Juan José Soiza Reilly. La voz de la solidaridad.

Un escrito de LUIS ALBERTO MURRAY, publicado en Clarín el 11 de septiembre de 1988.

 Se creía uruguayo, pero nació en la hermosa ciudad entrerriana de Concordia (1880). En Montevideo, seguramente para gozar mejor de la calidad hospitalidad oriental, no aclaraba el equívoco. Fue  uno de los periodistas más brillantes de su generación, por cierto abundante en valores extraordinarios.

En la cuarta década del siglo aun en curso, consagró su voz inconfundible en la radio, donde impuso, como se verá, una modalidad solidaria sin precedentes. El cuento certero y la novela-dignos de relectura, aunque sus obras matrerean hoy en librerías de lance—tuvieron en él un cultor de nivel cuando menos no inferior al de sus crónicas y entrevistas más difundidas.

De su bibiliografía, no precisamente escasa, aun en especial memorable El alma de los perros por la originalidad del tema y el patetismo de sus protagonistas humanos casi sin excepción vagabundos ente voluntarios y vocacionales., y La ciudad de los locos, suerte de anticipación de la literatura fantástica iniciada entre nosotros  por Holmberg y el Lugones de Las fuerzas extrañas. Párrafo aparte merecen La muerte blanca, que podría haber sido escrita en los días que corren, como que su tema es el de la cocaína.

Simpatía e impertinencia

En 1907, de regreso de una gira europea, reunió en un volumen grandes reportajes enviados a la legendaria revista porteña Caras y Caretas. Eleonora Duse, Sara Berthard, el Papa Pío X, Guillermo Marconi y entre otros muchos personajes célebres  Gabriele D’Annunzio, le contestaron interrogantes casi siempre confidenciales o poco menos.

Le sobraban garra y delicadeza para que nadie dejara de responderle. En el caso del gran poeta italiano, por entonces encumbrado hasta el endiosamiento, ocurrió algo pintoresco. Cuando Juan José Soiza Reilly le preguntó si no pensaba viajar a la Argentina –donde sus lectores eran legión-  el autor de La figlia di Yorio, tras reflexionar unos segundos, dijo con tono displicente: “No sé si ese país está preparado para comprenderme”.

El periodista estuvo por agredir físicamente al vate (al que llevaba unos cuarenta centímetros de talla) pero se contuvo. Tal como cuenta al fin de la crónica, prefirió encasquetarse la galera, empuñar su recio bastón y retirarse sin saludar al “encantador impertinente”.

Alguien que no lo quería sugirió que más de una entrevista era fraguadas. En todo caso, , se las arreglaba para poner en boca del personaje lo que, con toda probabilidad, hubiese dicho al ser consultado… Algo semejante a “A la manera de..” del poeta Conrado Nalé Roxlo a través de su seudónimo humorístico  Chamico, supremo as del “pastiche”.

En 1948 la revista trisemanal  Aquí está reunió a Soiza Reilly y su colega y amigo Héctor Pedro Blomberg, el poeta de los puertos, mucho más conocido por sus letras de milongas, valses y tangos (“El adiós de Gabino Ezeiza”, “La pulpera de Santa Lucía”, “La que murió en París”)

La idea era que uno le hiciera un reportaje al otro, y al día siguiente se estableciera la reciprocidad. Ambos productos resultaron sabrosos como profesionalmente insuperables.

Solo que, según nos confió tiempo después el poeta del rosismo “permitido” en sus tiempos, Blomberg se entrevistó a si mismo con la firma de Soiza, y este hizo lo mismo  con la de su entrañable camarada. ¿Y qué? De la más severa lectura de los dos textos, surge ante todo que no se permitieron ningún adjetivo laudatorio. Esto es lo que debió hacer sospechar a los editores de la empresa Sopena, españoles de gran oficio pero inocentes como niños de pecho para las triquiñuelas de aquellos casi septuagenarios.

Mi cuarto de hora.


Una puntual enciclopedia nos anoticia que Juan José Soiza Reilly , fruto de sangre de Portugal e Irlanda, se desempeñó en diversos cargos burocráticos. Primero estudió para maestro, sin imaginar que llegaría a merecer el título pero en la muy distinta instancia del periodismo. Fue profesor de historia argentina en una escuela superior comercial de mujeres, secretario de la Convención Constituyente de la provincia de Santa Fe, en 1921; director de la biblioteca de la Facultad de Derecho de la misma ciudad… Nada especialmente apasionante, como puede apreciarse.

Pero entre los años 30 y 40, su voz bronca y su verba vertiginosa  (tantas palabras por minuto, casi sin “furcios”, como las que hoy dispara Víctor Hugo Morales) se hicieron indispensables a un inmenso auditorio, conquistado de una vez para siempre desde las primeras dos o tres semanas.

Había nacido por lo menos para la radio argentina un fenómeno atípico.. En quince minutos se enumeraban, pedidos no pocas veces desesperados, de toda clase de elementos de trabajo, de estudio, de rehabilitación para minusválidos, inclusos de primera necesidad (como alimentos-vendas, zapatos, pasajes de ferrocarril).

Era el único programa solidario en medios de comunicación –Radio Belgrano a la noche- sin un solo aviso, ni otro tema que la imperiosa urgencia de gente desamparada. Corrían tiempos todavía difíciles a partir de la crisis mundial y nacional del 30. Las enfermedades sociales –con la tuberculosis al tope- empujaban al pobrerío a “morideros” sin esperanzas: el paludismo era endémico en Tucumán, el mal de Chagas se lo empezaba a estudiar, ignorándose aún su etiología, no había casi obrero de frigorífico sin bronquitis crónica. Las dolencias venéreas ocupaban  a más de un tercio de los médicos. Los “dispensarios” municipales de la capital entregaban gratuitamente, a las madres sin recursos algunos, “hasta” medio kilo de leche en polvo.

La respuesta masiva no se hizo esperar al periodista convertido en incansable pregonero de carencias a cuál más dramática. “Doña Rosa de Tal, que vive en Tres Arroyos –vociferaba Soiza Reilly- ¡Si nos está escuchando, sepan que está en camino la maquinita de coser que pidió!”

Si doña Rosa por cualquier motivo no estaba oyendo el programa, algún buen vecino se comedía a comunicarle la novedad. Si se trataba de camas de hospital, se incluía el pasaje luego de hacer el trámite reglamentario en el respectivo establecimiento. O el viaje a las moderadas sierras cordobesas de Cosquín, por entonces casi única respuesta a la tisis pulmonar.

Cuando Eva Perón comenzó a proyectar la Fundación de Ayuda Social, que tras su muerte llevaría su nombre hasta septiembre de 1955, alguien le preguntó: “¿Algún parecido a la audición de Soiza Reilly”, “Si –fue la respuesta- Algo parecido: pero multiplicado por cien mil”.

La concreción del vasto programa torno anacrónica la empresa fraterna a través de un micrófono; era un quiosco al lado de una catedral. Así fue como la última noche de salida al aire su creador pudo decir, con más verdad que nunca: “Terminó mi cuarto de hora”.

Al conocerse en marzo de 1959 su fallecimiento, mucha gente más o menos anciana bendijo su nombre. La gratitud no suele ser ingrata con la auténtica caridad. Aunque se dé por cuentagotas. 


En las imágenes: Caricatura de Hermenegildo Sábat. Fotografía de su visita a Ushuaia, en 1933 junto a Cayetano Santos Godino: "El Petiso Orejudo".

No hay comentarios: