05. LOS PUENTES DE LA MEMORIA

 




“Y fue que todo aquello se vivió como una  amenaza, y se silenció como toda culpa”

 

Las cuarenta y cuatro víctimas del experimento comenzaron a introducirse lentamente en la zanja,  bajo la mirada preocupada del alemán.

 

Otto Hirsch trató de interpretar la conducta sumisa de quienes al algunos instantes caerían bajo el fuego de la fusilería policial: primero la sorpresa junto a la desorientación de verse arreados en un horario poco habitual y luego la contemplación de las altas paredes de la zanja donde finalmente serian sepultadas.

 

Allí en el fondo no se escuchaban el fulgurante viento de febrero, y las voces de los hombres que tendrían a su cargo la fulminante faena, se acallaron con la vacilación del alma.

 

Sólo se esperaba una orden. Y esa no era la solución que se pensó en ningún momento. Luego vendrían las topadoras a cubrir con tierra los cadáveres impregnados de cal viva, y finalmente el tiempo ye l olvido sobre los campos de María Behety.

 

¿Qué estaba pasando en el campo fueguino?

 

Volvamos un poco antes de nuestra memoria y encontrémonos en agosto de 1966, cuando en los laboratorios Squibb de Buenos Aires se recibieron materiales de Tierra del Fuego para su análisis, no se indicó presunción de Aftosa y quien sabe por eso la experiencia dio resultado negativo. Se ensayaron en María Behety otras terapias y se movilizaron distintos lotes de bovinos los que bien puede haber sido la causa de un estallido de esta epidemia; y fue así mientras se esperaba una denuncia del caso a las autoridades sanitarias cuando la policía del Territorio tomó conocimiento del hecho.

 

¿Pero qué importancia tenía la Fiebre Aftosa?

 

Se consideraba a la región como libre de este flagelo y los antecedentes se remontaban a varias décadas existiendo en los sectores de la producción un optimismo en cuanto a lograr el reconocimiento por parte de Estados Unidos, de la condición de exportadores de nuestra carnes, puesto que este país había prohibido la importación de animales y carne fresca, enfriada o congelada desde países en los cuales existiera peste bovina o fiebre aftosa. La zona austral argentina –chilena estaba libre de este mal, pero no los países en su conjunto, de aquí una limitación del mercado que se trató de superar cuando el Centro Panamericano de Fiebre Aftosa patrocinó la realización de una encuesta sobre el particular en la Tierra del Fuego.

 

En Río Grande las tareas comenzaron el 10 de febrero de 1963, realizándose la extracción de muestras con la intervención de estudiantes de las universidades de Buenos Aires y La Plata. Pero lo alentador de estos resultados que se procesaron en los Estados Unidos uy Río de Janeiro quedaron olvidados cuando cuatro años más tarde apareció el brote infeccioso que dio lugar al denominado “Rifle sanitario”.

 

No fueron pocos los obstáculos que envolvieron a propietarios, administradores, policías, gobernantes  y veterinarios para resolver procedimientos. La babel ganadera reunía al Doctor Juan Carlos Ocampo, Subsecretario de Agricultura y Ganadería; el Sr. Rhades, administrador de María Behety; el Doctor Emilio José Gimeno, Director de Sanidad Animal; el Ingeniero Carlos Jorge Roberto Traversa de la Sociedad Rural Argentina; el Presidente de la Sociedad Rural de Tierra del Fuego, Danilo Trutanich; el Ingeniero Jaime Serra del INTA-Río Grande; el Comisario Stefanini de la policía territorial y funcionarios de las embajadas de Holanda, Estados Unidos, Alemania y Japón.

 

Y 614 vacunos víctimas a los que en un momento el Dr. Gimeno pensó en salvar la carne encontrando que las instalaciones de CAP eran apropiadas para faenamiento ovino solamente, y que las cámaras frigoríficas aún no habían sido puestas en funcionamiento; se buscó como alternativa llevar en barco a los animales hasta una zona infectada, pero los riesgos de transportar al continente a animales potencialmente portadores de un virus cuya cepa Pirbright no era conocida, eran muy altos.

