Los Yaganes de Río Grande*


No siempre quienes viven en un pueblo saben a ciencia cierta lo que pasa en sus hoteles.

Los hoteles son espacios intermedios entre el estar y el no estar. Tienen un poco de cosas del aquí, y muchas de todas partes; y en ese sentido Los Yaganes no pudo haber sido diferente.

Nació a principios d e los años 60 como una inversión de la firma GRANDES HOTELES DEL SUR, vinculada en lo empresarial al LLAO-LLAO de aquellos días; y atendiendo a la demanda de servicios que planteaba en la zona el desarrollo petrolero en manos de los norteamericanos, y el circulante en dólares que crecían en una espiral que no parecía detenerse en aquel humilde pueblito que hasta entonces solo sabía de la prosperidad de la lana y los corderos.

Trato de recordar como fue creciendo en aquella esquina distante del pueblo, y no logro formarme imágenes en mi memoria donde siempre esta ya terminado, inaugurado. Creo que un día de primavera en que hicimos con la escuela un largo paseo por la playa, y retomamos el camino a las aulas por lo que entonces se llamaba la subida de los Ferrando apareció como una realidad. Pero enfrente estaba el Hospital, enorme, en construcción desde siempre.., y por sus laberintos todavía abiertos nos metimos tratando llenando los bolsillos de nuestros guardapolvos grises con los clavos dorados con que se fijaba el techo de tejas.

Viviendo en el centro en mas de una oportunidad debía ir al Correo, pero no hacía mi paso por Belgrano –inhóspita por el viento- sinó que elegía Piedra Buena y aveces de regreso –años en los que no había mucho apuro- bajaba la barranca por lo que se llamaba el Barrio Chileno y hacía mi largo recorrido por la playa reingresando al centro a la altura de la Plaza.

Si en esa esquina de Ameghino y Belgrano se iba a levantar un hotel importante, no parecía que debía ser importante para mí.

¿Cuál es nuestra relación de gente de Río Grande con el Hotel Los Yaganes?

Puedo sumar una corta luna de miel, y eso era un trámite de muchos. La mejor noche en el mejor hotel. Un amanecer donde el sol se levantaba encendido desde el mar, un silencio interior que resulta ser una forma de confort en todo tiempo y lugar cuando de hotelería se trata.

Pero vamos un poco mas atrás en el tiempo, en mi tiempo.

Mi padre, sereno de los barcos, pasó a recibir una oferta de cubrir los francos del sereno del hotel lo que lo llevaba a estar una o dos veces a la semana fuera de casa por las noches. Papá cambiaba también su indumentaria. Ya no salía de fajina como para su otro oficio de sereno sinó que comenzaba a lucir las pocas prendas que se tenían guardadas para los días de fiesta. Y mi madre que se alegraba por lo que llamaba un trabajo decente.

Lo primero que supe del hotel fue en conversaciones de sobremesa con Papá, que había incorporado el mundo de Los Yaganes al de nuestras conversaciones cotidianas. Estabamos al tanto –mi padre era lo que se decía entonces respetuosamente MUY NOVELERO- estábamos al tanto de lo que pasaba en el JET-SET de Río Grande.

Un JET-SET muy particular, dada por la concurrencia nocturna de los que de día se ganaban mayormente el pan acarreando mercaderías para el comercio, el aserradero o la estancia –en algunos casos familiar- y que hasta entonces –conocidos por lo mismo por mi padre- no habían sido objeto de atención alguna.

Pero en el Hotel todo el mundo parecía ser diferente. Muchos se volvían ocurrentes y prodigaban habilidades singulares en el juego del bowling, donde el alcohol no parecía entorpecer la dinámica y capacidad de los competidores.

Porque Los Yaganes tendría sus comodidades para el viajero, pero para el residente tenía eso que era –como diríamos hoy- del primero mundo; y que en aquel entonces parecía una cosa de películas: el bowling.

Allí los jóvenes burgueses de Río Grande desarrollaban su capacidad volteadora, aunque en algunos casos no dejaba de asombrar que creciera en mucho la pericia de los mismos empleados del hotel, a los que se sabía nadie imponía límite ni tiempo para quedarse jugando muy de madrugada, cuándo ya el resto de la clientela se retiraba para emprender al días siguiente las obligaciones comunes a cada uno.

Si papá pensaba echarse un sueñito, estaba perdido, los empleados se divertían el resto de la noche, con bolos chicos o grandes, según los casos.

