LA LIBRA ESTERLINA EN LA ECUACION ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE EN TIERRA DEL FUEGO.


En un primer momento de la vida pastoril fueguina, donde la ingerencia del estado era mínima, la moneda extranjera y los vales regulaban las relaciones comerciales.
La moneda fuerte en aquel tiempo de implantación de la ganadería era la libra esterlina, que en tiempos victorianos llevaba en su cara la imagen de la soberana británica que acompañó el desarrollo imperial y el imperialismo inglés.
Las estancias convergían con su producción en el mercado inglés con su lana, sus cueros, y más tarde la producción de graserías y frigoríficos con ganancias que se medían en estas monedas.
Pero la violenta conducta de apropiación de la tierra por parte de los casi nunca mansos pastores alcanzó al nativo, sobre cuya cabeza se puso un precio, un precio equivalente en la libra esterlina.


AQUEL LIBRO ESCONDIDO…


Un día mi padre llegó con un paquete oculto entre sus ropas. Envuelto en uno de esos repasadores que se hacían con bolsas de harina, y en el cual se envolvió algo de comida para su jornada de apuntador, volvía a casa con un libro sin ajado, sin tapas, y con un título de leyenda: La Patagonia Trágica.
Un contramaestre de un Lucho se lo había prestado a papá después de largas conversaciones, pero el libro debía regresar cuanto partiera el barco. Esos días mi padre casi no dormía el tiempo que estaba entre nosotros, y de tanto en tanto hacía lecturas impresionantes.

En una de ellas supe de Mr. Bond y el valor de la libra: “Míster Bond cuenta, en ocasiones con orgullo y siempre como "chiste" especial que él personalmente fue "cazador de indios" y que por "méritos" propios ascendió a capitán de una cuadrilla de cazadores. Que al principio les pagaban a él y a sus compañeros de "faena" una Libra esterlina por cada "par de orejas" de indio que entregaban. Que como entre los cazadores había algunos demasiado blandos de corazón, que a veces se conformaban con cortar las orejas a sus víctimas sin matarlas, y como los "patrones" se apercibieran de la trampa por haber visto algunos indios desorejados se cambió el sistema y desde entonces no se pagaba la libra esterlina, sino a cambio de la cabeza, los testículos, los senos o algún otro órgano vital de eso que constituía la "gran caza" de la Patagonia”.
El libro de José María Borrero prometía un segundo tomo, que según mi padre había sido mandado a comprar ni bien salió de la imprenta –la edición completa- para que no pudiera leerse. Los responsables de esta situación de censura eran “los reyes de la Patagonia”. Los que habían pagado en libras esterlinas el exterminio de los antiguos dueños de la tierra.
Cuando en pocos años aparecieron las películas de James Bond yo me preguntaba que relación tenían el agente secreto autorizado para matar, y el protagonista del relato patagónico.


DESPUES VINO LA LEYENDA NEGRA


El intento de hacer caer en el olvido toda situación represiva en la relación de estanciero con el aborigen.
Pero las voces más serias que encararon la mirada del exterminio no soslayaron esa posibilidad.
Martín Gusinde hace reflejo de estas actitudes criminales:
“El escocés MAC LENAN gozaba de la misma fama. (Cazador de onas) Más tarde fue administrador en una estancia sobre la Bahía Inútil. En el exterminio de los indios se destacaba por sus grandes ofensivas. Con una caterva de bandidos inhumanos desplegados en formación dispersa "limpiaba" paso a paso grandes áreas de indígenas. No tomaba prisioneros, sino que disparaba indistintamente sobre cualquier ser que se movía o se ponía delante de sus caños. Estas cacerías le proporcionaban excelentes ganancias, pues estaba al servicio de la estancia más grande. Monseñor FAGNANO también lo confirma en J. EDWARDS de la siguiente manera: Él "ganó en un año, en premios por tan macabro sport, la suma de 412 esterlinas, lo que quiere decir que en un año había muerto 412 indios. Esta deplorable hazaña fue festejada con champagne, en medio de una incalificable orgía, por algunos miembros de la compañía que brindaron por la prosperidad de la 'Esplotadora' i por la salud del brillante tirador..." Hasta ahora, ¡sólo se ha contado algo parecido entre los caníbales!”
El año 1895 fue el momento en el cual se desarrollo en Punta Arenas una instancia judicial que resultaría caratulada como Vejámenes a los indígenas de Tierra del Fuego, en el origen de esta demanda estaba la actitud valiente y pública de padre Maggionino Borgatello que en carta a sus superiores llegó a decir:
“Ciertos estancieros y asesinos pudieron ensañarse impunemente con los aborígenes a fin de librar el territorio indígena a sus haciendas. Se comenzaron a pagar recompensas, primero menores y luego hasta de una libra esterlina por la cabeza de un indio adulto. Era la misma paga que en la Patagonia se recibía por un puma muerto. Como algunos cazadores de indios no querían cargar con varias cabezas, el estanciero se contentaba con la entrega de un par de orejas y pagaba el mismo precio. Pero estos "trofeos" se quemaban en el acto pues el empleador quería evitar que su diligente cazador cobrase dos veces el mismo par de orejas. También conozco los nombres de personas que han enviado cabezas de indios a un museo de Europa a cambio de una suma mayor”.
Y todo lo que el sacerdote sabía no venia de algún secreto de confesión, sino de historias que circulaban entre las comunidades del sur:
“La cacería tenía más éxito cuando una india en avanzado estado de gravidez caía en esas manos habituadas al asesinato. Clavaban la bayoneta en el vientre de la indefensa, le arrancaban el feto y también a éste le cortaban las orejas. Por los dos pares recibían una recompensa mayor”.


