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Asi llegaban las primeras familias indígenas a la Misión de Nuestra Señora de La Candelaria.



En Carta del Padre Beauvoir a Fagnano, su superior, se dice: Al amanecer vimos descender de las alturas del río una interminable columna de gente, cubierta con pieles de guanaco y seguida de una infinidad de perros…se acercaron á la orilla, y, apenas el reflujo del mar se lo permitió, pasaron á nuestra orilla. Los mayores ayudaban á los pequeños, y las mujeres á más de llevar á los niños, venían cargadas con pequeños bastoncitos, pieles, cuerdas de cuero, cubos de corteza, canastillos, piedras para las flechas y con yesca para el fuego, etc., etc. Colocaron sus tiendas á nuestro alrededor.
A las dós de la tarde todos habían ya pasado el río, y habían depositado sus utensilios sobre nuestra orilla. Se presentaron en nuestra casita tan sucios y llenos de fango que daban asco. Distribuimos una manta á cada uno de los mayores y media á los menores; después pasamos á la galleta, á los confites y á otras golosinas, que eran recibidas y comidas con signos de alegría y de reconocimiento. En honor de estos pobres salvajes  debo decir que en general los hombres llevan una sola piel de guanaco sobre los lomos, pero las mujeres y las niñas van cubiertas desde el cuello hasta los pies, de modo que servirían de ejemplo á ciertas personas esclavas de la moda.
Recibidos estos regalos, las mujeres fueron á levantar sus tiendas á unos doscientos metros de nuestra casa, y los hombres se desbandaron.
Estando siempre alguno de nosotros haciendo de guardia, les dejábamos entrar en casa, haciéndoles comprender que debían respetarlo todo, y se mostraron muy dóciles á nuestras indicaciones.


Un testimonio de ese encuentro entre dos culturas:

A las cinco sentimos un grito, y en un momento todos los hombres se retiraron á sus tiendas, donde las mujeres habían encendido el fuego, del que se alzaban columnas de humo. ¿Qué había sucedido?- Pregunté al indio Copello  y me respondió que por el norte se veían venir á otros Indios (del cabo Sunday, á unas 11 millas de distancia) y que por lo tanto ellos se debían preparar para la defensa. En efecto, preparados los arcos y flechas, salieron de sus tiendas y se dirigieron hácia aquella parte; como unos doce formaron la vanguardia, y el cuerpo, compuesto de unos cuarenta, se detuvo á poca distancia de las tiendas.
Poco después llegaban algunos Indios seguidos de otros muchos; todos traían consigo á sus familias, sus utensilios y sus perros. Después de algunas reverencias de ambas partes, la vanguardia les dirigió la palabra y parece les respondieron amigablemente; el hecho es, que sin demostración alguna hostil, los dejaron venir á nuestra casa, donde recibieron los acostumbrados regalos,  y se retiraron con signos de alegría á levantar sus tiendas á cincuenta metros distantes de las de los otros.
Este fue para nosotros un verdadero día de fiesta: al anochecer hicimos cocer dos grandes calderas de carne y judías, que distribuidas á nuestros huéspedes, las devoraron con gran satisfacción.

Era el 13 de abril de 1894


Kalapacte, apuntes sobre su existencia.

Era uno de los muchachos onas que logró escapar de Paris donde era exhibido como antropófago, y llegó a Montevideo donde lo encontró José María Beauvoir llevándolo a Dawson.

Con el tiempo se lo llamó Calafate.(En la foto al centro)

En su ensayo “Bajo tuición. Infancia y extinción en la historia de la colonización fueguina », Julio Joaquín Bascopé, realiza varias observaciones sobre este personaje, una suerte de escudero de Beauvoir.
“Calafate”, “Kalapacte” o “Kalapaten”, fue uno de los fueguinos enjaulados en la Exposición Universal de Paris en 1889, que se había fugado de ella, viajado por Francia y luego embarcado en Liverpool, desde donde volvió a Punta Arenas en 1890. En el viaje de regreso, y cuando “Calafate” rondaba los doce años, coincidió en Montevideo con el salesiano J.M. Beauvoir. Éste lo obtuvo como criado con la ayuda del antecesor del gobernador  Señoret y disputándoselo a la misión anglicana. Durante quince años no sólo realizó tareas domésticas sino que (in)formó la futura etnología fueguina, “contándome gran parte de la Historia [sus Memorias] […] y en modo especial sirviéndome de Lenguaraz (intérprete) y ayudándome a componer el diccionario que después en compañía de los otros misioneros pudimos formar”.
En el Boletín Salesiano puede encontrarse una referencia a una fuga de Kalapacten, donde a criterio de Bascope :  dejó en evidencia no ya su “instinto salvaje”, como pretendía Beauvoir, sino el salvajismo de los misioneros que, tras tres años de misión, aún eran ignorantes del idioma nativo: “¡Lástima que su idioma es cosa difícil de manejar y ellos con no poca dificultad pueden comprender el nuestro! ¡Cuánto bien podríamos hacerles si entendiéramos! ¡Que falta nos hace un intérprete! Esperábamos que Luigi Michele Calafate hubiera servido de ayuda, pero ¡oh, qué amargo desengaño! Nadie es profeta en su tierra, corresponde repetir. Primero dice no conocer más el indio; luego empezó a ejercitarse en el tiro al arco; finalmente, me pidió permiso para ir en busca de su hermano que debía encontrarse en Bahía Inútil. Después de quince días, me llegó en un estado lamentable. Fue alimentado y cambiado entero de pies a cabeza, en la esperanza de que los padecimientos sufridos lo hubieran vuelto sabio en el futuro. ¡Inútil expectativa! Dos semanas después, el retorno en él de los instintos salvajes lo hicieron huir nuevamente, llevándose incluso la llave de la habitación. Cuando vino Monseñor Fagnano la primavera pasada, lo hizo buscar y lo recondujo a Punta Arenas. Todas estas contradicciones y dificultades, sin embargo, no nos asustan, en la esperanza siempre de poder ganar algún alma más para vuestro Señor y asegurar así salvar la nuestra”.
En sus memorias el que fuera primer director de La Candelaria lo muestra siempre a su lado. Así estará en el Amadeo en el frustrado desembarco en el río Grande del invierno de 1893, y más tarde afrontarán los rigores de la espra en la bahía San Sebastián.
Luego del incendio del 12 de diciembre de 1896 sobrevivirá mal vestido. Así lo encontrará Fagnano cuando realice la visita de inspección luego del siniestro y al verlo descalzo que obsequiará sus propias botas.
Como criado, “Calafate” procuró a Beauvoir “el ahorro de un peón (es decir setenta pesos mensuales)” y “con su indianidad y habla” fue clave en los comienzos de las misiones pues “buscó y trajo muchos paisanos suyos”. En una ocasión, realizando este trabajo en los alrededores de La Candelaria, no se tuvo noticias suyas y después de tres meses “se lo encontró en un campamento de indios onas, ya semidesnudo y tan bien avenido con su nueva vida que no pensaba regresar a la misión.
Luis Miguel Calafate, Kalapacte, la existencia de un fueguino que recorrió mundos en tiempos inexorables.


