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Los habitantes de Tierra del Fuego en el Jardín de Aclimatación.3ra y última parte. Un escrito de GIRARD DE RIALLE. (Traducido de la “Revue Scientifique de la France el de l´Étranger” para los “Anales del Ateneo” de la República Oriental del Uruguay)


No puede decirse que esos salvajes ignoren el arte de hacer fuego; pero en su patria brumosa y fría, la extinción del hogar es una verdadera calamidad, pues la dificultad de volver a encenderlo es grande o causa de no encontrarse frecuentemente madera no mojada, ni hojas secas.
El gran viajero Cook cuenta que los fueguinos emplean para producir fuego, el método de percusión, en vez del de frotamiento, que es el usado por los salvajes de los climas cálidos. Golpean dos piedras sobre un montón de musgo seco o sobre una pulgarada de plumas muy finas que guardan para este fin y que les sirven, así, de yesca. Es, según parece, más bien a la frecuencia de las hogueras encendidas así por los indígenas a lo largo de las costas de su archipiélago, que a la existencia de volcanes, a lo que se debe que aquella comarca haya sido llamada Tierra del Fuego por los primeros navegantes que la visitaron.
El mobiliario de los fueguinos no es más perfecto que su traje; se compone de algunas canastas ligeramente tejidas de juncos, que sirven para llevar sus conchas y sus hongos; de vasos de corteza cosida como sus piraguas y de sus armas y útiles. En materia de armas, poseen hondas, así como arcos bastante cortos y de una considerable curvatura, de los que se sirven con mucha destreza; sus flechas, conservadas en sacos de piel de foca, están provistas de puntas de vidrio de botellas que obtienen de los marineros europeos y que arreglan hábilmente por medio de pequeños golpes y de numerosos recortes, según un procedimiento más o menos análogo al que los arqueólogos que se ocupan de las épocas pre-históricas llaman “solutréen”. Este arte de la talla del vidiro en punta de flecha parece no ser reciente entre los fueguinos; no es, en verdad, más que la aplicación a una materia nueva de un procedimiento empleado para labrar la obsidiana, que es una especie de vidrio natural producido por la acción volcánica, aun en actividad en la Tierra del Fuego. Es igualmente con puntas de vidrio o de obsidiana con lo que arman ciertos pedazos cortos de madera con un puño, y que casi pueden llamarse puñales. Como el hombre cuaternario, el fueguino emplea siempre los huesos de los animales en la fabricación de sus instrumentos; es así que tienen cuchillos de hueso que nos hacen el efecto de raspaderas para la preparación de los cueros, y arpones de dos o tres metros, cuya largas y barbadas punta son también de hueso.
A pesar de su salvajismo y de la posesión de un cierto número de armas, aquellos indígenas pasan por seres de una gran mansedumbre; si libran algún combate entre ellos, es bien raramente y entre dos bandas que usurpen su territorio respectivo. Los del Jardín de Aclimatación son muy dóciles y no causan ningún trabajo por indisciplina. Hablan poco y en un tono muy dulce y muy bajo, sin mover casi los labios, pues las palabras son apenas articuladas en la laringe y en la parte posterior de la boca. Su inclinación a la imitación ha sido señalada por todos los viajeros y nosotros hemos podido observarla en el Jardín de Aclimatación: no lejos del recinto donde los fueguinos estaban acampados, se encuentra el gran estanque de los cisnes y de los patos; un cisne de los llamados trompetas se puso a lanzar gritos que parecían un toque de clarín, sin que nosotros diésemos al hecho ninguna importancia, cuando de repente el mismo sonido se dejó oír a nuestro lado: era uno de los indígenas, que tranquilamente, sin moverse, sin salir de su posición acurrucada, se entretenía en imitar al cisne.
Un detalle característico de su estado de inferioridad es su manera de beber. En vez de llevar el vaso lleno de agua a sus labios y hacer pasar el líquido a la garganta, se inclinan sobre el cubo y aspiran lamiendo el contenido. Hemos visto a una de las mujeres madres, del grupo del Jardín de Aclimatación, conservar en la boca el agua así absorbida, y, para hacer beber a su hijo echársela en la de éste.
El espectáculo que nos han ofrecido estos indígenas es, pues, de los más instructivos. La población parisiense ha podido estudiar directamente, al natural, al hombre primitivo, y hacerse así una idea de lo que fueron los primeros pasos de la humanidad, -pues como lo hemos dicho más arriba y como lo habíamos ya escrito anteriormente (Los pueblos del Africa y de la América, pag. 134), “pocos pueblos nos representan mejor que los fueguinos lo que debieron ser los hombres cuaternarios”.







