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SOBRE LOS ORIGENES DEL HOSPITAL DE RIO GRANDE


 Muchos logros del pasado riograndense no están marcados por un hecho inaugural, de esos que actualmente están dado por presencias de autoridades, descubrimientos de placas, discursos ad hoc.

Todo comenzaba a funcionar cuando ya estaba en condiciones de hacerlo.

De allí que en el tiempo desaparezcan datos precisos para festejar, y para marcar a partir de acontecimientos protocolares un punto de partida.

El Hospital de Río Grande gira en torno a esta circunstancia.

Ya en algún momento hemos dicho que las instalaciones del Frigorífico no constituían un hospital en sí, eran un servicio médico propio del establecimiento fabril que disponía de un profesional para servicio de los trabajadores y empleados y –por convenio- con los trabajadores de las estancias. Cuando se debía atender a alguien que escapara a ese sector el servicio se facturaba. Hemos mostrado las liquidaciones que por accidentes atendidos se les requirió a Vialidad Nacional.

En el testamento de José Menéndez había quedado explícito su deseo de un Hospital para Río Grande, pero esta clausula no se cumplió.

No era Salud Pública, era salud privada. La Salud Pública comenzó con el Centro de Higiene Materno Infantil y la presencia del doctor Salvador Serpa, médico de Salud Pública- atendiendo a embarazadas y niños en casa alquilada a Francisco Bilbao.

Esta función se jerarquizará cuando en los antiguos cuarteles del ejército se habilite un pabellón con destino a Hospital, donde prestará servicios como médico el Doctor Barabino, quien procederá a inaugurar las instalaciones el 17 de octubre de 1947, en tiempos justicialistas, y con un Ministerio de Salud Pública ejercido a nivel nacional por el doctor Ramón Castillo.

Muchos vecinos dicen que ese era el Hospital del Batallón y se confunden, era de Salud Pública, el Batallón de Infantería de Marina Nro 5, llegará recién en 1951 y si bien prestará profesionales no  será la atención de la población civil un ámbito de su incumbencia.

La construcción del Hospital Rural fue un episodio prolongado, obra realizada por administración Obras Públicas de Nacional. Cuando comience a habilitarse será por el efectivo trabajo en zona de Roberto Campanella.

¿Pero hay una fecha para consignar?

Colocamos estas referencias de tipo administrativo para apoyarnos en ellas como punto de partida de este importante logro para la comunidad:

Y para ello vamos a los Boletines ministeriales.

      Designase nuevo interventor en el Hospital Rural de Río Grande, Tierra del Fuego. Resolución Nº 1.220. Agosto 16 de 1962. visto que por Resolución Nº 748, del 29 de Junio de 1962, se declaró intervenido el Hospital Rural de Río Grande, Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur; y Considerando que por dicha Resolución se designó interventora a la Doctora Elba Aurelia Villafañe Bombal (Legajo Nº 21907) a quien es necesario reintegrar a sus funciones; por ello, el Ministro de Asistencia Social y Salud Pública resuelve: Artículo 1º.- Desígnase a partir del 3 de agosto de 1962, a cargo de la intervención del Hospital Rural en Río Grande T…, al doctor Carlos Alfredo Pacheco (clase 1930, DM Buenos Aires, MI 4.239.840, CI 2.545.964, Policía Federal) por las razones expuestas en los considerandos de la presente. Art. 4. De forma.   Padilla.

Y una tercera resolución concatenada a la anterior.

Habilitación parcial del Hospital Rural en Río Grande, Tierra del Fuego. Resolución Nº 1016. Septiembre 24 de 1963. visto el presente expediente Nº 21.715/63 mediante el cual -y conforme a instrucciones que en sus oportunidades le fueran impartidas- la Dirección de Abastecimiento, Producción y Conservación, con intervención de personal técnico de su dependencia, ha formulado el estudio y nómina de elementos necesarios para concretar la habilitación parcial del Hospital Rural de Río Grande (Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur); que el citado proyecto -según constancia de fojas 237- y con la previa adecuación de algunas cantidades de elementos y la inclusión de otros, ha merecido la aprobación de la Dirección de Organización y Administración Hospitalaria; y Considerando: que habiendo sido ya regulados los renglones observados y agregados los sugeridos por el citado organismo, corresponde autorizar la realización de la operación proyectada; por ello, y en uso de facultades que les son propias, el Ministerio de Asistencia Social y Salud Pública resuelve:

      Artículo 1º.- Apruébese el proyecto presentado por la Dirección de Abastecimiento, Producción y Conservación para llevar a cabo la habilitación parcial del Hospital Rural de Río Grande (Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur) y que por el presente acto se autoriza.

