Me acuerdo que vivíamos en el pasaje Bermudez de Punta Arenas


...donde un par de rotos comenzaban tareas de zanjeo.

Cerca del mediodía golpeaban en casa para pedir agua, agua para su botella.

Y la botella venía envuelta en una funda hecha con bolsa de harina. Bolsa blanca, impecable, que era acercada por una mano sudorosa.

Mamá la llevaba hasta la cocina. Hacía correr el agua un buen rato, para que estuviera bien fría. Y así diluía la harina tostada de su interior.

Con eso los rotos mantenían su energía hasta la puesta del sol.

Pero se acercaba el 18, y mamá creyó complacer a los rotos, y en vez de llenar la botella de agua la diluyó con fresco vino blanco, sin decir nada.

Pasaron unos minutos y hubo nuevos golpes en la puerta.

Mamá miró por la ventanita.

Era uno de los rotos, el corcho en una mano, y la botella en la otra.

¡Le había estropeado el tentempié!, eran canutos y no tomaban alcohol.

Mamá buscó otra botella –las había en abundancia, mi tenía su bodega frente a la Tercera Zona Naval, la cargó de ñaco, y la niveló con agua.

La chupilca quedó en la repisa, y esta historia fue contada de mamá a papá cuando él regresó.

Papá tomó la botella casi sin un gesto, y se fue a palear el carbón que quedaba del invierno, para recibir mejor el nuevo cargamento que traerían en carreta.

Pero soltó rápidamente la pala, y se sentó sobre aquella ruma negra venida de Lota. La botella estaba en sus manos, y el la agitaba y se reía. De pronto la descorchó y de un trago tomó la mitad.

Entonces me vio y me llamó, diciendo: -Mira cabro, prueba esto, y que no te vayas a volver canuto... ¡Nunca!