FEDERICO DÍAZ en diálogo con Ramón Taborda Strusiat

Con motivo del Día de la Policía fueguina el pasado 12 de mayo leímos en Provincia 23 un memorable reportaje de Ramón Taborda Strusiat. Ronda la existencia de un servidor público que contagió a su familia del oficio.

Un escrito y una serie de valores en estos vecinos que amerita guardarlo en nuestro corazón.


Don Federico Antonio Díaz nació en Acheral, Departamento Monteros, Provincia de Tucumán y a sus 85 años la tonada lo confirma. Su madre falleció en el parto cuando él vino al mundo; su padre falleció seis años después. Criado hasta los ocho años en los montes de Campinchango, Federico se crió huérfano, se hizo solo en medio del monte. A los 13 años “salí recién a la civilización y era bastante arisco con la gente como todo muchacho criado en esos parajes tucumanos”, recordó.
“Llegué en el año 50 a Ushuaia, terminé mi servicio militar y quedé contratado en la Marina, de marinero. Mi jefe era Muriel, que era el suboficial encargado del pañol general”, prosiguió don Federico Antonio
Díaz quedó encargado de este depósito y tenía la función de entregar herramientas e insumos para las distintas tareas que desplegaba la Armada en el extremo sur del país y para las actividades sociales y educativas. “Era como una escuela para chicos y grandes; se hacían todos trabajos de torno y tenía también, por ejemplo, todo el asunto de carpintería y realmente éramos poquitos los que trabajábamos ahí”.
Varias veces le tocó en suerte embarcarse en el Ushuaia, en la lancha o bien en el Godoy, que eran las naves surtas en el puerto capitalino en esos tiempos, donde hacían viajes a Harberton a traer madera para Ushuaia. “Atábamos con cadenas los rollizos y los traíamos a la ciudad, de ahí sacábamos madera para la carpintería”.
En la Marina aprendió a leer y a escribir y luego, en la Policía, completó sus estudios primarios.
“Cuando me tocó la baja, como yo era afiliado al partido peronista y en ese momento se produjo el primer levantamiento contra Perón, mis jefes me dijeron: ‘Díaz, lamentablemente te tenemos que dar de baja’ porque hay orden de Buenos Aires de que te tenemos de dar de baja’. Luego me llama el Capitán y me dice que la Policía dependía de la Marina y me ofrecieron la posibilidad de quedarme en la fuerza policial. Ahí nomás me dijeron que suba al DC-3 (avión muy utilizado en esa época) y que vaya a Río Grande, ‘ya allá te van a ubicar en un lugar lejos, donde no pasa nadie’, me dijeron”, memoró don Federico.
Relató que llegó a Río Grande “y me dijo el comisario Díaz, tocayo mío: ‘Díaz, mañana tiene que desaparecer de acá’ y le digo: ¿a dónde voy? Y me responde: ‘Usted se va a Khami’, en ese tiempo se le decía Lago Khami y hoy esa zona es Tolhuin. Yo no conocía a nadie en Río Grande y entonces le pregunto cómo hago para ir hasta allá. El comisario Díaz me dice ‘se las arregla porque yo tampoco conozco a nadie’. Entonces les pregunto a los demás compañeros y tampoco ellos conocían a nadie y me recomendaron que vaya a verlo a don Julio Andrade que tenía un hotel”.
Díaz padre cuenta que Andrade le recomendó que “traiga todas mis pilchas y que cruce en bote el río Grande, del otro lado está un destacamento y preguntale al encargado cómo podés hacer para viajar. El encargado me dice que estaba justo cargando el camión que salía para Khami y que iba a partir a las 4 de la tarde. Hablé con el chofer y me dijo que no había problemas porque viajaba solo y le hacía falta un compañero para charlar en el viaje”.