      Artículo 2º.- Apruébense las nóminas obrante en fojas 215 a 234 y de 241 a 242, que forman parte integrante de la presente y que contiene el detalle completo de los elementos que deben ser emitidos al servicio, a cuya habitación se refiere la presente. Tales bienes, que en conjunto han sido valorizados en la cantidad de un millón seiscientos setenta y dos mil quinientos cuarenta y dos pesos, con setenta y ocho centavos moneda nacional (1.672.542,78 m/n) serán hechos llegar a destino por intermedio de la Dirección de Abastecimiento, Producción y Conservación previa intervención de la Dirección General de Administración.

      Artículo 3º.- Regístrese; publíquese en el Boletín del día; pase sucesivamente a la Dirección de organización y Administración Hospitalaria y Dirección General de Administración a los fines de la intervención que les compete; y siga a la Dirección de Abastecimiento, Producción y Conservación a los fines de cumplimentar lo ordenado en el Artículo 2º, cumplido, archívese (permanente), Rodríguez Castells.

En la foto: Patricia Cajal y el cartel que lleva el nombre del establecimiento.



LA CANDELARIA 1921.2


Aquí se puede ver la plana mayor del Piedra Buena, formando parte de una tarjeta que se distribuyó a posteriori del naufragio de 1921.
Hubo destinatarios entre los vecinos de Río Grande que, según lo escrito oportunamente más abajo, se mostraron solidarios en los días de rescate.

LA CANDELARIA 1921.1



Aquel Transporte Naval, que fuera antes Cañonera Paraná.
Con su perfil en un horizonte acuático.
Antes de su sepultura final en la Caleta de la Misón, de la cual dimos cuenta más abajo.., y hace 20 años.

LA CANDELARIA 1910.2


Nos acercamos un poco sobre la foto de Alberto De Agostini, y descubrimos en lo alto de Yarken la cruz y la capilla que instalaron los salesianos.
En el momento que se editó La Candelaria no se podía pensar presupuestariamente en ilustrarla con fotografías. Ahora que después de 20 años hemos colocado en el blog la edición aquella, seguimos sumándo imágenes y aceptaríamos recibir algún nuevo diseño con todo esto.., dado por alguno de nuestro lectores.
Un poco del ir y venir que nos brinda internet.

LA CANDELARIA, desde la crítica.


El 28 de junio de 1990, como parte de las actividades del Ateneo Generación Fueguina, se realizó en el Café de los Angelitos una reunión literaria en torno a mi libro La Candelaria que ahora puede leerse en este blog. En el transcurso de la velada Leonor María Piñero, hizo ponderaciones que desde siempre agradezco, y que sumo a las interrelaciones que se vienen dando a partir de la publicación de todos aquellos relatos.

Hace varios años atrás, los oídos de los riograndenses estaban llenos de la advocación de la Virgen “Nuestra Señora de la Candelaria”. No sólo así se había llamado la misión fundada por los salesianos sino la avenida Belgrano, igualmente este nombre con la mencionada advocación. Pero esto, un buen día, se revirtió: la parroquia comenzó a denominarse “Don Bosco” y el hospital pasó a ser “Hospital Regional Río Grande”. Ahora, ha venido muy bien que Mingo Gutiérrez titulara a su obra “La Candelaria”, ofreciéndonos narraciones que detienen nuestro pulso en diversos sucesos acaecidos a lo largo de los años dentro del ejido de la misión salesiana, cuya presencia tanto nos ha significado. Esta tarea que se han impuesto los escritores e historiadores de Tierra del Fuego, de rescatar hechos que de otra manera, quizás se perderían, tiene una importancia capital, tanto para nosotros mismos como para el futuro generacional de nuestro archipiélago, ya que constituyen, de por sí, verdaderos documentos surgidos de una auténtica vocación de servicio. Se dirá de nosotros, sin duda, que hemos soñado y vivido en esta Tierra del Fuego de fines del siglo XX, que con escasos elementos, alejados de los más importantes archivos y bibliotecas y de los principales diarios del país, hemos tratado, como Mingo Gutiérrez, llevar a cabo una tarea meritoria por estar realizada con el noble propósito de asir retazos de historia plasmándolos con unción, cariño y, sobre todo, respeto. Respeto hacia el hecho histórico en sí, respeto hacia las figuras protagónicas, respeto hacia la propia tarea y respeto por el futuro.

