El acontecimiento comenzó en un tiempo en que hizo frontera mi infancia y mi adolescencia. Por esos días tenía a mi madre enferma en Río Gallegos, buscando una solución a un diagnóstico complicado. Vivíamos los primeros meses del cambio institucional que representaba el gobierno de Onganía, pero no había conmoción por ello en el espacio fueguino. Terminábamos de festejar por primera vez con un desfile de carrozas el día de la Primavera. Y el mundo, aun el país, parecía quedar demasiado lejos. No teníamos otra radio que la de los curas en la Misión, pero más nos conectábamos con otras realidades por intermedio de las emisoras de Punta Arenas o Gallegos. La TV era una obra inconclusa de la gestión del primer gobernador fueguino –y riograndense recordaban algunos- y todos esperábamos que no se postergara con los cambios de esa hora.
Entonces el sur fue noticia.
Un tiempo atrás lo había sido en los luctuosos
acontecimientos de laguna del desierto donde pierde la vida el Teniente Merino
de los carabineros chilenos. La edición de la revista 7 días donde aparece el
cadáver con los ojos abiertos se agotó, y hasta la distribuidora local
–propiedad de Arteche- encargó un nuevo despacho que nunca llegó.
El conflicto militar con Chile era una idea
latente que quitaba el sueño cada tanto a diversos sectores de la comunidad.
Río Grande estaba dominada demográficamente por los hijos del vecino país, y
los hijos “de esos hijos” no eran reconocidos fácilmente como argentinos por los
sectores que detentaban el poder militar en esta hora.
A la derecha del mapa, y un tanto más al norte
de nuestro islario, estaba el otro archipiélago austral: el de Malvinas. Su
historia se sumergía en el mar de las frustraciones nacionales. Pero allí estaba
el imperio, ese que nos había conformado en nuestros idearios económicos a los
argentinos del modelo agroexportador, el mismo modelo que había consolidado
nuestra identidad austral: con una Patagonia –chilena y argentina- tributaria
del mercado inglés. Con ellos seguramente seríamos medidos en nuestras
acciones, en nuestros desplantes, y sólo quedarían reclamos como un sordo ruido
en las aulas o los cuarteles.
Y allí aparecieron ellos: los Cóndores, en la
antesala de otras muchas reivindicaciones. Cabalgaban sobre el antecedente de Miguel FitzGerald quien fue el primer
argentino en volar a las islas y plantar la Bandera nacional. Lo hizo en 1964,
piloteando un avión Cessna, el día de su cumpleaños. Dejó una proclama y
regresó.
Para
1966 el mensaje no sería para los
Ingleses, sino para el país: “En operación perfectamente
coordinada minutos después del aterrizaje en las Islas Malvinas Inteligencia de
la Operación Cóndor distribuyó a la prensa metropolitana la proclama redentora:
Concretar el futuro o morir con el pasado
“Es una de las dramáticas expresiones del
documento donde se resumen los móviles los móviles de la arriesgada empresa. El mensaje fue
transmitido también por la radio del avión secuestrado. Dice así:
Jefatura de la Operación Cóndor. Puerto
Rivero. Islas Malvinas. ¡A los Argentinos! La responsabilidad de nuestra
soberanía nacional siempre fue reportada por nuestras Fuerzas Armadas. Hoy
consideramos le corresponde a los civiles en su condición de ex soldados d de
la Nación, demostrar que lo aprendido en sus pasos por la vida militar ha
calado hondo en sus espíritus. Así creemos la marcha hacia el sur. Creemos en
una patria justa, noble y soberana. Somos cristianos, argentinos y jóvenes.
