Tumba sin hilos de sombra




Casa de leños extraños,
techumbre que enfría el alma,
prisión, confín, carnadura,
territorio de majadas;
encrucijada de sangres,
de paz –albura endiablada-
célibe templo de olvidos:
Misión de la Candelaria







* * *




A pesar de ser Viernes Santo, ese 23 de marzo fue un día de alegría en la Misión Salesiana de Nuestra Señora de la Candelaria.
Poco después del medio día aparecieron en la margen sur del río -en el cual se habían instalado el 11 de noviembre del año anterior- un conjunto de aborígenes , tres de ellos vestidos de paisanos, tres con atuendos tradicionales, mujeres, niños y perros haciendo señas de intentar pasar hacia el precario establecimiento construido bajo la dirección del Padre Bernabé.
Juan Ferrando -uno de los coadjutores- Roberto, el carpintero de la casa y el indio Miguel Calafate subieron al bote y salvando el río regresaron con los tres que vestían de cristiano.
Semanas antes habían visto un grupo de ellos -los onas- mariscando sobre la costa.
Atraparon solamente a una vieja a la que colmaron de regalos con la intención que luego entusiasmara a más de su raza y dieran vida al establecimiento misionero.
Esos tres que bajaron del bote -donde mostraron singular temor -eran el primer indicio que las cosas podrían andar en medio de un conjunto de azarosas circunstancias.
Monseñor Fagnano venía gestionando desde mayo de 1889 la instalación de una casa sobre el río Pellegrini, a dos leguas al sur del Cabo Peña, equivocando en ello la geografía puesto que la referencia pensada lo era en la misma distancia del Cabo Sunday; y para eso, dadas experiencias anteriores de contactos y exterminio a fines de aquel año había pedido al “Gobierno seis hombres armados para custodiar a menos por seis meses la misión”.
Pero los trámites eran tan dificultosos como las financiaciones y en 1891 insistía con lo que él llamaba “San Antonio del Cabo Peña”, en las márgenes de un río, el más grande de Tierra del Fuego.
Estos equívocos geográficos se superaron cuando a principios de 1893 realiza -partiendo de Bahía Inútil- una misión de reconocimiento entrando en contacto con el Cabo Sunday junto al comisario Ramón Cortéz. Así visitaron el Puerto Golondrina, ese era el lugar de sus sueños, mejor dicho para los sueños de Don Bosco.
El primer intento de acercar materiales para la misión se había frustrado por la negativa del capitán del vapor Amadeo -contratando a José Menéndez- para desembarcar en la ría. Siempre se pensó en la Orden que hubo segundas intenciones y a consecuencia de lo ocurrido se terminó durante el invierno con un apresurado desembarco en San Sebastián. En la maniobra se perdió buena parte de las chapas de cinc onduladas, pesaron mucho en una balsa. Las tablas fueron arrastradas por la marea. Murieron numerosos animales.
Allí junto al arroyo Gamma quedaron carpinteros y pastores, en parte salesianos, en parte contratados a 300 liras al mes. Ellos levantaron un pequeño cobertizo donde las temperaturas desalentaron la esperanza.
Juan Bernabé emprendió el regreso apurando ayuda; lo hizo a caballo hasta Punta Delgada y de allí un bote lo cruzó al continente.
José María Beauvoir intentó mientras, atraerse a los indios formando comisiones, una de las cuales empleó ocho días de marcha hasta pasar por la desembocadura del Río Grande.
En Punta Arenas la empresa se tornaba imposible, nadie quería alquilar embarcación alguna para viajaar hasta donde no había podido ingresar el moderno Amadeo. Finalmente con la María Auxiliadora y el King Fisher del Capitán Guillermo del Turco para la empresa definitiva; dos endebles embarcaciones que zarparon el 27 de octubre y que -lo decía Mayorino Borgatello- parecían tentar a Dios.
En San Sebastián se levantó a los cuatro hermanos que contaron las peripecias del invierno y la primavera. Beauvoir siguió a caballo hasta Golondrina y allí, pie en tierra asistió el 11 de noviembre de 1893 a las siete de la mañana a la llegada de los dos navíos. Era el día de la vigilia del Patrocinio de María Auxiliadora, de allí que pensó tal sería el nombre del establecimiento a su cargo.
Los salesianos subieron a los Barrancos Negros, paraje ubicado a la margen izquierda del río -a unas seis millas arriba desde su boca y a unos cincuenta metros de la orilla- donde comenzaría la construcción de una casa que inicialmente fue una simple área de galpón, una cuadra al norte de una pintoresca lagunita, donde los más intrépidos pasaron la primera noche.
Al día siguiente fue domingo. En la primera misa celebrada en Río Grande no estaba decidido aun el nombre de la casa, Beauvoir quería que fuera Misión del Patrocinio, pero Fagnano -se recordó entonces- había prometido en invocación a La Candelaria o de la Purificación por ser aquel día en que había salido en su misión de reconocimiento hacia Tierra del Fuego.
Mas de cuatro meses pasaron para que la Misión comenzara a poblarse de naturales, y aquel Viernes Santo, los primeros pasajeros del bote manifestaron en su precaria lengua española que venían de Bahía Tetis igual que sus hermanos, que esperaron la bajante de la marea para cruzar vadeando las aguas.
Era una columna interminable la que llegó al día siguiente, ese sábado de Gloria, donde los más grandes ayudaban a los más chicos y las mujeres cargaban estacas, pieles y tiendas; y también a sus pequeños vástagos que iban sucios hasta causar asco. Pintaban su rostro con los colores rojo y blanco.
La primer casa fue motivo de la curiosidad de todos, tres ventanas cada costado, otras tantas en el altillo, aleros para guardar provisión y un mástil alto pegado a sus paredes.
Los hombres con sus arcos y flechas en la mano se acercaron por la derecha con ademanes defensivos, las mujeres se agruparon a la izquierda y en el centro quedaron los niños…
El reparto de frazadas fue demostración de buenas intensiones… una entera para los mayores, media para los pequeños, galletas para todos y la hostilidad se convirtió en algarabía.
Así se instalaron a doscientos metros de la Misión con su toldería hasta que Onas del norte impusieron su presencia temiéndose un encontronazo bélico que finalmente -gracias a Dios- se apaciguó en la actitud de los misioneros.
Con las galletas y las frazadas llegaron las oraciones, el persignarse, la higiene personal; pero la falta de provisiones llevó a que tuvieran que comenzar a despedirlos hasta que una nueva goleta trajera las buenas nuevas.
Ya nunca más los indios llegaron a ser tantos en La Candelaria.
Fagnano llegó el 10 de agosto de 1894 y le pareció mejor trasladarla a la vera de tres manantiales a una legua del puerto. Regresó ese mismo día en el vapor Torino, sobre cubierta vio con alegría que llegaban hasta la misión, un contingente de doscientos onas.
El padre Juan Bernabé fue el arquitecto y urbanista del primitivo Río Grande. De su trabajo surgió la primitiva iglesia que estaba destinada a albergar a mil fieles, las habitaciones para los misioneros, el edificio de las hermanas que en número de tres llegarían luego dirigidos por Sor Luis Rufino y los dos colegios, una para las niñas y otro para los niños.
Los indios pasaban a estar a veces dejaban a sus hijos al resguardo, los padres recomendaban que no fueran hacia el norte, donde ronda el peligro para sus vidas -el hombre blanco- ni al sur y al oeste de donde debían traer más y más gente.
Y es por el norte que el Padre Borgatello atestiguó: “Se paga una esterlina por cabeza de indio como en la Patagonia se paga el mismo precio por una cabeza de puma…”
Una pequeña niña fue la primer bautizada, Beauvoir se consoló de su frustrada nominación para la casa llamándola María Patrocinio. Más tarde, un jefe tribal mereció el nombre de Pablo, su esposa Catalina, otro indio Cornelio…
Con las Hermanas, las mujeres aprendieron a hilar y pronto a coser.
La hermana Catalina Daglero atestigua sobre la realidad edilicia del trabajo de Juan Bernabé: “Los dos patios principales estaban cerrados y evitadas la fugas y entradas furtivas, habían anchos y largos corredores internos muy cómodos para los recreos en mal tiempo, salones para dormitorio, comedores, talleres, bastante más que para los que éramos.” El padre constructor sería años más tarde arquitecto de la nueva capilla de La Candelaria -el monumento histórico- y de las catedrales de Río Gallegos y Magallanes.
Con toda la obra a su favor Beauvoir terminó su trienio, cediendo a Fortunato Griffa la conducción de la casa el 21 de julio de 1896.