Seis relatos componen “La Candelaria” que se inician con la fecha de 1966 para ir, en forma retrospectiva hasta 1894, pasando por 1952, 1946, 1921 y 1910. Y merced al flujo que siempre emana de la palabra, podemos evocar a aquella Radio Misión Salesiana que, durante dos horas al mediodía, llegaba a los hogares riograndenses, cumpliendo la primera etapa radiofónica de nuestra villa de entonces. Hasta que cesó, cuando ya Radio Nacional Río Grande, con su potencia, ganó no sólo la audiencia de nuestros hogares, sino del hogar rural surcando sus ondas sonoras espacios patagónicos que supieron de nuestras inquietudes y de nuestro activo palpitar. Y allí surge la figura de un sacerdote preclaro como fue el P. Muñoz, cuya palabra clara y precisa, de graves tonos, supo dejarnos homilías que constituyeron auténticas piezas oratorias. Y surge esa otra, la del P. Forgacz, cuya tarea en pro del deporte por y para la niñez y la juventud se apreció cabalmente después de su tránsito y que aquí nos la devuelve Mingo envuelta en ese halo tan particular en el cual se hallaba inmersa. Asimismo, la evocación del “Piedra Buena”, hundido frente a las costas de La Misión, nos detiene un instante en ese trágico episodio que puso a prueba la solidaridad que alentó a muchos pobladores de la época.

La Misión Salesiana sigue existiendo entre nosotros como Escuela Aerotécnica Salesiana, cuyos méritos se han reconocido en el país, acudiendo a sus claustros alumnos de toda la Patagonia. Si tuvo que dejar de misionar entre indígenas no hay duda que ha encontrado una manera monderna de continuar con la propagación evangélica mediante la enseñanza.

“La Candelaria” de Mingo Gutiérrez, que vio la luz hacia fines de 1988, ostenta el privilegio de quedar como un hito en la literatura histórico fueguina parangonándose, de esta manera, con el hito que representó La Misión, cuando fue fundada por inspiración de Monseñor Fagnano.

LA CANDELARIA 1894.3


El padre Juan Ticó, director del Museo Monseñor Fagnano, de la antigua Misión de Nuestra Señora de la Candelaria, reconstruyó -en una maqueta- la imágen de la goleta María Auxiliadora.

La nave de origen chilote que sirviera la a fundación de la casa misional, y que durante muchos años sería vínculo entre los distintos establecimientos nacidos de la inspiración del Prefecto Apostólico de la Patagonia Meridional.

Penúltima entrega







Esa era su cumbre.
Quebrando la horizontalidad de la tierra preñada de septiembre, la proa geológica del Cabo se fue haciendo cada vez más nítida a los ojos del viajero.
Su equipaje quedó en el puerto luego que el vapor Alfonso lo dejara en la margen sur del río. El bote lo llevó junto aun caballo generoso de distancias para acercarlo finalmente ala Misión de la Candelaria.
El morro del Cabo era su brújula.
Aquel año de 1910, el padre Alberto De Agostini comenzaba a ejercer su apostolado de cumbres y bautismos en tierra americana. La isla del fuego le prodigaría sus encantos, dignos tópicos que estimularon su corazón de alpinistas y su ojo de fotógrafo, su mano de cartógrafo y su pasión de misionero.
Una pasión que duraría casi cincuenta años.
Al galope fue su pasar junto a la costa norte de la isla grande, su transitar por nuestro suelo: un pequeño salto comparado con las proezas que daría en el mismo año que recordamos. Del lado chileno del archipiélago llegaría a la zona más alta de la cordillera fueguina. El Monte Sarmiento. En las nacientes de Ushuaia se alzaría sobre la cumbre del Monte Olivia.
Ramales completamente desconocidos se fueron dibujando a su paso, y con afán marinero exploraría también por aquel entonces el enjambre isleño de las Woolaston, visitando el falso y el verdadero Cabo de Hornos; después su primer asalto en la altura del Monte Martial, la montaña que tenía más a mano el nuevo cóndor de Don Bosco.
Pero había llegado su invierno y era tiempo de misionar.
Por eso camino al norte la ruta tantas veces recorrida por Antonio Zuitanich, el correo de aquellos tiempos. Iba pensando en el cuadro de situación con el que se encontraría al llegar al establecimiento religioso que albergaba los restos de una raza otrora fuerte.
El primer contacto con los hermanos fue telefónico. Ellos disfrutaban de este recurso tecnológico desde el 13 de mayo del año anterior cuando se los instalara el comisario López Sánchez. Así se enteró que el caballo era el mejor recurso en materia de transporte por esas horas.
La Misión -como la Tierra del Fuego toda- se estaba quedando sin Onas y los recursos económicos con que la dotaran comenzaron a desmantelarse por falta de propósitos. Cinco mil ovejas se vendieron a los propietarios de la Tercera Argentina en una transacción firmada por Monseñor en Punta Arenas.
El mismo Prefecto Apostólico había dispuesto beneficiar a su hemano -Antonio Fagnano- que disponía de un terreno fiscal en la zona de Río Chico. A él se le vendió la totalidad de los vacunos existentes en la Misión, fueron 246 cabezas a cuarenta pesos chilenos cada una. Eso daría lugar a que al tiempo llegara la sobrina -viuda de Boido- con sus tres hijas, se fueran a poblar el campo.
La Misión había recibido una de las primeras visitas científicas con el propósito de estudiar a los fueguinos primitivos, el padre Antonio Tonelli, profesor de Historia Natural.
Paulatinamente surgían problemas con la policía por demarcación de campos.
La labor misionera, ahora que los dueños de las ovejas se apropiaran del espacio geográfico de la estepa, debía trasladarse a la zona boscosa –reducto aún del indio- en la Misión de Río Fuego.
De Agostini… pasaría -nada más- por Río Grande.
Pero el hombre no pudo resistir a la sugestión de la cumbre y al segundo día de su llegada -cuando se reencontró con su equipaje y la moderna cámara fotográfica- se hizo acompañar por Juancito para visitar el Cabo Sunday. Ese era el nombre del promontorio al que los indígenas llamaban Yarken; el nombre inglés figuraba ya por obra de Fritz Roy en los derroteros del mundo. Sólo la constancia que el tiempo daría a los hijos de Don Bosco, convertiría en Cabo Domingo o más cristianamente aun Cabo Santo Domingo.
Era el atalaya de los indios en el cual se tejían las más variadas leyendas de luchas y sacrificios, allí donde la Misión se había instalado a su reparo, al igual que el puesto Loreto, manejado durante largo tiempo por el Hermano Vigne. Fue en su punto más alto donde el Hermano Cuffré levantó el Santuario que fuera inaugurado con una misa el día de la casa de 1911, el 11 del 11 del 11…, el Santuario que fuera como un faro de luz junto a su cruz; un centro de peregrinaciones y ceremonias para la feligresía indígena y blanca de La Candelaria.
De Agostini y Juancito bordearon la cumbre del Cabo y en su lugar que hace un tiempo pude determinar con Luján Muñiz, tomó su célebre fotografía del “Cabo Sunday, desde el N.O.”, que en uno de sus tantos álbumes fotográficos y tarjetas postales recorrió el mundo, en los albores del siglo.
Desde el lugar donde hoy se encuentran emplazados los radares de la Fuerza Aérea, el día de la primavera de 1910 el padre D´agostini, capturó en su memoria de albúmina y magnesio la imagen de la cumbre de nuestra llanura… Esa gran torta geológica que amparó largo tiempo de los vientos, del amor y la lucha, la caza y la recolección de los hombres de este fuego.

