ALICIA GALLARDO DE TORRES, en llamado al cielo. Carta a su hijo, Lucho.

Antes que nada amigo quiero formalizar mis condolencias ante la muerte de tu mamá. Sé que por estos días fuiste a verla en el trance que precedió a su muerte, pero después no pudimos encontrarnos. Ahora comparto estos momentos de desolación, estas situaciones que nos atraviesan generalmente a cierta edad, que nos devuelven conciencia sobre la finitud del existir, que nos lleva a preguntarnos si estamos seguros de poder seguir en el camino. Y eso que para muchos ya somos unos viejos!
Recuerdo a tu mamá por los años 60, mi primo Arnoldo andaba aquí a consecuencia de la enfermedad y muerte luego de su hermano Emilio, y los Gallardo formaban parte de sus días en el Frigorífico donde todos ustedes vivían.
Si Noldo volvía tarde era porque se habían prolongado las celebraciones del reencuentro, y allí pasaba a contar las novedades de esa familia, y la situación de tus padres que en determinado momento debían partir hacia la Telefónica porque comenzaba su turno de operadores. Uno no sabía mucho qué era eso, porque bien pocos teníamos teléfono, pero imaginábamos su importancia.
En 1970 ya éramos ambos alumnos del Don Bosco y me tocó llegar a tu casa para hacer el censo. Me tocaban dos cuadras, Thorne entre Moyano y Alberdi, y Alberdi entre Thorne y Estrada.., en este último segmento había una sola casa construida en altura –de dos pisos decíamos- la casa de tu familia. Yo había partido con una indicación previa de mi padre, que de puro copuchento sabía quién vivía en cada casa. Yo llevaba el nombre y sobrenombre de los vecinos, y la cantidad aproximada de personas a censar. ¡Solo le erramos por dos personas! No recuerdo ahora si de más o de menos. Llegué a censarlos y ahí estaban esperando con un tremendo desayuno, tus padres. Tu mamá excusó tu presencia porque te habías acostado tarde, y en parte me había dicho que extrañabas a la Mamilina –tu abuela Elena- que en un tiempo se había encargado de tu crianza, por eso de que no era común que una madre saliera a trabajar. Al rato apareció media dormida tu hermana –Elena- reclamando un lugar en la mesa y consultando todos los datos que iba registrando. Cuando me fui, en la casa siguiente, descubrí que me faltaba algo: la birome que nos daban a cada censista, y tuve que regresar. Ya te habías levantado y ocupaban tu lugar en la mesa con el desayuno servido, creo que lamentaste perder la birome que tal vez creías que era un obsequio para los censados. De un año para otro habías crecido, dejando de ser el pibe aquel gordito y simpático, para ser un joven seductor –como desde entonces lo has sido siempre- aunque todavía tal vez no te dabas cuenta. Yo dije algo sobre el particular, tu madre te abrazó diciendo que ya había que cuidarte, y se rió, nos reímos, salvo vos que me advertiste: ¡Tenés que cuidar la birome!

Al año siguiente ya no estaba aquí, vivía en una pensión en La Plata, donde una vez al mes esperaba el llamado de mis padres. Como no teníamos teléfono concurrían a casa de mi tía Franka y desde allí me llamaban. Había que esperar horas. En muchos momentos había dificultades en la comunicación y tu mamá me hacía de traductor del débil discurso de unos y otros. Ella escuchaba mejor lo que yo decía, y se lo repetía a mis viejos, y después el ejercicio a la inversa. En muchos casos yo creía estar hablando con mi mamá y estaba haciéndolo con la tuya. A veces me ponía tierno y flaqueaba la voz, después supe que ella aminoraba mis congojas. Mi padre dejó al tiempo de concurrir a llamar, se ponía lloroso y no quería mostrarse amariconado en casa de la cuñada, a mí me decía que le tocaba hacer una guardia en el trabajo. Un día supimos que ibas a estudiar allá, justo cuando yo me venía para acá; alcanzamos a compartir un año de camaradería.

Después llegó un tiempo de reencuentro, pero de por medio se instaló en Río Grande el oprobio de la Guerra que tanto afectó con su clima de desconfianza la relación entre chilenos y argentinos. Tus padres por nacionalidades adquiridas cayeron en el centro de la desconfianza y al igual que un puñado de otros argentinos naturalizados fueron enviados fuera de la zona del conflicto y el destino fue este Pergamino que terminó siendo para ellos el destino de sus vidas.

Para entonces Elena había crecido y resultó ser mi alumna por el 76 en el segundo comercial de Don Bosco. Cada vez que venía a darme saludos tuyos porque eso habías puesto en una carta, me daba no sé qué llamarla a dar lección. Después alguien me dijo que ustedes, por razones de trabajo sólo se comunicaban por el teléfono.

Un día la madre tierra te llamó y volviste para quedarte, la familia quedó en ese norte. La radio te dio una oportunidad de ingresar al mundo de la locución. En casa se prestaba atención al nuevo conductor de la mañana, mi madre –fuera de elogiar tu timbre varonil- encontraba en tu voz cierta ternura que era propia de Alicia, así la llamó siempre.., para nosotros había sido “La mamá de Lucho”.

De un tiempo a esta parte estamos aprendiendo a andar con los desgarros que nos da la vida. Éramos muy pocos para aquel censo del 70, y cuando una década después entraste a quedarte, tampoco éramos tantos. Con los años en tu labor televisiva diste vida a Pioneros, gente que de una manera u otra sabía de sus padres, de tus abuelos. Hoy el universo que se achica nos deja a nosotros en el rol de recordar a una población trentuplicada con respecto a la de nuestra infancia, sobre quiénes eran los humildes actores de nuestra realidad, su trabajo, sus afanes, su esperanza.

Ya nos encontramos, la más de las veces, más para los funerales que para las fiestas, y a aquellos que despedimos, los seguimos haciendo andar en nuestro corazón.

Un abrazo, pensando en ellos.

Mingo Gutiérrez

Agosto 7, de 2016. A 37 años de la muerte de mi padre.