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ARNOLDO CANCLINI: El primer avión en Ushuaia



Ya en sus últimos años Arnoldo Canclini publica una serie de monografías sobre temas que resultaron atractivos para el lector que impactaba con la realidad de Ushuaia, fundamentalmente al viajero…, tan pensada en él que cada tomo tiene carácter bilingüe.

Es protagonista de esta historia de El primer Avión en Ushuaia, Gunther Pluschow, aviador alemán de novelesca vida que el 3 de diciembre de 1928 conduce su nave –el Cóndor de Plata, a la bahía de Ushuaia, acuatizando en ella. Entonces entregará una saca de correo procedente de su anterior destino Punta Arenas.
Amado por unos, sospechado de espía por otro, este germano andarín se posó sobre las aguas del fin del mundo y nos incorporó a esperanzados senderos del progreso.
Si quien lo lee ve despertar mayor curiosidad sobre la existencia de este aeronauta podrá dar un gran salto, en otras producciones sobre el existir de Gunther, del cual no daremos mayores detalles, señalando tal vez que como otros de los que nos dieron a conocer: Popper, Chatwin, antes de llegar a la Tierra del Fuego estuvieron en China.



-¿Te gustaría quedarte un poco más para seguir espiando? Hernán Genovese, que lee y escribe.



En este caso con un encuentro entre Omoylume, canoero del fin del mundo, y los marinos.. del Gran Mundo. Para mejor comprensión pueden buscan en este mismo blog una publicación reciente de la cual es continuidad.



Rápidamente, los indios que estaban en el lugar se reunieron en la costa. No pasaban de una docena (...). Observaron atentamente cuál era la actitud de aquella gente extraña, con sus rostros blancos como pecho de pingüino y sus cabellos como las hojas cuando están secas. Pero se veía poco de ellos, ya que estaban cubiertos hasta el cuello con lo que parecían ser ropajes.

Los hombres subieron apresuradamente a sus embarcaciones, tomando los remos, mientras las mujeres se escondían entre los primeros árboles. Omoylume miraba la escena, con pena de perderse la experiencia. Pero un tío suyo, que ya estaba a punto de partir, lo vio y lo llamó:

-¡Eh, muchacho! ¿Tienes ganas de ir a ver?
-¡Voy corriendo¡ ¡Espérenme!

Remaron con brío (...). Llegaron casi hasta tocar la nave y comenzaron a gritar con todas sus fuerzas. Desde arriba, les hacían señas y se dieron cuenta de que pretendían algún intercambio. Uno de ellos tenía dos grandes pescados y los levantó sobre su cabeza como ofreciéndolos.

Cayó un par de sogas por el costado de la nave y comprendieron que era una invitación. Llevando en la boca su mercadería treparon con agilidad. El muchacho se fue hacia un costado y comenzó a mirar por un orificio. Un hombre muy erguido, que tenía una casaca azul y algunos objetos dorados encima, quiso dialogar con él, pero no resultó posible. Su tío le preguntó:

-¿Te gustaría quedarte un poco más para seguir espiando?
-Quizás. Respondió dubitativamente el muchacho.

“(El que vestía de azul) sonrió, mirando con simpatía al jovencito. Luego, pareció como que notara que tenía un botón a punto de caerse y se lo arrancó. Entregó el pedacito de nácar al indio, quien tuvo la idea de que era una especie de compensación por la visita de su sobrino. A nadie se le ocurrió que estaban comprando o vendiendo a alguien. De hecho, cuando a los pocos días volvió el padre de Omoylume, se enfureció con su hermano:

-¡Vendiste a mi hijo por esta tontería!
- Yo no lo vendí. Él quiso quedarse y el hombre me dio esto.

Pero aquel botón de nácar estaba destinado a la fama. Para los marinos, “Omoylume” era algo demasiado complicado. Por eso le pusieron un sobrenombre, con el cual el muchacho pasaría a la historia. En su idioma, el inglés, “Button” significa “botón”, y esa palabra sonaba buena como apellido. Alguno pensó en un nombre muy común, o esa “James”, pero, como era un niño, escogieron un diminutivo. Así fue como el pequeño fueguino llegó a ser conocido, y a su tiempo a ser famoso, como Jemmy Button”. (Canclini, Arnoldo: “El Fueguino. Jemmy Button y los suyos”. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1998).

