Pioneros, de Milán Gerardo Pasussi Visic


Le robaron fuerza al cielo,
enterrándola en la piedra,
se forjaron un destino,
alejados de su tierra,
que miraron con nostalgia,
y a la que nunca volvieron.

Vaya saber que tormenta,
pasó en aquellos cerebros,
para que luchen porfiados,
convertidos en guerreros,
de la azada, de la pala,
del rastrillo y del apero.

Buscando el brillo del oro,
a tierras frías de fuego,
llegaron con un caballo,
que ni su nombre recuerdo,
a tierras frías de fuego,
comentadas desde lejos.

Hablaban a media lengua,
cada uno en su dialecto,
algunos usaban boinas,
otros iban sin sombreros,
las mujeres arrastraban,
por el viento sus atuendos.

Esquilando en los galpones,
pasó de peón a lechero,
repartiendo con su carro,
ofició de carnicero,
o trayendo aquél abono,
a un tal Jack, pasar lo vieron. 

Y sin dar cuentas al frío,
cuando la chacra la hicieron,
también supo trabajar,
a modo de carpintero,
cuentan paisanos ya idos,
que con el primo, la hicieron.

Con Catalina tuvieron,
hasta hijos sus bisnietos,
y su quinta alimentó,
a buena parte del pueblo,
cuando el pueblo no llegaba,
ni siquiera a ser inquieto.

Las parvas y los repollos,
los nabos y las lechugas,
las zanahorias picudas,
y los sauces con reparos,
se fueron con Catalina,
en su delantal, guardados.

Hubo tan solo un peón,
simplemente era: Toledo,
que volvía de la quinta,
para tomarse un recreo,
y perderse en el tazón,
gigante de los recuerdos.

Hoy queda la Casa Grande,
donde todos habitaron,
monumento declarado,
sin papeles ni decretos,
 pero que firma el respeto,
que todos le dispensaron.
  
Los dos descansan en paz,
quién no sueña con tal premio,
reservado para algunos,
de esos pioneros sureños,
que a hacha y cuña calentaron,
sus hogares en invierno.

Las cuatro manos no están,
 ya no hay leña con la sierra,
y si parece que vuelven,
en lupinos de sorpresa,
seguro que son los sauces,
que los extrañan de veras.


 La casa

Solidaria aparición,
en el medio de la pampa,
como torre se levanta,
guareciendo sin descanso,
a todo el que se acercó,
buscando amparo en sus brazos.

Custodiadora del alba,
recibió a los peregrinos,
que olvidando los caminos,
que debían transitar,
allí venían a dar,
como buscando un destino.

Hoy en medio del progreso,
e inmutable en su subida,
lo mira como diciendo:
“ya te gané la partida,
porque tengo el corazón,
en la carta de la vida”.

Sus chapas y sus tirantes,
los clavos y los rellenos,
aquél pasillo en el medio,
bien ancho para los juegos,
y un entretecho cerrado,
para facturas de cerdo.

Los dormitorios grandotes,
ventanales hacia el cielo,
la cocina siempre alerta,
alentada por estiércol,
quemaba la chimenea,
que era toda de cemento. 

Comedor de navidades,
de bautismos, casamientos,
regocijos y alegrías,
festividades, encuentros,
como si allí no pasara,
a visitarlo el tiempo.

El baño con sus estrellas,
luego fue invitado a entrar,
de esa forma fue uno más,
de sus cálidos ambientes,
aunque sin agua caliente,
hasta la modernidad.

El techo a las cuatro aguas,
como un sol horizontal,
firme viene a resguardar,
las paredes de madera,
las de adentro porque afuera,
son forradas de cristal.

 Apoyada en los pilotes,
y separada del suelo,
protegía a las cebollas,
y a las papas de los hielos,
como un sótano a la vista,
que mostraba su misterio.

El ojo de agua  de entonces,
sin duda el más visitado,
daba vida con sus latas,
que a brazo se trasladaban,
con rumbo hacia la cocina,
donde el jarrito esperaba. 

La despensa siempre a mano,
en años de crecimiento,
invalorable puntal,
no pudo llevársela el tiempo,
todavía algún capón,
soporta su propio invierno.

No lejano se levanta,
el legendario galpón,
que albergó más de un cordero,
en aquel aniversario,
fueron ochenta los años,
que dicen, cumplió el patrón.

Allí queda como un hito,
la casa con su galpón,
en sincera imitación,
reflejando su pasado,
para ninguno olvidado,
como si fuera un coirón.