut, en ciertas ocasiones se utiliza para referirse a cualquier persona muy religiosa o que profese efusivamente su religión en público. Algunos sectores del culto evangélico rechazan este apodo por considerarlo burlesco.
  

De las imágenes: Las de color han sido tomadas de archivos chilenos. La foto en blanco y negro muestra el frente de la antigua Iglesia, hoy reemplazada por una enorme edificación. En ella se ve la familia Almada-Quatrochi, y los acompaña Lola Kiepja. Lola, última chamán selknam nunca fue educada en la fe católica, y aceptaba las prácticas cristianas de "los canutos" y su hospitalidad, en muchas oportunidades en que visitaba el pueblo. Entonces se alojaba en casa de Garibaldi, a un poco más de cien metros del lugar, en la casita de Estrada donde también viviera Federico, y a las horas de culto la pasaban a buscar quedándose a compartir los alimentos con los hermanos.




  

TRÍPTICA NACIONAL.LENGUA.21. Formación de formadores.


ELSA ALCIRA GOMEZ Y PAMELA VESTRIF han desarrollado investigaciones en torno al desarrollo denominado “La formación de formadores en los proyectos de extensión de la Universidad Nacional de La Plata entre los años 1983-2003” en las Facultades de Humanidades y Ciencias de la Educación y Periodismo y Comunicación Social, con referencias a la carrera de Física de la Facultad de Ciencias Exactas.



La intención fue aportar conocimiento sobre un tema relevante como lo es la contribución de la UNLP a la formación de formadores en los proyectos de extensión, en un período histórico particular como ha sido la normalización universitaria.

El proyecto de investigación de carácter cualitativo comprendió una breve reseña de la historia institucional de los espacios educativos mencionados, estudio de casos y un análisis comparativo posterior entre las unidades académicas seleccionadas. El material empírico lo configuran los proyectos de extensión universitaria, otros documentos afines y los discursos de los entrevistados.
En el artículo se reseña uno de los casos en estudio “La Cátedra Libre de Narración Oral” de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, seleccionado por la singularidad de su trayectoria, en cuanto a la articulación / integración de saberes y prácticas vinculadas a la docencia / investigación / extensión.

Al comienzo del artículo presentaron un breve panorama de la iniciativa y desarrollo de un grupo de docentes que desde la práctica en narración oral y la formación continua en el tema, fue configurando una propuesta sistemática y articuladora de actividades de extensión, docencia e investigación, construyendo trayectoria académica en “narración oral como posibilidad comunicacional”.
Después consideraron un hecho singular esta línea de trabajo en función de la reivindicación de la comunicación cara a cara, que propiciando la escucha y la circulación de la palabra fortalece la comunicación interpersonal; desde la pedagogía de Paulo Freire podríamos asociarlo a un modo de abordaje a favor de la “alfabetización en la comunicación”. Aspecto que nos resulta significativo en un momento histórico donde ha surgido con ímpetu la comunicación mediatizada a través de las nuevas tecnologías.

La Cátedra de narración oral trabaja en la línea de formación de sujetos, promoviendo la posibilidad de construcción de sentidos colectivos, con prácticas de relevancia en el campo de la extensión como práctica social comprometida y solidaria. Su trayectoria y propuestas en desarrollos, dan cuenta de procesos integrados en materia de formación / capacitación / extensión / investigación en el tema de la narración oral.

En la segunda parte del artículo se consideró pertinente caracterizar históricamente a la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP y, particularmente su área de extensión, por ser el ámbito en el que se gestó y desarrolló el caso en estudio: la Cátedra de Narración Oral.
En ese sentido, se expresó cómo desde 1994, año en que la Escuela Superior de Periodismo y Comunicación Social adquirió el reconocimiento institucional como Facultad hasta la actualidad, se ha desarrollado formalmente un área de extensión que alcanzó un crecimiento importantísimo en cuanto al número de proyectos y programas de extensión presentados, como asimismo la concreción del funcionamiento de extensiones áulicas en distintos puntos del país.
Finalmente, es importante resaltar la línea de trabajo que promueve la narración oral desde la mencionada unidad académica y que obtiene cada vez más relevancia como actividad curricular expresada en diversidad de modalidades y estrategias, con intenciones de ser incluida en el Proyecto curricular formal.