Un naufragio y sus vergüenzas.


El 22 de octubre de 1887, se  da el fallo en el juicio por el hundimiento del Magallanes.



Una  vez que fueron desembarcados en Buenos Aires los Jefes y Oficiales del Magallanes, se les nombró de oficio el Fiscal que debía instruir el consiguiente sumario, recayendo éste en el Capitán de Navío don Emiliano Goldriz, quien designó al Teniente de Fragata Leopoldo Funes para actuar como Secretario. Méndez designó defensor  al teniente de Fragata  Santiago J. Albarracín.

Iniciada la causa y hasta que ella fue elevada  a plenario, el Comandante del Magallanes guardo arresto en el cuartel del Retiro, de donde fue trasladado a presencia del Consejo y luego recluido en su domicilio particular.

El 22  de Octubre, a las 14 horas, se reunió el Consejo de Guerra en sesión pública. El defensor  solicitó la absolución de Méndez “por no resultar comprobado cargo alguno en su contra”.
El Consejo se pronunció en sentido favorable, pero  con suspensión de mando para el Comandante.
Aquí la resolución del Ministro de Guerra y Marina General Racedo
.
 
                                                                                                                 
                                                                                                   
            Encontrándose ajustado al tratado 5to Título 5to Artículo 24 de las Ordenes de la Armada, el fallo dictado con fecha 22 de octubre ppdo. por  el Consejo de Guerra y atento lo aconsejado por el Auditor de Marina en el Dictamen que antecede
 
Se Resuelve:
 
Artículo 1ro- Aprobar el fallo dictado por el Consejo de Guerra, por encontrarse con arreglo a las prescripciones de las  Ordenanzas de la Armada; pero, usando el Poder Ejecutivo de las facultades que le son inherentes, queda limitado a dos años el plazo durante el cual el Teniente de Navío D. Carlos Méndez no podrá ejercer mando alguno y debiendo revistar durante ese tiempo en la Plana Mayor activa.
Artículo 2do- Amonéstese al defensor de esta causa, Teniente de Fragata D. Santiago J. Albarracín por haber hecho uso de lenguaje inadecuado en la defensa de este sumario.
Artículo 3ro- Comuníquese esta resolución al estado Mayor General de la Armada para su debido cumplimiento y avísese a quienes corresponda a sus efectos.
Fdo. General E. Racedo -  Ministro de Guerra y Marina
                                       
            Nada se ha encontrado en el sumario sobre la suerte que corrieron Agustín Maristany y los maquinistas del Magallanes por su presunta responsabilidad  en el naufragio.
            Acerca del Capitán del Magallanes, Carlos Méndez, sus antecedentes eran muy buenos y había participado de distintas campañas al sur, que incluían una travesía  hasta Santa Cruz en una embarcación menor junto al Teniente  Félix Paz.

            Sobre Agustín Maristany, el otro protagonista de esta tragedia, existen testimonios de  colonos de Deseado e incluso del historiador Hilarión Lenzi, donde lo citan como un excelente marinero, conocido y apreciado en la zona. Había  participado al timón de la balandra “Coronel Solier”  en los trabajos de exploración,  que realizara Onetto entre  mayo y noviembre de 1883, en la zona del Deseado.
Con los antecedentes citados, no surge  claramente como  el buque terminó impactando contra una roca muy bien conocida en el lugar, habida cuenta que  vela  en cada bajamar.
            El diario La Prensa  en su edición  del 21 de Agosto/887, aboga por los tripulantes del Magallanes  a través de un artículo que titula “Triste Situación de los náufragos”:
No puede ser más desesperante la triste situación  en que se encuentra la tripulación del Magallanes  que llegó hace muchos días a esta, después del naufragio de aquel buque.
Estos infelices han llegado en el lamentable estado que se puede suponer después de un naufragio, se encuentran sin ropa y sin dinero pues se les adeudan 3 meses de sueldo, sin que tengan esperanzas de percibir siquiera un peso de sus haberes por la razón de siempre: la partida presupuestaria de donde se les podía pagar, esta agotada y no hay donde imputar ese gasto; pero ni siquiera se piensa en arbitrar las medidas para sacarlos de tan desesperada situación.
Es hasta inhumano el proceder observado con esta pobre gente.
En naufragio se había producido el 26 de junio y entre los pasajeros estaban además del gobernador fueguino –Félix M.Paz- , el de Santa Cruz, Ramón Lista, , el Doctor Polidoro Seguers, primer médico en Tierra del Fuego, y José María Beauvoir, el futuro Director de la Misión Salesiana de Río Grande.

Si bien consigue salvar los caudales que transporta, no corren la misma suerte los aprovisionamientos, con lo que la situación en Ushuaia quedará al límite.

Seguers pierde en este incidente todos sus ahorros.

Beauvoir había nacido en Turín en 1850 graduándose de maestro en 1872 como paso previo a la consagración sacerdotal que se daría tres años más tarde. Llegó a Buenos Aires en 1879 desempeñándose como maestro en el colegio San Carlos. Acompañará después a José Fagnano a Patagones cuando se levanta la primer capilla católica de la Patagonia argentina.

En 1884 es designado capellán de la Provincia de Santa Cruz, y en razón de tal cargo la recorrió extensamente a caballo.

Residía en Buenos Aires cuando Fagnano luego de conocer Tierra del Fuego solicita su concurso para iniciar la labor misional desde Punta Arenas.

En ese accidentado viaje se produce el naufragio en el Magallanes, de que dejará Beauvoir un interesante testimonio...  

El incidente se dio cuando la nave choca con una piedra cuando en el momento del desembarco el capitán creyó que haciendo una bordeada más extensa facilitaría las tareas de llegada al fondeadero.

“Imposible describir el pánico y las ansias mortales que se apoderaron de todos los que allí estábamos. Un ir y venir atropellado, un griterío ininteligible, un llorar de las mujeres y de los niños, un correr de los marineros yendo desatinadamente de proa a popa, todos mandaban y nadie obedecía, en fin un pandemoniun indescriptible”

Beauvoir agrega también que durante el desembarco en botes: “Vi a mas de uno empujar a otro y quitarlo de un puñetazo para ponerse en el mismo; a ninguno vi invocar el auxilio divino y pedir a Dios misericordia, solo se oían blasfemias e imprecaciones horrendas. Hubo quien clavó en el cielo la mirada y agitando el puño maldecía a Dios. Me horroricé pensando que estaba quizá al borde de la muerte y desafiaba al rigorosísimo Juez que entre poco tal vez le habría de juzgar. Otro, con el revolver en la mano, estuvo a punto de pegarse un tiro si no le hubiese faltado ese valor satánico. ¡Cuánto desvarío en esta desgraciada humanidad!!!

