“Así fue que uniendo varios testimonio orales se recreó la existencia aquella de una primera forma de comunicación telefónica en el norte fueguino.”

Por más que el traslado le diera a Mayorga toda la autoridad necesaria para manejar “La telefónica”, sus 24 años y la condición de nuevo en el pueblo lo desautorizaban ante los notables.

Y esto se medía en las conversaciones del Club, cuando se consideraba inadecuadas las recomendaciones dadas a las operadoras de despojarse de toda familiaridad en el trato con los abonados.

-¿Número?


Era la única respuesta que se recibía luego de girar la manivela y así se reemplazaba la charla –a veces prolongada- con los vecinos que en variadas intenciones requerían el servicio de la Central.

Se hablaba de la Central –en singular- aunque en realidad eran dos, ubicadas a ambas márgenes del río.

La una cerca del muelle de la subprefectura, atendiendo a los casi 130 abonados de la población y las estancias del norte, junto a los destacamentos policiales; la otra en el Frigorífico, con 20 abonados en las oficinas de la empresa que desde hacía un tiempo se llamaba CAP, y las estancias comprendidas entre la costa y el lago Kami.

Si bien se decía que ambas poblaciones estaban separadas por 25 kilómetros de camino, Mayorga y Leiva comprobaron que telefónicamente el tendido sumaba 27. Eso lo verificaron en un vehículo de la Municipalidad –que así se llamaba jerarquizándola a la Comisión de Fomento-, y el camioncito marcó la distancia en su cuenta millas, y la conversión la hicieron a lápiz en el Hotel de Roque.

La línea era una herencia del antiguo esplendor de las estancias. Los mismos capitales que dieron origen a la grasería del sur –luego Frigorífico- invirtieron en las centrales en las que confluían las palabras provenientes de una treintena de establecimientos.

La adquisición por parte de la empresa del Estado era reciente, y respondía a la anterior transferencia de los bienes del Frigorífico a la Corporación.

El sistema resultaba eficaz. Paco se dio cuenta de ello casi de inmediato que era poco rentable.

Los ramales telefónicos seguían la vera de los caminos y los propietarios de los establecimientos rurales se encargaban de repararlos cuando un corte de línea –generalmente provocado pro los fuertes vientos o algún orejano travieso- los aislaba del mundo. Allí, si no había apuro, salía un peón a caballo a subsanar el inconveniente uniendo el cable, o si la cosa era de mayor prisa partían el patrón o el administrador en el fortacho.

Estaban los que llevando siempre consigo un teléfono portátil se prendían de cualquier línea para no perder el contacto con la casa o el establecimiento, siendo un recurso más en el camino, sea con el auto como con el caballo.

El contrasentido resultaba en la falta de conocimiento de lo económico por parte de los que usufructuaban el bien, no había regularidad de pago por parte de los abonados que se excusaban de esta negligencia con la eficiencia en que acudían a reparar la línea.

Los operadores eran para entonces la Defensa Civil que le faltaba al pueblo:

-¡Hola Florita!¿Cómo estás?
-Bien, y más a esta hora que me viene a reemplazar la Miriana.
-¿Ya llegó la flaca?
-No, pero la veo chuequear por la calle del surtidor, siempre pasa a conversar con el viejo Cuesta.
-¿No está por ahí el “tasi” de Charlata..?
-No, pero fíjate oye que Chiocca espera en el Municipio desde hace una hora, y si no le han dado mucha charla es que no encuentra cliente.
-Andá y llámalo ya. Dile que veng por la casa que el chico sale de la Misión  para que lo vea el dentista u so hace la hora del rezo el cura no me lo deja sacar. Mientras yo me voy preparando.¿Ah?.. y, preguntale si volvió Santomé de Gallegos.

Y Flora Scott de Olmedo, que conocía a cada uno de los vecinos por su voz hacía de gestora de todos esos trámites y como ella las obras chicas, y Barría, la pequeña Mary, controlando los nervios de la comunicación en Río Grande.

Uno de los Bilbao -¿Ruperto o Pachi?- se había enojado con el jefecito de los teléfonos que dio la orden de resumir el léxico de las telefonistas a las convenciones que regían en el resto del país:
-¿Número?
-¡Que número, ni que número conozco! Dame con el Comisario..
-Es el 103, ya sale su comunicación.

Es que la central de Río Grande no tenía guía telefónica y esta existía nada más que en la memoria de un hombre y cuatro mujeres.

Existía además toda una serie de claves para las comunicaciones con la campaña donde por una línea una estancia tenía dos toques largos y uno corto, el destacamento siguiente dos cortos y uno largo, y el puesto de la estancia próxima tres cortos, siempre a vuelta de manija.

Muchas veces se debía hacer puente en las llamadas y cuando se escuchaba en las líneas que no había respuesta para un vecino de “más adentro” se atendía y cumpliendo instrucciones de la central se ayudaba con los manijazos correspondientes.

También existía la posibilidad –sujeta a más de las veces a la curiosidad de las mujeres- de levantar casi sin respirar el fono, y escuchar las conversaciones ajenas..

Cuando Mayorga volvió hace n par de años, esta vez como Jefe de ENTEL, para conducir una central automática vinculada con el mundo por sistemas de microondas y satélites, no pudo evitar4 el recuerdo de aquellas centrales que constituyeron la red telefónica más austral del mundo, y el medio eficaz con que la semirural Río Grande escapó a la incomunicación, aunque siempre llamar al norte significaba subordinarse a los turnos escasos de la estación costera que funcionaba en el correo.

Se encontró con Leiva, que con unos cuantos años más seguía siendo un pibe, como cuando recorrieron con los recursos que les prestó la Municipalidad los 25 kilómetros entre las dos centrales. De las operadoras algunas idas, otras jubiladas, otras.. muertas. De las líneas que otrora vinculaban al poblado en las estancias una maraña desbaratada.

Los cables se fueron cortando y nadie los reparó.¿Habrá sido negligencia o desinterés de la empresa o los estancieros?

Los caminos eran mejores, y los patrones se habían ido cada vez mas lejos, con otros lujos.

Se dejo de pagar el servicio que inflexiblemente la empresa del Estado comenzó a requerir a los abonados, y muchos de ellos fueron dados de baja.

Los estancieros pobres que no tenían radio, o la peonada que veía limitado su acceso a los sofisticados equipos de los jefes, reemplazaron en un solo sentido la comunicación telefónica de otros tiempos, por los servicios de mensajes de Radio Nacional.