LA GUERRA DE MALVINAS Y LA HOMOSEXUALIDAD.2. El deseo de unas islas (Néstor Perlongher)


Néstor Perlongher escribió, al menos, tres artículos sobre la "guerra de Malvinas" (que fueron recopilados en Prosa plebeya (Colihue, 1997)). Dos, "Todo el poder a Lady Di" (1982) y "La ilusión de las islas" (1983), ya andan dando vueltas por la web hace unos años. En cambio, "El deseo de unas islas" (1985) nos faltaba. Este último, que aprovecho para digitalizar en esta fecha particular, cruza la guerra con la cuestión de la identidad y si bien el artículo se lee en el marco de la reflexión sobre la "identidad homosexual", los enlaces con las Malvinas son, por demás, productivos. En fin, vaya el artículo de Perlongher para seguir disfrutando de su prosa (de los ecos de su poesía, de sus palabras marginales) y para no cerrar la "guerra de Malvinas" en una mirada unívoca, monolítica.


El deseo de unas islas (Néstor Perlongher)

Publicado en la revista anarquista Utopía nº 3, en 1985. El texto había sido leído el 25 de junio de 1982 en el Sindicato de Jornalistas de Sâo Paulo, en un encuentro sobre “Política y Deseo” organizado por los grupos gays paulistas. A pesar de que el tema de la identidad recorre el ensayo, las alusiones y analogías con la guerra de Malvinas –además de la fecha de escritura- sugieren incluirlo aquí [en la sección sobre “Malvinas Argentinas” de Prosa plebeya (Colihue, 1997)]. Utopíaexistió entre 1984 y 1987.