Entre los náufragos se encontraba Ibón Noya, quien había sido contratado como carpintero para la gobernación fueguina, pero el accidente torció su rumbo: se quedaría en Santa Cruz, donde llegaría a hacer fortuna como hacendado presidiendo con los años la Asociación de Río Gallegos.

El Magallanes se trataba de un buque de transporte mixto, carga y pasaje, construido en el año 1880 en el astillero Harris & Mauxel de Glasgow, Escocia, con el nombre de GRAN CHACO para la firma de Molero y Torrado de Buenos Aires.

Consultamos; http://www.histarmar.com.ar/Naufragios/Naufragios-SantaCruz/Magallanes.htm
Esta nave de casco de acero se construyó a un costo de ₤ 17.000 y sus dimensiones eran: 64,00 x 7,10 x 4,80 metros, un registro de 420 toneladas y 1.200 de desplazamiento.
Estaba propulsado por una maquina a vapor tipo compound de 500 CV, alimentada por dos calderas y tenía un aparejo auxiliar tipo pailebote.
En el año 1885 al quebrar la empresa, lo adquiere en un remate el Señor Juan Herrero, quien lo vende al Estado, el 6 de marzo de 1886 para efectuar servicios de cabotaje a la costa Sur.
En el año 1887 se lo incorporó a la Escuadra Nacional con el nombre de MAGALLANES.
Al mando del Capitán Méndez y con 200 personas a bordo naufragó al intentar ingresar a la ría de Puerto Deseado, al chocar con las Rocas del Diablo o Roca Magallanes, actual baliza Magallanes, en la posición aproximada 47° 46’,5 S y  065° 50’,7 W el 26 de junio de 1887.

En el accidente perdieron la vida 2 tripulantes, el resto de los náufragos debió acampar en la playa por más de un mes, hasta ser socorridos por la Corbeta URUGUAY y los transportes AZOPARDO y MERCURIO.

La adquisición de la Goleta María Auxiliadora en dos cartas...

Del Boletín Salesiano NOTICIAS DE NUESTRAS MISIONES -TIERRA DEL FUEGO

Adquisición de una nave para la Misión

Con fecha 20 de julio de 1891 Monseñor José Fagnano, Prefecto Apostólico de la Tierra del Fuego, escribía de Puntarenas al Revmo. Señor Don Rua, manifestándole el progreso conseguido en la Misión de San Rafael establecida en la isla de Dawson (Tierra del Fuego), y le añadía:< Por desgracia algunas veces el retardo en recibir los víveres llena á los indígenas de inquietud, y temo que esto llegue alguna vez á causar consecuencias deplorables. Para evitar semejante peligro me parece no solo conveniente sino necesario adquirir una goleta de la cual disponer en tiempo oportuno para el transporte de provisiones. Repetidas veces ocurre que sin poder conseguir una barca ni marineros, con inmenso pesar nuestro, debemos esperar semanas y mas semanas llenos de aflicción por la suerte de nuestras Misiones…
Revmo. Sr. Don Rua, por el bien de la Misión, de nuestros hermanos y de los pobres salvajes yo no puedo vivir tranquilo hasta no salvar esta necesidad. Una goleta ó pequeño buque de vapor es indispensable para el servicio de la Misión de San Rafael.
A las súplicas de Monseñor Fagnano para conseguir un barco uniéronse entonces las de Don Rua, y, gracias á la caridad de nuestros Cooperadores, se pudo comprar un barco, no de vapor, como habría sido de desear, sino de vela y demasiado pequeño para resistir  á las tormentas de los mares australes.
He aquí una carta en que el R. P. José María Beauvoir nos da noticias de la conducción del mencionado barco.



De Chiloé á la Tierra del Fuego.
Puntarenas, 12 de mayo de 1892.

REVMO. SR. DON RUA:

