Cuentos para el invierno fueguino: Los duendes de los carámbanos de Lucinda Otero.

Esta lectura se pude complementar con el fílmico de Manuel Valdivia, que compartimos en Facebook, día de hoy.

No sé si ustedes han conocido alguna vez a los duendes de los carámbanos, son seres muy pequeñitos que viven en ellos y suelen salir a corretear por los aleros los días lluviosos ya que no pueden exponerse mucho tiempo al aire o a los rayos del sol: al secárseles la piel, mueren.
Yo tengo uno que es mi amigo y me visita desde niña, lo conocí un día cuando fuimos a comer “churros” –como vulgarmente les llamábamos a los carámbanos- había deprendido uno, que pendía sobre la ventana de mi dormitorio. Lo envolví en una servilleta y comencé a chuparlo como si fuera un caramelo. Oí una vocecita muy dulce que repetía: -No me comas, -y gemía- yo no te hice ningún daño sólo trataba de espiarte.
Cuando se van a dormir tú y tus hermanas, juegas y a mí me gustaba mirarlas y copiar lo que hacen; después les enseño a mis hermanos; cuando salíamos los días fríos o las noches de luna a corretear por los aleros, cada uno cuenta lo que escuchó o vio de los humanos. Algunas cosas nos parecen bastante raras y no logramos entenderlas, pero otras son divertidas y nos hacen reír mucho. Así nos hicimos amigos; yo le contaba lo que él quería saber de los humanos y él, lo que yo quería conocer sobre su vida en los carámbanos; los días en que no pueden salir de ellos, cantan y se cuentan cosas a los gritos, es entonces cuando se oyen silbidos y voces que pueden escucharse prestando mucha atención.
Son como niños traviesos y algunos se divierten tratando de hacer caer los carámbanos justo cuando va pasando alguien. ¿Qué susto se dan y que divertido es!- me contaba mi amigo-. Antes de dejar caer alguno, nos aseguramos de no caer nosotros también, puesto que cuando bajamos no podemos volver a subir. Una vez en el suelo, los duendecitos se meten en una gota de agua y vuelven en forma de vapor, para regresar ocultos en un copo de nieve y materializarse en un carámbano en la casa que más le agrada.
-Yo vendré siempre a ésta, si tú me dejas en libertad para continuar mi vida, sólo tiene que acercar este trozo de hielo a los que penden del techo, me trasladaré y cada atardecer, si tú quieres, charlaremos un rato.
Acepté y acercando el trozo que aún tenía envuelto en la servilleta, lo vi al saltar: era como dos gotitas de agua; sus brazos como alitas; piernas flaquitas y patoncitas.
Desde entonces agudizó mis sentidos para oír sus conversaciones. Cic, Rac, Yic, Tic, Nic, Luuc, así se llamaban para reunirse y comienzan sus juegos, saltando de carámbano en carámbano.
Nic es mi amigo, me contaba que la letra “c” agudiza sus sentidos y los hace vibrar, por eso todos sus nombres terminan en “c”. Nos divertimos mucho los inviernos, a veces yo lo llevo par aque se entretenga espiando en otras ventanas. Lo dejo algunas horasy cuando voy a buscarlo, él  se ha enriquecido con todo lo que aprendió y vio. ¿Saben? algunas cosas son verdaderos secretos, alguna vez les voy a contar nuestras charla. Ahora, si agudizan el oído, podrán escuchar sus dulces vocecitas cantar:
A la ronda, ronda,
de los duendecitos,
que en los carámbanos
viviendo están.
A la ronda, ronda
todos a jugar
que la luna amiga
te alumbrará.
A la ronda, ronda,
duerme duendecito,
el sol alto está.


La autora en su veta de costurera.

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