Con la esperanza de Stylarek



Nos hemos enterado del fallecimiento de Jorgito. Vivía en el hogar San Vicente de Paul y se recuperaba de dolencias del alma y del cuerpo.

Allí compartimos por última vez un momento con él cuando la institución cumplió 40 años.

Fue habitante de San Sebastián, ese pueblo que quedó en la intención. Allí lo habíamos visitado al finalizar el invierno del 2001, y sobre él escribimos un Lugareños que El Sureño publicó el 2 de septiembre.

La titulamos: Jorgito, el pescador aristotélico.

Lugareños era una columna dominical atípica puesto que presentaba vecinos ¡que no tenían auto!

La primera vez que lo vimos allí su humilde rancho era la típica vivienda de pescadores de ribera. La última era una construcción de material que había conseguido por el concurso de Ana de Colazo.

Volvamos a lo publicado, y agreguemos una foto donde estaba en su cama, escuchando LRA 24, a donde nos enviaba de tanto en tanto una carta, para que lo saludemos, y a la vez para formular observaciones a nuestro trabajo.




Cuando por estas mañanas de fin de invierno se ve al sol aparecer rasantes sobre el horizonte de Río Grande, me pongo a pensar como despertará la vida en el rancho Poseidón, allá en San Sebastián.

No es que haya amanecido allí alguna vez, tan solo en una oportunidad –cuando conocí a su dueño- traspuse su puerta y vislumbré el agua quieta en una tarde de verano, el agua quieta en la bahía que o estaba bajando o estaba subiendo, pero que hacía imperceptible desde su humedad y la luminosidad reinante el poder determinar donde terminaba la arena –allá a lo lejos- y donde comenzaba el mar, e incluso donde ¿dónde habrá quedado el horizonte? Porque todo desde el rancho del pescador parecía cielo, arena resumada de sal, mar , y los cóncavos y los convexos de agua, la tierra y el aire en ese lugar fueguino parecían adquirir otra dimensión: y uno no estaba al borde de nada, sino en la base de una burbuja cristalina de la cual ese mismo vidrio de la ventana formaba parte.

Pero la ventana crepitó en aquel momento, y nos sacó nuestro vuelo, y era un viento de sol porque afuera todo había quedado calmo; y a nuestro lado Jorge Miguel Stylarcek nos hablaba de sí y del mundo, y nos iba regalando un par de gatitos que tenía de más, y el alimento consistente para un primero momento en un par de merluzas que no había vendido, y de pronto quedábamos así, con dos felinos en una mano, pensando que hacer con ellos, mientras que nos sincerábamos con el donante que sabíamos que el pescado era sano, pero que no acostumbrábamos a comer tanto.

Pero Jorgito ya no nos escuchaba, y nos hablaba de su primer gato. ¿Habrá sido el primero en verdad? Porque los pescadores de la costa, ni los buscan, ni lo eluden, los gatos vienen solos y solos se crían en su entorno. Aunque sean con la abundancia del triperío que sobra de la limpieza de cada día. Pero ese primer gato despareció el 2 de enero de 1999, cuando se vino la gran marea. Jorgito ni había pensado que podía pasarle eso. Las marcas del oleaje dejan un rastro de sedimentos diversos a lo largo de la playa y su rancho estaba en la “zona de seguridad”. Pero no fue así. El mar embravecido presentaba armas a la tierra, y el pescador no quiso arbitrar en la contienda. Las olas rasgaban las paredes del rancho, y el tiró a su gato sobre el techo: -¡Te nombro capitán!- y arrancó hacia la ruta, donde estaría más seguro. De ese gato, capitán de su naufragio, no hubo noticias, se perdió con sus siete vidas, o tal vez pasó vertiginosamente del rancho Poseidón, a un palacio fabuloso en el fondo de los mares.

A esta altura del relato Jorgito y yo podemos pensar que eso es lo cierto.

El pescador opera a veces desde la Hostería, allí nos encontramos una vez. Él es oyente de Radio Nacional y por ello sabía más de mí que yo de él. En un momento envió correspondencia a la radio: corregía usos gramaticales, defectos en el lenguaje. ¿De donde su sabiduría?  Stylarek pasó a su tiempo por la Universidad, y si salió de ella para hacer su vida en el mundo del petróleo fue para encumbrarse en desafíos que no queden simplemente en tragar libros.

Esa historia comenzó en su Comodoro Rivadavia, y terminó por los 90, como la vida de tantos petroleros, con una cesantía que lo hizo pensar en otra forma de supervivencia. Ya no de trabajo: de supervivencia, dije. El rancho Poseidón fue inaugurado con esos fines el 2 de abril de 1998. Su  silueta se dibuja si seguimos por la ruta tres rumbo a Estancia San Martín, pero “en la vereda del frente”. Hay un cartel que indica que allí se vende pescado.

En todo este tiempo Jorgito ha visto crecer la prédica sobre nuestros recursos pesqueros, y el capítulo de la pesca artesanal que llevó incluso a anunciar un polo de desarrollo, una villa para pescadores, un nuevo pueblo junto al mar. Pero el tiempo de las realizaciones se fue demorando. El algún momento llegaron los candidatos. Llegó a aparecer gente en helicóptero, incluso. Parecían saberlos todo, pero al fin terminaban preguntándole a él como era la cosa. Algunos no volvieron nunca, y probablemente no volverán. Es gente que andaba atrás de otro tipo de pesca. Incluso Se llegó a hablar de la construcción de once viviendas para albergar a los pescadores y sus familias. Jorgito dijo: -¡A mi rancho no me lo tocan!- y alguien comenzó a construir el suyo viendo que Poseidón lo repararía del viento. Pero todo quedó allí, como una pequeña pirca de cemento que le ha servido ahora a Jorgito de reparo y quinta para hacer crecer entre la arena algunas verduras.

El pescador es celoso de los movimientos extraños de los pesqueros que afloran en las noches en el horizonte, más si descubre que están pescando –como no se debe- con las luces encendidas. Entonces alerta, y alguien contesta, o imagina una respuesta.

¿Qué espera Jorgito de todo esto? Sobre la puerta de su rancho que lleva el nombre del dios de los océanos  hay una cita elocuente.





1 comentario:

Charlie Mann dijo...

Hablaba con fluidez Ingles y Frances