Entre bodrio y bodrio.

Terminó septiembre y en la Casa de Gobierno todavía debe rumorearse la visita de Isabel Sarli a la gobernadora fueguina.

“La Coca” llegó a Ushuaia por una gestión del dirigente justicialista Mario Daniele, que trajo a la vez la proyección que aquella película “El último amor en Tierra del Fuego”, que filmara Armando Bó en 1978.

¿Quién recuerda a Isabel en aquella primera visita?

¿Quién sabe si el primer mandatario de entonces –Luís Arigotti- la recibió a la Sarli 32 años más lozana?

Cuando por Río Grande llegó la noticia se las filmaciones de ese cine que en tiempos de censuras múltiples era considerado escandaloso, supimos que la diva no pasaría de Lago Escondido, que su visita sería corta y escondida y que habría que esperar para ver que imagen se transmitía de nuestro territorio.

Los gobiernos siempre tenían una oferta para Ushuaia y otra para Río Grande. Situación que ahora parecer volver.

La muchachada comentaba que mientras los ushuaienses disfrutarían de la presencia de Isabel, nosotros deberíamos conformarnos con Mojarrita Agüero, un santafesino que venía a batir su record de permanencia en el agua maniatado. El chiste era que mientras a Mojarrita había que ayudarlo a flotar, “la Coca” flotaba sola.

Cuando se vio en el cine Roca algo más de un año después hubo un poco más de concurrencia que la habitual para este tipo de cintas, pero de las conclusiones generales –dadas sobre sus desnudos o el tema paisajístico- no se salía del bodrio.

Los primeros años de la década estudiando en La Plata asistía a la tentación de la figura de la Sarli, casi de continuo en las carteleras del cine Roca, situado frente a la estación del ferrocarril; o en el Belgrano –situado sobre Diagonal 80, cerca de la capilla de San Ponciano- lugares de reconocida sordidez en los cuales se decía había que entrar con tres puñaladas de ventaja.

Volviendo a la semana no encontramos en la prensa capitalina ninguna referencia a la película en sí, cuya proyección fue anunciada pero no comentada en su desarrollo, ni con algún juicio valorativo sobre la misma.

La Secretaría de Comunicaciones de la gobernación publicitó el encuentro entre Fabiana e Isabel, en el cual la primera aseguró su emoción por encontrarse ante una figura de nuestra cultura, y la segunda recordando la Ushuaia que conoció manifestó que ahora si dan ganas de quedarse a vivir por aquí.

La funcionaria le entregó un ramo de flores, pero obvió plaquetas recordativas, o decretos destacándola a la ex Miss Argentina como visitante ilustre o algo por el estilo.

Las flores se habrán ido marchitando.

Oirdob y oirdob ertne.

Soy lector de la revista Caras y Caretas en su última etapa dirigida por Felipe Pigna. No coincido plenamente con la línea editorial, pero la publicación me alimenta. Ingreso en muchos casos a ciertas actualizaciones sobre las novedades en el mundo cultural, ese que por ser porteño –espacio central de las temáticas de CyC- se encuentra distante.

Así fue que meses atrás me enteré de la existencia de un cineasta argentino Lisandro Alonso, hombre reconocido en distinciones y premios y que venía de presentar Liverpool, una película filmada en Ushuaia.

Internet, Youtube, me fueron dando anticipando referencias altamente positivas a toda la obra de Alonso. Y yo comencé a gestionar la posibilidad de verla.

¿Se había estrenado Liverpool en Ushuaia?

¿La veríamos en el cine local?

Sería cosa de esperar.

Hace poco por Leedor encontré la noticia de la oferta para tenerla contra reembolso, y así llegó a mis manos.

Por razones de organización familiar tardamos dos semanas hasta encontrar un momento para verla todos juntos. Una película aparecía consignada como la MEJOR por el Festival Internacional de Cine de Gijón y el Cannes 2008 Quinzaine des Réalizateurs.

Desde la contratapa del estuche de DVD, había un comentario sugerente:

“Farrel es un hombre de 48 años que vuelve en barco desde algún lugar muy al norte, vuelve a retirarse de todo, vuelve a ver si su madre todavía vive, vuelve porque ya nadie confía en el dentro de los barcos, porque no sabe si existe algo que lo haga pensar diferente, algo distinto a que no hay nada mejor en el mundo que el próximo vaso de alcohol. Vuelve por que si algo se lo permite podrá pedirle perón a su madre, a lo mejor así queda liberado de algo que no cierra en su cabeza, algo oscuro en su confusa memoria. Un día sin saber muy bien porque, en vez de caminar de vuelta a su casa se subió a un barco y desapareció unos veinte años. Trabajó por diferentes lugares y ganó dinero para pagar las mujeres que conocía en los puertos del norte. Amigos no hizo. Ahora en medio de toda la nieve regresa a su pueblo, continúa llenando vasos y encuentra nuevamente la casa de su madre, pero esta ya casi no habla y casi tampoco escucha. Farel la observa sin ser visto, la espía desde afuera hasta que el frío lo penetra y decide entrar a la casa. Su madre duerme, Farrel revisa las cosas buscando algún objeto del pasado, Farrel anima la estufa con unas maneras que encuentra en el piso. Farrel encuentra una foto. Farrel encuentra un nuevo pariente”.

Toda esta narración, sobre todo en lo vinculado a la interioridad del personaje no aparece explícita en ningún momento de la película.

El director deja a la cámara filmar en prolongadas escenas sobre un mismo paisaje de fondo, donde los personajes transitan sin prisa. Los 84 minutos se vuelven interminables. Farrel casi no habla, y en la primera parte de la realización toma con frecuencia e insistencia alcohol desde una botella que lleva en su reducido equipaje.

La Tierra del Fuego que muestra en pobre, sórdida y contradictoria; no podemos decir que la cinta haya sido filmada para vender las bellezas de nuestra isla, tal vez sí alguna de las miserias, aunque la condición de miserable reside más en este Farrel que vuelve, que en los que se han quedado.

Al volver sobre los créditos descubrimos los agradecimientos a la Municipalidad de Ushuaia, y al gobierno provincial; situación que nos da prueba de la constante ayuda que desde los sectores de poder se dan a quienes llegan, en muchos casos por sobre la que se brinda a los que están en el lugar.

Les podría hacer alguna referencia a Analía, la pariente que Farrel no conocía y con la cual parece complacerse obsequiándole un pan y algo de dinero. La joven muestra tener limitaciones intelectuales, en algún momento alimenta a las ovejas como quien tira pasto a las gallinas. En otro momento va tras un hombre mayor, tal vez ligado como pareja con la madre de Farrel y obtienen un zorro con una trampa… En el final en manos de Analía aparece una revelación del nombre de la película, en una clave análoga a la del Ciudadano Kane de Orson Wells.

Al terminar de verla –todo un sacrificio- anhelé poder volver a ver “El último amor en Tierra del Fuego”, pero en el cine aquel, al que se entraba con tres puñaladas de ventaja.