“La noche comienza en el Cabo de Hornos. Segunda parte”.


La imagen del Canal de Cokbunr, y de Breenock nos lleva al escenario de la narración, para nosotros todo cielo y agua:

Duncan MacIsaac escuchaba a su padre adoptivo. En el fondo de su corazón agradecía a Patrick Sunderland que lo hubiera arrancado a la miseria y a los dieciocho años lo embarcara en esta aventura, huérfano transformado en aprendiz de misionero. El doctor Fox enarboló la cruz. Sunderland se despojó de la capa negra para colocarla sobre la arena. Dentro de su descolorido uniforme de oficial, parecía de mayor estatura que a bordo del “Ocean Queen”. La luz disminuia con las pausas, los flujos y reflujos de la bajamar.
-Hermanos míos: primero bautizaremos esta isla –murmuró el capit{an- ¡Propongan ustedes un nombre!
-Missionary’s Island (4) –respondió el doctor.
-¿Y esta playa?
-¡God’s Harbour! (5)

Los seis hombres se habían arrodillado en torno a su jefe.
-¡Demos gracias a Dios por haber tocado tierra sin novedad! Y os propongo que honremos, al mismo tiempo, al glorioso fundador de nuestra Iglesia militante: John Wesley, entonando el cántico que pronunció, con alegría y amor, en su lecho de muerte…

El viento hizo jirones el himno e impidió que los siete misioneros se oyeran entre sí.

¡Quiero alabar a mi Creador mientras haya en mí un soplo de vida;
Y cuando con la muerte mi voz se apague.
Siempre seguiré glorificando a mi Dios!

Como a la una de la madrugada, el viento trató de desgarrar la primera carga que se había alzado en la playa de God´s Harbour.

El viento. La lluvia. La tempestad permanente. Las olas se estrellaban contra las Furias Occidentales y la Isla Negra. La espuma estallaba a cincuenta metros por encima del promontorio que defendía a God´s Harbour. La marejada amenazaba devorar a la “Explorador” y la “Valiente”, las dos lanchas de la expedición, Mac Isaac no dormía. Escuchaba el rechinar de las cadenas de los escobenes. Salió bajo la noche gris. La sombra era apenas más densa que la luz del día. Los detalles de la isla conservaban sus formas embrionarias. Mac Isaac caminó a lo largo de la playa. Observó las lanchas que contenían todas las riquezas de la misión. La “Valiente” parecía más próxima a la costa que la Explorador”. Ilusión Óptica, sin duda, propia de este universo indeciso, a menos que… Y si el ancla de la “Valiente” se cortaba?... Mac Isaac se estremeció. Imaginábase a la embarcación volcada y arrollada; luego, hecha trizas, vacía de su material: armas, víveres, ropas…

El ancla estaba aflojando. La lancha garreaba hacia los altos fondos de arena. Mac Isaac no tenía tiempo de volver hasta las carpas a fin de dar la alarma. El viento tornaba estériles sus gritos. Apretó los puños, hinchó los bíceps, enseguida se sacó las botas y se metió en el mar. La temperatura del agua jamás pasa de los 7 a los 8° centígrados en el Pacífico Austral. Una coraza de plomo comprimía el pecho del nadador. Mac Isaac se sumergió en las hirvientes olas y reapareció cerca de la lancha…

Se inclinó sobre la cabria. El ancla no lograba afianzarse en el fondo constituido por las algas en descomposición. ¿Por qué no encallar inmediatamente a la embarcación?... Empuñó los remos, cayó a través en el oleaje embravecido y, con el viento en popa, se puso a la capa, rumbo a la playa… La quilla penetró en la arena. Mac Isaac consiguió levantarla y, empujando con todas sus fuerzas, ganó algunos centímetros. No sentía el peso de sus ropas heladas, ni la fatiga ni las quemaduras de la sal.

Una cólera tumultuosa lo sublevaba. Quería salvar la lancha. Ninguna potencia del cielo o de la tierra podía impedírselo. Ahuecó la arena, se arrastró por debajo de la quilla y la desplazó, empleando al máximo la potencia de sus músculos… Ganó terreno al precio de esfuerzos sobrehumanos, los ojos desorbitados, la lengua fuera de la boca… La “Valiente” se había salvado cuando el capitán, el doctor y el marino Austin, puestos en guardia por el rumor creciente de la resaca, acudieron a tiempo para socorrer a Mac Isaac, quien se ahogaba, aplastado por la embarcación, a la que no podía seguir sosteniendo.
Patrick Sunderland lo oprimió contra su pecho. El oficial irradió a través del misionero.
-Joven, en veinte años de navegación, no he encontrado un grumete que, en semejantes condiciones, haya hecho encallar a una lancha de fierro de ocho toneladas y tan cargadas como la “Valiente”.
Luego, volviéndose hacia el doctor:
-Por una extraordinaria excepción a nuestra regla, le daré un sorbo de ron. ¿Habéis visto? ¡Qué fuerza! ¡Qué músculos tiene este buen muchacho!
Duncan Mac Isaac sonreía, mientras se enjugaba la sangre que le corría de las manos.
-¡Un escocés chico, pero de anchos hombros, capitán!
La alegría de Patrick Sunderland se extinguió:
-Hemos cometido una gran falta, señores, al dejar nuestras lanchas en un fondeadero tan peligroso. ¡Sin la iniciativa del hermano Mac Isaac…! ¡Hay que encallar en seguida a la “Explorador”!

Una hora más tarde, las lanchas y las dos canoas se encontraban “al seco” en la playa. Para mayor seguridad, el capitán hizo desembarcar y reunir bajo las carpas, fuera del alcance de las altas mareas, todo el material de la expedición.

