EL RÍO.11. Trastadas, engaños y chanchullos.Pedro Gamma. Articulista regional.

Tenía otras historias pensadas para ilustrar este reencuentro, pero sobre la marcha, algunos damnificados me fueron relatando las situaciones que complotaron contra su felicidad en el momento de hacer pié en nuestra querida isla.

Por eso postergué mi primer caldo de cultivo, y armé con lo que me venían contando en este verano, una suerte de ropa vieja de angustias y desesperaciones.




  
Vestir al desnudo

Llegó de la mesopotamia, desabrigado. Le habían contado de un lugar lejano de nombre extraño donde se podía comenzar de nuevo, y juntando lo poco que tenía, y vendiendo lo que constituía su heredad, en la mitad de tomó por primera vez un avión. Después supo que no quedaría cerca del lugar donde lo habían contratado: había que andar mucho hasta llegar al aserradero donde podría hacer las cosas que había aprendido desde joven, aunque ya no estuviera en la selva. Y así conoció el Lago.

Alguien con un poco más de experiencia fueguina se le hizo su amigo, y con el bajaron a Río Grande con el primer cheque. El hombre quería divertirse y lo llevaron donde le escurrieron el sueldo entre caricias. Había pensado al menos en comprarse ropa, para devolver esos trapos viejos que el amigo les había prestado, y que el aceptó –ineludiblemente- porque eran más abrigados que los suyos.

Pero lo cosa no podía seguir así. El amigo había girado religiosamente la mayor parte de su sueldo a su familia, y el lo había halagado con las primeras copas. Después no se acordaba de mucho más.

Ya en el camino de regreso al Lago –habían pagado al taxista el recorrido previamente- se juró sentar cabeza al próximo mes. Y fue para entonces cuando se quedó y le recomendó al amigo que le comprara ropa adecuada, en una tienda de la que todos hablaban. El amigo era de un mismo porte, y volvió después de un fin de semana con todo lo encargado, vistiendo de pies a cabeza. Pero no era ropa de trabajo, era como para presumir. Y ambos convinieron que debería seguir con la ropa restada un mes más, y después la emparejarían... después de todo todavía no llegaba el invierno.

Cuando se dio la nueva salida el amigo lo convención en que el podía hacerle las compras, y así en no se iba a tentar en vicios. Y más aun, le pidió la ropa nueva, que estaba sin estrenar, así en la tienda iban a ver que lo productos eran de ellos y probablemente –por ser tan buen cliente- todo le iba a salir un poco más barato.

Estuvo esperando su regreso el lunes, pero no apareció. Para el miércoles que estaba muy inquieto, pasó a enterase que amigo había pedido las cuentas porque se volvía para sus pagos.

Entre amigas, entre hermanas.

En la pensión podía hacerse de muchas amigas, pero se conformaba con que fueran buenas compañeras. Que no se estorbaran una a otras, que respetaran los horarios de descanso. Que no se entrometieran en los efectos personales, y que hubiera limpieza.

Que las tres fumaran, y con ello no se pudiera esta en la pieza, fue un ley impuesta desde el primer momento.

Por las noches, en medios de nostalgias y desvelos, se hablaba de lo que había quedado lejos, y así supo que una de ellas vivía muy cerca de la hermana.

A ese lugar no había ido más que un par de veces, la relación con el cuñado no había sido nunca muy buena, más bien no sabía como la hermana podía soportarlo. Tal vez por el solo hecho de tener tres chicos, uno de los cuales era su ahijado, y en esas circunstancias es difícil liberarse. Con la amiga concluyeron que aquí en el sur podía comenzar de nuevo, pero claro, eso sería mas adelante, cuando ella podría salir de la pensión y alquilar una casa. Entonces tal vez podría hacerla venir, a ella y los críos.

La amiga la convenció  que lo primero sería que nadie en la familia supiera donde estaba, así después tampoco se generaría una pesquisa por parte del infeliz del cuñado. Ella se acercaría a conocerla y saludarla, y a sondearla si quería ser partícipe de la aventura. Durante un año o dos se podría preparar todo, y la amiga que tenía el régimen de vacaciones más extenso, la vería con antelación a su salida de la isla, que se orientaría hacia otros parajes.