Relató que “salimos a eso de las 16:15 del Destacamento (en la zona del CAP), yo llevaba mi bolso de Marina como único equipaje. Llegamos a Punta María –donde había una posada- y ya era de noche. Los camiones andaban a paso de hombre. Al otro día salimos y alcanzamos a llegar a Entre Ríos y ahí nos quedamos porque el camión no podía seguir más porque se le formaban bloques de barro amarillo en las ruedas. Tenía que sacar agua del río para lavar las cubiertas y sacarle el barro. Se hizo de noche y me fui a pasar a un puesto de ovejero que había en la zona. Esa noche dormí ahí en tanto que el chofer durmió en su camita que tenía en el camión”.
El entrevistado prosiguió: “Al otro día esperábamos a un tractor que había en la zona para que nos venga a auxiliar. El tractor para que llegue, tardó un día más. Tres días nos llevó llegar al destacamento de Khami. Cuando llego, no había nadie. En Río Grande me habían entregado un llavero con quince llaves, pero no había nadie”.
Agregó: “tenía el armamento, las cajas de balas, la ametralladora todo ahí. El Sargento que estaba a cargo ya se había venido de pase a Río Grande con Roncallo, que era guardabosque. Llego al Destacamento –que estaba entonces en la zona del Lago Fagnano (entonces Lago Khami) –entre las hoy Cabañas Khami y las cabañas de Berbel- y como estaba solo me preguntaba que iba a ser ahí si no había nadie. Entonces me vuelvo a Khami y le pregunto a la gente y ninguno me podía decir nada”.
Añadió: “Una señora me recomendó que vaya a ‘la casa de los indios’ y que ellos me iban a poder orientar y enseñar todos los caminos. Yo andaba a pie, no tenía vehículo así que me las tenía que arreglar caminando nomás. Me fui hasta estancia La Pampa de Rupatini y estaba su hijo Alfredo y me le presenté. Me dijo: ‘Díaz, no se preocupe que yo le voy a indicar todo. Tiene una hermosa tropilla de caballos mansos y hay también algunos caballos que no están amansados y yo le voy a prestar un caballo y vamos a ir hasta el Destacamento a conocer la tropilla’. Cuando llegué saqué la montura y fuimos a buscar los caballos y los pusimos en el corral”.
Alfredo Rupatini, baqueano del Batallón de Infantería de Marina Nº5, se ofreció a colaborar en todo lo que necesitare el flamante policía. “Ahí me quedé más tranquilo. Ventilé el lugar porque hace tiempo que estaba todo cerrado y con mucho olor a humedad. Dejé dos caballos de monta. A los tres días llega un sargento y me dice: ‘Díaz, tengo la correspondencia que tiene que llevar a Rancho Hambre’. Le pregunté si se quedaba y me respondió que no, que se iba llevar las pocas pertenencias que le quedaban en el Destacamento y que se volvía a Río Grande y me va a llevar el ‘Pollo’ Antonio Kovacic con la camioneta”.
“Yo, recién llegado, no sabía dónde quedaba Rancho Hambre, así que otra vez me fui a la casa de Rupatini y le pido a Alfredo que me indique el camino. Me dijo: ‘yo te voy a guiar hasta una parte (hasta lo que hoy es El Mirador en el Paso Garibaldi). Te voy a indicar por dónde tenés que pasar porque hay pasos en donde el caballo puede caerse o quedar atrapado y si muere el caballo, morís vos también’, me dijo. Menos mal que yo me críe en el campo, de a caballo”, recordó don Federico.
