FRENOS HUMANOS
Rae Natalie Prosser Goodall: De una granja del norte a una estancia del sur. Un escrito de Hernán Genovese.
Rae Natalie Prosser - nacida el 12 de abril de 1935 en una granja del Estado de Ohio, Estados Unidos -, había elegido para vivir el sur de la Isla Grande, específicamente aquellas tierras donde Thomas Bridges había levantado una estancia luego de renunciar a su puesto en la Misión Anglicana de Ushuaia. Sobre este establecimiento pionero, la autora refería en su libro: “1886. – Set. 29. Thomas Bridges deja la Misión, y se hace ciudadano argentino. El presidente Roca, en nombre del Gobierno y en agradecimiento por sus múltiples trabajos con los nativos y náufragos, lo obsequia con tierras. Bridges elige Harberton, y así se funda la primera estancia en el archipiélago fueguino”.
Natalie llegaba al “fin del mundo” con una carrera universitaria realizada en su país natal. En 1957 se había graduado con el título de “Educación, Arte y Biología” en la Kent State University, una universidad pública de investigación ubicada en la ciudad de Kent, Ohio, establecida en 1910 como una escuela de formación de maestros. En 1959, en esa misma casa de estudios conseguía un master en Biología. Aún sin saberlo, ya contaba con las herramientas necesarias para descubrir y conocer un ambiente natural lejano, impensado entonces para ella.
Y fue precisamente un libro, ese que supo atrapar a tantos lectores de historia fueguina, el que la llevaría a Harberton. Me refiero a la obra “El último confín de la tierra” que escribiera Lucas Bridges, hijo del misionero fundador de aquella estancia. Un relato familiar cálido y agradable que logra situar al lector en un minúsculo poblado junto al Canal Beagle en el siglo 19. Colonos, nativos, leyendas, realidades; todo confluye en el devenir de una historia en el fascinante escenario de la Tierra del Fuego con sus bosques y montañas, lagunas y llanos.
Al llegar a la Estancia Harberton Natalie conoció a su administrador, el señor Thomas Drummond Goodall, bisnieto de Thomas Bridges. Y con él se casaría en 1963 en Estados Unidos.
Natalie se propuso coleccionar plantas locales, estudiarlas, pero también dibujarlas. Ese campo, el del dibujo, a su vez la acercó a otros estudiosos del mundo. Por ejemplo, pueden encontrarse ilustraciones suyas en el libro “Flora of Tierra del Fuego” del botánico inglés David Moresby Moore (1933-2013), publicado por Anthony Nelson en 1983.

Es de interés señalar que esa obra complementó la abundante información vertida sobre la isla con mapas también dibujados por la autora. Destaco aquí el mapa presente en las páginas 158-159, por la inclusión y detalle de las pequeñísimas islas del Canal Beagle, aquellas que a veces en la cartografía tradicional resultan difíciles de ubicar. Además son muy valiosas las referencias toponímicas yámanas que allí se indican, las cuales son una guía de ubicación para seguir las lecturas referidas a este pueblo canoero.
Al tiempo que investigaba la flora fueguina, en las playas de la isla Natalie descubrió cráneos de delfines. Este hallazgo se tradujo en 1976 en el Proyecto AMMA (Aves y Mamíferos Marinos Australes). Este Proyecto científico, desarrollado en el territorio argentino de Tierra del Fuego y dirigido por Natalie, empezó con el estudio de aves y mamíferos marinos, principalmente cetáceos de la América Austral (por ejemplo, delfines y marsopas). Así comenzó a investigarse la biología básica de estos animales a partir del estudio de ejemplares que aparecían muertos en las playas - varados o atrapados en redes de pescadores -, y de la observación de ejemplares vivos. Estos estudios permitieron conocer que en la zona existen 22 especies de cetáceos y 8 especies de focas y lobos marinos, algunas pocos conocidas en el mundo.
Cuando se encuentran aves o mamíferos marinos muertos en las playas fueguinas, se toman fotografías y se levantan datos científicos (muestras de ADN, medidas, entre otros). Luego se colectan los esqueletos completos, los cuales son almacenados, limpiados, numerados e incorporados al Museo Acatushún (integran la “colección de esqueletos del Proyecto AMMA”).

Este museo - por cierto el más austral de la Isla Grande -, por un lado propone una exhibición que “reproduce una escena submarina, con 22 especies de pequeños cetáceos (delfines, marsopas, zífidos), 5 de pinnípedos (lobos marinos y focas) y algunas aves, en paneles o pintados en las paredes en posiciones naturales, mostrando su pigmentación externa y sus esqueletos armados por delante”. Por otro lado, el museo contiene la “colección de esqueletos del Proyecto AMMA”, formada por más de 2200 esqueletos de mamíferos marinos (delfines principalmente) y 2000 esqueletos de aves, que fueron colectados de ejemplares muertos en las playas fueguinas. El edificio además se compone de cuatro habitaciones para científicos o estudiantes y de un laboratorio (**).