Los habitantes de Tierra del Fuego en el Jardín de Aclimatación.2

Un escrito de  GIRARD DE RIALLE. (Traducido de la “Revue Scientifique de la France el de l´Étranger” para los “Anales del Ateneo” de la República Oriental del Uruguay)



Se afirma que una de las mujeres del grupo del Jardín de Aclimatación roía una tibia humana en el momento en que ella y sus compañeros fueron encontrados por la tripulación del buque que los ha transportado a Europa. Cualquiera que sea la veracidad de este último detalle, los fueguinos no deben ser considerados como caníbales inveterados. Si ciertos casos de antropofagia se manifiestan entre ellos, es sólo cuando el hambre los acosa demasiado rudamente, y no matan a uno de entre ellos para comerlo sino en circunstancias análogas a aquellas en que europeos sitiados o náufragos han solido hacer otro tanto. En la Tierra del Fuego no pasa nada semejante a esas grandes hecatombes humanas, a esos banquetes espantosamente refinados en que los naturales de las islas de Fidjí se regalan con la carne de sus esclavos y de sus prisioneros preparada de cien modos diversos para halagar su sensualidad, su glotonería; -nada de semejante tampoco a esas expediciones de los Nyam-Nyans y de los Mombutus del centro el África, que, a pesar de poseer numerosos rebaños y campos fértiles y bien cultivados, van a atacar las poblaciones de sus vecinos, vociferando como grito de guerra: “¡Carne! ¡Carne!”
El fondo de la alimentación de los fueguinos es de los más miserables: el país lúgubre que habitan, húmedo y frío, produce pocos vegetales comestibles: cierta yerba amarga cuya flor se asemeja a la de nuestros tulipanes (P Nyel, Cartas edificantes, 1705), la baya es un arbusto enano y un hongo parásito de la haya (Darwin): he ahí todo lo que una tierra ingrata les ofrece. Bajo aquel clima en que la temperatura varía solamente entre +10 y -1 centígrados, según Darwin, es indispensable una alimentación más fuerte y sustancial, y es al mar donde los fueguinos van a buscarla. Aquellos indígenas son esencialmente ictiófagos; el pescado hace sus delicias, y cuando lo comen, lo que no les es fácil, puesto que no tienen redes y las líneas de pescar que poseen son lo más rudimentario que puede concebirse, no se toman a menudo el trabajo de hacerlo cocer: lo comen crudo y casi vivo aun. (Wallis).
Pero, para ellos, la buena, la excelente, la maravillosa fortuna llega cuando alguna ballena muerta viene a encallar en la costa; entonces, la banda dichosa que tiene la suerte de hacer este descubrimiento, se arroja sobre aquella masa de carne, la devora, se harta ávidamente de ella, olvidando en ese festín de carne, putrefacta la mayor parte de las veces, las angustias de un hambre que por lo general nunca es aplacado. Sin embargo, los fueguinos, se asegura, tienen la previsión de hacer reservas para los malos tiempos; entierran en la arena grandes pedazos de ballena, y en el tiempo de escasez vuelven a buscar aquel alimento desagradable, en estado absoluto de descomposición. Pero no tienen con frecuencia buenas fortunas semejantes, y el alimento cotidiano de aquellos indígenas consiste principalmente en moluscos. Los del Jardín de Aclimatación pasan el tiempo en comer almejas que se les distribuyen con abundancia; las esparcen sobre las cenizas calientes de su hogar, y una vez que se abren, rompen el molusco. Como todos los comedores de mariscos de concha, tienen los dientes gastados desde temprana edad, como lo prueban las mandíbulas de los adolescentes y de la joven del grupo que hemos examinado. Cazan también la nutria, la foca, el perro marino, y en las regiones vecinas de la Patagonia, la vicuña o guanaco; pero, a pesar de su destreza en el tiro del arco, la escasez de esos animales no les permite contar mucho con tales cacerías para variar y, sobre todo, fortificar su alimentación.