A ese mundo ingresé años mas tarde, cuando tenía unos 15 años. El hotel ya no era mas de empresarios privados, lo había comprado la gobernación, y las pistas de bowling no estaban en buen estado: la cuatro tenía una suerte de canaleta en el medio por el cual se conducía la bola hacia un strike inevitable.

La Gobernación, en tiempos de Campos, tenía el proyecto de levantar un hotel de turismo en la intersección de ELCANO y SAN MARTIN, pero la abundancia de la hora petrolera era tal que no justificaba la existencia de otro hotel similar, de allí que se destinara parte de aquel dinero a la construcción del primer pavimento sobre nuestras calles.

Pero para este otro tiempo que recuerdo el boom petrolero había decrecido, YPF venía ha hacerse cargo de la explotación del área, y sus formulas campamentilies de vida –distintas a la de los texanos del tiempo anterior- los recluyeron allá camino a la Misión, y por esto, y otras crisis ya no había tanto dinero en el pueblo.

Como el negocio dejó de serlo, ¡o política argentina estatizamos el problema!, y así la Gobernación comenzó a tener también su hotel de igual manera que era propietario del Albatros de Ushuaia, y las tres hosterías en distintos tramos de la ruta tres.

La Gobernación ya no alojaba sus funcionarios en la Casa del Gobernador, situada en la primera cuadra de San Martín, ni en el Casino de Oficiales del BIM5 afectado a tales protocolos en años en los que mandaban eran siempre marinos. Las autoridades tenían su lugar en Los Yaganes y eso daba un clima de control que los que saben, marcó un tiempo de menor entretenimiento para los concurrentes que al momento en que llegaban los gringos con sus dólares, su jerigonza y sus sombreros.

Un día ahora si entré por primera vez al Hotel, nos llevaron de todas las escuelas para ver a un pingüino emperador que había aparecido en la playa. Una turista, una gringa colorada de anorak que se encontraba muy excitada por eso, trataba de explicarle a nuestra maestra las características de este habitante del ecotono antártico trasladado vaya a saberse en que témpano hasta nuestras costas. Nos hicieron entrar por una puerta pequeña situada sobre la calle Ameghino, cercana a un extractor de aire de destilaba la grasa de la cocina por una pared que ya nadie limpiaba, seguimos por una suerte de laberinto e ingresamos a un pequeño patio donde el pingüino comía y cagaba sin cesar. Al salir alguien insinuó que podíamos conocer el resto del hotel, pero no nos estaba permitido.

La discriminación nos debe haber molestado de alguna manera, y algo mas tarde, en el desordenado regreso, la maestra –cuyo marido trabajaba también el hotel y había hecho el contacto- nos dijo con cierta ingenuidad: -Un pingüino emperador debe alojarse en el mejor hotel de la ciudad. A lo que “Cototo” Cheuquel, cuya mamá limpiaba en el hotel Magallanes, agregó: -Por eso en el Magallanes, solo podemos tener pingüinos magallánicos.

Cosa que todos dimos por cierta, dado que era muy común que en nuestros patio, y fundamentalmente en los hoteles y pensiones, algunos de los clientes alguno de estos animalitos de la playa –lugar de continuas visitas- y los mismos se aquerenciaban entre las gallinas.

Aquella vez, y dado que nos iban a dejar entrar, dimos la vuelta por el frente del Hotel. Desde la bajada de Los Yaganes, el hotel había cambiado la referencia a la arteria que antes aludía a los Ferrando que eran medio alacalufes, la esquina parecía la proa de un barco.. incluso con su barandilla.

En la esquina estaba en restaurant donde se contaba hubo un percance arquitectónico en vísperas de la inauguración: se produjo una rajadura en la loza del techo. Temerosos de un derrumbe, y más que nada del deslucimiento del salón, se consiguió un caño de gasoducto y se lo colocó en el centro cortado en prolija medida: hasta el día de hoy sostiene revestido una loza que siempre parecía difícil de construirse en aquel Río Grande tan descreído de toda forma de mampostería, tan fiel a la chapa y la madera.

El hotel por otra parte, sobre la avenida Belgrano tenía dos puertas sólidas de madera pintadas de blanco, y contrariamente a las reformas edilicias que les trajo el tiempo nada permitía, porque además abundaban los cortinados, saber los que pasaba adentro.

