RASTROS EN EL RÍO.91*“Beltrame parecía un personaje de un cuento. Y el cuento debía ser escrito. Aunque toda coincidencia con la realidad obedece a la deliberada intención del autor.”

 Ayer cuando ya pensaba que podría estar muerto, Estela me contó que ahora vive en Ushuaia donde sigue exorcizando demonios todas las noches.

Supongo que no le alcanzan los pocos australes de la pensión graciable para sobrevivir, y -si la mano le responde- habrá recreado su ciclo de pinturas mágicas.

Si, ese era su oficio, pintor. Aunque el principal bien pudiera ser otro, no menos atrayente, el particular ensueño de buscador de oro, la quimera de una juventud ya muy lejana perdida en la Isla Grande.

Estoy convencido que el  Tano no es de este mundo, y de ello ayuda el recuerdo de aquellos días en que con su carro entró en la ciudad para plantarse en la puerta de la iglesia desde donde gritando el nombre del cura, le interrumpió la siesta primero, y lo despabiló después con su anuncio: ¡Paaare.. se muere el Papa!

Un bar más allá siguió diciéndolo mismo, cambió su cosecha aurífera y en la noche, con las muchachas, juró y rejuró una visión de muerte en el Vaticano.

En la parroquia se sintonizó la emisora de Gallegos para confirmar la especie informativa, se tanteó en Polar y La Voz del Sur, donde la cueca alejaba toda posibilidad de duelo universal, y se pensó así que el aventurero andaba por anticipado con algunas copas de más.

Cinco días después se supo que Juan XXIII en encontró con San Pedro.

Y otros cinco días más tarde, en coincidencia con las funerales del Santo Padre, el Tano se presentó de mañana en la sacristía para reclamar el dinero indispensable para pensar en al realización de dos retratos, uno del Pontífice muerto y otro del por venir.

No había referencias del pintor, se lo sabía habilidoso en el manejo del pincel pero irreverente en sus diseños. Ya se contaba que no hacía mucho en la Base de Ushuaia, o bien pudo ser en otra dependencia naval, se le encomendó la realización de la imagen de la Stella Maris que resultó de notable factura y de gozosa expresión; la modelo resultó ser la fotografía publicada en una conocida revista pornográfica de aquel entonces.

Con estos recelos que finalmente desparecieron, por que la idea era buena, es que después del almuerzo con los curas, el Tano se llevó la primera parte del dinero –colecta de los domingos- con ello cumpliría para fines de mes con la primera parte del compromiso: Juan el Bueno.

Al termino del acuerdo llevó con su carro en arqueados bastidores de lenga la imagen del Papa muerto tomada de una estampita, y un segundo retrato de un hombre delgado con hábitos papales que según él, y la interpretación que hacía de la profecía de San Malaquías, sería el nuevo Papa.

Juan XXIII presidió dos misas mientras “al otro” se lo guardó en el pequeño cuarto de limpieza construido bajo el coro.

Días más tarde Pablo VI llegó al solio de San Pedro y su imagen –inexplicablemente idéntica a la pintada por el orero- fue descubierta por el párroco al recibir paquete semanal de la revista Esquiú.

El Tano fue ubicado por unos cooperadores de la orden lavando arenas en el Río Chico, se le pagó lo que se le debía, y otro tanto por silenciar el hecho de que había sido pintada antes; ya no es tiempos de milagros, al menos en Tierra del Fuego.

En 1971 el incendio que se originó en la sala de limpieza de la parroquia calcinó los testimonios de esta historia, y el Tano se sintió liberado de su juramento como para relatar allí donde fuera el carácter de sus sueños y predicciones.

Estela me contó que ahora vive en Ushuaia donde sigue exorcizando demonios todas las noches.



 En la foto cuadro pintado por Nícolo Beltrame en cuyo descubrimiento intervino como relator Jesús -El Chango- Medina.