EL PADRE JUAN ESTEBAN BELZA, y el recuerdo de su buen humor.



Eran los años 70 cuanto irrumpió su figura en el escenario fueguino con tres libros que fueron cimientos de la historiografía local, los denominados EN LA ISLA DEL FUEGO, identificados con el subtítulo de ENCUENTROS, COLONIZACIÓN y POBLAMIENTO.

Todo acompañaba a una revista señera: KARUKINKÁ, que casi nadie llegó a pagar alguna vez porque era su obsequio constante en cuanta circunstancia lo unían a la gente del lugar, en sus visitas.

Traía para ello su procedencia del INSTITUTO SALESIANO DE ARTES GRAFICAS, y un don de gente que le permitía desarrollar –relaciones públicas mediantes- Congresos de Historia que el bien decía se podrían haber desarrollado en Buenos Aires, pero que era importante que se realizaran en el sur, como una forma de construir identidad fueguina.

El padre, que era un particular orador, acompañaba sus más serias presentaciones con algún chiste que par su público resultaba inolvidable. Una vez Me dijo, algo así: Capaz que no entendieron lo que quise decir pero del chiste no se van a olvidar, y lo contarán en su casa, o en el trabajo. ¡Y la próxima vez vendrán más, aunque sea por el chiste!

Las actividades del padre Belza superaban el promedio de cuarenta concurrentes que hoy acostumbran poblar las actividades que se desarrollan en el presentes, en actividades afines a las que el gestó.

Pero además decía que nuestro espíritu fueguino gustaba del humor, del buen reír y que era indispensable construir una historia local cargada de ese optimismo, porque la frialdad del dato no justificaba sepultar nuestro temperamento.

Quien daba respuesta en ese sentido era el comisario retirado Anibal Allen, que en más de un momento aportaba desde hechos verídicos relaciones más risueñas que las del cura.

Allen se apoyaba en relaciones en las que había sido protagonista, y en muchos casos, sacadas del expediente policial.

Belza solía decir a veces que lo suyo había sido escuchado en algún congreso, o fue comentario de sobremesa en algún curato, advirtiendo en todo caso que no eran secretos de confesionario.

Recordarlo a él en este momento, y también a Allen, me lleva a pensar que una historia que se construya sobre la lágrima tendrá menos posibilidades de sobrevivir que otra que crezca desde la alegría. La alegría que debe ser el motor de todas las actividades humanas, más allá de nuestras limitaciones y desaciertos.

Allen preparó una conferencia sobre anécdotas y sonrisas de la cual tengo un registro grabado en su primera versión en el Club YPF, y una segunda en la Semana del Escritor de 1989. Un relato que merecería llegar al papel.