EVOCACIONES*Septiembre 9 de 1886. La expedición Popper es autorizada por el Gobierno Nacional y ese mismo día sale con destino a la Tierra del Fuego.

El Ingeniero Rumano, junto a expertos en minas, han armado 15 hombres por si tienen que hacer frente a los nativos fueguinos –los onas- de los cuales se temen conductas belicosas.

Tardarán en llegar a Punta Arenas, escala natural de casi todos esos viajes al sur isleño una semana.

Al llegar al asentamiento chileno del Estrecho de Magallanes las tropas pertrechadas como húsares del Imperio desfilarán en el acto puntarenense del 18 de septiembre, dando –tal como lo dicen las crónicas- gran relevancia a los festejos de la Independencia del vecino país.

Ya vendrá un tiempo en que los intereses de Popper y los magallánicos no se presentarán tan cordiales.



Cuando lleguen a Punta Arenas levantarán campamento en la plaza princial, donde serán visitandos por el vecindario...


HISTORIAS DEL VIENTO.6: LA VERDADERA HISTORIA DE PESTEÑO.

Mingo lo bautizó Pesteño, denominación esotérica, digna del futuro poeta. Estaba convencido de que Pesteño lo conocía cuando lo estimulaba gritando para subir la cuesta rumbo a la avenida. Algún día lo siguió, hasta que, en la puerta del cuartel debió detenerse porque un perro del mismo salió a enfrentarse con el suyo… LA ARMADA ARGENTINA en Tierra del Fuego. Presencia y acción. De Arnoldo Canclini. Presencia y Acción. Página 186.

Papá anunció a la sobremesa que muy pronto volveríamos a Río Grande. Mamá no dijo nada, no simpatizaba con ese futuro. Y yo pregunté porqué, pregunta que no tuvo su respuesta.
-Llevaremos en un barco todas las cosas que podamos. Nos alojaremos en el hotel de Doña Candelaria, y allí –en un camión cruzaremos la frontera-, para eso gimoteaba lavando los primeros platos.
Papá se levantó a tomar un segundo jarro de la cafetera, y yo recibí algunos comentarios elogiosos. Allá mi hermano está arrendará  una casa, y yo tendré trabajo en el petróleo que está ocupando mucha gente y pagan bien. Tendrás nuevos amigos, y además…¡tu caballo!
-¿Mi caballo?
-Sí, Peteño, el que dejamos al cuidado de Marcial. Era un potrillito pero ahora ya debe estar crecido y amansado y podrás andar en él.
Desde ese momento Río Grande comenzó a ser imaginado como un pueblo del oeste.

Las cosas se fueron dando según lo previsto, pero al llegar a Río Grande no todo estaba como se esperaba: el tío no había alquilado la casa porque allí con el petróleo todo estaba mucho más caro. No había lugar de empleo en esas firmas yankys para gente recién venida, y con eso de su retorno mi padre lo era, porque se empleó en el puerto. Vivíamos repartidos en la casa de los tíos Vásquez que era una suerte de pensión y cantina, un lugar muy entretenido.
Un caponero le dio a mi padre el dinero suficiente para comparar una mejora, y en los arreglos de la casa semidestruida –así la había dejado sus anteriores inquilinos, una familia gringa- ayudaron los amigos.
Era un terreno enorme, de 25 por cincuenta, con otro al lado deshabitado lo que me daba la posibilidad de disfrutar de un enorme patio. La casa estaba en lo alto de un cerro y por un caminos que habían hecho el andar de los hombres y los perros llegó un día el tío con dos cambuchos de madera con múltiples regalos comprados en lo de Raful.
¡Qué alegría fue verlo! Sobre todo porque con él tendría noticias de Pesteño!
-¡De eso vamos a hablar después, Osquita!-Así acostumbrada a llamarme él. Pero las explicaciones se demoraron. –Hubo un inconveniente pibe –señaló- Pesteño creció, pasó un día una comisión viajera, y se lo llevaron a cumplir con el servicio militar.
Y no supe que decir, y el no dijo más, y la alegría del día se diluyó en múltiples preocupaciones.