Pertenecemos a una generación que desde su heroísmo asume sin titubeos la
responsabilidad de mantener bien alto el pabellón de los argentinos. Estamos
aquí por que hemos preferido los hechos a las palabras. Estamos solos antes
Dios y con nuestra determinación. Sin banderías políticas. Provenimos de todos los
sectores nacionales y pertenecemos a militancias políticas distintas, pero
estamos unidos por que creemos que eludir un compromiso es cobardía. Por que
estamos luchando y lucharemos por devolver a nuestros hijos la imagen de patria
que nos legaron los hombres de mayo. Nosotros con orgullo nos hacemos cargo de
esta herencia con humildad pero sin vacilaciones. Por esta patria que tiene su
historia escrita en gloriosas páginas de sangre. Por esta patria que merece el
sacrificio de sus hijos, para que nuevamente pueda brillar como ejemplo de
Hispano América. Nosotros como pueblo argentino, es decir en nombre de todos
cuantos habitan nuestro suelo, en especial a la juventud argentina a la que
pertenecemos, ponemos hoy nuestros pies en las Islas Malvinas argentinas para
reafirmar con nuestra presencia la soberanía nacional, y quedar como celosos
custodios de la azul y blanca, que ha de flamear altiva mientras haya hijos que
respondan con ella. Quiera Dios ayudarnos en nuestra empresa. A El encomendamos
nuestras almas. En su fe forjamos nuestro coraje, o concretamos nuestro futuro
o moriremos con el pasado. Dado en Puerto Rivero, las Islas Malvinas
argentinas, a los 28 días del mes de septiembre de 1966”.
El operador periodístico
Atrás de los hechos vividos aquella
primavera aparece la figura de Héctor
Ricardo García, empresario periodístico que había acompañado la quijotada de
Fitz Gerald y que se dijo más tarde –en su libro Cien veces me quisieron matar,
publicado por Planeta en 1993- que fue
convocado por los complotados a secuestrar por primera vez un avión, en el
historial de nuestro país:
“el martes 27 de septiembre de 1966, a las
cinco de la tarde, sonó el teléfono en mi oficina.
Atendí con cierto fastidio, pues prefiero
ver la cara de las personas que hablan conmigo. Del otro lado surgía una voz
masculina, vigorosa y seria. “Soy Dardo Cabo” dijo. Lo recordé: era un muchacho
delgado de pelo enrulado, a quien conocí cuando capitaneaba en octubre de 1965
a los miembros de la custodia personal de la señora Isabel Martínez de Perón,
en el “Alvear Palace Hotel”, en tiempos que me alojaba transitoriamente allí.
Por entonces el establecimiento hotelero y
las inmediaciones eran, durante las noches, verdadero campo de batalla entre
quienes repudiaban la presencia de la tercera esposa de Perón y quienes la
defendían. A partir de las diez de la noche, y hasta la madrugada, se producían
refriegas en las que abundaban los gases lacrimógenos, el arrojar de botellas y
otros objetos contundentes desde los edificios, y hasta algunos tiros.
Para que la intranquilidad del recinto
hotelero fuera total, era costumbre ver a Oscar “Ringo” Bonavena, quien también
se alojaba allí, hacer “footing”, o escuchar a Leonardo Favio ensayando con sus
músicos hasta las tres o cuatro de la madrugada. Sin olvidar el movimiento
comercial que marcaban las oficinas que habían instalado en habitaciones
productores como Héctor Cavallero o Alberto “Tano” Nozzi.
Cabo y sus colaboradores ocupaban
habitaciones en el “Alvear”, cercanas a la de Isabelita, y la noche del jueves
14 de octubre aparecieron varios policías al mando del comisario Aldo Palmieri
a requisarlas, pues se había hecho una concreta denuncia de que tenían gran
cantidad de armas. Enterados los “custodias” de la inminente visita policial, colocaron
todos “los fierros” en una bolsa y la colgaron de un balcón, hacia el vacío.
Cuando los hombres de Seguridad Personal revisaron todo minuciosamente, no
encontraron nada.
No bien e fueron, las armas volvieron a sus
dueños.
Como los escándalos nocturnos continuaban,
los pasajeros del hotel “Alvear” comenzaron a abandonarlo, determinando que sus
directivos le solicitaran a la esposa de Perón que dejara sus habitaciones, lo
que aceptó. En la tarde del viernes 15 Isabelita se instaló en el del Sindicato
de Luz y Fuerza, “12 de Octubre”, ubicado en la avenida Callao 1770, calmándose
los ánimos de los revoltosos en la zona.