Aquí continuó con su relato. “Llegamos hasta ese lugar –lo que hoy es Petrel- y él se vuelve, no sin antes indicarme que siga un río hasta que cruce la cordillera. Sigo viaje muy despacio porque el ‘camino’ era muy feo con bajadas y subidas. Creo que me llevó catorce o dieciséis horas todo el trayecto desde Khami a Rancho Hambre. Cuando llegué al puesto de Vialidad, me atendió el sobrestante Garibaldi y él me dice: ‘Estábamos esperando la correspondencia porque hacía rato que me preguntaban si habían llegado noticias”.
“Ahí nomás le digo que estaba oscureciendo y que me tenía que volver y Garibaldi me dice: No, que se va a ir ahora, se puede caer por el camino; cuando se pone el sol uno no ve nada y puede atraparlo una nevazón. Quédese a dormir acá’. En ese tiempo nevaba en cualquier momento”.
Recordó también que “la cama era unos postes puestos sobre horquetas, un catrecito con cueros de oveja. El olor a oveja era fuerte, pero tenía que descansar y me tiré vestido. Me saqué las botas, nada más. Al otro día, a las 5 de la mañana me despierto y me siento en la cama. Ya los muchachos estaban haciendo fuego en esos barriles en que traían la nafta. Los usaban como estufas; tenían varios distribuidos en cada lugar y sobre eso cocinaban también. Salí como a eso de las 9 de la mañana y llegué a la casa de don Cárcamo en el Valdez (en la actualidad vive Luisa allí) a quien le decían ‘El Burro’ y estaba doña Antonia también y allí me atendieron y me dieron café, descansé un rato, me subí luego al caballo y seguí viaje ya al galope, hacia el Destacamento”.
Retomó que “a los quince días, otra vez tenía que llevar la correspondencia a Rancho Hambre. Esto era muy común. A veces, el Comisario, mandaba la correspondencia desde Río Grande con el ‘Petiso’ Andrade. Llegó hasta el Destacamento y me dice: ‘Eh Díaz, acá te traigo un trabajito’ que era el maletín para llevar a Rancho Hambre. Agarré un buen caballo y me fui a la fábrica (en el Aserradero Lago Khami que por entonces era el centro de la actividad en el Corazón de la Isla) le digo al herrero: ‘¿Me puede hacer un buen par de herraduras?’ y me hizo las herraduras con clavo y ya era otra cosa porque subir la cordillera en medio de las piedras, si bien subir no era muy difícil, la más larga era la subida de El Mirador sobre el Lago Escondido”.
“A la orilla del río era muy peligroso porque había como cuevas y hoyos y donde mete la pata el caballo, se puede caer o quedar atrapado. Menos mal que los caballos de la zona, conocen todo. No le podíamos exigir porque ellos sabían por instinto que había lugares que no debían pasar y no lo hacían de ningún modo”.
Pasando el tiempo logró conocer a toda la gente de la zona, “y me atendían muy bien, estaba el Aserradero Khami, la estancia de los nativos shelk’nam (onas) ‘La Pampa’ donde estaban Santiago y Alfredo Rupatini; doña Rafaela Ishton, doña Lola Kieps (o Kiepja), Ángela Loig, el Indio Jack. Yo conocía a todos ellos. De la Estancia La Pampa había unos cuantos kilómetros hasta Laguna El Pescado, donde vivía el Indio Jack que tenía 105 años y doña Lola Kieps”. Otro amigo de la familia era don Federico Echelaine, quien siempre cargaba en brazos a José Díaz cuando éste era todavía pequeño.