El primero de septiembre se realiza el primer casamiento. Las mujeres que tenían esposo lejos, y las viudas, comienzan a enviar noticias a su gente que los hombres también se pueden quedar a vivir allí…

Pero la maldición del fuego -como una prueba de Job- cae sobre los hijos de Don Bosco.

Se contó tiempo después que una de las indiecitas a las que la cocinera enviaba a tirar las cenizas fue sorprendida por una ráfaga de viento… de ahí llamamos que asaltaron la vivienda de las Hermanas.

El desastre se propaga, los indios aterrorizados, gritaban y lloraban desesperadamente.
El hospicio de los niños quedó reducido a cenizas en menos de una hora.
Se ayudó en lo que se pudo; indios y blancos, rescatando objetos y enseres de primera necesidad. Dos grandes casas corrieron la suerte de las primeras construcciones… y también la magnífica iglesia, el depósito de leña…
Ochenta mil pesos, es decir 160 mil liras se
hicieron humo… en el primer incendio de la bien llamada Tierra de los Fuegos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

a ver si vos tenés datos para ayudar a esta mujer con su búsqueda: me escribio RUBI YANET ARISMENDI DEY, que busca datos de un libro que cuenta la muerte de su tatarabuelo, frances, cuyo apellido castellanizado San Martín, era Saint Marteen o algo así. El muere en 1880 y queda en la isla su viuda e hijas, acogidas en la mision. El nombre de las chicas era Leonor, Paulina y Teresa. un abrazo
claudia sastre