Digamos también que en el área geográfica a la cual refiere Arnoldo Canclini, la cartografía actual incluye una isla que lleva el nombre “Button”, ubicada en el Seno Ponsonby, al sur del Canal Murray.

“Omoylume salió a caminar por la playa como todos los días..” Escribe Hernán Genovese.



La pluma de Arnoldo Canclini - autor fallecido el 10 de junio de 2014 -, nos dejó variados textos sobre historia fueguina. Una gran parte de su obra se centró en los aspectos concernientes a los misioneros anglicanos ingleses, quienes habían llegado a la Isla en el siglo 19 con el fin de evangelizar a los aborígenes yámanas, acercándolos a la vez a las normas y conductas que organizaban la vida del hombre civilizado. Alrededor de esta temática, Canclini publicó varios textos de importante circulación. Ejemplo de ello, es una colección de cuatro libros de la Editorial Marymar - hoy desaparecida aunque sobreviviendo con el nombre de CEFOMAR Editora - a los cuales Canclini tituló con los nombres de los principales misioneros anglicanos: Allen F. Gardiner, Waite H. Stirling, Tomás Bridges y Juan Lawrence.

El momento en la línea de tiempo fueguina en el cual aparece el grupo de fueguinos que fueron llevados por el Capitán Fitz Roy a Inglaterra en 1830, fue abordado por Arnoldo Canclini a lo largo de los años en diferentes trabajos.

Del libro citado en el artículo, “El fueguino. Jemmy Button y los suyos”, transcribo un extracto del capítulo inicial titulado Encuentro, en el cual el autor realiza una mirada posible sobre cómo pudieron haber ocurrido los hechos que derivaron en el sobrenombre Jemmy Button asignado a un aborigen fueguino.

“Aquella mañana, Omoylume salió a caminar por la playa como todos los días (...). Era el 11 de febrero de 1830 (...). Mientras caminaba al azar por la playa, pensaba en arrojar alguna piedra a una bandada de avutardas o de pingüinos para mejorar de ese modo su dieta, ya que no estaba seguro de cuándo regresaría su padre, que había ido con otros a perseguir una manada de guanacos (...). Un niño de doce años como él ya debía ser capaz de proveer algo y eso era lo único que le preocupaba.

Aunque algunos lo llamaba Show-lu-a, también le habían puesto Omoylume, y luego se crió en Wula, la gran isla en que vivían casi siempre. Aquel lugar, del que iban y venía periódicamente, era Wulaia, o sea la bahía de Wula, aunque él realmente había pasado sus primeros días en Wul-isk, el islote que estaba enfrente, y que ocultaba la vista del gran canal Onashaga.

Pero avanzada la mañana, una aparición surgió detrás del islote. Era una nave de dimensiones colosales (...). (...) Encima tenía una serie de grandes objetos blancos y planos que se hinchaban con el viento. Se veía una serie de hombres que iban de un lado al otro (...).

Nota: Hernán Genovese es la persona que más sabe de Tierra del Fuego y su historia, en Buenos Aires.

                           

Not

Nota

Lecturas de fin de semana. El periodismo en Tierra del Fuego.

El libro de ARNOLDO CANCLINI con el cual colaboramos junto a Julio Rodríguez se encuentra en formato PDF, y brinda una aproximación al periodismo escrito en nuestro lugar.

Alimentémosnos de ello en estos días en que la labora periodística crece en ponderación pública.

http://www.academiaperiodismo.org.ar/publicaciones/elperiodismoentierradelfuegoimprenta.pdf


Tres fueguinos en un prostíbulo.

Arnoldo Canclini en su libro EL FUEGUINO, Jemmy Button y los suyos, da cuenta en forma documentada y novelada de la existencia de aquellos nativos que fueron llevaros por Robert FitzRoy, en la Beagle, a un aprendizaje de vida inglés.

