Acaso morirán las hojas?



Atardecía, como suele ocurrir en los primeros días de invierno al filo de las cuatro de la tarde.

Mingo llegaba a su clase de Taichi y frente a la ventana del centro el viento había acumulado estas hojas secas con la sugerente forma de un óvalo.

Luis caminaba en el mismo sentido y aun antes de saludarse conversaron sobre ese capricho de la naturaleza, o tal vez el sentido gregario de las hojas que se habían congregado una junto a otra para defenderse de algún vendabal más poderoso.

Y así cruzaron el umbral de la secretaría.

Entonces despertó en Mingo la necesidad de perpetuar este momento y salió con su celular para sacar dos fotografías, la de arriba que muestra el conjunto, invadida en parte por papeles volátiles, y la segunda.., en un primer plano donde se aprecia el contorno que ayer fue verde intenso, y ahora verde tiritante...

En el itininerario de la práctica Mingo pensaba como se encontrarían las hojas al salir, y también que si todavía estaba de apropiaría de ellas. Iría hasta el auto y traería una bolsa de supermercado.., ni siquiera eso: las hojas comprimidas en sus manos no serían más que dos o tres puñados que guardaría en nuestra mochila naranja.

Pero la primer mirada desde la ventana mostró su ausencia: ¡Nuevos vientos se habrían encargado de desparramarlas!

Y así se reflexionó sobre la poética del instante.

Pero luego llegó la sorpresa. El conjunto de hojas se había desplazado hacía la puerta entonces a cumplir con el cometido. Pero allí estaba llegando José Luís con una pala y una escoba de plástico dispuesto a levantar esa basura.

Si traía una orden no pudo cumplila, Mingo tomó el primer puñado, Luís también ayudó, mientras que escuchaban voces que decían para que las van a llevar... ¡Son hojas sucias! Y luego sin que se le explicara el porque de la sustraccción dijo que venía siempre para esta época del árbol que se levantaba cerca de la garita de los colectivos, un árbol especial que trajeron de China.

Como nadie preguntaba para que se las llevaba Mingo no lo dijo, pero si comentó con los amigos que en otros tiempos los chicos juntábamos ojas secas para formar nuestros hervarios.. Y que Luís trajo a pedido suyo una hoja de un árbol de un viaje que hizo a Suiza, una hoja idéntica a la que se aprecia en la bandera de Canadá. Pero el largo viaje desmenuzó la pieza botánica que sólo pudo reemplazar como obsequio, el diligente viajero, por una hermosa fotografía.

Ahora las hojas prosiguen su camino a la podredumbre, en la mochila que usa el practicante tres días a la semana. ¿Qué pasará con ellas? Lo sabremos cuando vuelva a abrirse el equipaje, y algún aroma inesperado sugiera su destino...

Un padre para recordar: ALBERTO A.CHENÚ, en palabras de su hija Karina (*)


Mi papá fue un guerrero, de esos que mirándolo a los ojos te dabas cuenta que había perdido, sufrido, y aún así, seguía adelante. 
Tuvo grandes batallas, algunas ganadas otras perdidas, cicatrices, huellas imborrables. Pero su pecho en alto. Cada marca, lo embellecía aún más. 
Era un hombre de los de antes, de grandes valores, generoso, solidario, honesto, transparente, de palabra, simple. 
Él iba a su tiempo. Tiempo que era sagrado. Y que nos enseñó a respetar y hoy en día trato de aplicar. 
Nos enseñó desde chicos a Agradecer: el plato de comida. La familia. Lo que teníamos. 
Me enseñó a encontrar paz en el silencio, la calma. A parar y mirar en perspectiva cada logro. 
Mi papá me dió alas, y me dejó volar. Sabiendo que podía equivocarme y de hecho me equivocaba, y ahí estaba él, Siempre. 
Mi papá me enseñó a respetar al otro, en su totalidad. A hablar y dejar siempre las cosas en claro, a tiempo. 
Mi papá dedicó su vida a nosotros, a criarnos, con las herramientas que tenía. Y así fue que se le fue la vida.. Pero él sentía orgullo de sus hijos.. Había criado robles fuertes y leonas.. Eso decía él. 
Se fue pronto... Me quedaron pendientes unos mates y algunas charlas más.. Y un abrazo de esos que eran más que un simple abrazo.. Un abrazo sanador, lleno de amor. 
Hoy puedo dar las gracias por el padre que tuve y el Gran ejemplo que fue su vida para mí. Gracias infinitas por tanto aprendizaje y por ser mi maestro.
Es un gran orgullo ser su hija. 
GRACIAS.



(*) Y fotografías de Juan Andrés Fernández