 

Por esos se prefirió la ejecución: “...bueno viejo, no hay nada que hacer, no podemos salvar a los animales, hay que hacerlos cagar”. La científica orden puso en manos del alemán Otto Hirstch, veterinario de SENASA, la implementación de la tarea.

 

Obviamente el método debía ser de zanjas, pero ¿a qué profundidad?,¿qué ancho, que largo, dónde? Por que no se tenía una sola referencia de procedimiento similar, ni se lo había asesorado sobre el particular.

 

Mientras esto ocurría nadie consumía carne bovina en Río Grande, con las consecuencias que esto representaba para el pequeño pero importante sector de los intermediarios.

 

Había que realizar el zanjeo en las zonas altas, y para ello se contó con la eficaz ayuda de Y.P.F., pero de algún lado surgían contraordenes pro las que no se abrían tranqueras o se escarbaba en lugares bajos con lo cual a la  primera lluvia terminaba todo anegado.

 

La Estancia esperaba además el decreto de indemnización, y mientras la lenta burocracia se ponía en marcha se realizaban nuevas pruebas serológicas que fueron destinadas al Dr. Karl Federrer del Centro Panamericano de Fiebre Aftosa de Río de Janeiro; o se enteraban osamentas que en un número de 385 se encontraron desparramadas en distintos potreros. 

 

El Rifle Sanitario tuvo para mayor seguridad un ensayo en privado sobre 44 bovinos, el objeto, la necesidad de Hirstch de verificar el ingreso de animales a las zanjas, su actitud, la certificación de las muertes, el tapado con tierra, el ordenamiento de los tiradores, sus eficiencias; en fin, sacar experiencias para corregir errores. No debía olvidarse que el operativo iba a ser controlado por representantes técnicos de varias embajadas, y que en definitiva era preciso mantener la calificación de “libre de aftosa”, y considerar a este brote un simple accidente totalmente superado.

 

Pero aquí surgió lo imprevisto, los policías se negaron a disparar y matar a unos bovinos (incluyendo varios terneritos recién nacidos) indefensos y aparentemente idemnes. Por ello fue preciso reunirlos, arengarlos y explicarles que no se trataba de un “asesinato” de vacunos, sino de una verdadera lucha armada contra un enemigo invisible acantonado en las amígdalas de esos vacunos  aparentemente sanos, pero que –aún hacían peligrar la explotación ovina de la isla- que en esa oportunidad se había salvado milagrosamente..

 

Tranquilizados los ánimos se les indicó tirar al centro de la frente, o detrás del codo izquierdo. Se dispusieron diez tiradores en línea y comenzó el tiroteo. Sin embargo, eran pocos los animales que se desplomaron a pesar de la intensidad del tiroteo, evidentemente algo estaba fallando y no precisamente la puntería de los agentes. Tras cierta confusión se comprobó que la munición  utilizada estaba totalmente vencida, estacionada en la isla desde 1942 nunca se había tirado un tiro. Hecho el recuento de cápsulas se comprobó que se habían utilizado más de tres tiros por animal.

 

Fue así que se solicitó colaboración a la Infantería de Marina, que proveyó de munición nueva con la que los restantes operativos se realizaron sin problemas. Por otra parte el personal remiso en el primer procedimiento perdió la timidez y pudor a tal punto que, los últimos procedimientos, les resultaron casi un “divertimiento”.

 

Después las topadoras y la memoria de los hombres fueron adornando con olvido la ejecución de 1967. Ejecuciones que debieron continuar en los cerdos del 15 kilómetros a la redonda, entre maldiciones de Fumando y lamentos de Federico Romero.

 

Y con tanta presencia foránea se incrementó la venta de whisky  Ballantines y cigarrillos Lark.

 

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