El amansador de caballos



Don Federico Díaz se hizo práctico en domar caballos a su manera, tal cual hacían los antiguos pobladores americanos. “Los domaba un poquito todos los días; los amansaba hablándoles, conversándoles, los maneaba despacito y tenía al frente una suerte de lagunita –un tajamar- que era como un pantano para que los caballos salten todo lo que quieran. Como se enterraban hasta las rodillas los caballos, los acariciaba, los pasaba por atrás porque sabía que no me podían patear, y así es que yo fui amansador y no domador de caballos. Les hablaba y si bien obviamente no me contestaban, me entendían y me di cuenta de ello por sus modos de mirarme, de relinchar, de moverse. El caballo tiene un oído y un olfato formidables y le entiende todo a la persona que está con él”.
Amansaba caballos para todos los destacamentos policiales desperdigados por la vasta geografía fueguina. “Amansaba caballos para el Destacamento Los Cerros; para el Destacamento Radman; para el Destacamento San Sebastián y para el Destacamento San Pablo porque de ahí se sacaba los caballos del ‘miche’, eran caballos todos chúcaros y yo elegía a los caballos que eran buenos para después amansarlos”.
Como prueba de su comprensión de los caballos, se acercó a un grupo de caballos salvajes y les dio de comer con la mano. Ganó la apuesta que había hecho a su familia.
Don Federico Antonio Díaz es el último policía que hizo el correo a caballo en Tierra del Fuego. “En septiembre u octubre de 1954 se habilitó la Ruta Nacional Nº 3 y pudieron pasar los vehículos a motor. El primero que pasó el Garibaldi fue un Jeep de la Marina y don Brandani que le faltaba tres dedos en la mano”, recordó. Allí conoció al ‘Barraco’ don Jorge Águila, trabajador de Vialidad que hace poco recibió su merecido homenaje en Ushuaia.
También les brindó palabras a los nuevos policías que son recibidos en la Escuela, instándolo a seguir el camino de la honestidad y el don de buenas gentes. “Antes no se estudiaba para policía, uno se hacía a sí mismo. Solo bastaba el criterio y el sentido común, conocer a la gente, a los vecinos, y tener presente siempre que uno está al servicio de ellos, para cuidarlos, cuidar sus bienes y propender a que la sociedad se desarrolle en armonía y en paz, ese es el trabajo del policía”, expuso don Federico con su ancestral sabiduría y agregó: “deben los policías tener respeto por las personas, especialmente a los niños como a los ancianos, y no olvidar que somos auxiliares de la justicia. Si bien estoy retirado, sigo siendo policía. Hay que respetar para que uno sea respetado”, exhortó.
“Una vez me citó el Juez de Primera Instancia de Ushuaia y me dijo: ‘cada vez que necesite llamar a una persona para que se presente en el Juzgado, se lo voy a pedir a usted. Así que yo hacía el recorrido en la población y también en el campo. En el pueblo iba a hotel por hotel, pensión por pensión, a tomar el nombre de todas las personas que se albergaban y semanalmente pedía una lista de todas las personas que pasaban y lo mismo hacía en el aeropuerto. Yo tenía conocimiento de todas las personas, también en las estancias. En cada estancia, a veces había más de treinta personas y los administradores me tenían que enviar una lista de la gente que trabajaba en cada uno de los establecimientos, sean puesteros o gente que trabajaba en las comparsas de esquila. Cuando se necesitaba dar con una persona, generalmente yo sabía dónde se encontraba”.
Díaz desplegó su tarea por prácticamente toda la provincia. Hasta estuvo destacado en Estancia San Julio. “Mi casa era un verdadero destacamento porque los vecinos acudían a mi hogar por distintos problemas, a cualquier hora incluso de noche. Mujeres, chicos, personas de todas las edades, ya sea por un requerimiento o por algunos maltratos, etcétera”.
También destacó que la policía fueguina “es una policía honesta, talvez la más honesta del país. Si bien hay casos puntuales que por suerte son extirpados a tiempo, nuestra policía tiene una larga tradición profesional. Una vez, me acuerdo, un chico salió corriendo de una casa y la mamá le dijo: ‘mirá que viene la policía’. Y yo me volví hacia ella y le dije: ‘señora, usted no le haga tener miedo de la policía al chico, porque la policía está para resguardar el bienestar de todas las personas. Usted tiene que enseñarle al chico que sea respetuoso y amable con los demás y no meterle miedo de la policía como si el policía fuera un verdugo”.