De por medio cuenta lo que pasó cuando cuando recalaron en Montevideo y los tres jóvenes canoeros del fin del mundo fueron llevados a un lenocinio en la capital de la Banda Oriental del Río de la Plata.l

Hacía algunos meses que la tripulación no tocaba puerto en una ciudad más o menos civilizada  el permiso para bajar a tierra recién llegaría al día siguiente. Pero algunos de los marineros pensaron que eso era injusto, pues no creían que se podía deber a los rumores de alguna epidemia en el lugar. Urdieron un plan para eludir la guardia y escaparse a visitar cierta casa que uno de ellos, conocedor ya de la ciudad, había visitado en otra oportunidad.
El sujeto enseguida encontró cómplices y a uno de ellos se le ocurrió llevar a los fueguinos varones para aumentar la diversión. ¿Cómo reaccionarían los salvajes en una casa de citas? Por cierto, era una cuestión interesante. Los tres lo aceptaron, porque ellos también estaban saturados de la navegación y sentían cierto tufillo a aventura; además no tenían la menor idea de dónde iban, porque en su tierra no había ni lejanamente algo parecido a la prostitución. Así fue cómo York, Boat y Jemmy se dejaron guiar por los atrevidos hombres que se exponían a un castigo de gran severidad.
Caminaron algunos cientos de metros por calles muy oscuras. El conocedor golpeó a una puerta y enseguida le abrió una muchacha mulata que lo identificó. Sabía algunas palabras en todos los idiomas de las tribulaciones que tocaban allí, ya que eso era parte de su modus vivendi.
-Hello, my dear! –dijo en tono sugestivo, que despertó la virilidad del marinero.
Con gestos ampulosos y palmaditas en los brazos y las nalgas de los más cercanos, los hizo pasar a una especie de sala, muy poco iluminada. Jemmy comenzó a sentirse incómodo. De detrás de una cortina, apareció una mujer vestida de colores chillones y con un peinado extravagante. Ésta comenzó a hablar en voz muy alta, aunque no se molestó por hacerlo en inglés.
-Hola, hola, ¿cómo les va a mis muchachos? Pero antes que alguien pudiera contestar, abrió los ojos desmesuradamente y comenzó a chillar. Aunque los fueguinos se ocultaban detrás de los otros, el único foco de luz encendido estaba exactamente encima de ellos. Era como si se hubiera querido iluminar exclusivamente a York, cuya figura se hacía muy ostensible y con aspecto atemorizador.
-¿Qué es ese negro sucio que traen? ¡Ésta es una casa de gente! –gritó en forma estridente.
El aludido era muy duro de oído para el inglés y no sabía nada de castellano, pero al ver el dedo levantado hacia él, en ese tono de voz, la palaba “negro” –tan parecida a las que usaban cuando querían despreciarlo a bordo- le hizo surgir una furia incontenible. Jamás una mujer lo había apostrofado en ese tono. Nadie habría esperado su reacción. SE abrió paso entre dos marineros que lo separaban de ella y, en menos de diez segundos, le había dado un bofetón en la cara, haciéndola caer al suelo, con la boca y la nariz sangrando.
Los ingleses se lanzaron sobre él y dos muchachos que entraron apresuradamente trataron de ayudar a la víctima, pero el indio se había descontrolado y comenzó a repartir golpes a diestra y siniestra, dejando el piso a cuantos se le acercaban. La mujer se arrastró para cobijarse detrás de sus defensores, aunque parecía que nada podía contener al gigante. Pero Boat y uno de los marineros lanzaron voces y, sin razón alguna, York se detuvo jadeante. Todos salieron corriendo de la casa y no se detuvieron sino a doscientos metros del barrio. 


Allí les vino el temor de las consecuencias de su acción. Si el comandante se enteraba de la aventura y sobre todo de que habían implicado a sus protegidos, les esperaba no menos de una docena de azotes. Se miraron cuidadosamente y notaron que Jemmy tenía un raspón en la mejilla. Les hicieron serias advertencias de que no debían decir nada a ningún oficial y los tres estuvieron de acuerdo, ya que a esa altura comprendían bien que se habían involucrado en algo indebido. En realidad, al día siguiente, FitzRoy estaban tan impresionado por el diálogo en la casa del cónsul que no notó nada, amén de que el muchacho se las ingenió para eludirlo. 

LECTURAS DE FIN DE SEMANA: El mito del sol y de la luna, escrito por Arnoldo Canclini.