Después de una ausencia de cerca de siete meses, me encuentro de nuevo en Puntarenas en la buena compañía de los queridos hermanos. Y tomando la pluma en los ratos libres que me deja el cuidado de los niños educandos le daré breve noticia de mi último viaje, emprendido por orden del muy amado Prefecto Apostólico, Mons. José Fagnano, para comprar una nave para el servicio de la Misión de Tierra del Fuego. Tendré así ocasión de de dar un testimonio público de la extraordinaria protección de María Santísima Auxiliadora, en señal de viva gratitud por haberme librado varias veces en tal viaje de inminente naufragio.
Habiendo partido de Puntarenas el 30 de septiembre del año pasado, no pude volver hasta el 1° de abril del presente. Como á las 4 de la tarde de este día, catorce personas embarcadas en la nave tan deseada, dejábamos al puerto de Dalcahue, en Chiloé, y, aprovechando el viento favorable, enderezamos rumbo por los canales del archipiélago, hacia el mar Pacífico.
De paso nos detuvimos apenas en Coraco, tierra natal de nuestro piloto, y en Melinka, una de las islas Guaitecas, residencia del Gobernador marítimo. Por fin, á los 5 días de viaje entramos en el grande Océano.
¡Ay de nosotros! Que apenas tocamos las aguas del Pacífico comenzó á bailar azogadamente el barco sin aquietarse en treinta horas: un viento fuerte de la parte de oeste, una espesa niebla y una lluvia desecha pusieron á prueba la paciencia de los tripulantes. Las olas que se levantaban  como montañas jugaban con nuestro pobre barco y amenazaban con tremendo fragor sepultarlo de un momento á otro en los profundos abismos. ¡Tristísimo recuerdo! ¡Cuántos gemidos y cuánto espanto en aquellas horas mortales! Pasó la mañana y la tarde y el día entero sin que disminuyese un punto la furiosa tempestad. Llegada la noche, aumentó la zozobra: azotada la nave por un horrendo golpe de mar, sintiese un fracaso indecible: era la vela mayor que caía al agua con la entena correspondiente, al mismo tiempo que se destrozaban en parte las demás. Fue menester arriar las que quedaban y seguir á merced de las olas á palo seco.
A poco nos vimos delante de un escollo gigantesco. Parecía llegaba nuestra última hora; la consternación fue general; el peligro inminente.
Sin medio alguno en lo humano para evitarlo, todos invocamos el socorro del Cielo. Las jaculatorias nos venían espontáneas á los labios: ¡Jesús mío, misericordia! ¡Oh María, concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos á Vos! ¡María, auxilium Christianorum, ora pro nobis!
Y María vino en nuestro auxilio.
El piloto, rendido de fatiga, bañado de agua y de sudor, haciendo todo el esfuerzo posible para gobernar el timón, gritaba de tiempo en tiempo: ¡Valor amigos míos! Mas luego murmuraba en voz baja; No hay escapatoria; estamos perdidos.
Pero no, que, á Dios gracias, la barca tomó rumbo hacia alta mar, y sólo al aclarar el día nos dirigimos á la costa.
Deseamos llegar al puerto Otwai, en el promontorio de Tres Montes; pero impelidos por el viento continuamos aún nuestro viaje todo el día á palo seco, pasamos el golfo Penas (ó de las penas) y, por fin, llegada la tarde, conseguimos anclar en Puerto de Ballenas, donde
pudimos tomar el reposo de que tanto necesitábamos.
Restablecidos un tanto, continuamos viaje á la isla Black donde nos detuvimos para confortarnos corporal y espiritualmente. Digo espiritualmente  porque toda la tripulación, para cumplir una promesa hecha á María durante el peligro, se confesó y al día siguiente, Domingo de Ramos, recibió la santa Comunión. Los que no pudieron   hacerlo en ese día no tardaron mucho en cumplir su promesa, inclusive el piloto, el cuál asistía con frecuencia á misa y á recitar á coros el rosario conmigo y la marinería.
Continuamos camino, y entrando en el estrecho inglés ó Angostura anclamos en la isla Víctor, donde tanto por causa del viento contrario como para reparar los daños sufridos nos detuvimos una noche y un día.
El jueves, aunque el tiempo no era mejor, pasamos á la isla Saumarez, donde abundaba la nieve.
En el puerto de Grappler encontramos una canoa con ocho indios, á los cuales á más de regalarle algunos vestidos y varios embelecos los invité á acompañarme; pero no pude conseguirlo, espero ser más afortunado si los encuentro de nuevo.
El Sábado Santo el tiempo continuaba tan malo como en los días precedentes, y sin encontrar buen fondeadero casi nos estrellamos contra una roca; nos pusimos, en consecuencia á la capa durante la noche. Luego que rayó la aurora seguimos por el canal con gran peligro de extraviarnos á causa de la niebla, y á las tres de la tarde llegamos á Puerto Bueno.
Este puerto es más que bueno, es excelente: lo visité todo, no obstante la lluvia, y me pareció encantador, un gran parque real con graciosas islas, senos, caídas de agua y prados bellísimos. Nos es, pues, extraño que toquen aquí casi todos los buques que viajan por los mares. En este puerto encontramos recuerdos del buque de guerra italiano Américo Vespucio y de los mercantes alemanes Gula Suez y Roma. Habríamos deseado detenernos siquiera un día, pero en el interés de llegar cuanto antes á Puntarenas, al día siguiente, si bien era de Pascua de Resurrección, apenas celebrada la misa y pronunciado un corto sermón, levantamos anclas y nos dirigimos á la punta Hamilton á la rada Deep á donde llegamos á los cuatro días, y luego, pasando por sirtes y escollos, á un puerto seguro en el canal de Tamar, aun sin nombre conocido y que llamé de María Auxiliadora.
El 21 de abril soplaba un fuerte viento sud-oeste, y como el piloto no conocía el lugar, vacilaba en darse á la vela; pero examinado un poco el fondo, nos resolvimos á partir y en breve nos hallamos en el estrecho de Magallanes que nos recibió con viento tan propicio que conseguimos andar como sesenta millas en menos de cuatro horas.
Se nos dilataba el corazón al pensar que nos acercábamos á nuestra querida Misión. Pero ¡ay! á cuantos peligros está expuesta acá la vida del navegante…A cada momento puede sobrevenir una borrasca imprevista, dar en una peña ó en algún bajo y salir de este mundo.
Nuestras pruebas no habían concluido, que otras no menos duras nos estaban reservadas.
Después de una navegación propicia, con viento en poca hasta las cinco de la tarde, se oscureció de improviso, vino la noche tan negra que no nos veíamos unos con otros, una lluvia torrencial y un viento que despertó de nuevo la más grande inquietud entre la tripulación. Anclar, sin conocer el lugar, no era posible; continuar el viaje era en extremo arriesgado, á causa de la vecindad del estrecho de la Angostura y del Chroket en una parte cubierta de picos y rocas. ¿Qué hacer? Nos quedamos á la capa y con grandísimo temor nos pusimos á voltegear de un lado á otro.
Más en esta situación terrible siéntese de repente un grito: ¡Escollo, escollo! Era nuestro hermano Porcina quien primero que todos distinguía una gran roca contra la cual íbamos á estrellarnos. Un instante más y nuestra barca se precipitaba en la punta norte de la isla Carlos III.
Se nos heló la sangre en las venas. ¡Fuerza, fuerza, virar pronto! Grita el piloto. Y todos á una, sin pérdida de tiempo nos dimos á la maniobra y conseguimos desviar el barco cuando ya estábamos sobre esa mole. ¡Bendito sea Dios! ¡Gracias sean dadas á María Auxiliadora quien dirigía nuestros esfuerzos y nos demostraba una vez más la eficacia de su protección!
Salvado este peligro, apréciame que no podía temerse otro tan pronto; continuamos toda la noche á la capa, y apenas comenzó á aclarar, aprovechando el viento y la corriente favorables, alzamos velas y pusimos rumbo á la isla Dawson, que ya divisábamos.
Bajo entretanto á mi camarote cuando oigo que me llaman para preguntarme si la barca iba bien. ¡Cápita! Demasiado bien. Habíamos avanzado más de lo necesario y entrado en el canal de Magdalena. Nos empeñamos en retroceder, pero se declaró un terrible huracán que impidiéndonos la maniobra nos obligó á dirigirnos hacia el promontorio de San Isidro. Habríamos querido llegar entonces al puerto Famine; pero no bien había bajado de nuevo á tomar un ligero alimento siento un fracaso que me puso el alma entre los dientes. Nuestra goleta había embancado en un bajo de arena.
Las olas comenzaron á azotarla con gran fragor. La nieve caía en abundancia y el viento soplaba impetuoso. Arriamos velas en el acto y nos pusimos á impeler la nave afirmando palos en la arena. Todo esfuerzo era inútil y corríamos gran peligro de que perdiera el equilibrio y se hundiese allí mismo. Pasadas largas horas de vano trabajo, estábamos ya para embarcarnos en una chalupa y salvar, al menos, la vida, cuando me vino una idea. Sin decir nada á nadie, me fui á rezar el Rosario en mi camarote y luego las letanía lauretanas que concluí con la oración Acordaos de San Bernardo ¡Oh portento! Apenas concluidas las oraciones la nave se alzó como por encanto y quedó libre del bajo en que estaba presa. Era esta una gracia señalada de María Auxiliadora y me atrevo á decir un verdadero milagro.
Continuando viaje el 23 de abril llegamos, por fin, todos sanos y salvos á Puntarenas.
Tales han sido, Sr. Don Rua, las peripecias de mi viaje á Chiloé. Si V. R. lo cree conveniente, puede hacer publicar esta carta en el Boletín Salesiano para que mejor se conozca la protección bondadosa de María auxiliadora y para expresión pública de mi agradecimiento y del de mis compañeros de viaje.
Gracias también á nuestros buenos Cooperadores, que nos han proporcionado los recursos necesarios para conseguir el barco sobredicho de tanto interés para el servicio de nuestra Misión de la Tierra del Fuego.
Monseñor Fagnano partirá conmigo bien pronto en ella á la isla de Dawson.
Saluda con todo afecto á V. R.
Su afmo. Hijo en  J. C.

