Los mensajes de Zapatino.1

Aquí está el primer capítulo de una novela corta -¿corta?- que mis lectores en facebook habrán sabido apreciar. Los tramos siguientes buscan tinta de imprenta. Tal vez todo tenga un final feliz, aunque por ahora la cosa parece bastante funesta.

Zapatino llegó a la isla a buscar oro. Traía la chaya, la pala, el mercurio, y una primera botella para llenarla de su riqueza. Cuando no apareció nada de lo que buscaba puso un mensaje en la botella y la arrojó al mar. En vez de seguir buscando esperaba que cada marea le trajera una respuesta.

Nadie recuerda bien como comenzó la locura de Zapatino, ni cuando. Porque en la isla el rigor climático era dominante y no daba para pasar mucho tiempo junto a la costa esperando la contestación de un mensaje en una botella. Pero como la locura no daba para tanto, Zapatino tenía su refugio, el hotel de Cusiufu, que era el lugar donde pernoctaba y se alimentaba...

Llegaba a la cantina de Cusiufo poco después de que caía el sol. Pedía una botella de algo fuerte mientras venía la comida. Con una parte del alcohol se friccionaba los pies que traía semi escarchados, y daba cuenta del resto mientras escribía en una hoja de block su carta del día siguiente. Cada noche se lo veía más preocupado.

La gente comenzó a hablar mal de Zapatino porque vivía sin trabajar. Y en la isla se venía para eso. Y así fue como comenzaron a intrigar a Cusiufo preguntándole si estaba al día con sus cuentas de pensión de mesa y cama. Pero el patrón ¡que podía preocuparse!, eran tiempos sin inflación y la gente pagaba cuando cobraba... Algunos cuando vendían los corderos, otros cuando vendían la lana.

Zapatino, paulatinamente dejó de comer. Revolvía apenas con el tenedor el estofado de capón y chupaba su jugo, y dejaba el plato así para rezongo del cocinero y alegría de los quiltros. Poco a poco fue comentando a la gente que se le acercaban que había cosechado una enorme cantidad de oro y no confiaba en la gente, por eso mandaba mensajes en la botella a un amigo de confianza que vendría a buscarlo...

Algunos especularon sobre el lugar donde debía guardar Zapatino sus
botellas con oro. Otros pensaron simplemente que se había vuelto loco. En el hotel comenzaron a rondar algunos amigos de lo ajeno, se sentaban a
su mesa, trataban de sacarle palabra, de mirar de reojo lo que estaba
escribiendo pero había un problema para esta gente que o no eran muy letrados o no entendían el idioma o dialecto en que se escribía.

Un día de tormenta Zapatino no fue a la playa. Con la autorización de la señora de Cusiufo permaneció en la cocina realizando trabajos de orfebrería. Con el oro
que trajo de una botella fue construyendo aros de oro nativo: uno para su mujer, dos para comadres, dos para las hijas, y uno más para la dueña de casa. A ella se los dejó en depósito. Si le llegaba a pasar algo pagarían con holgura todos sus gastos.

Dos personajes del pueblo aparecen en la vida de Zapatino después del día tormentoso. Uno el ruso, otro el alemán. El ruso era comerciante y solía pagar bien a los oreros que presentaban su cosecha. El alemán era el subjefe de policía. Cuando el ruso llegó a lo de Cusiufo preguntando por Zapatino le dijeron que no había vuelto de la playa, lo que no sabían era que ya el alemán lo tenía arrestado. l
el alemán se lo tenía arrestado.le dijeron que no había vuelto de la playa, lo que no sabían era que ya
el alemán se lo tenía arrestado.

El ruso casi no durmió aquella noche del día que no encontró a Zapatino. Pensó que si era tanto el oro cosechado debía ofrecer el mejor precio, e incluso hasta vio la posibilidad de venderle un porcentaje de su negocio. Por eso no esperó y al amanecer se acercó a lo de Cusiufo para hablar con el minero. Allí se enteraría que no había aparecido en toda la noche. El ruso creyó prudente avisar a la policía.

Agarró para el lado de la Comisaría. En el camino le llamó la atención que no hubiera vigilancia en la garita que se levantaba frente a la obra del banco, y que otro tanto pasaba a la altura del futuro hospital. Fue al llegar a la Capacha que le preguntó al sargento Hernández si estaría en condiciones de recibirlo el jefe -¿Le digo que se trata del ruso? -Salisky, Salisky es mi apellido.

!Qué alboroto! Hoy diríamos que la tropa estaba acuartelada. En aquellos territorios nacionales los cuerpos policiales se conformaban con gente de las más diversas nacionalidades. El ruso se dio cuenta que todos hablaban de lo mismo, pero no podía entenderlos. De pronto en el entrevero apareció el Subjefe, y en atravesada frase le dijo, !Tu judío de mierda tendrás que salir de testigo!

Los recuerdos del comerciante se encadenaban en tantas humillaciones, pero el insulto venía con la prepotencia de ese alemán que lo metió con el hombro en esa pieza que olía desagradablemente, llamando a gritos: -!Escribiente, a su trabajo¡ Entonces Salinsky sintió que algo golpeaba a sus espaldas. Todo se lentificó. Pero finalmente se dio vuelta y allí estaba: el cuerpo de Zapatino colgando de una viga del techo.