El museo es visitado por los turistas que regularmente se acercan a conocer Harberton. En este sentido, también debe recordarse que Natalie pensó una concepción turística para la Tierra de Fuego de la década del ‘70. En su libro “Tierra del Fuego”, presentó no solo sitios de interés para el visitante, sino también proporcionó datos sobre la hotelería, gastronomía y agentes de turismo. Inclusive la autora brindó recomendaciones que, imagino, provenían de su propia experiencia. Por ejemplo, puede leerse en la página 154: “Lago Roca: Alquile un bote y explórelo usted mismo”. Eran tiempos donde la información, claro está, no podía hallarse simplemente con un celular en mano desde cualquier parte del mundo. Este texto, resultaba entonces de gran ayuda para los viajeros que llegaban para conocer la Tierra del Fuego por aquellos años. En el apartado titulado “Cómo usar este libro”, la autora dejaba entrever que muchos turistas le enviaban cartas para solicitarle información turística.
Rae Natalie Prosser Goodall, una personalidad que se ha destacado en la provincia y fuera de ella. Su trabajo la llevó por distintos caminos: la investigación, la biología, el dibujo, la cartografía, la historia, el turismo. Todos ellos se armonizaron perfectamente. Quedan sus enseñanzas de compromiso y dedicación en su tarea, y las otras, las del campo de la ciencia. Falleció el 25 de mayo de 2015, en la estancia que la vio llegar cuando joven. Una calle la recuerda en Ushuaia.-
Referencias sobre lo escrito:
Belza, Juan B.: ”Romancero del topónimo fueguino”, Instituto de Investigaciones Históricas de Tierra del Fuego, Buenos Aires, 1978.
http://mensajerodelrio.blogspot.com.ar/
www.acatushun.com
http://www.momentostdf.com.ar/2015/06/fallecio-rae-natalie-prosser-goodall.html
(*) Herbario (RAE): Colección de plantas secas y clasificadas, usada como material para el estudio de la botánica.
(**) El sitio web del Museo, indica que “Acatushún es el nombre que le daban los antiguos habitantes yámanas al lugar de la Bahía Harberton en el que se encuentra el museo, pero se desconoce su significado”. En el libro “El romancero del topónimo fueguino”, su autor Juan E. Belza, hace mención al topónimo Ukatush como nombre yaghán para Puerto Harberton. Tampoco indica su significado, pero comparte con el nombre del museo una parte de la palabra: c/katush.
19 de abril de 2017, 15:14
En el cumpleaños de Natalie Goodall.
Los lobitos nos acompañaron prácticamente todo el viaje haciendo saltos y piruetas. Una bandada de gaviotas voló a la par del catamarán durante varios minutos...
Al pasar Makinley, nuestro querido amigo Denis, desde el otro lado del Canal, rindió su singular homenaje: un hombre solitario con una bandera negra y un brazo levantado en alto, saludando a su amiga.... La bocina del catamarán acompaña.
Seguimos adelante... Entramos en la bahia de Harberton, el agua quieta como un espejo; la tierra blanca y limpia; el silencio.... Los muchachos de Prefectura, vestidos de naranja, amarran la nave y todos bajamos al muelle.
El resto de mi familia fueguina nos espera... Mis primos, mi tío, más amigos de la vida...
Subimos la lomita hasta ese bosque encantado donde están mis bisabuelos y el querido Tío Lorenzo...
Rezamos... Unas pocas palabras. Dos rosas sobre el cajón; una por cada hija.... Manojos de tierra, luego paladas.
Mi madre no está aquí! Está en cada uno de nosotros que la quisimos y queremos... Está en el aire, en el bosque... En el mar y las montañas...
Por fin bajamos a la casa de té, al calorcito de la leña y del corazón de nuestros amigos. Y después ellos se van; el catamarán se aleja y el saludo silencioso acompaña.
Por ultimo quedamos, sentados en el living, mi papá y yo... tranquilos... en paz... en armonía...
Natalie Goodall: Ventiún canoas.


Rae Natalie Prosser de Goodall es ampliamente conocida por sus estudios biológicos en la Tierra del Fuego a donde llegó hace medio siglo. También por su muy conocida guía escrita en castellano e inglés.
Había una vez, hace muchos, muchos años, cerca de 1908, para ser exactos, una niña pequeña llamada Clarita que vivió en Tierra del Fuego. Ella, de seis años de edad, era una simpática niña de ojos marrones, pelo color marrón claro, y una carita redonda y feliz. Vivía en una casa de dos pisos hecha de madera, y cubierta con hierro corrugado. Vivía con su mama y su papa, su hermano pequeño Len, su abuela y su tía abuela.