JOSE MARIA BEAUVOIR

Presb. Salesiano.

EVOCACIONES*** Junio 27 de 1897. Naufraga sobre la costa de Puerto Deseado el buque Magallanes llevando un conjunto de notables:


El Doctor Polidoro Seguers, que viajaba para desempeñarse como médico en la gobernación fueguina, después de haber servido de igual forma en la expedición de Ramón Lista.

Los gobernadores de Santa Cruz y Tierra del Fuego.

Y el Reverendo José María Beauvoir.

Beauvoir había nacido en Turín en 1850 graduándose de maestro en 1872 como paso previo a la consagración sacerdotal que se daría tres años más tarde. Llegó a Buenos Aires en 1879 desempeñándose como maestro en el colegio San Carlos. Acompañará después a José Fagnano a Patagones cuando se levanta la primer capilla católica de la patagonia argentina.



En 1884 es designado capellán de la Provincia de Santa Cruz, y en razón de tal cargo la recorrió extensamente a caballo.

Residía en Buenos Aires cuando Fagnano luego de conocer Tierra del Fuego solicita su concurso para iniciar la labor misional desde Punta Arenas.

En ese accidentado viaje se produce el naufragio en el Magallanes, de que dejará Beauvoir un interesante testimonio...

“Imposible describir el pánico y las ansias mortales que se apoderaron de todos los que allí estábamos. Un ir y venir atropellado, un griterío ininteligible, un llorar de las mujeres y de los niños, un correr de los marineros yendo desatinadamente de proa a popa, todos mandaban y nadie obedecía, en fin un pandemoniun indescriptible”

Beauvoir agrega también que durante el desembarco en botes: “Vi a mas de uno empujar a otro y quitarlo de un puñetazo para ponerse en el mismo; a ninguno vi invocar el auxilio divino y pedir a Dios misericordia, solo se oían blasfemias e imprecaciones horrendas. Hubo quien clavó en el cielo la mirada y agitando el puño maldecía a Dios. Me horroricé pensando que estaba quizá al borde de la muerte y desafiaba al rigorosísimo Juez que entre poco tal vez le habría de juzgar. Otro, con el revolver en la mano, estuvo a punto de pegarse un tiro si no le hubiese faltado ese valor satánico. ¡Cuánto desvarío en esta desgraciada humanidad!!!




PRIMERA CARTA DESDE LA CANDELARIA

Los hijos de Don Bosco, en su andar misionero por este sur, fueron dejando testimonios escritos de acciones y pensamientos.., dados sobre el momento en que protagonizaban acontecimientos que hoy recordamos.

El 11 noviembre no es la llegada de los salesianos a Tierra del Fuego, ya lo había hecho Fagnano en 1886 formando parte de la expedición Lista.

Tampoco es la llegada de los sacerdotes a Río Grande: Fagnano había explorado el lugar y en el invierno precedente hubo un intento fallido, en parte por la irresolución del capitán del Amadeo, el barco de Menéndez fletado en Punta Arenas, un Menéndez al que venían a disputarle el  espacio geográfico y el proyecto de desarrollo regional.

No es el momento aún de la llegada de las religiosas.

Es tal vez solo la instalación continuada en el lugar, de un establecimiento que tuvo sus mudanzas.

He aquí lo que decía el director de la obra en Río Grande, al superior de los salesianos, en Italia. Algo más de un mes después.



VENERADISIMO SR. D. RUA,

Del Río Grande de la Tierra del Fuego, 14 de diciembre de 1893.

Deo gratias, Deiparoeque Virgini Maria nostroe Auxiliatrici! Finalmente, después de innumerables sacrificios, después de casi siete largos meses pasados peor que los hebreos en el desierto, llegamos al sitio designado de nuestro muy amado Prefecto apostólico D. José Fagnano para implementar la nueva Misión Salesiana de N. S. de la Candelaria.
Si quisiera describir en sus pormenores la larga serie de peripecias que sin interrupción se sucedieron en este largo tiempo, haciéndonos sufrir Dios sabe cuanto, no concluiría tan pronto. El infierno, previniendo tal vez el inmenso bien que la nueva Misión habrá de hacer á las desgraciadas almas de estos pobres salvajes que van errando en estas islas fueguinas, empleó todos sus perversos recursos en contra nuestra, suscitando espantosas y tremendas tempestades é impetuosas, formidables é innecesarias borrascas. Pero ¡Bendito sea Dios! Que siempre triunfa del enemigo infernal. La fuerza, el ánimo y la constancia que jamás perdimos en medio de tantas pruebas son ciertísimos indicios de su continua asistencia.

Primera  tentativa fallida.

El día 9 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, el vapor Amadeo estaba cargado de ciento cincuenta toneladas de materiales para la nueva Misión, además de seis buenos caballos y de otros animales indispensables para las excursiones y el mantenimiento de la misma Misión. Entramos D. Bernabé y yo, con tres socios, tres jóvenes y cuatro obreros asalariados y partimos á la vuelta del Cabo Peña.
Transportados por un fuerte viento, en pocos días nos encontramos en la barra del Río Grande. Primeramente yo y después D. Bernabé descendimos á explorar la barra, el canal, la boca del río, el puerto Golondrina, pero no fue posible entrar con el vapor y echar ancla. El viento era tan violento y contrario y las aguas de tal modo borrascosas, que faltó muy poco para que más de una vez fuéramos envueltos por las olas. Nos refugiamos en el Amadeo, el cual, después de mil maniobras, volvió la proa contra nuestra voluntad, y nos condujo atrás casi la mitad del camino ya andado.
Puede imaginarse, amadísimo Padre, nuestra desolación en aquel momento! Después de tantos gastos hechos por esta embarcación, deber volver atrás sin haber podido hacer nada, deber volver las espaldas á aquel sitio tan suspirado, del cual habíamos ideado tan bellos proyectos para el bien de los pobres salvajes; fue una prueba demasiado dolorosa para nuestro corazón. Entramos en la Bahía San Sebastián y desembarcamos junto al arroyuelo Gama, donde nos detuvimos esperando que nos viniera en auxilio otro barco. Con el vapor Amadeo que volvía á Puntarenas, mandamos á Don Bernabé, para que refiriera cuanto nos había acontecido y solicitara el envío de algún recurso.