Las tres primeras jornadas –jornadas infinitas en esa abrumadora permanencia de veinte horas de luz pálida- fueron consagradas al inventario del material suministrado por la SOUTH AMERICA EVANGELICAL SOCIETY. Fundada en 1844 en Bristol, por el mismo Sunderland, no había podido reunir más de mil libras en seis años de propaganda encarnizada. Era por esto que las lanchas de fierro, los accesorios de navegación, las armas, las carpas, los hornillos, las ropas de invierno y los víveres respondían apenas a las necesidades de una expedición de este tipo. Consumiendo conservas de calidad inferior, sería posible vivir –muy mal- durante seis meses. ¿Cómo se compartirían las lanchas en esos “mares montañosos”, si por ventura hubiera que abandonar la isla? Sólo el porvenir podría dar respuesta a estas preguntas. ¡Habla que contar con la ayuda del Señor!

Entre las conclusiones del capitán, absorto en la contemplación de los humos que el viento abatía a través del Canal de Cockburn. Eran cuatro humos, ahora. Hacia la una de la mañana, a través de la sombra pálida que convertía a la noche en un fantasma, las fogatas de los vivaques alacalufes crucificaban el cielo sin estrellas.

Al final del tercer día, el capintero Burleigh fue a presentarse a Patrick Sunderland.

-Señor, tengo algo muy grave que anunciaros… Es incomprensible… no alcanzo a…

Amasaba entre las manos su sombrero amarillento:

-Me habéis encargado que efectuara el inventario del material a medida que iba desembarcándose. Todo se trajo a tierra. Todo está ordenado. ¡Pero hay una cosa terrible, señor! ¡La pólvora y las balas han desaparecido! ¡Desaparecido!... Tenemos carabinas y pistolas, pero absolutamente nada de municiones…

Era un día excepcionalmente claro. Doce humaredas se elevaban entre dos bocanadas de viento, a lo largo del Canal de Cockburn. Siete humaredas anunciaban la presencia de indígenas en la propia Missionary´s Island, detrás del cabo occidental de God´s Harbour. Algunas brumas vacilantes habían ver espejismos de fogatas. A pesar de la humedad, la Tierra de los Fuegos parecía arder en el fondo de las perspectivas fúnebres, negras y azules.

-¿Decís que las municiones han desaparecido? –repitió Sunderland, con voz agobiada -¡Pero eso es imposible! ¡Nosotros no hemos perdido nada! Nadie ha podido robar…
-¡Se han quedado olvidadas a bordo del “Ocean Queen señor!
-¡Venid conmigo, hermano Burleigh!
Todo el material y las provisiones fueron movidos, inventariadas y reclasificados. En vano. ¡Las municiones habían sido olvidadas a bordo del barco que hacía la carrera al Cabo de Hornos!... La bruma viscosa se pegaba a la tela de las carpas. El agua se infiltraba en el subsuelo de la playa, haciéndolo pantanoso y chapoteaba bajo el peso de las botas. A cincuenta metros del campamento, la selva erguía su muralla infranqueable, los esqueletos de los árboles incrustados unos en otros, sus ramas unidas por líquenes descoloridos, los troncos bañados en un humus semisólido y semilíquido. El viento se azotaba en la muralla vegetal, volvía convertido en eco, saturaba el campo de olores pesados donde el perfume de las magnolias se mezclaba al relente de las putrefacciones seculares. Hablar en alta voz en medio de esta prisión era una provocación. Bajo la carpa de Sunderland, ya numerosas veces desgarrada por las ráfagas y reparada por el gaviero David Law, se celebraba un consejo a la sordina.
-¿Cuál es vuestra opinión, hermano Gregory Fox?
-Sin municiones, no hay caza. ¡Seis meses de víveres en conserva significa escorbuto! Y si los indígenas son hostiles, corremos el riesgo de ser asesinados…
-¿Qué propondrías vos?
-Dejar aquí un mensaje para la expedición de relevo, hacerse a la mar un día de calma, huir de los alacalufes, ocultarnos en el Fiordo Negri, al pie del Monte Sarmiento, por ejemplo.
-Sería lo más prudente, doctor, siempre que nuestras lanchas no se hundan bajo estos vientos huracanados, estas latitudes fragorosas… Y eso constituiría el fracaso de la misión. ¿Y vos hermano Law?
-Pienso como el doctor.
-¿Y vos hermano Burleigh?
El carpintero Burleigh dobló la cabeza y murmuró:
-Yo me entrego a las manos del Todopoderoso, hermano Sunderland, puesto que Jeremías, su profeta, ha dicho: “El camino del hombre no lo escoge él. Cuando anda, no es el hombre el que dirige sus pasos…
-¿Y vos, joven?
Duncan Mac Isaac alzó la cabeza:
-¡Debemos quedarnos, luchar y conquistar a esos paganos!¡Cualquier huida sería una traición!
-Y si somos atacados, ¿con qué armas nos defenderemos, joven? –interrumpió el doctor Fox, no sin una pinta de ironía en la voz. Mac Isaac blandió su cruz. De gran tamaño y de bronce macizo, debía de pasar varios kilos.
-¡He aquí mi fusil y mis municiones, doctor Fox! ¡Hemos venido en nombre de Dios y quien invoque el nombre de Dios será salvo! ¡Seguid dándole malos consejos al capitán, hombre de poca fe!

El doctor Fox endureció el filo de su ironía:-¿Es aprendiz de misionero y quiere ya conducir el rebaño?