Los turistas solían olvidarse cosas, o aligeraban deliberadamente su equipaje. Así papá llegaba casi siempre con una nueva novela policial, e incluso un día con un libro muy difícil HAMBLET, de un autor de nombre más difícil todavía, estaba escrito como para ser representado en el teatro. Algunos libros estaban escritos en inglés, y papá pensaba con ellos cuando llegara a la secundaria podía hacer progresar mayormente mis conocimientos de idiomas. Con el tiempo había en casa mas libros en idioma extranjeros que en castellano.

Un día papá trajo algo que parecía de otro mundo, el mismo Melrose Tea que se consumía en casa pero en saquitos; tratamos de averiguar como se consumía.., se abrió y era mas molido que el habitual, fue todo un tema colarlo. No imaginábamos que todo pasaba por sumergirlo.

Hace poco recordábamos en Ushuaia estas contingencias con José Salomón, que por aquellos años era un flamante abogado que buscaba clientela por Río Grande, bueno Salomón buscaba también divertirse y toda la entretención en este pueblo no pasaba por Los Yaganes, sinó por otros espacios de luces rojas. Josecito se ríe al recordar como lo retaba mi padre según la hora y la forma en que regresaba al hotel.

No se si por curiosidad o algún otro preconcepto promediando los 60 nos llamó la atención el deambular cotidiano de Angela, la india, rumbo al Hotel. Pensamos en algún momento en que había conseguido algún trabajo de lavandería, aunque se decía que el establecimiento estaba dotado de maquiraria automatizada. La india pasaba rapidito después de almuerzo, recorriendo para ello medio pueblo, y era devuelta en taxi antes de la cena. De tanto en tanto solía caminar mas por la playa que por el centro con una mujer extraña, delgada y atractiva. Era el tiempo inicial de los trabajos etnográficos de Anne Chapman, la que tuvo en Los Yaganes su casa cada vez que ha venido por aquí.

Para mis años de estudiante secundario las puertas de Los Yaganes fueron un umbral entreabierto que no ofrecía mayores restricciones. La primera vez por un baile que organizaron los de cuarto para juntar dinero para obsequiar a los de quinto. Y estaban en el baile –con discos- los de quinto y los de cuarto y algunos de tercero. Para el baile había un pequeño recinto más hacia la esquina donde existía incluso una puertita de vaivén como esas que se veían en las películas del oeste. Yo y mi timidez me hicieron planchar toda la tarde, estos bailes eran un tanto vespertinos, así que terminé por el lado del bowling sin atreverme a jugar (tal vez porque andaba escaso de divisas). Había en todo aquel lugar ciertas hermosas extravagancias: las chicas pedían cubitos de hielo para enfriar el té –las chicas no tomaban otra cosa mas que té- y yo acepté una sugerencia de un compañero de banco ya medio mareado que me hizo pedir menta con hielo granizado. Era la primera vez que veía hielo, artificial.

Con los años, cuando la movilidad social me niveló con otros sectores comunitarios, pude obtener vivencias menos ingenuas que la mía sobre la vida interior del hotel, y la confirmación por propia voz de un hecho que había escandalizado los silencios en los comentarios de aquellos días –charlas de peluquería si se quiera- la historia de los que habían encontrado desnudos por los pasillos.

El otro tema que circulaba como rumor era que en este hotel era el único y primer lugar de la Tierra del Fuego donde se habían visto cucarachas.

Por 1971 llegaron de Chile los Maida. En unas vacaciones conocí fundamentalmente al hijo mayor y comenzamos a hablar de política. En el lugar más bacán las ideas más populares. Era el mejor espacio para pasar desapercibido si se quería cambiar el mundo. Junto a nosotros mesa de por medio, los oficiales de marina que concurrían con uniforme de gala tenían otras preocupaciones, pero nosotros seguíamos con nuestras utopías confiados que teníamos todas las de ganar. Allí nos intercambiábamos libros los que veníamos de Córdoba, Buenos Aires o La Plata. Allí aveces informalmente se escuchaban ya de madrugada algunas canciones de esas que no se oían en las radios de Río Gallegos.

En una de esas tertulias le presté a Victor Donoso el libro de Z, de Vasilis Vasilicos.

Pero esa era una parte del mundo. Había otros, como Saquito Mansilla, que trabajaba en el hotel que comenzaban a vivir para la pesca, y su universo era el de los viajeros a los que se llevaba en taxi a los distintos pozos que el Río Grande ofrecía como diversión sin igual. Por las tardes, acompañados de Lincomán o Fava volvían los turistas al hotel con las mejores truchas del día, las que pasaban a la cocina para ser preparadas al exclusivo gusto del cliente.