Los onas se autodenominaban "selknam", hombre de a pie. Eran básicamente cazadores. Habitaron en nuestra  Isla Grande de la Tierra del Fuego. 

A comienzos del siglo XX, fueron sometidos a un exterminio por los estancieros dedicados a la crianza de ovejas, y la policía, avanzada del "estado civilizadorio", que completó el daño que generaron en ellos las enfermedades portadas por el colonizador. 

Algunos pocos lograron sobrevivir dando lugar a una descendencia mestiza, más de quinientos fueguinos que reivindican su origen.. 

Una obra clásica sobre los onas surgió del tesón del antropólogo austríaco Martín Gusinde quien, en la década de 1920, convivió con los onas y presenció su ritual fundamental, elhain. 

El 1966, murió Lola Keipja, la última hechicera. 



Sus cánticos de estirpe chamánica fueron grabados por la antropófaga  francesa Anne Chapman, autora también de un importante libro sobre este pueblo. 
 Aquí honramos a los antiguos fueguinos con el recuerdo del mito que narra los orígenes de lhain, el rito de iniciación, esencial de su cosmovisión... 

Hace mucho, mucho tiempo, Krren, el Sol, y Krah, la luna, vivían en la tierra de los onas. En esa época las mujeres dominaban a los varones, a quienes trataban como a sirvientes, obligándolos a cumplir con las tareas más bajas. Entonces eran ellos los encargados de cargar los bultos, cocinar, cuidar a los bebés o acarrear el agua hasta las chozas.En determinadas ocasiones las mujeres, dirigidas por Krah, se reunían en un amplio toldo para llevar a cabo una ceremonia secreta que se llamaba hain. El hain era una especie de fiesta donde las jovencitas eran proclamadas mujeres y donde la presencia de los varones estaba prohibida. Durante el rito, las participantes se reunían alrededor del fuego y se disfrazaban: se pintaban el cuerpo con arcilla roja y blanca y se cubrían de plumas. Los hombres, mientras tanto, escuchaban los gritos y no se atrevían a acercarse por miedo a contrariar a los espíritus convocados. Pero un día tres hombres jóvenes, osados y curiosos llamados Sit, Kehke y Chechu se resolvieron a espiar a las mujeres durante el hain. Querían saber qué pasaba en la choza prohibida y develar el secreto del poder femenino. Los tres hombres se fueron acercando con sigilo, mirando atentamente a su alrededor y ocultándose cuando les parecía necesario. Al llegar junto al toldo y atisbar por entre las junturas de los cueros se dieron cuenta de la gran verdad: los temidos espíritus no eran más que sus propias mujeres, a quienes reconocieron una por una. Lleno de rabia, Sit lanzó un fuerte silbido de aviso, y todos los hombres corrieron hacia la choza donde se desarrollaba el hain provistos de piedras y palos. Todos juntos se lanzaron contra las mujeres y las golpearon hasta matarlas.
Rápidamente Krah apagó el fuego sagrado y quiso organizar la defensa, pero Krren la enfrentó, furioso por el engaño. Enceguecido, le dio fuertes golpes en la cara y la derribó sobre las brasas de la hoguera. Su enojo era tan grande que mató a su propia hija, la hermosa Tamtam. Hijas, madres, hermanas, esposas fueron ultimadas, todas menos las niñas que todavía no hablan llegado a la edad del hain. Cuando los hombres se calmaron, contemplaron desolados los despojos. Comprendieron que no podrían seguir viviendo allí y decidieron marcharse. Hombres, niños y niñas pequeñas se dirigieron hacia el Este, muy lejos, más allá de los mares, donde el mundo se acaba. Y allí se quedaron durante mucho tiempo, llorando a sus mujeres muertas y su soledad. Sólo cuando las niñas se convirtieron en jovencitas los hombres decidieron volver a su tierra para repoblarla y comenzar de nuevo. Pero la vida de los onas nunca volvió a ser la misma. Desde ese momento Krren y los hombres dispusieron que el hain fuera una ceremonia secreta de la que sólo ellos participaran. Y dominaron el mundo mientras las mujeres, privadas de la protección de Krah, fueron sometidas para siempre. Después de la derrota, Krah, desesperada de dolor y humillación, se sumergió en el mar, nadó hasta el horizonte y desde allí subió al cielo, que sería desde entonces su nueva morada. Estaba furiosa con Krren, con los hombres y con todos los espíritus masculinos, pero también se sentía ufana de ser la única que había salvado la vida. El Sol fue tras ella, burlándose de su cara manchada por los moretones y las quemaduras, pero no pudo ni podrá alcanzarla jamás. La gran persecución se repite todos los meses. Krah asoma poco a poco su rostro dolorido y se muestra por completo, clara y redonda, pero cuando divisa a Krren y comprende que él sigue dispuesto a maltratarla, comienza a esconderse hasta desaparecer. La Luna es rencorosa, recuerda siempre el tiempo en que era reina y señora y no perdona a los onas, que ayudaron a Krren a destronarla. Por eso envía desgracias a la Tierra y se lleva a los niños cuando las madres se descuidan. Los onas le tienen mucho miedo, no se alejan de sus toldos por las noches, no se unen con sus mujeres en luna llena y convocan a los hechiceros para que, con sus cantos, destruyan el influjo de Krah. Muchas veces la maldicen levantando sus puños hacia el cielo, ordenándole que se vaya y deje de enviarles tormentas y enfermedades. Ella, como si obedeciera, desaparece por unos días, pero luego, burlonamente, vuelve a asomarse. Una vez cada tanto, Krah no adelgaza sino que empieza a ponerse oscura y permanece así, como tiznada por el odio. Entonces los onas siguen el mandato de sus hechiceros y resisten ensimismados, rogando todos juntos para que pasen pronto las horas angustiosas del eclipse.