La casa era parte de un caserío de una granja que se extendía a lo largo del Canal Beagle. La misma estaba administrada por el papa de la niña, que se dedicaba al criado de ovejas en las tierras de oeste, tenia un aserradero para hacer madera destinada a la construcción, y además vendía carne y verduras a los mineros que buscaban oro en las islas lejanas. El caserío fue construido en la ladera, en el borde de una larga bahía que sobresalía al noroeste desde el Canal de Beagle hacia las montañas. Por su parte, la casa tenía muchas ventanas, por donde miraba Clarita (lo cual hacia a menudo) o cuando estaba jugando al aire libre, toda la ladera y una parte del océano.
La mayoría de los hombres que trabajaban en la granja eran Indios Yahgan, nativos de Tierra del Fuego, quienes no hace mucho vivían casi desnudos (cubiertos con grasa contra el frio) en sus canoas o en pequeñas cabañas hechas de ramas, hojas y hierba levantadas en áreas protegidas a lo largo de la costa. Los Yahgan apreciaban mucho a la familia de Clarita, y les gustaba trabajar allí, pero con frecuencia sentían la necesidad de algo de aventura, propio de su antigua familia, y a menudo deseaban irse por unos días, o semanas incluso, en sus botes.
Una mañana, Clarita y su hermano pequeño miraban a través de la ventana y vieron como una canoa india llegaba desde la punta de la península en el extremo de la bahía. Esto no era nada inusual: canoas, siempre, iban y venían. Pero esta estaba acompañada de otra, de otra, y otra!
Mientras los niños miraban, más y más venían, una tras otra. Clarita ya sabía contar, así que lo hizo a medida que se acercaban a la bahía. Veintiún canoas! Clarita nunca había visto tantas! De hecho, esa fue la última vez que ella o alguno de su familia vio tantas de una sola vez.
Clarita y Len se apresuraron en bajar las escaleras y salieron a la entrada para ver mejor las canoas. La mamá se precipitó tras ellos y les dijo que se queden en la entrada y no vayan a la playa hasta que su papá salude a la gente.
Las canoas aparecieron en la bahía, y las mujeres (quienes remaban) lo hicieron suavemente hacia tierra, en lugares especiales donde las rocas habían sido removidas, y algas habían puesto, para que las mismas no se dañaran cuando se detuvieran. No había suficientes lugares para todas, así que algunas dejaban a los hombres y a los chicos cerca de tierra firme, y luego las mujeres amarraban las canoas sobre las algas y nadaban hasta la costa.
Todas las personas alrededor del caserío, los indios, las mujeres y los chicos, quienes trabajaban allí, se abalanzaron hasta la playa para encontrase con los recién llegados. El padre de Clarita se encontraba en la mitad de la multitud. Todo el mundo gritaba y agitaba los brazos excitadamente.
¡Como deseaba Clarita ir corriendo para jugar con los Indios pequeños! Pero ella tenía que actuar maduramente y caminar con tranquilidad al lado de su mama y de su hermano, a un lado cerca de su papa, donde ellos podían escuchar que estaba pasando. Clarita tenía permitido jugar solo con ciertos indios de su edad, aquellos cuyas madres mantenían limpios; sino ella hubiera vuelto a su casa llena de piojos y otros parásitos!
Cuando se acercaron a los nuevos visitantes, la jovencita NO quería jugar con ellos. ¡Como olían! Ellos estaban muy emocionados porque una gran ballena había sido abandonada en la playa no muy lejos de allí. Había muerto en el mar y sido arrastrada hasta tierra firme. Los Yahgans amaban la carne y la grasa de ballena. Ellos habían estado cortándola y comiendo la carne, y almacenando el resto en ciénagas para preservarlo para después. Cada uno, incluso los chicos, había sido cubierto con la grasa maloliente. Aunque algunos se habían bañado, sus prendas y cuerpos todavía olían terriblemente a ballena podrida.
La mamá de Clarita hizo pan, mermelada, y te con leche y azúcar para todos, y después de un rato partiendo de nuevo. Algunos de los granjeros se fueron con ellos, para ver si podían obtener algo de la carne de ballena. Finalmente, al anochecer, todo retorno a la normalidad, la tranquilidad volvió a la bahía. Cuando la oscuridad cayó, las velas ya estaban encendidas, mientras todos hablaban del emocionante día transcurrido. A Clarita esa noche le tomó tiempo conciliar el sueño, e incluso cuando fue una señora de avanzada edad, nunca se olvido de aquel día que 21 canoas llegaron a su casa.
Esta es una historia real, y lo sé porque Clarita con el tiempo creció, se casó, y tuvo dos hijos. Ellos también crecieron, a su debido tiempo. Una vez me encontré con uno de sus hijos, me case con él, y me fui a vivir a Tierra del Fuego en la misma casa donde Clarita vivió en su niñez, y ella misma me contó la historia.
Ilustración: Mati Cobelo.




