Isabel: Blanca rosa viva.

A veces la gente me pregunta donde puede conseguir algunos viejos escritos míos. Uno de ellos son las semblanzas de Lugareños, que en parte publicamos en El Sureño, y luego seguimos espaciadamente en EL RÍO. En algunas circunstancias podemos satisfacer a los curiosos, en otras no es tan fácil. 

Lugareños hablaba de la gente que transitaba en nuestras calles.., caminando. Eso es lo que hizo Isabel Ferraldo, en su último retorno. Y así lo reflejamos en el número tres de Memorias de la zona.




Ella decidió pasar la Semana Santa entre nosotros. Y fue por ello que se la vio en la Parroquia San Juan Bosco siguiendo las celebraciones del padre Felisísimo, un cura del cual le llamó la atención por lo verborrágico y gesticulante. Difería evidentemente de las prácticas de su infancia, esas que seguía ella en familia –tan apegados a la presencia de Dios- como que es hija de un hombre que tuvo sus votos religiosos hasta que pidió del Papa las dispensas que lo habilitaran para contraer matrimonio.

Isabel es hija de Juan Ferrando, aquel que fuera “el baqueano de Fagnano”, y que hace 80 años dejara su vida como coadjutor en la Misión de La Candelaria para unirse en matrimonio con Leticia Esperanza, una joven alacalufe criada entre los salesianos de Isla Dawson hasta que el cierre de esa casa la trajo a tierra argentina.

Leticia es un particular recuerdo de mi infancia, acodada cerca de la estufa de la cocina de Doña Dolly –la esposa de Juan Ferrando hijo- con un cigarrillo negro entre sus dedos frotándose pulgar e índice hasta hacerse sacar pequeñas partículas oscuras. -¡Lo ves muchacho, Dios nos hizo de barro! Y yo, maravillado, experimentaba en mis propias manos, mucho más callejeadas que trajinadas las suyas en tareas de cocina, sentándome en el faldeo del fondo del patio, amasando un dedo con otro, y comprobando que la verdad bíblica podía ser demostrada físicamente. Tal vez ella no supiera bien quien era yo, yo que sabía su condición de india, de india ajena y propia en alguna medida de esta tierra. Pero Doña Leticia me volvía a ver, y me repetía en sus dedos el gesto que me había maravillado, y yo sonreía devolviéndole eso que era para mí una forma de saludo; y que no tardé en darme cuenta que no era más que una evidencia de mi mugre.

Isabel Ferrando ha venido a recorrer el sur hasta dar en Semana Santa con la Tierra del Fuego. Una mañana, antes de partir hacia a Ushuaia para visitar la tumba de su sobrino Eugenio, ese que desarmó la casa de sus mayores rearmándola en un barrio llamado Los Fueguinos, como una antigua flor fue dejando caer ante mí los pétalos de sus recuerdos, algunos vivaces, húmedos aún; otros mustios... descoloridos.

Había hecho escala en Madryn, donde descansan los restos de su hermana Ana María, los de su madre –fallecida en casa de los Sozzani-, y finalmente su esposo: Pablo. Los Sozzani han sido él y ella, por casi 60, y un niño que se perdió al nacer del cual no ha querido hablar aunque ha repetido sentida una fecha, el 5 de octubre, recordando aquel 1949. Tampoco ha querido hablar de la hermana –Ángela- víctima de un terrible hecho pasional que conmovió a la aldea que era nuestro pueblo en la primavera de 1938. Hizo la cuenta si, que de tantas visitas póstumas se estaba quedando sin tiempo para pasar por Río Gallegos y visitar su tumba.

Con su tapado bordó, y cubriendo prolijamente la cabeza, anduvo sus días de regreso recorriendo lo que ha quedado de su Río Grande, preguntando –aquí y allá- sobre tal casa que en otro momento aparecía imponente tras los cercos de piquetes, pero que ahora parecía escondérsele, preguntando por nombres vivos de gente muerta, poniéndose al día con las buenas y las malas noticias. Y después estaba la plaza, su inmenso mar, que fue recorriendo como un ritual después de cada almuerzo, para ir a recalar algo más tarde a casa de Pichona, a quien ha ayudado a recuperar el aliento de vivir.

En medio de la conversación me di cuenta que le estaba faltando tiempo para seguir en la búsqueda de si misma, entre nosotros, pero que le estaba apurando la vida para partir, como que con todo lo que se lleva en esta oportunidad estaba cumpliendo un ritual fundamental para sellar su existencia.

Isabel Ferrando, más allá de la porfiada buscadora de tumbas en el cementerio local –dos veces fue tras la de su hermano Juan- ha sido por esta Semana Santa la niña que en María Behety escuchaba a su padre, postreramente jardinero, recordara la epopeya misionera en la que participara con Fagnano desde 1889. Singular jardinero de un pequeño fragmento de una tierra que enormemente había sido suya, hasta que con su firma permitió que los salesianos la vendieran a los Menéndez, para los cuales cultivaba afanosamente rosales silvestres. Su padre, y su madre que hablaba menos, protagonistas de toda una aventura en soledad, allá donde quedó como un testimonio el río llamado Leticia. Ferrando, el viejo, relatando al Padre Entraigas todos los pormenores de lo vivido, como para que sobre ese hilo conductor construyera un libro memorable del tiempo pionero.



Isabel Ferrando, al fin, novia en su tiempo sonriéndole a la vida a Pablo en distintos destinos policiales. Me ha mostrado de ese tiempo una foto de los dos, mientras se detenía a observar el mar embravecido, mostrándose por la ventana de la posada, como no había estado en todas estas jornadas de caminatas.

En este andar de otoño pasó en su momento por la esquina vacía de Elcano y Belgrano donde estuvo su casa, buscando vestigios de un rosal que hace más de 60 años –tal vez para sus quince- le regaló Don Francisco Bilbao: -Estas rosas que son tan bellas como tú, seguirán vivas mientras tu vivas –dicen que le dijo, y ahora no ha podido encontrarla.

En parte le ha creído a su sobrino, Tico, que dice que el rosal de su casa de Caleta Olivia es hijo de un gajo de aquel otro; en parte me ha creído que una tarde, cuando veíamos que el patio se desmantelaba en vistas a una previsible enajenación, partimos pala en mano y obtuvimos junto a algunos ruibarbos, un rosal blanco, bello, vivo, en uno de los rincones de mi patio.


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