Operación Cóndor


También quiso el destino que don Federico se involucrara en la historia argentina. Fue el policía que custodió a cuatro de los integrantes del Operativo Cóndor, los jóvenes que desviaron un avión hacia las Islas Malvinas. “Cuando llegó el avión a las Malvinas, desde la policía de acá mandaron personas, una de ellas fue Brandán, que era compañero mío, para trasladar a aquellos jóvenes hasta Ushuaia, en barco. Como en Ushuaia el lugar era muy chico para tenerlos a todos juntos, enviaron cuatro de los integrantes del Operativo Cóndor a Río Grande. Esas cuatro personas estaban alojadas en el calabozo frente al mar y había una chica entre ellos también. Inmediatamente ellos se sintieron identificados conmigo, me tenían como a una persona de confianza y me gustaba charlar con ellos y me contaron todo lo que hicieron en esa operación. ‘Los felicito’ les dije porque esas tierras, las Islas Malvinas, son nuestras. Y ellos me tomaron un cariño muy especial. Yo uniformado los cuidaba y también salía con ellos a dar una vuelta por el pueblo y de paso, los invitaba a comer a casa. Así que los sacaba yo a los cuatro a pasear”, recordó. Entre los cuatro estaba uno de los cerebros del Operativo Cóndor, Alejandro Giovenco Romero.
Díaz padre trabajó con don Aníbal Allen y con Ernesto Krund cuyo nombre tiene un cerro de la provincia. “Él llevaba la correspondencia desde Ushuaia a Rancho Hambre y yo lo hacía desde Khami al mismo punto”, recordó.

‘Mire doña Soledad’
Don Federico Antonio Díaz estuvo un año solo viviendo en el Destacamento, además de agente de policía, era un poco comisario, cartero, amansador de caballos y encargado de un sin fin de tareas más en ese duro pero hermoso paraje que asemejaba al Paraíso en la tierra. Era el representante del Estado en esos lugares en toda regla y los lugareños así lo entendían y respetaban.
“No había nadie; en el Destacamento estuve más de un año solo. Conversaba con el caballo y con el perro, y después me puse a pensar: ‘me estoy volviendo loco’. El caballo no me contesta, el perro tampoco y me propuse ir al pueblo (a Río Grande) para ver si consigo alguna chica para casarme. Todavía no conocía a nadie, llego al pueblo y lo empiezo a recorrer y veo a las chicas que empiezan a salir de ahí, de las Monjas (el María Auxiliadora) que en esos tiempos tenían una casitas chicas nomás, y como ellas enseñaban a varias chicas y cuando salían, yo las empezaba a mirar; incluso había una monjita que jugaba con las chicas, tirándose pelotas; iba pasando yo y me tira la pelota”, relató.
Agregó: “me dice la monjita: ‘hace días que lo veo dando vueltas por acá’. Ah, sí, le digo yo. En eso me llama el cura que estaba mirando la escena desde la puerta, era el padre (José) Forgacs. Usaba un gorrito -me acuerdo- y me dice: ‘qué anda haciendo por acá, hace días que lo veo dando vueltas por acá’. Le dije la verdad: ando buscando una mujer para casarme, una chica. Veo señoritas que salen de la escuela y quiero ver si hay alguna que me lleve al apunte porque acá soy desconocido”.
Don Federico andaba entonces con un ponchito sobre el uniforme de policía y una cámara fotográfica marca ‘Argus’ alemana. “El padre Forgacs me invitó a almorzar; había una monjita que llevaba la comida en una vianda, cruzando lo que es hoy el Instituto María Auxiliadora hacia el Colegio Don Bosco, y le llevaba también un botelloncito con vino. Comí con él y tenía solo tres días más para quedarme antes de volverme al Lago, así que insistí en encontrar a la chica y la vi a Lucía (Muñoz) con una valijita de las monjas. No quería pasar por atrevido, le pedí si la podía acompañar, no me contestaba nada y yo me quedaba preocupado. Pasaron los tres días y me fui de nuevo al Lago y no la hora de volver de nuevo. Pasó un mes y me vengo a Río Grande y justo era el día patrio (el 25 de mayo de 1954) y me dice un jefe: ‘menos mal que viniste Díaz, necesitamos uno que vaya al busto de San Martín para que esté de guardia porque salen los chicos de la Escuela 2. Así que me dirijo allí, donde estaba el acto, una vez que concluyó la veo a ella (a Lucía) que iba acompañado por una señora”.
“Ni lerdo ni perezoso me acerqué ambas, me puse a la par de su paso y les dije: ‘¿no me invitan a su casa a tomar mate? La señora era esposa de un policía –yo no lo sabía- y sorprendentemente me dijo que sí, que viniera a la casa. Así que fui. Estaba mi ahora suegra haciendo empanadas por las fiestas patrias y comí tres empanadas y me ofrecieron más pero les dije que tenía que presentarme a la comisaría (que estaba sobre Elcano) porque terminó mi guardia. Apurado me salí y me fui, pero antes de salir de la casa, le digo: ‘señora, cuando venga del Lago Khami, ¿puedo venir a tomar mate porque no tengo gente conocida acá’. Me dijo ‘Venga cuando quiera nomás’…”
Todos en el pueblo del Río Grande de entonces ya sabían las intenciones de don Federico y ‘prepararon’ el camino al casamiento.
“Más de dos días en el pueblo se me complicaba porque cuando cruzaba en bote, tenía que dejar el caballo del otro lado y era difícil conseguirle comida. A veces conseguía pasto o maíz que me daba la gente”, recordó.
En aquellos tiempos la policía no cobraba todos los meses, sino cada seis meses o más. Como entradas extras para sostenerse, un policía tenía otras actividades. Don Federico trabajaba en ‘Los Luchos’, que eran los barcos que abastecían a la ciudad de Río Grande. “En esos cuatro días que trabajaba ahí, con autorización de los jefes, ganaba más que un mes como policía. Yo trabajaba para don Miguel Raful, por entonces”. Se retiró del servicio en 1972 con el penúltimo grado, ya que los ascensos no eran como en la actualidad, cuando ingresó a trabajar en SADOS.