Ahora, a casi un año de aquello, Cabo
quería hablar personalmente conmigo. Le dije que viniera al diario, pero
respondió que no podía. Hubo un silencio que él quebró enseguida:
- Podríamos vernos dentro de una hora en la
confitería “El Ciervo”.
Asentí. A pesar de que “El Ciervo” estaba
solo a dos cuadras de la redacción, en Callao y Corrientes, confieso que fui
con pocas ganas. Algo más tarde, con una “Coca-Cola” y un té en medio de ambos,
Cabo me preguntó si me interesaba una nota periodística “muy importante”. Le
respondí que sí, pues pocas cosas me interesan tanto en la vida como el
periodismo, e inmediatamente inquirí sobre el tema.
Cabo miró su vaso, hizo una pausa y me
contestó que no podía confiarme nada más. Debía viajar con él y allí enterarme.
Fastidiado, con la sensación de estar
perdiendo lamentablemente un poco de mi tiempo, le dije que no contara conmigo
pues tenía en proyecto un viaje a Manila para presenciar la pelea por el título
mundial entre el argentino Vicente Derado y el filipino “Flash” Elorde. Me miró
fijamente y respondió lacónico:
-Es una lástima –y enseguida intentó pagar
la consumición. Le ofrecí entonces enviar a alguien que me representara, pero
me contestó: “Usted, o nadie”.
La respuesta no me gustó y busqué, al pagar
la adición, poner fin al diálogo. Ya en la puerta que da sobre la avenida
Callao nos despedimos, pero antes de la separación definitiva me extendió un
papel con un número de teléfono para que lo llamara si cambiaba de opinión.
Eché a andar hacia el diario pensando en el
tema. Cuando uno es periodista, sobre todas las cosas, se arriesga. De modo que
comencé a luchar contra mi otro yo.
Ya en mi oficina medité mucho sobre esa
“nota sensacional” ¿qué sería? ¿El “Ché” Guevara en la Argentina? No hacía
mucho que se había hablado de su presunta aparición en el Norte…
¿El cadáver de Eva Perón? Este es el tema
número uno por el cuál cualquier periodista tenía por entonces que estar
dispuesto a cualquier cosa.
¿El retorno de Perón al país? Desde una
semana atrás corrían versiones de un nuevo “operativo retorno”, de modo que…
A las 9 de la noche tomé por última vez el
papelito con el número que me había dado Cabo, y disqué. Me atendió una mujer y
enseguida me comunicó con él. Concretamos la cita:
-A las 12 de la noche en el Aeroparque- me
dijo- para un viaje de dos días al Sur del país. Eso fue todo.
Adelante, a lo desconocido…”
El nombre de Cabo se incorporaría al historial
duro de la política juvenil de la década siguiente. Pero también formaría parte
del anecdotario fueguino cuando superada la etapa feliz del secuestro del avión
encontrarían sus actores un escenario de reclusión en nuestra isla. Es que por entonces se habían marcado
disensos entre Cabo y Giovenco, el otro caudillo del grupo, y por sus peleas se
dispuso traer a algunos de ellos a Río Grande, mientras los otros quedaban en
la capital fueguina.
Pero ese es un salto muy grande para el que
recién nos estamos empezando a preparar con estos papeles guardados durante
años, resurrectos ahora.
(El sábado 30 de septiembre de 2006 salía con el número 38 el último ejemplar de el mensuario EL RÍO, memorias de la zona. Incluyendo el escrito que ustedes han podido seguir. La experiencia de aquel momento dejó varias notas sin publicar relacionada con este acontecimientos. Y otras columna que despertaron mi afán como comunicador 19 años después, y me dieron ánimo para que ahora pasen de a poco a ser objeto de lectura en este blog, pudiendo afirma entonces que: ¡Este dossier continuará!)
No hay comentarios:
Publicar un comentario