Río GRANDE Y SUS MUNDOS INTERIORES. 1977. EL REENCUENTRO de Oscar Domingo Gutiérrez.

La casa estaba destruida, y la madre se encargó de hacerle saber que lo mejor era no encontrarse. Algunos compañeros estaban en el exterior, otros adentro, y la alternativa sugerida era buscarse un lugar en el interior del país.

Tendría que volver a su oficio de maestra, ese del cual no había tenido mayor práctica que la que se exigía en el colegio normal, pero que afortunadamente se había salvado de todos los estragos ocurridos en su casa, por el solo hecho de haber quedado entre los papeles entrañables para su madre que siempre la hubiera preferido así: maestrita de blanco como lucía en el sur, y no con los proyectos que le calentaron la sangre durante el último lustro.

Con varias copias de su analítico, en su condición de Maestra Normal Nacional, fue recorriendo las casas de provincia y ya estaba segura que la de mayor oportunidades era Misiones; donde además tenía la selva cerca, ¡la selva!, un espacio en el que estaba preparada para sobrevivir, y a donde podría escapar si ciertas circunstancias oscuras se repetían.

Pero algo torció su rumbo, y la llevó a la Casa de Tierra del Fuego. De ese sur tenía el recuerdo del viaje de egresada: ¡Todo el sur en su memoria era Bariloche! Y eso mismo le pareció entrever en las fotografías que mostraban las bellezas del islario austral. Trató de simpatizar con las recepcionistas, pero ninguna conocía el Territorio. Y fue mientras esperaba la llegada un funcionario que la atendería en su demanda laboral, funcionario que por otra parte parecía tener muchos y variados temas entre sus compromisos cotidianos, cuando comenzó a leer uno de los periódicos que venían de ese sur..., ¡Y allí se llevó la sorpresa! –una sorpresa que la dejó sin aire- ¡Había entre los pocos nombres que integraban el staff de la modesta publicación un nombre conocido!.

El funcionario llegó, mandó a pedir café, conversó con ella dándole mil detalles del lugar de destino, advirtiéndole sobre su condición de mujer sola en un mundo marcadamente masculino, prefirió ocultar el pasado que le había dado un hijo, y se sobresaltó de pensar que tal vez ahora y allá se podría dar un reencuentro con su postergada función de madre. ¡Es que solo tenía en mente la existencia de él, allá en el sur! Porque el funcionario quería arrastrarla a Ushuaia, pero ella insistía con ese Río Grande donde al menos tendría un alma gemela para compartir el exilio interior que creía que no sería tan fácil.

Y así fue llegando sin mirar por donde pasaba. En aeroparque recordó que una vez ese hombre la había querido seducir. El vuelo le regaló la compañía de un viajante que le contó como eran los viajes en otros tiempos, de pueblo en pueblo, en autos preparados para las inclemencias invernales, apretados el pasaje mezclando sudores; mientras ellas recordaba de él su firme mirada, y una vaga relación sobre que estudiaba una carrera y se le había dado por otra. De Río Gallegos para acá, cuando ya se quedó sin el viajante a su lado y todos recomendaban “avizorar el estrecho y la Isla que vendrá entre la bruma”, ella tomó conciencia que ese compañero había tenido mujer y un par de hijas, y que tal vez allá en el sur estaba guarecido con toda su familia. ¡Pero no importaba nada de eso!

En la Aeroestación le dijeron que el único medio de transporte disponible era el taxi, y pensó en la fortuna que podría salir tamaño viaje. Lo primero que hizo fue pedir que la llevaran al centro, el taxista se rió: Tiene algún lugar donde alojarse, conoce a alguien.. Entonces ella se atrevió a darle su nombres: ¡Ya era una persona conocida!

En la casa no había nadie que respondiera a su llamado, el taxista le dijo que a esa hora y por su trabajo su amigo debería estar con trámites de banco, o en el correo, que si lo veía le anunciaría la sorpresa. Ella le rogó que dejara las cosas ahí, le intentó pagar con un billete pero como era muy grande el taxista le dijo que ya pasaría más tarde con cambio. Cuando se sentó en el umbral de aquella extraña casa de madera y apoyó su bolso sobre el suelo se dio cuenta que en el baúl del taxi había quedado su valija como rehén. Se tranquilizó, y se intranquilizó, no traía nada que podía comprometerlos.

Al rato un pequeño cachorro blanco y negro vino a juguetear con ella, y tras ese otro, y otro, y  cuando compartía algunas criollitas que sacó de cartera vino la madre enojada, y tras ella un niña que presumía de dueña de la jauría.

-¿Lo está esperando al vecino?
-Me dijeron que no tardará en venir porque aquí tiene su oficina.
-¿Por qué no prueba por la puerta del costado?, aquí todos dejamos abierta la de la cocina.

Entonces se levantó y... efectivamente, la puerta se abrió y el calor interior la sorprendió envolviéndola, y trayendo al mismo tiempo cierta desagradable combinación de olores productos de una casa donde los hombres solos no piensan primariamente en el aseo. Igual entró.

-¿Qué sorpresa que se va a llevar cuando la encuentre?- le gritó la vecinita- Me había dicho que tenía una esposa muy linda, pero no creía que lo fuera tanto, -la niña hablaba como las niñas de la televisión- ¿y cuándo van a traer a las nenas?