1938 – Últimas sombras de la Goleta Blanca - 1970

Ya hace unos días Rodolfo Manuel Beban subió a su facebook una sentida descripción sobre goleta que fuera de su familia. Eso me llevó a recordar lo leído en algún momento que guardaba relación con sus sentimientos, y el texto lo encontré en el Libro del Centenario, como un escrito de Luisa de Castellano, titulándolo..

El último viaje de la “Goleta Blanca”



Corría el mes de mayo de 1939. Era uno de los tantos viajes hacia bahía Windhond para buscar carne. Iban Tomás, Aníbal y algunos otros. Nela, una de las hijas de aquel, había insistido mucho para ir en se viaje, pues su amiga Luisa Gil festejaba en Puerto Navarino su cumpleaños. Nela se quedaría allí, mientras su padre iba  ala estancia. Cundo Tomás terminara de cargar los animales, pasaría a buscarla para que todos llegarse a Ushuaia ante del 25 y pudieran festejar con el resto del pueblo un aniversario más de la fecha patria.
Cuando  Tomás terminó sus tareas y pasó por Puerto Navarino con la “Goleta Balanca” a buscar a Nela, era un 24 de mayo sin enfermos en la familia, sin guerras y con un sol generoso como el de los veranos. Tenía que ser un viaje tranquilo y fácil. Hasta el viento incasable se había tomado franco y T9omás se propuso contagiarse de los jóvenes la ansiedad por el retorno.
Zarparon por la mañana para llegar temprano. Se alejaron un poco. Los pañuelos blancos de las chicas seguían despidiéndose, cuando todos oyeron un ruido quejumbroso de motor averiado. Siguió un golpeteo rítmico que dejó a aquellas manos, dibujantes de adioses, colgadas de sus trazos. A Tomás le corrió el frío más austral y severo por la frente y la espalda. No quería aceptarlo pero sabía que la rotura de un cojinete no era cuestión de experiencia ni ganas; no había medios ni forma de solucionarla. Un momento, y esa mañana apacible y mansa pasó a ser gris y pesada; ls que allí estaban presenciaban el infarto del barco.
Se hizaron entre nervios y quelas las velas de la “Fortunato viejo”, pero el viento seguía durmiendo esa mañana. Esperaron un tiempo, pero luego de esos minutos que pasaron vieron con más dolor que no avanzaba nada.
¡Tan blanca era “La Blanca” Las gaviotas que volaban más alto, la veían sobre ese mar azul como una escarapela clavada sobre el agua.
No era peligroso lo que les sucedía y, sin embargo, Nela extrañada veía que su padre estaba sumamente alterado.
¡Todo estaba tan quieto!¡Era tal el silencio! El aire se dormía en las velas. Pesando.
Despertarse y salir de ese sueño, escaparse. Tomás recordó aquella vez que tropezada llevando el soplete que se usaba para calentar el motor Diesel de la goleta, y el soplete cayera al agua. Había bastado con arrojarse y bucear un poco para encontarlo. Recordó también cuando, con su cuñado Anibal, en uno de sus viajes a Canasaka, quiso cruzar el canal, pero el mal tiempo hizo que perdieran el chinchorro. Había tenido que tirar el barco contra la costa, cerca de Lapataia, y debieron volver al pueblo a caballo. Recordó a los indios, cuando lo saludaban agradecido desde sus canoas, luego de haberlos remolcado durante largos trayectos. Recordó las múltiples tormentas que habían superado, pero ahora pensó en su padre que supo morirse antes de ver el fin del barco, y comparó los trabajosos latidos que el corazón de Fortunato tuvo en sus últimas horas, con ese ruido seco y desajustado que producía el cojinete roto. Con mucho esfuerzo, la familia había logrado pagar las deudas establecidas en la convocatoria de acreedores que siguiera a los problemas de almacén. Desde entonces, la vida transcurría para ellos discretamente, entre los bienes que habían logrado conservar. No había medios para afrontar un arreglo de esa envergadura. Le era imposible disimular, de tanto en tanto, en el perfil de ese hombre que empeñosamente trataba de darle la espalda, Nela veía que se desbocaban algunas lágrimas.
 ¿Dónde estaba el viento que tantas veces sacudiera las aguas del canal? Decidieron bajar el chinchorro y turnarse los hombres en el remo, arrastrando la nave. Y durante todo el día varios brazos venosos cortajearon el agua.
Ya cerrada la noche, la bahía de Ushuaia los recibió callada. Las luces de las casas tiritaban primero, cuando eran más lejanas. Lenta, muy lentamente, con el ritmo cansado, descontaban los metros.
Tomás no quiso que se encendieran las luces en cubierta. Nadie debía supner en el pueblo que precisaban ayuda. Muchos de sospecharlo, saldrían en su auxilio, tal como ellos habían hecho otras veces. Pero el último honor que tendría la goleta sería el de alcanzar el muelle por si sola.
Bostezó por fin el viento, recién de madrugada y aunque débil arqueó suavemente las velas, la nave se deslizó despacio. Ya las casas se dibujaban netas y, minuto a minuto, un poco se agrandaban.
Era 25 de mayo. Desde el pueblo, las notas respetuosas y cantadas del Himno, se treparon al aire, volaron, y en un viaje emotivo llegaron hasta ellos. De pie, en la nave, todos se adhirieron al canto ejemplar de la Patria. Y fue el Himno y fue el réquiem, un final con banderas acaso dedicado al último viaje de la “Goleta Blanca”.
Nadie habló (no pudo), mientras lentos y tensos sin quebrar la costumbre, esperaron , a pesar de su duelo, la usual venia para bajar al muelle.