Un aviso del desaparecido Ejército de Liberación Homosexual de las Malvinas (en el exilio), prolijamente censurado por la prensa, decía textualmente: "Se recomienda a las 8 (ver informe Kinsey) maricas malvineras entregarse indistintamente a cualquier soldado". Si creemos en las estadísticas de Kinsey y calculamos que los aproximadamente 15.000 soldados sitiados en esas frías soledades precisarán al menos un coito semanal, las desdichadas kelpers deberían haberse pasado a un promedio de 250 soldados por día, suponiendo que el machismo de los ejércitos les impedirá satisfacerse entre ellos y descartando el recurso de las ovejas, por tratarse de perversiones ajenas al tema de este debate.
De ahí que cualquier movimiento homosexual que se preciara debería haber declarado la inmediata solidaridad con las maricas malvineras —quedando, de paso, mejor que los izquierdistas que se solidarizaron con la dictadura argentina—, no tanto porque ellas no se los pudieran bancar solas —ya que los cargamentos de vaselina rusa untuosamente distribuida a través de la soldadesca tornan gozosa cualquier dilatación—, sino porque la guerra habría de acabar algún día, y quién las podrá rescatar de ese vicio de masas.
Pero los muchachitos que se arrastran a través del océano (la expedición de los ingleses fue un verdadero crucero, un "paseo", se jactaba un comandante) para estrecharse sangrientamente en el barro de las trincheras, no deben ser tan inocentes en cuanto a sus deseos. El mismo Freud señalaba el contenido homosexual de la libido (del amor) que cohesiona las instituciones masculinas como el Ejército y la Iglesia (de la papisa ya hablaremos), en cuyo seno las pasiones perversas llegaban a aflorar (el caso SA del nazismo).
Habría que pensar qué los lleva a recluirse en esa camaradería masculina de los vestuarios y las canchas, ciertamente sospechosa, que se resuelve en la violencia (el fútbol o la guerra): en esos fríos islotes. Puede suponerse también la hipótesis del deseo de muerte —que es, casualmente, lo mismo que se dice de una marica que se empecina en yirar en la periferia— aunque es claro señalar las diferencias: uno moriría por la patria, la otra por el culo. Ya que estamos, los recientes asesinatos de putas en el Brasil nos dejan sugerir la diferencia entre lo que es sentido comúnmente ante el asesinato de la puta y la muerte del guerrero —del héroe. Así, cierto ritual propio de una pequeña burguesía "politizada" distingue ostensiblemente entre el heroísmo del que es prendido por "razones políticas" y la pudorosa reprobación del que es detenido por drogas o por corrupción. Tal vez cuando el Estado se le ocurra reprimir estos "grupos alternativos" no lo haga por el lado de su discurso, sino por el de su práctica.
Ahora entra en escena la Papisa, con sus polleras almidonadas que se enchastran de sangre y barro, cuando ella se inclina a besar las botas de los militares, y ruedan sus enaguas en el polvo. Si uno se pregunta: ¿A qué vino de Cracovia su Inefable Santidad? —especie de sagrada Barbarella de vocación peregrina, versión supersport del Papado que rompe con la imagen de frágiles muñequitas de porcelana de sus antecesores (que, recordemos, hace cien años estaban presas en el Vaticano, hasta que Mussolini (!) las soltó en 1929), debería responder: a restaurar algún orden. ¿Algún anillo roto? ¿El curioso gesto del dictador de turno besando el anillo de la diosa, no es acaso sugestivo? Sea como fuere, ella no dejó de repartir aros de oro entre los villeros, sacándoselos con un gesto grácil, y enterrando, con su silencio, a los desaparecidos.
Pero tal vez hasta más grave que las imágenes macabras de la guerra —adolescentes volviendo con los pies entre los dientes, a la manera lamborghiana— sea esa gigantesca complicidad de la población —de la "nación"— con los gángsters que la convocan a la muerte. Hasta los exiliados argentinos en San Pablo corrían a alistarse como voluntarios: uno vino a decirme que, aunque la guerra fuera un disparate, él la apoyaba para no perder la identidad nacional. Y aquí llegamos, de golpe y porrazo, a la cuestión de la identidad.
El extinto FLH (1) argentino publicó en el penúltimo número de su revista Somos (antes del allanamiento policial final) un editorial titulado: "Los homosexuales no tenemos patria". Giraba en torno de la idea de que los mandatarios, los discursos del poder, se dirigían, cuando más, a los "hombres y mujeres de la patria", pero nunca a los "homosexuales de la patria". Apelación esta última que habría que pensar hasta qué punto es deseable —o qué significa su deseo. Ya que si lo que se desea es un reconocimiento desde el poder, habrá tal vez que formar un bloque homogéneo que sea reconocible como tal y que delimite claramente su frontera. De ahí el enojo de cierto militante gay cuando yo confundí —¿inconscientemente?— la consigna: No PT os gays tem vez (2) (cantada en un acto público) con otra: No PT(3) as bichas tem vez (4). Habría que ver cómo esos deslizamientos semánticos —homosexual, gay, marica, entendido, chongo, taxi-boy, travestí...— son organizados en un discurso que aspira a afirmar su afirmación o, dicho de otro modo, qué afirma esa afirmación. Cierta vez asistí a una reunión de ese grupo, y todos hablaban pestes de los chongos, y cuando yo pregunté, ingenuamente, si los chongos no eran también homosexuales, se desató una tempestad de acusaciones: porque si se toma la diada chongo/marica como imitación de los modelos macho/hembra, se puede delimitar un espacio intermedio (ni marica ni chongo: gay) que equidiste de ambos extremos y se consume en la relación de semejanza gay-gay. Eso es algo que está sucediendo (la pareja gay-gay) y que me parece maravilloso: pero si se pretende elevar ese accidente amoroso al plano de ideal, de modelo a seguir, de "síntesis", ¿no se estará configurando una suerte de reedición de la teoría del Tercer Sexo que hizo furor en la Alemania prenazi? Con una diferencia: Hirstchfeld y sus compinches consideraban que un homosexual era una mujer en cuerpo de hombre, y se fotografiaban alternativamente vestidos de hombre y de mujer.