Estación provisional.

Entretanto para precavernos de la intemperie, allí sobre aquella esterilísima playa, á pocos metros de distancia del sitio donde llegan las altas mareas y á cerca de doscientos de la laguna formada por el arroyuelo Gama, con otros dos menores, fabricamos sobre la arena dos cabañuelas, una para nosotros y otra para las bestias; junto á la primera construimos también una habitacioncita, que nos sirviese de depósito para las cosas más delicadas, é hiciera también las veces de capilla.
Toda esta construcción siendo de leño verdaderamente nos reparaba poco de los vientos, que casi continuamente soplaban con gran furia, y de la lluvia y de la nieve y de la menuda arena que levantada por el viento formaba nubes y era sacudida contra nuestra pobre cabaña. No obstante todo esto debimos tener paciencia y esperar cuatro largos meses, calculando las semanas y los días que necesitaba D. Bernabé para llegar á Puntarenas, hablar con D. Fagnano, preparar una nueva embarcación y correr en nuestra ayuda. En este tiempo expedí también varias cartas a Puntarenas por medio de minadores que á aquí vienen y vuelven por tierra; pero no tuve contestación ni vimos venir á nuestro encuentro nave alguna. Entretanto los víveres escaseaban para nosotros y para las bestias, las cuales, además de disminuir por haber debido matar algunas para nuestro mantenimiento, enflaquecían de un modo visible. No teníamos perros para la caza del guanaco, las balas de carabina no nos servían más que para los pájaros, de los que tuvimos la fortuna de cazar siempre muchos. En ocasiones se unían a nosotros los empleados de la Comisaría del Filared (Sociedad de exploradores), muchas veces llegaban minadores,  tal vez nos hallabamos más de veinte, y con toda esta gente era necesario dividir familiarmente la comida preparada. Esto lo hacíamos de todo corazón y muy contentos: pero de otra parte no sabíamos como hubieramos podido ir adelante por mucho tiempo. Decidí por lo tanto ir yo mismo á Puntarenas por tierra. Era ya á fines de setiembre. Tomé prestado caballos del Encargado del Páramo, y con esos me trasladé a la hacienda de los Sres. Montes y Wales, cerca de la punta Anegada en el Estrecho de Magallanes, y pasado éste, en cuatro días llegué á Puntarenas.

  Otra atrevida prueba llevada felizmente á cabo.

Aquí no hallé ningún barco que quisiera hacerse á la vela en una estación tan mala; por esto D. Bernabé no había podido traernos socorro alguno. Pero yo que sabía el estado mísero en que había dejado á nuestros pobres hermanos y obreros, no pude tranquilizarme. Por más que todos en Puntarenas quisieran persuadirme, tomé nuestra goleta María Auxiliadora, alquilé otra llamada King Fischer, las cargué de víveres, tablas y caballos, y encomendándome á las oraciones de los queridos hermanos y niños, in nomine Domini me puse en viaje el 27 de octubre.
A pesar de empeorar la estación y de los fuertes vientos que continuamente se desencadenan en contra nuestra, nuestras dos pobres goletas, guiadas ciertamente de María Santísima, pudieron resistir varias borrascas, huir multitud de escollos y llegar felizmente á la Bahía de San Sebastián, donde éramos esperados como ángeles salvadores. Allí nos unimos á nuestros hermanos y obreros, cargamos todo lo que nos fue posible y después seguimos á la vuelta del Río Grande. Queríamos absolutamente llevar á cabo la empresa que nos había confiado la obediencia.


                                                               * * *

Las dificultades, los obstáculos hallados todavía á la entrada del Río no fueron menores de los de la vez primera; pero finalmente con el auxilio de Dios y de María Santísima pudimos llegar y echar anclas en el puerto de Golondrina. Esto tuvo lugar á las 7 de la mañana del 11 de noviembre, fiesta de San Martín y vigilia del Patrocinio de nuestra querida Madre María.
Al día siguiente, domingo y fiesta del Patrocinio de María, descansamos en el puerto de Golondrina, y yo pude por primera vez celebrar la misa en esta playa, que de hoy en adelante será el centro de nuestra Misión.
Al día siguiente, lunes, hice levar anclas y con una marea siempre creciente avanzamos con las dos goletas cerca de tres millas hasta llegar á algunas hendiduras, llamadas negras, donde me pareció  sitio cómodo y bueno para echar áncoras. Asi se hizo, y bajando después la marea, pudimos descender cómodamente y casi sicco pede descargar cuanto habíamos traído.

Instalación de la nueva Misión.

Di luego orden á los carpinteros de levantar una cabaña de metros 10,20 de largo por 4,50 ancho y 3,60 alto, con tres ventanas, una puerta al este y otra al oeste. Está dividida en dos pisos, bajo y superior; este sirve de dormitorio y de depósito de víveres, el inferior de capilla y laboratorio. Está situado en una bella posición, á unos cincuenta pasos del río, en el puerto María Auxiliadora, así llamado por haber sido nuestra goleta la primera que allí anclase felizmente.
A cincuenta metros del nor-oeste hice también levantar otra cabaña que sirve de establo á las bestias, y delante un buen patio circundado.
Después de haber dado estas disposiciones, la goleta King Fischer partió para la colonia de la Isla Dawson y la María auxiliadora para la bahía San Sebastián, donde fui yo también á caballo para deshacer las cabañas allí improvisadas y tomar el material que habíamos dejado.
Todo esto se hubiera podido llevar á cabo en poco más de una semana, si los vientos y las tempestades no hubieran obligado á nuestra pobre goleta á estar atada en la Bahía San Sebastián cerca de un mes, la que llegó por segunda vez á este puerto el día 22 del mes corriente.
Esto es, amadísimo Padre, cuanto se ha podido hacer en siete meses por esta nueva Misión. Aquí estamos rodeados de indios de todas partes se levantan inmensos castillos de fuego tal vez para espantarnos. Poco distante de aquí hay como unas doce cabañas, pero sus habitantes á nuestra llegada se han alejado. Iremos ahora nosotros á buscarlos. Ruegue y haga rogar, venerado señor D. Rua, por nosotros y por estos pobres salvajes. Apenas logremos hacerles un poco de bien, informaré a V. R., para que quiera después unirse con nosotros á dar gracias al Dador de todo bien y á nuestra buena Madre María Auxiliadora.
Por ahora sírvase bendecidme y créame siempre en los SS. Corazones de Jesús y de María.