Los Beban, originarios de Dalmacia tuvieron en su historial poblador ocho barcos, el recordado, “La Blanca” era también nombrado Fortunato Viejo, era un payllebot con número de matrícula 5906, con 46,79 toneladas de porte, 19,95 metros de eslora, 4,5 de manga y 3 metros de puntal. Nave emblemática en la vieja Ushuaia brindaba servicios comunicando la población con la costa y para la familia –lo dice el relato precedente- permitía llegar a Chile donde se extendían los horizontes empresarios en el sur del mundo. Se dice que la goleta fue construida en los astilleros de Cowes, Inglaterra, en 1873. Fue adquirida por Tomás Beban en Buenos Aires en 1916. Tenía un motor a explosión de 60 caballos lo que le permitía una velocidad de 14,8 km/horarios. Su calado era de 3.59. Tomás fue hijo de Fortunato y Jerónima Adum. La Nela que aparece en el relato es la quinta de ocho hijos, habidos con Amanda Paula Eiras.  Nela se llamaba Virginia Nélida  y había nacido en 1921. Al momento del trágico relato rondaría los 18 años. Del hermano mayor de Nela, Tomasito, nacería en 1948 Rodolfo Manuel, autor de la siguiente página.

                             Ilustrando un poco más.


El amarre de la Goleta al muelle, me quedó muy grabado porque junto con mi padre y el flaco Gómez, utilizando el bote a remos de Dn., Lítovich la remolcamos desde su último fondeadero en el medio de la bahía, hasta ese lugar en donde quedó amarrada, Fue en un fin de semana de comienzo de los 70, en una mañana de verano soleada y sin vientos. Las aguas parecían espejos y copiaban a la perfección su silueta hasta que abordamos la misma. Mi padre ni bien embarcamos díó las órdenes.. Flaco (por Gómez) andá y amarrá el bote por la proa para remolcarla y vos Rolo a la Bomba de Achique. Achicar la sentina desde esa bomba a palanca era algo habitual desde semanas previas cumpliendo la órden de mi padre que a veces no le daba los tiempos para atender los requerimientos mecánicos del Parque Nacional y de la Lancha Chercan de la que era su Capitán.

Para mí esa tarea me llenaba de orgullo y obviamente con mi manera de soñar despierto me embarcaba en las miles de anécdotas narradas por mis mayores que pasaban desde lo placentero a la aventura y que disfrutaba mas cuando me imaginaba a Tomasito (mi papá) ingresando al canal por entre los ventisqueros en un par de días con calma chicha con el cocinero como marinero remolcando a la misma con un chinchorro, ya que en 1926 todavía no se le habia instalado el motor (1930) y así evitar que la "Fortunato" fuera a chocar contra los hielos debido a la corriente natural de la zona. Esta aventura fue un importante acontecimiento familiar ya que mi padre con sólo 12 años de edad alertado por el Cocinero, se escapa del Colegio Alemán de Punta Arenas y emprenden el regreso a Ushuaia en un tiempo record para la época de seis días y medio. Todo esta sensación de sentir las aventuras ancestrales hizo que a la media hora de ejercitar en la palanca de la Bomba, se aparezca mi padre en la sala de máquina y me indique parara porque él con el marinero comenzarían a remolcar y yo tenía que quedarme en la proa junto a un bichero para ayudar en la llegada al muelle.
Desde ese punto yo veía como la proa cortaba las aguas muy suavemente, y a veces se sumaba la ola de la pala de los remeros. Fue para mí un viaje sensacional de quinientos metros, que me parecieron como dar la vuelta al mundo sintiéndome su Capitán que acompañaba a la nave herida por los embates del tiempo hasta que fuera su última morada.
Llegando al muelle la figura del Merluza, amarrado en el mismo sector semi-hundido y oxidado, le señaló el lugar que sería con el pasar de los años su tumba, comienzan las nuevas órdenes de mi padre: Rolo pon cuidado y acércala con el bichero y manda la soga de proa que sube el flaco para ayudar con las otras. Papá entonces suelta amarras y en una argolla del muelle ajusta el cabo para ir al lado del Merluza, y de allí subir al Muelle y continuar el amarre, siempre dando instrucciones para completar la tarea y que los cambios de marea no afectaran su casco. Y allí quedo acodada durmiendo el sueño de los grandes.
Con el pasar de los años mi papá la usaba como pontón para bajar y subir de la Chercan (Lancha de Turismo del Parque Nacional Tierra del Fuego), luego otras embarcaciones aprovecharon su ubicación siendo la "El Mañana" la última embarcación en amurarse y de la que yo tenga recuerdo. Cada tanto igual solía darme una vuelta y me ponía a achicar la sentina hasta que mi papá me dijo que no era necesario pues el "teredo" ya había comenzado a destruir las base del palo mayor y el mesana.
Allí me surge la pregunta del joven inexperto: Papá ¿no hay forma de arreglarla? y me responde: "No sale mucho dinero y eso no lo tenemos" Y allí quedo varios años y después del fallecimiento de mi padre, la acelerada evolución del hombre hizo que quedara sepultada entre escombros, piedras, y tierra a 60 metros de los fondos de la Aduana y en los fondos de la Terminal de Ómnibus.




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