Esa noche me desperté muchas veces, simpre preguntándome sobre como estaría mi caballo.
Mis padres tal vez esperaban mayores preguntas mías, pero no dije nada.
Y la respuesta vino sola. O no tan sola. La respuesta paró frente a mi vista.
Yo jugaba con mi perro en eso de enseñarle a devolver el palo que le tiraba cuando frente a casa, en el colegio de las se detuvo el carro del reparto del Batallón, el que dejaba entre las familias del cuartel, amigo y e instituciones el producto de su panadería y de su tambo.
Fue entonces que se me prendió la lamparita, el caballo del carro era Pesteño.
-¡Pesteño! Le grité, y el caballo se dio vuelta. En un instante estaba a su lado y lo llenaba de preguntas: ¿Qué si me recordaba? ¿Si faltaba mucho tiempo para terminar con el servicio militar? ¿Si lo trataban muy bien y que le daban de comer? Y le mostraba el lugar donde vivía, que sería el lugar donde vendría cuando terminara con sus obligaciones patrióticas. En mi mente Pesteño me contestaba todos y cada uno de mis interrogantes. Yo me animé a acariciarlo, él se estremeció, yo me estremecí. Fue un reencuentro emocionante.

No me di cuenta pero tenía parado al lado a un conscripto que me habló con una tonada que nunca había conocido. Yo le fui explicando que era el dueño del caballo, el mi miraba seriamente, y después bamboleando la cabeza se rió. Al rato me dijo: -Tenemos que seguir con el recorrido, chamigo, pero llévate esto a tu casa, ¡ya nos volveremos a ver!
Con un paquete de facturas, manjar que nunca compraban los Gutiérrez porque hubiera sido ofender a la cocinera doméstica, subí el cerro a grandes zancadas y expliqué lo que había pasado a mi madre que en ese instante miraba por la ventana como el carro verde y Pesteño terminaban de repechar la cuesta.
Mamá no dijo nada, observó cómo estaban hechas las facturas, y trató de explicarse cual sería la receta. En los días subsiguientes ensayó hacerlas en casa y algunas, las tortitas negras y las medialunas, le salieron bastante parecidas.
Yo mientras tanto ya había comentado entre  nuestras relaciones el tema de Pesteño y sus obligaciones, y que pronto lo tendríamos con nosotros. Argumentaba que entonces iría con el caballo a la escuela, como hacían los hermanos Kóvacic que venía montados desde su chacra, y mi padre se reía puesto que vivíamos a media cuadra del colegio.
Fue así que no pasó mucho tiempo y el carro del reparto paro para hacer su entrega a las monjitas, pero en este caso sobre la acera de casa. –Andá a traer un jarro grande chamigo. –¡Como dijo? -¡Qué traigas un jarro grande! Que con el caballito te vamos a dejar también algo de leche.
Yo volví con el hervidor, y regresé cerro arriba temblando para evitar un derrame. Mamá solía poner sobre la mesa la lata de leche condensada, que es la que consumían los grandes, en tanto que para los chicos se preparaba leche Nido, 8 cucharadas colmadas bien batidas que iban a la fiambrera.
Mi madre andaba entre comadres y cuando llegó se sorprendió. No le gustaba la leche local, una vez compró y al vaciar el tarro –la mujer del reparto- apareció en el fondo del mismo un pedazo de carne, como de bofe, dijo mi madre.
Pero esa leche era de primera calidad.
Y estaba mejorando nuestra calidad de vida gracias a Pesteño.
Por la noche, cuando fui a dormir, escuchaba que en su cuarto mis padres hablaban. El tema era el caballo y los regalos que nos dejaba. No tenían idéntico parecer sobre qué hacer en este caso: papá quería que siguiera la cosa, mamá decía que eran tan pobre para mendigar de esta forma, y que había que ver cuáles eran las intenciones. Intenciones era una palabra cuyo significado no conocía, tal vez una condición propia de los caballos.