EL doctor ARNOLDO CANCLINI escritor de raigambre histórica, cristiana y fueguina es una de las pérdidas de este año 2014. Su visión morigerada de los relatos nativos adquirió gran difusión en ámbitos escolares.

Ante la vida de ARNOLDO CANCLINI.


Tal vez haya sido hace quince años, o un poco menos cuando lo visité en su oficina de la calle Valle, en la Capital Federal-

Me había dado todas las indicaciones del caso sobre como llegar utilizando los medios convencionales de todo porteño, en subte hasta aquí, y de ahí adelante en colectivo. Pero yo no me animé a tanto y usé el taxi. Llegué con media hora de anticipación y él por supuesto estaba todavía en viaje.

La oficina se la debía a un discípulo, por el lado de su fe evangélica, que le facilitaba la manera de tener un lugar de trabajo lejos del hogar. Era la identificada con la letra D en un edificio que tal vez correspondiera a la arquitectura de los años cuarenta.

Desde la puerta de edificio, donde hacía tiempo, lo vi llegar: bajaba de una colectivo amarillo, vestía a la fueguina. Si en Ushuaia siempre había sido una presencia formal con su traje gris, su corbata, aquí se mostraba campechano como un sureño, la remera se abotonaba al cuello, la campera era negra e iba abierta. Me estrechó cálidamente la mano y cuando dígo cálidamente lo digo en serio porque era un frío día invernal, húmedo de Buenos Aires.

En su escritorio me puso al tanto de sus inquietudes, cosa que en parte sabía: escribía sobre nuestra tierra y en tiempo histórico se centraba en Ushuaia, y la gesta anglicana. Pero en lo alto de una suerte de placard estaban alineados por orden cronológicos todas sus publicaciones, las fueguinas y las que no lo eran, puesto que tenía autoría sobre textos de factura filosófica y religiosa, e historias en otro contexto. Me impactó tan enorme producción.

Allí estaban los libros que en mi biblioteca adquirían otro orden, y algunos que por confianza había perdido a manos de esos amigos que siempre nos sobras: El Jimmy Button, y Tierra del Fuego, su historia en historias.

Yo le transmití mi impresión que Orondélico –tal el nombre de Button- era sin lugar a dudas el fueguino más famoso; de mi primer conocimiento sobre su drama en un artículo publicado por Bernaldo de Quirós en un a Primera Plana de los años 70, de la siguiente en Cabo de Hornos del almirante Félix Riesberg; y del sesgo antiimperialista que crecía en torno a su figura. Canclini lamentó cuanto mejor suerte había tenido la ficción de Silvia Iparraguire, llamada Tierra del Fuego, que su documentado trabajo.