Ocurrió en la caleta donde con los años se intentó construir el puerto de Río Grande







Si no hubiera sido por el famoso decreto del 11 de julio, 1921 se recordaría en Río Grande -simplemente- como el año del naufragio del Piedrabuena.
El incidente ocurrió en aguas de Caleta La Misión, y sólo guarda parangón de conmoción para la capital del departamento de San Sebastián en el naufragio del Glen Cairn, catorce años en Cabo San Pablo.
El “Piedrabuena” se perdió bajo las aguas fueguinas cuando llevaba veinte años de trabajo para la gobernación.
Antes había recibido otro nombre: “Cañonera Paraná”
Así sirvió a la Armada Nacional desde 1874, dos años después de ser botada en Inglaterra. Era en su momento más trágico, un barco de cincuenta años…
Muchos fueron los momentos de gloria antes de su mutación nominal, pero hubo uno que la encuentra hermanada profundamente al historial en la bahía de Oshovia, cuando el Comodoro Lasserre izaba por primera vez en esa tierra argentina, el pabellón nacional…
En 1899, adquirida una nueva Cañonera por los aprestos militares con Chile, la Paraná fue convertida en transporte de carga. Su destino podría haber sido un largo peregrinar por la costa atlántica patagónica, pero al fin debió atender exclusivamente a la gobernación fueguina urgida de distancias.
El Piedrabuena fue el fruto de otra improvisación, a tal punto que en La Nación del 7 de junio de 1902 encontramos una referencia crítica a su funcionamiento: “… es viejo pero aun está muy utilizable, porque el casco se conserva fuerte y las máquinas en regular estado. Pues bien, a fuerza de mal trato y poco cuidado han hecho de él una ruina flotante, se le sacaron refuerzos vitales a título de despejar bodegas, se hechó abajo la cámara de oficiales para agrandar otros departamentos, no se pinta, ni se reconoce los tubos de la maquinaria, ni siquiera se le lava, porque en los depósitos de abordo no hay elementos para hacerlo, más aun, escasean las mismas materias grasas que necesita la máquina. Últimamente el Ministerio del Interior tuvo que darle anclas porque hasta eso le faltaba”.
“Abordo hay un guarda máquina de la escuadra, que no puede hacer otra cosa que ver y lamentar cómo se está destruyendo todo el material”.
“Y como si esto no bastara la fama del barco en los puertos argentinos y chilenos es desastrosa. En Punta Arenas se llamaba “buque pirata” porque es público y notorio que no paga sus deudas y ha estado, más de una vez a punto de ser embargado”.
Esto era en los principios de su adscripción a la gobernación,… imagínese cómo estaría casi veinte años después.
Soportó dos naufragios, en Brenock en 1907, en 1908 en Punta Loyola, de ambos fue reflotado y reparado con diversa prolijidad.
Así se navegaba aquel entonces en nuestro sur.
Mientras… el Piedrabuena balizó, transportó carne, presos -carne de presidio, caudales para los bancos de Ushuaia y Río Gallegos, estoicos pasajeros…
El Museo Monseñor Fagnano de la Misión de la Candelaria guarda reliquias del barco hundido y durante algún tiempo la mayor parte de la vajilla de la Escuela llevaba el sello de ese navío.
Pero antes de seguir, volvamos al año 1921, mes de abril… día 28, cuando el padre Zanchetta señalaba en el cuaderno de las crónicas que “el barco se está deshaciendo lastimosamente flotando por la playa algo de todo, cargas, equipaje, restos del buque…”
¿Qué había pasado?
Dos días antes comandada por el Capitán de Navío Máximo Kock dejaba -solamente- en la caleta una radiografía para el anciano Sikora, hermano coadjutor que moría por aquellos días y cuya tumba se encuentra en el extremo norte del viejo cementerio. El Piedrabuena traía provisiones, pero el mal tiempo llevó a la determinación de zarpar hacia Gallegos e intentar a la vuelta el operativo de atraque y descarga. El barco de 3,38 metros de calado no necesitaba de puertos en la Caleta…