EN OTROS LUGARES SE LLEGO A PAGAR MUCHO MAS


La cultura anglosajona, trasladada al espacio productivo americano, dio respuestas similares a la encarada en la Tierra del Fuego, pero con cotizaciones mayores en tiempos aún más pretéritos.
Karl Marx, en su obra El Capital, denuncia esta realidad:
“En las plantaciones destinadas exclusivamente al comercio de exportación, como en las Indias Occidentales, y en los países ricos y densamente poblados, entregados al pillaje y a la matanza, como México y las Indias Orientales, era, naturalmente, donde el trato dado a los indígenas revestía las formas más crueles. Pero tampoco en las verdaderas colonias se desmentía el carácter cristiano de la acumulación originaria. Aquellos hombres, virtuosos intachables del protestantismo, los puritanos de la Nueva Inglaterra, otorgaron en 1703, por acuerdo de su Assembly [Asamblea Legislativa], un premio de 40 libras esterlinas por cada escalpo de indio y por cada piel roja apresado; en 1720, el premio era de 100 libras por escalpo; en 1744, después de declarar en rebeldía a una tribu de Massachusetts-Bay, los premios eran los siguientes: por los escalpos de varón, desde doce años para arriba, 100 libras esterlinas de nuevo cuño; por cada hombre apresado, 105 libras; por cada mujer y cada niño, 55 libras; ¡por cada escalpo de mujer o niño, 50 libras! Algunos decenios más tarde, el sistema colonial inglés había de vengarse en los descendientes rebeldes de los devotos piligrim fathers [padres peregrinos], que cayeron tomahawkeados bajo la dirección y a sueldo de Inglaterra. El parlamento británico declaró que la caza de hombres y el escalpar eran «recursos que Dios y la naturaleza habían puesto en sus manos»”.
Aquí se pone en evidencia que los que arrancaban las cabelleras, el artículo de cambio por el premio impuesto legislativamente, no fueron exclusivamente los pieles rojas, como nos ha hecho creer el cine.

UNA LIBRA, ¿PARA QUE?


Otros nombres dan testimonio de la cacería en Tierra del Fuego y de la libra como valor de la vida de un nativo, pero al mismo tiempo la realidad comercial que en aquel momento hacía que una oveja tenga el mismo precio. Y un indio muerto equivalía a muchas ovejas vivas, dada la condición de depredador que representó en aquel momento para el fervor estanciero.
Lo dicen en otras lecturas José María Beauvoir, el primer Director de la Misión de La Candelaria; lo dice Francisco Coloane en “Rastros del Guanaco Blanco” –novela ambientada en Río Grande-, donde pone en boca de Chelaite – Federico Echeleulene- esta macabra relación:
“Entonces los indios eran mansos, la flecha no tenía tanto alcance como la carabina. Más para la pampa mataron más, los cazadores de indios. Ellos mataban porque le pagaban una libra esterlina pro cada cabeza, y a la mujer le cortaban los senos , para que vieran que fue mujer y entonces le pagaban un poco mas por ella: me parece… una libra y media o algo así. Decían que producían chicos, y que los chicos cuando fueran hombres iban a ser ladrones por necesidad, por que ellos tenían hambre; con la flecha a ellos les costaba, muy difícil matar guanacos; no como la carabina hoy en día. Es fácil matar, y después que carecían de guanacos. Se ausentaban los guanacos con el movimiento de la gente, lejos se iban…”
Finalmente recordamos que Alexander Mac Lennan, el llamado “Chancho colorado”, mayordomo de la Primera Argentina, y también en algún tiempo Juez de Paz de San Sebastián, tenía una marca de ganado que no era otra cosa que el símbolo de la libra esterlina.