En esa misma ciudad donde fui tratado de promarica y prochongo, un día hice un pequeño escándalo al cruzar una calle inundada a los saltos; debió haber sido muy gracioso, porque unas mujeres se pusieron a gritar: nãi é homem nem mulher. Esa ambigüedad del "ni hombre ni mujer", o del "hombre y mujer", es lo que corre el riesgo de anularse en la construcción de la identidad gay.
Ese exiliado que hablaba de la identidad nacional e imprecaba: Viva la Patria, tal vez no esté demasiado distante, en cuanto a actitud, de quien reivindica la identidad gay y proclama: Viva la homosexualidad. Con lo cual se disimula el nomadismo del deseo homosexual —que puede aparecer en cualquier parte— atribuyendo su monopolio a un nuevo personaje: el gay.
(A propósito, hay un reciente volante de Ruth Escobar (5) donde —¿por un lapsus?— dice: "que el negro pueda vivir su negritud, la mujer su femineidad, los homosexuales su deseo" —reservando a estos últimos el monopolio del deseo). Esta cuestión de la identidad no sé bien qué identifica. Cuando pienso en identificación, me vienen a la mente las huellas policiales, las cédulas de identidad, esas cosas paranoicas. Cada uno tendrá sus pequeñas identidades, que le permitan intercambiarse con otras identidades, pero la identidad homosexual no es todavía —aunque estaría en vías de serlo— moneda corriente. Se dirá que esa identidad homosexual está subsumida por las identidades de la represión, pero tal vez esa falsedad inherente de las confusiones del tipo marica/mujer - chongo/hombre, no estará escondiendo una especie de recusa, ya que cualquiera sabe (hasta ella misma) que la marica no es una mujer, y muchas maricas saben cuánto algunos chongos son mujer. Y sabiendo que a veces el proceso de "identificación" lima las aristas más agresivamente femeninas de las "maricas escandalosas", cabría preguntarse hasta qué punto la asunción de la identidad no puede implicar a veces la domesticación —por vía de la normativización, de la adaptación a un modelo de cierta cotidianeidad transgresiva. Pero prefiero dejar la cuestión como problema, como pregunta.
La cosa se agrava cuando la pretensión de que el amor homosexual es revolucionario con relación al amor heterosexual entra en escena. Y aquí aparece la ligazón con el ya perdido tema de la guerra. Ya que el discurso militar y el discurso militante tienden a tener en común la figura del héroe. "El martirologio de la mariquita aún está por ser escrito", dice irónicamente Mario Mieli. Santa y marica, marica y mártir: discursos en los cuales tendemos siempre a aparecer como víctimas inocentes, disimulando, en nombre de la imagen social que pretendemos dar para que nos reconozcan, nuestros deseos de transgresión, y aún de fuga, de marginalización. No es que estemos negando la persecución: por el contrario, las políticas de moralización de los Estados —las campañas de moralidad, patrocinadas a veces conjuntamente por la derecha y la izquierda, con la bendición del Papado— parecen ser la principal fuente de problemas "concretos" (cuando el aparato estatal-policial entra en escena), antes que la preocupación por una ilusoria identidad. En el celular van todos juntos: maricas, chongos, gays, entendidos, taxi-boys, malandros, marginales, borrachos, negros, maconieros, putas, travestis y transeúntes en general; a veces me pregunto para qué tanto empecinamiento en agruparlos en identidades separadas cuando el malandro transa con el borracho, la marica fuma con el maconiero, y la puta hace programa con el transeúnte, etcétera.
Entretenimiento de marica, se dirá. Tal vez. Habría también que preguntarse por el tono de solemnidad que impregna algunos discursos liberacionistas, vástagos de la retórica izquierdista, tan diferente de nuestros barrocos y manierismos cotidianos. Tal vez la razón de su suceso haya que relacionarla con el deseo de unas islas, a que aludimos en el título: ya que si el soldado se sacrifica en nombre de la identidad nacional, de la territorialidad de los estados, en medio de unas islas fantasmáticas, hasta qué punto la "identidad homosexual" no tendería a delirar otras islas, otros territorios semejantes, lanzando su grito de guerra: viva la homosexualidad, seguido de un discurso pertinente.

Notas
1 Frente de Liberación Homosexual, organización gay que existió en la Argentina entre
1969 y 1976.
2 “En el PT los gays tienen voz".
3 Partido de los Trabajadores (del Brasil): Alianza sindical - eclesiástico - trotskysta; suerte
de "Conexión Polaca" tropical.
4 "En el PT las mancas tienen voz".
5 Feminista brasileña, candidata del PMDB (Frente de Oposición "Centro-izquierdista" = Liberales, populistas, stalinistas, democristianos).