Todos se salvan, pero el Piedrabuena se va a pique cuando choca contra una roca. Al percance se une la incertidumbre de alojamiento para los náufragos. Con los salesianos quedaría una señora con dos hijitas y un hijo, un señor José A. Martínez Rodríguez con su sobrino Fabián Martínez Díaz; Dos oficiales: el segundo Teniente de Fragata Pablo Astorga, el Contador Enrique Olguín. Los demás fueron llevados en autos de Jarrín y Van Aken hacia el puerto, que así se llamaba entonces a nuestro pueblo.
La tripulación acampó como pudo en las inmediaciones. Eran entre 65 y 70 hombres acomodándose de cualquier manera para dormir. El auxilio se demoró y cuando finalmente llega el buque Makinlay -nave con nombre de naúfrago – ya no tenía nada que hacer el preso de Ushuaia que sabía el oficio de buzo.
Los curitas se asustaron por la forma en que se había incrementado el carneo de animales, como bajaba el stock de harina a las puertas del invierno. Pero la situación resultaba alentadora cuando el primero de mayo -día de San José- hicieron la comunión dos hijos de náufragos, o cuando sacando optimismo de donde sólo había desesperación se festejó el cumpleaños de Ramiro -comandante del Vapor Ona- que había llegado con más buzos para emprender lo imposible: el rescate del barco hundido.
José Fadul consiguió salvar algo de lo que el barco transportaba, llevándolo en carretas hasta su comercio portuario.
Van Aken dejó inutilizado su vehículo en una de las tantas travesías que debió realizar en esos días de emergencia.
Y fue así como casi un mes después la marinería dio brillo al festejo de la fiesta patria cuando el 25 de mayo –previo reparto de tarjeta entre las autoridades riograndenses- se convocó a las diez y media al Te Deum que celebró el Padre Cencio.
A la saida de la iglesia histórica, la dotación del Piedrabuena formó para cantar el himno Nacional. El comandante hizo una alocución alusiva “en la que mostró su patriotismo y su gran corazón de marino -se lee en los cuadernos de La Candelaria- en el rancho hubo regalos para todo el mundo, vino, fruta, dos capones de más, con mate… y todo el día libre”.
Kock debió asistir también -junto con la señora del Prefecto Doña Nidia de Sosa- al padrinazgo bautismal de Héctor Jorge Van Aken Traba, hijo del comerciante tan próspero como servicial.
Los marineros permanecieron un mes más hasta que se teminó de rescatar entre las astillas del naufragio depositadas en la costa todo lo que pudiera ser útil y así partieron del frío paisaje invernal las carpas que fueron improvisando refugio para los hombres del Capitán Kock.
¿Cuál fue la responsabilidad de este marino sobre la tragedia?
El hermano Juan Asvini contribuyó a su absolución durante el juicio de responsabilidades que se le siguió. “El panadero” indicó que en un balizamiento realizado por otro transporte naval, el Vicente Fidel López, no se detectó la roca fatídica ubicada en el centro de la caleta. El comandante en agradecimiento por el testimonio esclarecedor el regaló al salesiano un cuadro de la última cena que se muestra en un lugar preferencial en el museo de la institución.
Cuando visites la vieja escuela verás en su patio -erecta- la enorme viga de uno de los mástiles del navío zozobrado. Y si lo haces en una de estas tardes de sol, subiendo hasta lo alto del Cabo Domingo, podrás ver a unos cien metros de la costa -en la zona de la caleta- la proa del navío, cuando las mareas son de 0.50 metros; pero cuando estas alcanzan el metro emergen sus dos anclas y restos del palo mayor, entre cabrestantes y algas, entre crespón de barro… También -al volver la pleamar- verás como se estrellan las olas del océano en la roca gordiana, transformada en lápida del barco centenario.