Al lado de un gran hombre, una gran mujer

Estuvieron seis meses de novios y en diciembre de 1954, se casaron. Los casó el propio padre Forgacs. En diciembre de este año, cumplirán los 60 años de casados.
Doña Lucía Muñoz también recuerda esas épocas en el Corazón de la Isla. “Federico amansaba los caballos y después nuestros hijos también preparaban la leña para el invierno. Recuerdo una vez que nosotros dos tuvimos que atender un parto de la señora del Cabo Primero Salman. Ella no llegó a Río Grande, si bien la ambulancia fue a buscarla desde Río Grande, así que la tuvimos que atender nosotros. Fuimos parteros también”, señaló orgullosa.
“En esos años –prosiguió-, era la década del ’50, Federico recorría a caballo todas las estancias. Lo que hoy es Tolhuin, no había nada todavía; estaba el aserradero Khami; el aserradero del Pollo Kovacic y el Destacamento policial a la orilla del Fagnano. También había una casa al lado de lo que hoy es la Hostería Kaikén –que entonces no existía- y que era de Tardón. En el Destacamento había tres casas que todavía perviven. En una de ellas vivíamos nosotros y cada vez que pasamos nos trae muchos recuerdos y dicho sea de paso, está muy abandonada y deberían tenerla muy bien cuidada porque es parte de la historia fueguina y patrimonio de Tolhuin”, reclamó doña Lucía.
Las otras dos casas estaban destinadas una al personal policial que llegaría años después y la otra al encargado del Destacamento “que después llegó cuando nosotros nos vinimos a vivir a Río Grande”.
“Me casé joven y era realmente una esposa jovencita, y fui compañera en todo sentido de mi esposo. Cuando él salía de recorrida de a caballo por las estancias, yo era la encargada de atender a la gente en el Destacamento. Estoy orgullosa de ser la esposa de un policía. Pese a que era muy chica, me adapté al trabajo que él hacía como encargado y agente de policía que era”.
“Estamos muy orgullosos que también nuestro hijo y nuestros nietos, así como nuestra sobrina y mi nuera pertenezcan a la institución policial”, confió doña Lucía.
Relató que “en esos tiempos no había el confort que tenemos hoy; había que cortar leña para que al otro día tengamos calefacción. Lo lindo cuando estuvimos en el Lago, era que don Rupatini le prestó una vaca a mi esposo y con ella pudimos darles leche fresca a nuestros hijos, leche natural. Ellos fueron nuestros amigos, tanto los Rupatini, como doña Rafaela y todos los que nombré antes y estamos muy orgullosos de haber compartido esos años cerca de ellos”.
Por último, confió que “pese a la dureza y rudeza de la vida de entonces, jamás olvidaremos esos paisajes hermosos, lagos, cielos, bosques y montañas. Hoy el progreso trae otras cosas, pero ojalá que esas bellezas no se pierdan y aprendamos a cuidarla”.