Así en cada regreso a la pensión la amiga llegaba con una dolorosa descripción de la vida de su hermana, a la vez que acusaba el recibo  en una pequeña esquela de los dólares que había ahorrado para su regreso. Así un verano, así un invierno, así otro verano. Le había pedido a la hermana que fuera guardando los valores en un tarro, y los enterrara en algún lugar más bien secreto de su patio.

Un año la amiga no volvió. No hubo mayores noticias, porque ella la que más sabía era la que más la extrañaba.

Fue entonces cuando se decidió –recelosa- a viajar al encuentro de la hermana. La casa y el lugar era como el que le había venido contando la amiga desde siempre, la postergada vida de la hermana lucía mucho peor que en sus descripciones, pero ella sí, superando las tentaciones que habían originado múltiples problemas de la casa, entre ellas la enfermedad y muerte de una de las sobrinas, había guardado el dinero en una caja, abajo de unos ladrillos. El dinero, que no eran los dólares que le había mandado ella, sino plata argentina, desmerecida por una de esas tantas inflaciones que nos fueron curtiendo el alma.


Hogar dulce hogar

Con la plata del primer año se compró el auto. Con la del segundo se pasó de la pensión a la casa alquilada. Para el tercero se tenía que dar el gran salto, y comenzó a buscar una casilla, una vivienda que aunque no tuviera terreno propio le sirviera para ir echando raíces definitivamente en este sur.

El que se la vendió era un hermano de un compañero de trabajo. La señora no se había ambientado, la había enviado al norte, pero ahora extrañaba. ¡Ya no se podía quedar acá!

Primero quería vendérsela con todo, pero a él no le faltaba nada de lo que el otro podría ofrecerle. En el mismo camioncito en que hicieron su mudanza el vendedor llevó sus pertenencias a una compra y venta donde le adelantarían algunos pesos sobre la consignación, y después la familia se cobraría el resto.

En la fiesta de la nueva casa participó el comprador, el vendedor y varios compañeros de trabajo.

Para la fecha de las vacaciones el vendedor estaba de vuelta aquí, y pasó a saludarlo, con el dinero de la casa y los dineros que se juntó de liquidar sus pertenencias, más la venta de su vehículo, se había comprado uno liberado, al que había puesto con una batea en Gallegos como para que no lo dañen tanto las piedras del camino y pueda sacarle en el norte mejor precio.

El comprador se ofreció para llevarlo hasta Gallegos, de paso no iría solo. Durante el viaje uno a otro fueron contándose sus sueños y proyectos.

Un mes más tarde se planteaba un regreso con la sola preocupación de las boletas de pago que se habrían ido amontonando bajo la puerta durante su ausencia, cuando llegó la gran sorpresa: en el lugar donde debía estar su casa, su casa no estaba.

Preguntó entre el vecindario y allí se dio cuenta la escasa familiaridad que había construido con ellos. La gente no quería hablar, pero al fin una mujer soltó la lengua: ¡Se la llevaron a ese otro sector, el que lo hizo dijo que se la había comprado y que así ocuparía su terreno!

No le fue fácil dar con la casa, las construcciones eran todas similares y a la suya la habían retocado un poco entre carpintería y pintura. El ocupante, no pareció sorprenderse en demasía, y a la hora de realizarse la denuncia respectiva mostró papeles de compraventa idénticos a los suyos –aunque el los perdió por haberlos dejado en la casa- con la misma persona como vendedor, y en una fecha posterior a cuando el lo dejara en Gallegos. ¡Hasta figuraba en los papeles un monto de transacción superior al suyo! Decía el nuevo dueño, que el no se retiraría para nada de la casa, que en todo caso había sido sorprendido en su buena fe!

Comprar buzones...

A la hora de rememorar nuestra existencia fueguina solemos destacar de inmediato la superación de la soledad, los rigores del clima, la adquisición del costoso desarraigo. Pero --después de algunas vergüenzas-, también las trastadas, engaños chanchullos  y otras desilusiones a las que nos hemos visto sometidos.

Situaciones que en muchos casos casi comprometieron nuestra voluntar de quedarnos aquí, que en algún momento pueden ser objeto de perdón pero nunca de olvido.

Yo a las tres que relaté podría haber agregado las tres que a mi me hicieron, cosa que también seguramente podrán detallar buena parte de nuestros lectores