Tercera entrega






Después que la visita de Juan Pablo II posibilitara la reconstrucción de la monumental cruz de Cabo Froward, quiero relatarles la historia de nuestro mayor monumento, ese que emerge tras la sólida sombra del Cabo Domingo cuando el avión se aproxima; esa señal blanca que en la ruta polvorienta da testimonio de la fe misionera de los salesianos.
¡De cruces estamos hablando!, para que sepas cómo nació esa devoción que se enseñorea en lo alto del barranco de “La Candelaria”, guardando a su abrigo lo poco material que va quedando del Padre José Forgacz, de los amigos de la casa De Grenada y Crema, y de los coadjutores Juan Asvini, Jorge Etorovich y Faustino Minici.
¿Lo has visto?
Su nombre está estampado en la carcomida madera del parque de la gruta: FAUSTINO MINICI, dice, por sus manos paso esta historia.
Así como durante el XXXII Congreso Eucarístico Internacional Buenos Aires se levantó para presidir las manifestaciones de la fe, la gran Cruz de Palermo; en ocasión de reunirse en Magallanes -bajo la inspiración de Monseñor Pedro Giacomini- el Congreso Eucarístico Nacional de Chile, allá por 1946, otra cruz se emplazó en la Plaza Bulnes, frente al Santuario de María Auxiliadora… hasta que al sur de la Península de Bruswik se construyera -reemplazando a la erigida en 1913 en hierro galvanizado- un monumento de cemento armado, cruz de piedra, sólidos cimientos y fronteras para ofrecer resistencia a los vientos bajo la cruz del sur.
Cabo Froward, que en lengua inglesa significa indócil… porfiado…
Esas eran las cualidades del hermano Faustino, una más que otra: porfiado… y su tarea de constructor, lo garantizaba en varios emprendimientos edilicios en la Candelaria: a él se debe la construcción del edificio de mampostería que vino a sustituir los informes caseros que el tiempo y las urgencias de la Misión fueron construyendo durante medio siglo; a él también los cimientos, el diseño y las paredes de la casa del pueblo, esa a la cual después Colombo terminó, restándole altura al segundo piso.
Todo parque Minici fue apartando materiales para el proyecto de erigir en lo alto del cerro un monumento póstumo a la fe salesiana que reclamaba un santuario definitivo para los restos de la Hermana Rosso, el Padre Crema y el veterano Sikora, ausentes en la necrópolis del otro lado del Chorrillo.
El hermano constructor se desempeñó con anterioridad en la Misión San Rafael de Isla Dawson, hasta que un replanteo de la política chilena para con el aborigen llevó en 1912 al cierre de esa casa y al traslado de casi una treintena de nativos a las costas atlánticas de la Candelaria. Por algún tiempo se lo reclamó para hacer baldosones en Punta Arenas, pero siempre volvió a nosotros, porque aquí estaba su último destino.
La obra del Mausoleo de la Misión que recordaría el centenario del nacimiento del padre fundador: Monseñor Fagnano, estaba en marcha, cuando el 11 de marzo se bendijo el actual cementerio del pueblo. Del otro se exhumarían al tiempo -eso es lo que se pensaba- los restos venerables de los salesianos muertos y se les daría cabida en lo alto, bajo la cruz.
Ese era el tipo de casa que Minici nunca había construido y yo sabía que sería su última morada.
En una hoja de dibujo, de esas que enviaban las Escuelas Latinoamericanas a sus alumnos por correspondencia, Juan Colombo colaboró realizando el diseño del proyecto: dos metros de fundamentos, dos de bóveda, seis de cruz, ocho metros sobre la tierra, doce espacios para nichos que resultaron mínimos porque Faustino los realizó de acuerdo a su exigua estatura… se pensó también en un recinto para altar, que nunca fue habilitado.
Eso fue la pequeña gran empresa, émula de la de Froward que resaba con caracteres latinos a la furia de los vientos: “El dominabitur a Mari, usque ad mare… et usque ad ultimos términu terrarum”. “Y dominará de un mar a otro mar… y hasta los últimos confines de la tierra”, voz del salmo XXX, versículo ocho.
¿Qué frase habrá pensado Minici para su cruz?
¿Cuántas veces él y Gallardo, que hizo tanto por su tumba, habrá subido el cerro siguiendo la línea del vía crucis, con los materiales para concluir la obra?
Los trabajos en el Gólgota terminaron poco antes de la Semana Santa de 1947.
El siete de abril Minici no concurrió a la meditación, llamó la atención porque siempre era el primero.
Bessone -otro coadjutor- fue quien lo encontró en su cuarto, el que estaba ubicado en una pequeña casita a la izquierda de la capilla histórica, allí donde todavía emerge una planta de ruibarbo y los restos de la ensoquetadura. Estaba caído de la cama y sin habla.
El doctor Guillot aconsejó no moverlo de su chiribitil, la fiebre era alta y el invierno se calaba entre los resquicios de la madera.
Cuando los días corrieron –mientras Colombo preparaba la caja mortuaria- se le trasladó a la casa nueva y grande que naciera a su impulso, hasta que el 18 de abril -entregado al señor su Dios- se abriera paso para inaugurar el monumento de la cruz.
Por los faldeos del parque Faustino Minici corrí siendo niño, jugando a las escondidas tras los misterios gozosos y dolorosos, respirando profundamente el aroma de las flores del verano y las hojas secas del otoño, saboreando ya no de tan chico… un asado en su reparo, lamentando la muerte de las garzas con la llegada del invierno en esa danza inmóvil que las arrojo en los senderos sombríos, a cada paso. Y siempre… después de la gruta… esa cruz que miraba con veneración, aun sin saber su historia.