De los citados mamíferos es que sacan los elementos de sus trajes, muy simples por cierto. Los mejores vestidos son los que pueden disponer de pieles de guanaco. Este es el caso de los del Jardín de Aclimatación, que se envuelven en sus capas de cuero, poniendo el pelo una vez para dentro y otras para fuera. Pero en la Tierra del Fuego los hay más miserables, que no tienen para cubrirse en aquel país lluvioso y donde nieva con frecuencia, más que una pequeña piel de nutria que se ponen sobre las espaldas y con la que abrigan la parte de su cuerpo más expuesta a lado de donde viene el viento. A pesar de esta lamentable pobreza, los fueguinos tienen el gusto del adorno: -sin hablar de la alegría experimentada por los del Jardín de Aclimatación al adornarse con cintas de color brillante y con bujerías de vidrio dadas por los visitantes, diremos que entre ellos, en su país, si bien la práctica de picarse y pintarse el cuerpo no está muy desarrollada, sin embargo, goza de bastante estimación la costumbre de embadurnarse de negro, de blanco y de rojo. Se fabrican collares y brazaletes de plumas, de barbas de ballena y de conchas.
En cambio, el arte de la construcción permanece, por decirlo así, ignorado en la Tierra del Fuego. Las habitaciones de los indígenas, a pesar de la rudeza del clima, no son ni siquiera chozas, sino solamente cunas de follaje orientadas de modo que la parte menos mal cerrada se halle contra el viento; se enciende el fuego en la abertura, y se amontonan allí mezclados los indígenas, apretándose los unos contra los otros para sentir menos los efectos del frío. –Los fueguinos no son, por otra parte, sedentarios; vagan famélicos a lo largo de las costas, buscando sin cesar un lugar rico en pescados o en moluscos, que abandonan después de haberlo agotado. En sus emigraciones, navegan más que lo que caminan y es rarísimo que osen aventurarse a cruzar el mar inclemente de aquellas regiones, en las pobres embarcaciones de que están provistos. Para tener una idea de ellas, figurémonos unas largas y malas piraguas de corteza de árbol, cuyos pedazos están unidos y como cosidos con juncos; trozos de madera torcidos en semi-círculo hacen las veces de cuadernas y mantienen en lo posible la forma grosera de la embarcación, cuyas junturas están calafateadas con musgo y arcilla. En el medio de la piragua, sobre un lecho de guijarros y de arena húmeda, arde el fuego, que cada banda fueguina se guarda bien de nunca dejar apagar y que transporta cuidadosamente con ella o que alimenta, como lo hace la del Jardín de Aclimatación, en un gran tronco que lentamente se consume.

En la foto: confluyen distintos elemento: la artesanía de una canoa, el arco y la flecha tal vez de la cultura cazadora, la vincha patagónica y los pantalones pudorosos. La vegetación de corte europeo.


Después de la aclimatación, una aclaración.

Loas Anales de Ateneo del Uruguay agregaron las letra sobre los dichos de Girard de Rialle, vinculados a la exposición de fueguinos en Paris.

Son los de Bartolomé Bossi de quien hablamos en su momento en estas páginas y sobre el cutios viajes tomamos un croquis del espacio austral recorrido.

Pero vamos a la lectura.


LOS FUEGUINOS –Sueltos.

En El Siglo de fecha 12 del mes próximo pasado, ha publicado el Sr. D. Bartolomé Bossi una refutación al artículo del Señor Girard de Rialle que, bajo el título “Los habitantes de la Tierra del Fuego en el Jardín de Aclimatación de París”, insertamos en nuestro número anterior.