Estábamos en tiempo de vacaciones, largas y solitarias vacaciones de verano, cuando mamá me dijo que me preparara. Tomó su cartera, sus guantes, se acicaló un rato frente al espejo de tualé y cartena y en mano, pañuelo en la cabeza, arrastrándome de una mano me señaló que iríamos al cuartel.
¡Que emoción, le devolveríamos la visita a Pesteño! ¡Toda una sorpresa para él!
Subimos por Mackinlay, mamá aprovecho la salida para que  conociera  el nombre de las calles de ese sector, y al llegar a la guardia preguntó por el oficial. Al rato estaba con nosotros un uniformado joven y entusiasta. Yo quedé afuera del recinto, y el hombre mostró su preocupación. Mamá me dijo que me iba a llamar cuando fuera necesario. Y fui espectador de todo lo que pasaba desde una ventana.
Llegó el conductor del carro y el oficial le habló, el muchacho saludó a mi madre extendiéndole la mano –nunca se habían visto- pero ella no le devolvió el saludo, comenzó a hablar, sacándose trabajosamente los guantes, y se ponía colorada. El oficial conversó y creo que la apaciguó. El conscriptó explicaba y elevaba el tono de la voz, sin que a la distancia pudiera entender lo que decía. Mi madre hablaba y tartamudeaba. El oficial contenía su risa.
Finalmente conversaron más serenamente. Mamá fue invitada a sentarse. El conscripto a retirarse, mamá le extendió la mano con intención de darle luego un abrazo, pero el conductor del carro la esquivó.
-Debe estar hablando para que nos entreguen el caballo. Y él que debe haber aprendido a quererlo no quiere que lo traigamos. Pensé para mis adentros.
Continuaron hablando el oficial y otro uniformado gordo que salía del cuartel con traje azul. Lo volvieron a llamar al conscripto. Lo volvieron a despachar. Saludó haciendo una venia. Y mi madre ahora risueña le devolvió el saludo militar.
Después me llamaron para que pasara al escenario que termino de describir. El oficial y el gordo mi saludaron amablemente. Y me informaron que Miño y Pesteño estarían en casa el domingo siguiente.

Mamá me dijo que Miño era el amigo de Pesteño, que Pesteño tenía todavía un tiempo para cumplir con la milicia, y que la dejaron tranquila con respecto a los regalos que me venía haciendo el correntino –esa parecía ser la nacionalidad del conductor del carro- hombre muy bien conceptuado y sobre el cual no podríamos tener duda alguna con respecto a las intenciones. Los conscriptos del reparto estaban autorizados a hacer entregas gratuitas a quien simpatizara con ellos, lo que tenía prohibido era sacar unos pesos vendiendo su pan o su leche.
Al salir si había viendo antes ya estaba calmo. De paso por el almacén de Gliubich y Ormiston compramos algo extra para  los visitantes del domingo. Yo pregunté sobre que iba a comer Pesteño, y mamá me dijo que había mucho pasto para emparejar en el sitio.

El domingo no quería ir a misa porque todavía no habían llegado los invitados. Pero era necesario que me firmaran la asistencia si este año quería entrar en el catecismo para la Primera Comunión. Después de la bendición salí raudamente y allí, frente a la casa, esta Pesteño, su amigo, papá y mamá. Había traído el caballo  de la brida, y en el galpón había otros aperos con lo que en animal quedó preparado para que yo subiera en él. Miño llevándome de la soga. Y yo muerto de risa. Rumbeamos para la iglesia donde ya comenzaba la misa de once, la principal, y entonces hicimos la presentación oficial de mi cabalgadura.
Después una vuelta a la manzana, y mamá estaba golpeando del fierro para entrar a la comer.
El animal quedó pastando de lo lindo, y nosotros admirándonos del correntino: ¡Cuánto apetito podría tener un cristiano! Se habló poco mi padre hizo una suerte de oración, todos dijimos algo, yo recuerdo mi plegaria:-Por qué Pesteño termine pronto con su servicio militar.
Fe esa tarde uno de los días más felices de mi vida, al menos de mi reciente vida riograndense. Y esta experiencia se fue viviendo en muchos otros domingo.
Mamá copiaba al dictado lo que Miño quería contar a su casa, Miño no sabía leer y escribir y a su regreso prometía dejar de ser analfabestia, al día siguiente yo tenía por misión llevar la carta al correo. Bien pronto llegaron respuestas. Y era mi padre el que se las leía. En algunos casos se iban al fondo del patio, y mientras fumaban un cigarrillo le comentaba algunas relaciones escritas que parecían ser un tanto privadas. Yo ya me animaba a andar solo sobre Peteño, eso sí, en el interior del enorme patrio.
Hasta que un día dejaron de venir. Nos quedamos con la mesa preparada y a mitad de semana Miño, ahora de civil se presentó en casa: El caballo  que había demostrado ser muy bueno en los repartos había sido embarcado en una BDT rumbo a corrientes, para que le enseñara antes de retirarse, como se realiza esta tarea con responsabilidad. El miliquito también terminaba su servicio, y durante algún tiempo estaría junto a su caballo en Curuzú Cuatiá.
Al despedirnos en casa lloró hasta el gato.