LA CANDELARIA de Óscar Domingo Gutiérrez

Arde la Tierra del Fuego
candela de antiguas llamas.
refugio osado del indio
que sucumba en la fogata,
Candelaria de los dioses nuevos
que forjó otra raza,
tumba sin hilos de sombra,
Misión que siguió a la caza.









Cumplir años como escritor es una tarea que se ejerce desde el libro. Y en mi caso son estas páginas impresas hace 20 años en la ya desaparecida Artes Gráficas Don Bosco, de Río Grande. Con Diego Domingo Montero en el diseño, y José Pepe Guichamán en la impresión. Con una indagación previa a las Crónicas de la Misión de Nuestra Señora de la Candelaria, de donde fue saliendo la materia para estos relatos.


En estos días de aniversario serán como lo fueron en 1988 propuestas retrospectivas la que nos acompañarán en las próximas jornadas


* * *





Con la pistola de soldador a la que los muchachos llamaban “la lámpara de Aladino”, el padre Aurelio Muñoz del Val puso al rojo la cabeza del único cilindro del motor que activaría el móvil de Radio Misión Salesiana.
Luján Muñiz Walter, ni bien vio rojo el émbolo, inició el bombeo y con ello en pocos instantes se pudo salir al aire, a once kilómetros de los estudios centrales.
El día anterior se ensayó con el equipo de radioaficionado del flaco y no había salid mal la experiencia. Pero ahora Jesús María Canales -l jefe de teléfonos- se ofreció para que mediante la extensión de un cable hasta la central, la señal viajara hasta La Candelaria, donde la radio del pueblo había comenzado sus transmisiones cuatro años antes.
La Central estaba allí cerca de la cancha, en la zona del puerto.
En esa oportunidad se había incorporado al equipo de la broadcasting un joven técnico de correos: Juan Manuel Lucio, el que tendría la responsabilidad de acompañar con su comentario la fatigosa tarea del relator de fútbol, que era además comentarista de automovislismo y de cuanta actividad se presentara en el festivo Río Grande de 1966.
El pueblo festejaba el día de Don Bosco -su santo patrono- y el padre Forgacz, párroco y presidente de la Asociación de Fútbol Amateurs organizó un certamen, que por vez primera reunió en una confrontación a las cuatro localidades fueguinas: Ushuaia, Porvenir, Cerro Sombrero y nosotros… así, sin fronteras.
El padre José tenía en su haber no sólo ser el promotor de las mejores jornadas del balompié local, sino que otros ámbitos había facilitado la integración mediante el deporte: en 1944 estando en San Julián, organizó el Territorial de Santa Cruz, tupiéndole el triunfo a los locales; en 1960 programó el Campeonato de Ushuaia, del que participaron además de los capitalinos Río Grande y Porvenir, con victoria ushuaiense; en 1964 el Triangular de Río Grande en homenaje al párroco porvenireño Mario Zavataro, donde ganó escuadra… Y ahora este cuadrangular que según dijo Leonor María Piñero –periodista “deportiva en su periódico El Austral: “hablan mucho a favor de la personalidad de este sacerdote que jamás permaneció inactivo en los medios en que le tocó actuar”.
Y junto al espectáculo deportivo el milagro de las comunicaciones con la presencia de Radio Misión en el campo de juego del Club San Martín -seguida en el relato de ese rosario que trabajaba en Tennesse- atando a todos lo hogares y a los vehículos que cerraban el recuadro del estadio a la frecuencia de 1450 kh, en el extremo del dial.
Fue en 1962 en el día de la aparición de la Santísima Virgen de Lourdes -es decir el 11 de febrero- cuando salió al éter con carácter experimental pero con un éxito sorprendente Radio Misión Salesiana. Las crónicas escritas por el padre superior reflejan la emoción de ese momento: “desde el pueblo, desde el Batallón y desde Ushuaia dieron informes sorprendentes tanto de la intensidad como de la calidad: ¡Gloria a Dios, autor de todo bien!, ¡Gloria a su Purísima Madre!, que quiso reservarse este día para darnos este consuelo y esta santa alegría; ¡Gloria a nuestro santo padre Don Bosco!, que puso en sus hijos estas inquietudes de ansias de apostolado…”