Ya estaba a cargo de la administración el Automóvil Club Argentino. El hotel se amplía, se eliminan las ya deterioradas canchas de bowling, y crece al fondo el Salón de Usos Múltiples como primer gimnasio cultural de Río Grande. Allí se hicieron las primeras ferias del libro , recitales artísticos, y más de una fiesta. El hecho que retuviera la administración de este lugar la Gobernación, y luego la Intendencia, llevó a este espacio a un continuo deterioro. Al tiempo el techo se filtraba, la alfombra se podría, y la calefacción se volvía ineficiente.

Un año realizamos allí, iniciativa de Radio Nacional una Semana del Escritor donde nadie debía sacarse gorros, camperas y guantes. Fu entonces cuando recordé que en aquella esquina, la del hotel, estaba hacía muchos años la baliza de enfilamiento para los barcos que entraban al río, y que allí –justo donde ahora estaba el SUM- se había ahorcado una mujer. Fue una historia electrizante a la que me ha sido imposible de reconstruir de la misma forma que la dije aquella noche ante las dos docenas de intelectuales que compartían el encuentro: la ginebra ya no es la misma.

Ese frío fue muy similar al que recibí hace algunos meses al ingresar por última vez a los Yaganes. Lo comentamos aquí: la Dirección de Turismo en Río Grande no tenía calefacción, era una forma de promocionar la temporada invernal. Pero otro frío debía empezar a correr para los que trabajaban en Los Yaganes, algunos desde hace muchos años.

El frío del cierre.

En tiempos de vacas gordas fui Director de Cultura de la Municipalidad de Río Grande, teníamos presencias artísticas y culturales a las que debíamos acompañar por elemental cortesía. Conocimos entonces la mesa fría de su amplio comedor, el surtido de sus vinos, pagados queridos vecinos por todos Ustedes.

Pero era tal las posibilidades de hacer cosas, que hasta ya nos cansamos un poco en eso de tener que estar todos los días comiendo afuera, en Los Yaganes. ¡De pelandruzcos que hemos sido, simplemente!

En más de una oportunidad, haciendo tiempo en mis circunstancias de anfitrión, pasé frente al cuadrito donde aparecía, cerca de la conserjería la fecha de habilitación inicial del Hotel, y nunca pensé en registrarla.

Un día hablamos de eso porque justo era el aniversario con el Comisario Allen, que solía instalarse a ciertas horas del día en la pequeña confitería desde la que tenía visión de la calle. Allen concurría por su café con leche y sus tostados que sustituía a todo un almuerzo, circunstancia que es propia de muchos hombres solos en nuestro pueblo.

Pero volvamos a la fecha de habilitación. La necesitaba para incorporarla a este comentario y por ello me acerqué al hotel. Pero ya no pude ingresar, están haciendo un inventario en que por supuesto faltarán estos recuerdos míos, los suyos, los de tantos...

31 de agosto de 2000.


*Por facebook estallaron comentarios, cuando Alejandra Menéndez Aldé publicó una foto de aquel hotel sobre el que se levanta ahora un Centro Cultural y un Museo de Arte. Y entonces recordé estas páginas escritas en un momento en que una desición gubernamental dispuso su cierre.

1 comentario:

Pali dijo...

Mi primer visita a Río Grande fue a ese lugar, vine como turista con un grupo de personas de Ushuaia. Iban a presentar La Cruz y el Hombre de Leiva, allí estaban (de los que recuerdo) además de coro Natalie Goodall, Ramón Barrenechea, Mabel González y a los otros no se... tendría que buscar las fotos (abril del año 1985, yo llegué el 25 de marzo a Ushuaia)
Los Yaganes cuando ya viví aquí... qué hermoso lugar de cultura... Porque para los espectáculos estaba y esta La Casa de la Cultura, única como dijeron alguno de los grandes que vino por aquí, en sonido, mejor que el Teatro San Martín... Pero Los Yaganes, si que siempre tuvo casi todas las actividades culturales... De todo el pueblo venian a ver...
Y también te podías tomar un cafecito o si quería comer... Todo allí. Estábamos horas y si... como dijiste también podías tener una pequeña luna de miel. Gracias Mingo y también a tu familia originaria que se ve que hicieron un buen trabajo...