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RUBÉN DARÍO FREGOSINI: “La invasión de lauchas del río Tuerto”.

Corría el año 89, creo. Cuando de a poco empezamos a ver algunas lauchitas correr fugazmente entre el medio de los palos. La cantidad de lauchas iba en aumento conforme al invierno se afianzaba.
Y en pleno invierno fue la invasión total. Eran tantas, que pretender un número es imposible. Podemos decir millones. Pero para cuantificarlas puedo decir lo siguiente: el paisaje no era blanco por la nieve, era de un gris muy oscuro, casi negro por las ratas. No había lugar por donde no anduvieran, no había alimento que no se comieran. Hasta la cobertura del plástico del cable de bujía de las motosierras, se comieron.
Recuerdo que no podíamos dormir pues estos animalitos inundaban la cama, yo no quería que llegue la noche y de esa manera evitar, una lucha estéril contra el frío, la oscuridad, el sueño, y las ratas. Aun así era…
…inevitable, debíamos dormir. Y para esto, le pegaba una buena sacudida a la cama y aquellos animalitos salían huyendo por todas las rendijas de aquel rancho. Luego me acomodaba en mi cama, y sin sacarme ninguna ropa, (esto era más que nada para evitar un poco el frío) me cubría bien con la manta, totalmente todo el cuerpo. Metiendo los bordes de la manta debajo de mi, desde mis pies hasta la cabeza solo dejaba un agujerito por donde respirar. Cuando se hacía el silencio, ls ratas volvían a inundar el rancho. Mientras estaba despierto no pasaba nada, ninguna subía a la cama. Las ratas son seres sensoriales que perciben “cuando uno está dormido”. De ahí que la guardia consistía simplemente en quedarse despierto lo máximo posible, y así evitar que se treparan  a la cama vencido por el cansancio del trabajo del frío y de tantos día en estas condiciones, cada tanto dormitaba un poco y si alguna se sentaba sobre mi cabeza, se sentía el rrrrrrrrr dell latir de su corazón. Suficiente para despertar sobresaltado, con lo cual lo que conseguía era espantar a todas aquellas , que muy sigilosamente se habían metido dentro de mis pantalones y entre mi piel, y mi camisa. Salían huyendo, arañándome las costillas, era un saltar de la cama y  zapatear frenético que se repetía cada vez que me quedaba dormido. Y cada tanto escuchaba el mismo frenético zapateo en los ranchos contiguos de mis compañeros.

En invierno oscurece temprano y después e de haber trabajado todo el día hasta la noche, con temperaturas bajo cero, nos reuníamos todos debajo del techo de la cocina para preparar la cena. La cocina era como de tres por cuatro metros tenía solo dos paredes, la del fondo y la del costado. Tanto esas paredes y el techo estaban hechos con chapas de tambores de 200 litros. Abierto por el medio. Como siempre uno hacía el fuego, otro guisaba, otro la torta frita, otro el mate,luego todos sentados al resplandor del fuego, jugábamos a quien mataba más lauchas. Para esto, nos quedábamos muy quietos y en silencio con uno de los pies apoyado solo el talón en el suelo. La parte del empeine levantado, cuando las ratas se confiaban por el silencio, se dejaban ver en cantidad. Luego cualquiera dab un palmazo y espantados estos animalitos salían huyendo a refugiarse debajo de cualquier cosa, y cualquier cosa incluye nuestros pies que ya estaban en posición de dar el pisotón.

Y era paf ¡el palmetazo y tush! el pisotón y así liquidábamos 25 o 30 cada uno mientras esperábamos que se cocine la cena.

La otra forma de matarlas era colgar un piolín del techo, dejando la punta como a un metro del suelo. Luego justo debajo , un tambor de 200 litros. La parte de arriba totalmente abierta con un poco de agua adentro. Las ratas bajaban por el piolín hasta la punta. Luego se dejaban caer al suelo, pero no caían sino dentro del tambor, con lo cual muchas se morían ahogadas, y las que no se morían por haberse caído ya sobre el colchón que habían hecho las que ya murieron, estas, morían  luego por la mañana cuando le echábamos un poco de nafta y le prendíamos fuego.  Esto a su vez nos dio una idea. Ya no le poníamos agua al tambor. Simplemente lo poníamos debajo del piolín totalmente seco, con lo que lográbamos que las ratas al otro día estén totalmente vivas y sequitas. Luego, era solo cosa de echarle un poco de nafta, y esperar que se empapen bien. Parece que a las ratas no les gusta la nafta. Porque apenas le echábamos un poquito, se alborotaban todas y empezaban a chillar. Creo que presentían lo que les esperaba. Luego retirábamos el tambor  de debajo del techo, alguien arrojaba una chispa  al tiempo que otro le daba una patada al tambor y bummm! la explosión  y el griterío de los muchachos. Las ratas salían volando como balines, luego  todavía seguían caminando un poco más. Pero solo hasta que se les acababa el combustible. Con el calor que despedían incendiándose,dejaban un surco en la nieve y allí quedaban con las patitas y la colita bien enruladas”.


*Del libro El Escribidor de Tierra del Fuego. Don este empresario de Tolhuin da detalles de su existencia entre nosotros, con descripciones valientes y minuciosas sobre el mundo que le tocó conocer, y construir.