Son muy interesantes los hechos que se exponen en dicha refutación, y –lo declaramos con franqueza, -entre las afirmaciones del Sr. Bossi y las del Sr. De Rialle, nos quedamos con las primeras, -las creemos más autorizadas. –El Sr.Bossi, comandando su vapor Charrúa –vapor que hizo flamear el pabellón uruguayo por los mares del Sud, -ha visitado la Tierra del Fuego, y así es que habla con directo conocimiento de causa. –Si a la circunstancia de ser el Sr. Bossi testigo ocular de los hechos que afirma, se agrega la de que este marino es un hombre observador, inteligente y espeto en materia de viajes de estudio, se comprenderá que tenemos razón para asignar autoridad a su palabra.

No transcribimos el artículo del Sr. Bossi porque, habiendo aparecido en un diario de tanta circulación como El Siglo, no ofrecería novedad para la mayor parte de nuestros lectores. –Sin embargo, vamos a indicar algo respecto de las principales observaciones que contiene.

El Sr. De Rialle ha afirmado que, si bien los fueguinos no son antropófagos inveterados, sin embargo, cuando se ven acosados por el hambre, matan a las mujeres ancianas y las comen, a pretexto de que para nada son útiles. El Sr. Bossi desmiente esto y cita el hecho de que en las canoas que durante sus viajes se acercaban el vapor Charrúa, venían siempre mujeres ancianas que merecían de parte de los fueguinos.

Según el Sr. De Rialle, la Tierra del Fuego es un paíis en que el alimento es escasísimo, lo que hace que el hambre de sus tristes moradores nunca sea aplacada por completo. El Sr. Bossi refuta esta afirmación en los términos siguientes:

“Es tal la abundancia de choros blancos (mejillones) que ni dos millones de habitantes acabarían con ellos, y a fe que nosotros no nos cansábamos de comerlos de distintos modos, pues uno de los mariscos mas sabrosos, advirtiendo que los patellas magallanicus (lapas) son excelentismos y abundan de un modo prodigioso. Independientemente de otros y otros mariscos, hay una yerba marina que se cría en las rocas cerca de la orilla, que se llama cuchayuyo, que es un rico manjar estimado en todas esas regiones hasta Chile y que en las mesas más aristocráticas de Santiago, cuando pueden conseguirla, es un plato predilecto. –Tal vez el Sr. De Rialle haya confundido esa planta marina con la yerba amarga, y el hongo parásito con un marisco riquísimo cuyo nombre hemos olvidado, que se cría en las rocas de la costa y tiene casi la forma de un hongo.”

“A los fueguinos jamás les falta alimento; con el género molusco tiene superabundancia; en las yerbas marinas el cuchayuyo, el guiro y otros; en el mar el pescado, los lobos que jamás les faltan porque los hay a millares; penguinos y cauquenes, palmípedos bastante buenos para comer. En fin, si los pobres fueguinos fueran tan beneficiados por el clima como por los alimentos, serían los salvajes más felices.”

Respecto de la apreciación del Sr. De Rialle de que “los fueguinos usan piraguas de corteza de árbol cosidas con juncos y calafateadas con musgo de arcilla, “he aquí lo que dice el Sr. Bossi: “Hemos leído y no recordamos en este momento en qué paraje hay indios que usan piraguas o canoas de corteza, pero entre los fueguinos no existe tal construcción, ni hay en las regiones magallánicas tales árboles. –Las embarcaciones de los fueguinos son de forma bastante regular, muy parecidas a las gacetas, con la diferencia de tener la popa y la proa más levantadas, más largas uno o dos metros y mas alteradas por la marejada que se levanta en aquellos canales. –Son construidas de cueros de lobo, curtidos de tal modo que una vez unidos por una doble costura y colocados sobre un armazón en forma de cuadernas de Maitenes Magallánicos, madera que se dobla como se quiere, parecen á primera vista de planchas de madera negra, pues la unión de los cueros de lobos para sus embarcaciones la hacen con una doble costura, para cuya costura emplean una espina que les sirve de aguja, pero mas fina que el piolín, cuyo piolín de pescado o de pájaros marinos, -y sobre esa costura pasa una goma que tiene algo de nuestra brea- así es que jamás se ve una gota de agua en esas canoas, a menos cuando llueve, como es natural. No hemos visto una, sino cincuenta, y todas más o menos prolijamente construidas. Nuestros talabarteros no podrían hacer la costura mejor que la que hacen los fueguinos en la unión de los cueros. Ya puede juzgar el lector de la diferencia que hay entre las piraguas de corteza del Sr de Rialle y la nestra de cueros de lobos”.