El trabajo de montaje estuvo precedido por no pocas dificultades. El 9 de febrero se necesitaron tres caños más para la antena de la Broadcasting, esa misma noche se había estrenado con éxito el nuevo transmisor de aficionados de 500w. Todas estas tareas fueron encomendadas casi exclusivamente a los estudiantes de teología Mereu y Calzado, que sacrificando sus merecidas vacaciones – y aún muchas horas de expansión durante el año escolar- construyeron e instalaron la estación de un kilowatz.
Mil penurias quedaron en el camino: falta de energía eléctrica, reparación y construcción total del transformador de poder y modulación, como las dignas de recuerdo. Y tras ellos la mirada severa de los que mientras el gran acontecimiento ocurría, debían rodear en el segundo Cabo, clasificar los corderos y preparar la guía de campaña.
La presencia del conjunto folklórico “Los Chilicotes”, unos días antes, había impulsado a los subdiáconos a estrenar la radio con ellos, pero no dieron los recursos técnicos… con lo que la emisión inaugural fue más que humilde.
De allí en más Radio Misión fue la presencia amena y sincera de 13 a 15 horas -todos los días- completando los entretenimientos que provenían de las emisoras de Gallegos y Punta Arenas.
Pero volvamos a 1966… porque ese verano -en tiempos en que pocos sabían de veraneos en el norte- la pasión del fútbol había alcanzado su punto más alto, con la clasificación de Río Grande ante la selección de Sombrero en un tres a cero y la final con Ushuaia que marcaba rivalidades presentes en tantos pero tantos aspectos.
Es así como en ese domingo 30 de enero, el Fiat Topolino verde -que ajustadamente guardaba en su camada el equipamiento de exteriores- llevó a la cancha en su cabina las dispares anatomías de Muñiz y Muñoz, dispuestos a transmitir el clásico fueguino.
La escuadra riograndense formó en esa oportunidad con Jesús Medina en el arco, y las figuras de Washington Salinas, el Cabezón Bernabé Hernández, Sombra Almonacid, Cacho e´Toro Barrientos, el Negro Albornoz, Chaipa Barrientos, el Negro Escobar; Pirulo García y el Sordo Juan Andrés, como suplentes.
El árbitro del encuentro fue el Sr. Guillermo Pompatín Villagrán –referee de la Asociación de Árbitros de Chile- que vino acompañando a la delegación de Cerro Sombrero, siendo jueces de línea el Gringo Clausen y Barría.
Un público alborotado y alborozado constituía la barra brava a la que dio ánimos el relato de Juan José Degratti:
“Faltan dos minutos para la finalización del partido… el encuentro sigue cero a cero. Ushuaia y Río Grande no han conseguido quebrar la paridad.
El balón se encuentra en poder de la gente de Río Grande… Albornoz para Escobar -¡negro para el negro!- Escobar eludiendo a un contrario ingresa en el área chica del equipo de Ushuaia… ¡viene el disparo!... de zurda… y contiene la pelota Paz,… se cuelga de ella, al vuelo, el arquero visitante.
¡Paz pierde la pelota!... ¡peligra el arco visitante!... se acerca al balón Luchín… cae el arquero… confusión en el área… Luchín… la pelota… ¡Goooooooooooool!
¡Gol de Río Grande!... ¡Río Grande uno… Ushuaia cero!
Los acontecimientos se aceleraron. La hinchada sacudía latas con piedras -de las tantas que constituían el pedrero del San Martín- agregando bulla a sus festejos.
Es que un dedo travieso había atacado desde atrás al Zurdo Paz, cuadno había alzado vuelo el balón… y la sorpresa llevó a que lo soltara.
Fue por eso que sin saber nadie el por qué, el arquero ofendido lo corrió al “Chaipa” hasta que éste encontró refugio bajo las sotanas del Padre Muñoz, que esgrimió en su defensa… “la lámpara de Aladino”.