Las nuevas generaciones
El hijo mayor de la familia Díaz, José Manuel, también hizo toda su carrera policial. Actualmente José es el Director General de Inspección del Municipio de Río Grande. “El uniforme me gustó desde que era muy chiquito, así que cuando tuve la oportunidad de hacer el servicio militar –porque lo hice en forma voluntaria antes de cumplir los 17 años- y estando de soldado me ofrecía a hacer guardias voluntarias y lo que más me gustaba era tener el arma en la mano, como a muchos jóvenes de mi generación y andaba con el fusil para todos lados”.
“Ahí me di cuenta que yo quería ser policía como mi papá; quería hacer lo que él hacia. Cuando cumplí 18 años comencé a hacer las gestiones para ingresar. Lo hice en Ushuaia en lo que entonces era la Policía Territorial. Me gustó la carrera, incluso antes de la explosión demográfica de 1983, varias veces me tentaron para entrar a trabajar en otras actividades, como por ejemplo, YPF, Había empresas petroleras que iban a la policía a buscar gente y a ofrecer trabajo pagando 5 ó 6 veces el sueldo que ganaba un policía promedio. Pero muchos de nosotros éramos policías por vocación y desistimos de estos ofrecimientos, si bien mucha gente aceptó. Hubo un tiempo en que muchos efectivos policiales dejaron la institución porque los sueldos eran muy bajos”, recordó José.
José Díaz hizo una carrera meteórica en la policía. A los 19 años de servicios ya era suboficial mayor, “después tuve el reconocimiento de la superioridad porque después que me retiré, convocaron nuevamente. Estuve casi siete años prestando servicios en la institución policial. Yo vi de desde niño que mi padre prestaba servicios uniformado, en las zonas de fronteras, en las estancias y después lo vi muchos años de civil. Un poco también me pasó lo mismo, porque además de trabajar de uniforme, también lo hice de civil al integrar una brigada especial que se dedicaba a investigar distintos hechos graves, delitos complejos, y ya se veía en esos tiempos la aparición de un nuevo flagelo como es el narcotráfico, la violación a la ley de estupefacientes”.
Agregó que “tuve la oportunidad de trabajar muchos años en esta de brigada de civil, tal es así que fui convocado para trabajar en las primeras brigadas de lucha contra el narcotráfico y delitos complejos, Todavía extraño ese mundo, cada vez que voy a visitar a mis camaradas me embargan los recuerdos. Es como sino me hubiese ido nunca. Lo más importante de todo es que seguí las enseñanzas de mi papá: practiqué la honradez porque ser honrado es lo más importante de todo y no caer en la tentación de la corrupción”.
En ese sentido, José confió que “tengo la satisfacción de que mi hijo mayor, Juan Antonio, que hoy después de 61 años de que mi padre estuvo a cargo del Destacamento de Lago Khami, él está de Comisario en Tolhuin, en el mismo lugar, así que es un tremendo orgullo para mí como papá pero también para toda nuestra familia Díaz”.

Federico Antonio Díaz, ingresó a la Policía en 1953; José Manuel Díaz ingresó en 1974; Juan Antonio Díaz lo hizo en 1994; la sobrina de José Díaz, Marisa Cabezón, su sobrino Maximiliano Díaz, otra sobrina , Xenia Tévez y la nuera Viviana Cárcamo.



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