El Señor Bossi cree que los individuos que han sido exhibidos como habitantes de la Tierra del Fuego en el Jardín de Aclimatación de París, no deben ser tales fueguinos, sino bohemios, provensales, napolitanos, hijos de París, o cuando mucho indos de la Oceanía, que se han prestado a la representación de una grosera farsa.

Respetamos la opinión del Sr. Bussi, pero no nos sentimos inclinados a aceptarla resueltamente.

El Jardín de Aclimatación de París es una institución seria, dirigida por hombres circunspectos; y ¿podrán tener cabida en ella la explotación y el fraude? El hecho de que los estudios etnológicos publicados por la prensa de París respecto de los fueguinos, contengan numerosos y crasos errores, ¿será argumento suficiente para afirmar que no han sido los individuos exhibidos sino fueguinos falsificados, de imitación, de farsa? ¿No es posible que hayan sido verdaderos, y se deban los errores padecidos por los observadores parisienses, a las falsas historias contadas por los individuos que dicen condujeron a los indígenas desde su país natal a la capital de Francia?

Se nos ocurren estas dudas, pero no nos juzgamos habilitados para resolverlas.

No nos parece que el artículo del Sr. Rialle deba ser considerado como un simple reclame. –Cualesquiera que sean los errores consignados en él, la verdad es que ha sido publicado por un periódico digno de respeto, -la Revista Científica de Francia y del Extranjero, -y esta circunstancia debe hacernos pensar que esos errores son el efecto, no de la mala fe o la codicia, sino de la falta de conocimientos que existe en Europa, y aun en la misma América, respecto de las poblaciones indígenas que habitan las diversas regiones de esta última.

Cumplido el deber de dar una idea del artículo del Sr. Bossi, para que en las mismas columnas en que apareció el del Sr. De Rialle aparezca también su refutación, sólo nos resta manifestar que nosotros, al dar a luz el referido trabajo del Sr de Rialle, no hemos pretendido en manera alguna prohijar las opiniones que contiene.

En todos los números de los Anales se hace la declaración de que el Ateneo no se constituye responsable de las ideas que viertan los autores de los artículos que se publiquen. Vimos en un periódico serio, como lo es La Revue Scientifique, un artículo relativo a cosas de nuestra América del Sud, y juzgando que el tema en si mismo era interesante, le dimos un lugar en nuestras columnas. Ahora nos felicitamos por ello, porque el artículo del Sr. De Rialle, que de otro modo habría pasado quizá desapercibido, ha dado motivo para la interesante publicación del Sr.Bossi, que ha venido a enterarnos de muchos conocimientos útiles respecto de los habitantes de Tierra del Fuego, indígenas americanos que pro hallarse, puede decirse, en nuestra vecindad, deberían ser conocidos mejor de lo que son entre nosotros.

No tenemos conocimientos en la materia de que se trata, pero, sin embargo, cuando nos ocupamos de traducir el artículo del señor de Rialle para los Anales del Ateno, no dejamos denotar algunos de sus errores como, por ejemplo, el de decir que los fueguinos cazan vicuñas, cuando es sabido que, como lo establece el Sr. Bossi, estos animales viven en las regiones andinas de Bolivia y del Perú.

Nos es grato cerrar estas líneas poniendo a disposición del señor Bossi las columnas de los Anales del Ateneo.