Su dev.mo y obl.mo hijo
Sac. JOSÉ M. BEAUVOIR.



Primer invierno salesiano en el norte fueguino.

Sabido es que cada 11 de noviembre se recuerda el día de la Misión de Nuestra Señora de la Candelaria en Río Grande.

Este 2009 suman los 116 años de aquella instalación a la vera de los Barrancos Negros, lugar cercano a nuestro gran río y de donde emigraría posteriormente a la zona de los Tres manantiales –en las proximidades del actual cementerio de la ciudad- con un alojamiento final en las cercanías del Cabo Domingo, Cañadón de la Porotera.

Pero antes de la proeza recordada una hubo una frustración, y esa aparece consignada en una carta que dirigiera José Beauivoir, que sería el primer director de La Candelaria, al sucesor de Don Bosco: Don Rúa.

Del Río Grande de la Tierra del Fuego, 14 de diciembre de 1893.

Deo gratias, Deiparoeque Virgini Maria nostroe Auxiliatrici!
Finalmente, después de innumerables sacrificios, después de casi siete largos meses pasados peor que los hebreos en el desierto, llegamos al sitio designado de nuestro muy amado Prefecto apostólico D. José Fagnano para implementar la nueva Misión Salesiana de N. S. de la Candelaria.
Si quisiera describir en sus pormenores la larga serie de peripecias que sin interrupción se sucedieron en este largo tiempo, haciéndonos sufrir Dios sabe cuanto, no concluiría tan pronto. El infierno, previniendo tal vez el inmenso bien que la nueva Misión habrá de hacer á las desgraciadas almas de estos pobres salvajes que van errando en estas islas fueguinas, empleó todos sus perversos recursos en contra nuestra, suscitando espantosas y tremendas tempestades é impetuosas, formidables é innecesarias borrascas. Pero ¡Bendito sea Dios! Que siempre triunfa del enemigo infernal. La fuerza, el ánimo y la constancia que jamás perdimos en medio de tantas pruebas son ciertísimos indicios de su continua asistencia.

Primera tentativa fallida.

El día 9 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, el vapor Amadeo estaba cargado de ciento cincuenta toneladas de materiales para la nueva Misión, además de seis buenos caballos y de otros animales indispensables para las excursiones y el mantenimiento de la misma Misión. Entramos D. Bernabé y yo, con tres socios, tres jóvenes y cuatro obreros asalariados y partimos á la vuelta del Cabo Peña.
Transportados por un fuerte viento, en pocos días nos encontramos en la barra del Río Grande. Primeramente yo y después D. Bernabé descendimos á explorar la barra, el canal, la boca del río, el puerto Golondrina, pero no fue posible entrar con el vapor y echar ancla. El viento era tan violento y contrario y las aguas de tal modo borrascosas, que faltó muy poco para que más de una vez fuéramos envueltos por las olas. Nos refugiamos en el Amadeo, el cual, después de mil maniobras, volvió la proa contra nuestra voluntad, y nos condujo atrás casi la mitad del camino ya andado.
Puede imaginarse, amadísimo Padre, nuestra desolación en aquel momento! Después de tantos gastos hechos por esta embarcación, deber volver atrás sin haber podido hacer nada, deber volver las espaldas á aquel sitio tan suspirado, del cual habíamos ideado tan bellos proyectos para el bien de los pobres salvajes; fue una prueba demasiado dolorosa para nuestro corazón. Entramos en la Bahía San Sebastián y desembarcamos junto al arroyuelo Gama, donde nos detuvimos esperando que nos viniera en auxilio otro barco. Con el vapor Amadeo que volvía á Puntarenas, mandamos á Don Bernabé, para que refiriera cuanto nos había acontecido y solicitara el envío de algún recurso.

Estación provisional.

Entretanto para precavernos de la intemperie, allí sobre aquella esterilísima playa, á pocos metros de distancia del sitio donde llegan las altas mareas y á cerca de doscientos de la laguna formada por el arroyuelo Gama, con otros dos menores, fabricamos sobre la arena dos cabañuelas, una para nosotros y otra para las bestias; junto á la primera construimos también una habitacioncita, que nos sirviese de depósito para las cosas más delicadas, é hiciera también las veces de capilla.
Toda esta construcción siendo de leño verdaderamente nos reparaba poco de los vientos, que casi continuamente soplaban con gran furia, y de la lluvia y de la nieve y de la menuda arena que levantada por el viento formaba nubes y era sacudida contra nuestra pobre cabaña. No obstante todo esto debimos tener paciencia y esperar cuatro largos meses, calculando las semanas y los días que necesitaba D. Bernabé para llegar á Puntarenas, hablar con D. Fagnano, preparar una nueva embarcación y correr en nuestra ayuda. En este tiempo expedí también varias cartas a Puntarenas por medio de minadores que á aquí vienen y vuelven por tierra; pero no tuve contestación ni vimos venir á nuestro encuentro nave alguna. Entretanto los víveres escaseaban para nosotros y para las bestias, las cuales, además de disminuir por haber debido matar algunas para nuestro mantenimiento, enflaquecían de un modo visible. No teníamos perros para la caza del guanaco, las balas de carabina no nos servían más que para los pájaros, de los que tuvimos la fortuna de cazar siempre muchos. En ocasiones se unían a nosotros los empleados de la Comisaría del Filared (Sociedad de exploradores), muchas veces llegaban minadores, tal vez nos hallabamos más de veinte, y con toda esta gente era necesario dividir familiarmente la comida preparada. Esto lo hacíamos de todo corazón y muy contentos: pero de otra parte no sabíamos como hubieramos podido ir adelante por mucho tiempo. Decidí por lo tanto ir yo mismo á Puntarenas por tierra. Era ya á fines de setiembre. Tomé prestado caballos del Encargado del Páramo, y con esos me trasladé a la hacienda de los Sres. Montes y Wales, cerca de la punta Anegada en el Estrecho de Magallanes, y pasado éste, en cuatro días llegué á Puntarenas.

Otra atrevida prueba llevada felizmente á cabo.


Aquí no hallé ningún barco que quisiera hacerse á la vela en una estación tan mala; por esto D. Bernabé no había podido traernos socorro alguno. Pero yo que sabía el estado mísero en que había dejado á nuestros pobres hermanos y obreros, no pude tranquilizarme. Por más que todos en Puntarenas quisieran persuadirme, tomé nuestra goleta María Auxiliadora, alquilé otra llamada King Fischer, las cargué de víveres, tablas y caballos, y encomendándome á las oraciones de los queridos hermanos y niños, in nomine Domini me puse en viaje el 27 de octubre.
A pesar de empeorar la estación y de los fuertes vientos que continuamente se desencadenan en contra nuestra, nuestras dos pobres goletas, guiadas ciertamente de María Santísima, pudieron resistir varias borrascas, huir multitud de escollos y llegar felizmente á la Bahía de San Sebastián, donde éramos esperados como ángeles salvadores. Allí nos unimos á nuestros hermanos y obreros, cargamos todo lo que nos fue posible y después seguimos á la vuelta del Río Grande. Queríamos absolutamente llevar á cabo la empresa que nos había confiado la obediencia.