Pasaron un par de meses y llegó la primera carta. La escribía el maestro que estaba enseñando a Miño sus primera letras. Había terminado el servicio y si bien le habían ofrecido continuar como soldado el prefirió retirarse para ayudar a la familia en una pequeña hacienda. A Pesteño lo seguía viendo, lo habían entusiasmado también en seguir como Caballo Patria, pero esto en el ejército,  y esto no le gustaba a él porque era un caballo de la Armada.
Otra carta nos dijo que el caballo estaba licenciado, y durante un tiempo estaría en la finca hasta que se dispusiera su retoro en el primer barco con el que hiciera combinación, llegado –inexorablemente (vaya palabra)- al puerto de Ushuaia donde tal vez tendrían que ir a buscarlo. Pero la gran sorpresa era que la carta estaba escrita por Miño, al dictado de su maestro, pero por Miño…,¡al fin!
Especulamos que durante el invierno no sería conveniente el regreso de Pesteño, que las travesías eran bravas, y que sufriría mucho. Eso lo hicimos ver en correo a Miño, donde los tres integrantes de la familia escribimos cada uno su parte.
Pero la respuesta  se demoró largamente. Un día nos llegó escrita a máquina una carta firmada por una mujer, era la esposa del maestro. Nos decía que vivían una situación de intranquilidad. Que Pesteño, en la finca de los Miño, se había enterado de que había un camino hacia Río Grande, y en un descuido se había escapado, y así le habían perdido el rastro  rumbo a Río Grande do Sul, en Brasil. Miño sintió gran culpa y salió atrás de él, dejando familia, trabajo y estudio, y que tal vez no lo volveríamos a ver más –a Pesteño- puesto que andaba por la región una cuadrilla de gente mala que juntaba caballos para hacer fiambre.
Todos quedamos mudos por la noticia, y yo un poco más. Estaba a pocos días de hacer mi comunión. Yo me imaginaba con mi traje elegante, mi moño y mi misal saliendo de la iglesia a lomo de Pesteño, pero esto ya no sería así, esto y muchas cosas no serían más así…
El tiempo transcurrió, me acostumbré a las cargadas de los amigos que me preguntaba por la existencia de mi caballo, escuchaban las respuestas y luego se reían. Un día se cansaron, y yo comencé a olvidarme definitivamente.

Cuando creía que la historia había terminado una carta escrita en portugués selló la información que podíamos esperar sobre mi querida cabalgadura. Hubo que buscar quien la tradujera y con mucho esfuerzo lo hizo María Carusso, la mujer de Ramiro Granja, uno de los gallegos que había instalado una fábrica de mosaico en el terreno lindero donde alguna vez pastó Pesteño. La carta decía que Pesteño había llegado hasta la finca de Río Grande do Sul, hace algunos años, y que atrás de él llegó Miño, reclamando por el animal, así lo conoció y escucharon la historia tan entretenida del caballo que venía del fin del mundo (fin do mundo). Que ella se había casado con Miño que ya esperaban en segundo bebé, que ya tenían una hija pero que si este era varón se llamaría como yo. Que Pesteño había sido un gran seductor, y que tenía varias crías. Se había acostumbrado al calor, aunque a veces cuando llegaba cierto viento del sur se inquietaba mucho, no andaba arrastrando carros, y le gustaban los frijoles. Ya estaba un poco viejo para comprometerlo en una larga travesía, pero allí estaría esperándome el día que quiera ir.
Pasado unos días busque la carta y fue escribiendo una respuesta pensando tal vez que alguno de los Granja podría traducirla. Eso lo hizo Ramiro, pero al finalizar me pregunto. ¿Minguito, no tiene remitente?

Yo ya había crecido bastante, bastante más que esta historia que vine a contarle a mi nieta Lucina Rafi, un lunes de merienda en La Fueguina.