Y me dio cuenta del drama de publicar en Argentina, los libros no tardaban en pasar a saldos, y al año se hacía una evaluación con los autores, se pagaban derechos por lo que se había vendido, y si no se superaba la primera edición se pasaba a depósito lo que iba quedando, si el autor no conseguía comprarlos con algún trámite de darle otra circulación terminaba por venderse al peso.

Eso fue lo que pasó con su trabajo sobre Piedra Buena, ese sería el camino que tomaría Si, quiero. Historias y anécdotas del matrimonio en la Argentina. Un libro valioso que debió competir en su momento con una oleada de publicaciones que abundaron sobre las inconductas sexuales de nuestros prohombres.


Los últimos días me cercaba el recordarlo: cuando escribí sobre la Goleta Blanca lo hice tomando el libro del Centenario de Ushuaia, esa obra que ha inspiración de Jorge Vsalovic le tocó materializar. Ya con anterioridad –el día del inmigrante italiano- traje una mención sobre su libro impreso los días de Manfredotti senador. Pero también vine a recordarlo en algunas referencias al capitán Smiley aparecida en Salvaje de Rick Hazlewood; el había escrito una serie de tres artículos sobre aquel marino que adiestró a Piedra Buena, escritos que pueden consultarse en la colección de la revista Impactos de Punta Arenas, de cuya publicación hice de mediador.

Canclini en su condición de pastor bautista dotó a su mirada histórica de un tono moralizante. Pero no fue para cuestionar las conductas de los protagonistas. Fue para ser indulgentes con los mismos. Vino a confesarme que moderó en el Libro de Centenarios los testimonios de una familia que podían herir a otra, que en el caso de los trabajos rescatados de los repositorios documentales sobre la cárcel que tenía Juan Carlos Lovece –cinco tomos- no se atrevió a colocar los nombres verdaderos de vecinos de Ushuaia que hoy por hoy tenían una descendencia que incluso ignoraba muchos detalles del pasado; que se excusó de dar tratamiento a la condición política que en los archivos de la Armada identificaban a los inmigrantes del Génova; y hasta depuró la mirada sobre las Leyendas Yámanas, a las que entregó con gran ingenuidad, aptas para todo público y sin descripciones de tono sexual.

Nuestra primer colaboración con él fue al momento de escribir sobre la Armada en Tierra del Fuego, nos pidió por intermedio de Alberto Vicente Ferrer dar noticias sobre la institución en el norte isleño; espacio sobre el cual el nunca se consideró autorizado, aunque con los años escribiría un interesante Julio Popper, quijote del oro fueguino. Entonces se le aporté una mirada de niño y joven, en la década del 60, sobre los roles públicos de la Marina, en nuestro Río Grande. Me agradeció que fuera el primero y entregó a modo de presentación un elogioso concepto sobre mi persona, a la que además acompañó de una suerte de de retrato callejero mío, despeinado por el viento estepario.

Nuestra última contribución fue en el 2010. Le habían encargado escribir una Historia del Periodismo en Tierra del Fuego y ya por su edad no podía llegar aquí. Yo estaba en reposo riguroso después de un accidente pero conseguimos dos cosas: Julio Rodríguez para que lo ilustrara sobre Ushuaia; y Patricia Cajal, mi esposa, para que hiciera de intermediara. Los mail viajaban de aquí para allá. Los amigos –protagonistas de la vida periodística local- enviaban sus memorias. Un día Patricia llevó al  Correo una encomienda con varias publicaciones. Al tiempo el libro llegó a la imprenta y como sobró mucho material me comprometió a que un tiempo después de su muerte fuera yo quien ampliara lo que en germinaba de bosquejar.

Este libro hoy se puede consultar y bajar de internet, en formato pdf, siguiendo esta referencia:



Ahora que quieren que le diga..¡partió! En un día en el cual me disponía a escribir algo así como 10 de junio: una fecha con doble significación para la vida malvinera. Tal vez dentro de un año sea diferente, y la titule 10 de junio, una fecha con triple significación para la vida fueguina, y la significación final ronde la existencia de Don Arnoldo.