LA MUERTE DE SAN MARTIN


Días atrás nuestra lectora Macadamia nos dejó constancia de una búsqueda.
Es la sostenida por Yanet Arismendi, quien anda tras la identidad de sus bisabuelos:
Y para eso suscribió una carta que expresa textualmente: “Estimada Claudia, hoy en la mañana y por pura casualidad entre a la pagina de Libros de Arena, he venido buscando información sobre mis bis-abuelos hace mucho tiempo sin tener un mayor resultado. Mira la familia por parte de mi mamá, fueron todos inmigrantes llegados de Europa, sabemos sus apellidos, pero no de donde vinieron exactamente”.
“Ahora lo que a mi más me interesa es saber como y cuando llego mi bis-abuelo a la Argentina, por donde entró y si las hijas eran argentinas o chilenas, ahora te cuento: Lo que yo se es que el abuelo era francés apellido Sain Martín o Maateen, al llegar a la Argentina castellanizaron su apellido a San Martín, el llegó con su esposa Catalina Bernardi y dos de sus hijas, otra nació creo en la Argentina, sus nombres eran Leonor, Paulina y Teresa. Ellos se dirigieron al Sur del país en una goleta, tampoco se el nombre todo esto tiene que haber ocurrido entre los años 1880 aprox. y llegaron a la Isla Tierra del Fuego, donde el trabajo de buscador de oro, ganadero etc. etc. Luego el gobierno lo habría contratado para delimitar Chile y Argentina en Tierra del Fuego donde fue muerto por un indio llamado Capelo. Estas informaciones yo las he obtenido por medio de los libros escritos por sacerdotes y que han quedado para la Historia”
Tal vez Yanet ya se haya encontrado entonces con el capítulo aquel de su serie En la isla del fuego, donde el padre Juan Esteban Belza, al ocuparse de Capello –el denominado Ona guerrillero- donde toma de los escritos de Beauvoir lo que se identifica como una

"Horrorosa tragedia".


El 14 de agosto llegaron a la misión varios individuos, unos empleados del gobierno argentino y otros dedicados a buscar oro.
Entre ellos viajaba Jacobo Saint Martín, capataz de la comisión de límites que residía en Arroyo Alfa.
Había sido agrónomo de la gobernación, durante el primer años del gobierno de Paz, luego había tentado labores de exploración y explotación minera y en el 87 apareció entre los náufragos del Magallanes (acontecimiento ocurrido en Puerto Deseado). Lo acompañaban cinco hombres, caballos, mulas y víveres. Las manifestaciones de Beauvoir sobre esta persona resultan contradictorias: en una nota califica a Saint Martín de homicida y en otra la moteja de “demasiado confiado en los indios”.
“Durante algunos días –prosigue el primer director de La Candelaria- se sirvieron de nuestra hospitalidad, dirigiéndose después hacia el SE, diciendo que iban al cabo Peñas. Nada habíamos sabido de su viaje cuando el 5 de septiembre llegaron a la misión tres de ellos jadeantes y con los vestidos hecho jirones. Apenas me vio su jefe empezó a gritar -¡Ayúdanos, padre!. Los indios han matado a San Martín y a otros dos, debiendo nosotros a la fuga nuestra salvación”.
“Cuándo se hubo tranquilizado me narró que en la madrugada precedente mientras estaban bebiendo mate, oyó un ¡ay! Sofocado y mirando alrededor suyo vio al un indio llamado Capelo que ayudado de varios otros cogieron a Saint Martín y a otros dos cosiéndolos a puñaladas”
“Les pregunté que pensaban hacer y me contestaron –Si nos dan cuatro a cinco hombres, caballos fusiles y provisiones volveremos para vengarnos. Como es de suponer no pude satisfacerles. Sin embargo les presté dos caballos para que pudieran dirigirse a San Sebastián y mandé a acompañarles a uno de los nuestros con una carta urgente para el comisario de dicho pueblo y otra para el encargado del Páramo, y al cabo de 8 días vimos llegar al sustituto del Comisario con dos soldados y seis voluntarios, todos bien armados”.
“Yo me negué a acompañarlos en esa expedición contra los indios, pues de otro modo me hubiera enajenado la voluntad de los que teníamos en casa. Estaba además convencido que sólo encontrarían las huellas y algunas cenizas que indicaron el lugar del campamento, como así fue en verdad. Llegados al lugar de la ocurrencia, tomaron nota de lo que encontraron, y después de cuatro días volvieron a la misión donde permanecieron dos días más, dejándonos de menos al marcharse un saco de galletas, algunos quintales de carne y un barril de vino, llevándose además un caballo que les prestamos”.
Esta referencia es sintética de los escrita por Beauvoir, en su Diario inédito, comprometiéndonos a una relación más textual en otras entregas de este blog, el Diario titula expresamente como ASESINIO DE JACOB SAN MARTIN Y TRES COMPAÑEROS SUYOS EN CABO SAN PABLO (Septiembre de 1894).
No es que pretendamos poner suspenso sobre este tema. Simplemente que nuestra capacidad de tipeo, y la de contenerlo en cada entrega tiene ciertos límite.

Una carta alusiva

Es la que sirvió para dar noticias de la resolución del caso Capelo. Cuando este muera a manos de Ramón Cortéz, Pepe Navarino, dirá:”Fueron encontrados un Winchester y un cinto con veintitantos tiros; una escopeta de dos caños en perfecto estado, varios cuchillos de punta, algunos flamantes, un número de arcos y flechas, un par gemelos, una cartera con un vocabulario ona, apuntes y medio billete de 10 pesos, un perro galgo, etc, etc, la mayoría de cuyos objetos fueron reconocidos por el Sr. Cortez y el Sr. Ponce como pertenecientes a San Martín y sus dos compañeros que fueron asesinados por estos indios y después echados sobre una hoguera”.


Para continuar la búsqueda.

No se que tan lejos está Yanet de Buenos Aires, allí podría visitar el HOTEL DE INMIGRANTES y tratar de encontrar mayores referencias sobre la llegada del bisabuelo.
La base de datos mediante la cual usted podrá conocer en qué fecha, barco y con cuál oficio llegó su antepasado al país, se ha elaborado por el Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos, con el material histórico que se conserva en la Dirección Nacional de Migraciones..
El Dr Mihovilovich, de Punta Arenas, trabajó en ese sentido con la comunidad croata, y registró datos de mis abuelos llegados en la última década del siglo XIX.