HISTORIAS DEL VIENTO.3 AROMAS 1

Mi padre tenía una extraña reacción que el identificaba como alérgica: no soportaba tocar la piel del durazno.



Y cada tanto recordaba que ese fruto no tenía cáscara, era piel.

Y su piel no soportaba la del durazno.

Si por casualidad llegaba a rosarlo retiraba la mano como si se estuviera quemando, y luego se miraba el lugar, buscaba una llaga invisible, y decía que un dolor se había instalado en él.

Pero el problema estaba en que era la fruta que más le gustaba.

De por sí consumía gran cantidad de huesillos hervidos, pero no era lo mismo. Aquello era el tradicional postre de las estancias, lo otro un “bocatto di cardinale”, como solía pontificar.

Cundo aparecían duraznos en el comercio venía con varios de ellos, frutas que el dependiente había envasado a su pedido, pero él no los había tocado. Ya a la hora del postre mi madre con su cuchillito de las papas lo dejaba en carne viva y mi padre lo iba comiendo, jugoso, sintiendo escurrir el jugo de la fruta por su barbilla.

Siempre que se comía duraznos, aunque fueran en almíbar y en lata –recuerdo los de marca Inca- aparecía la historia: era alumno de los capuchinos y una tarde de sol con otros dos amigos invadieron el jardín y consumieron de una árbol, árbol del prior, los sabrosos melocotones. Los padres no tardaron en darse cuenta de lo que había pasado. Fueron en búsqueda de frutas y no encontraron ninguna. A la hora de ir a la cama reprendieron al conjunto de los alumnos. Por la noche uno despertó con fuertes retorcijones, el otro con una cagadera infernal, pero mi padre niño solo con su culpa. Esa culpa, el pensaba, se tradujo en su reacción al tocar los duraznos.

Una vez ensayamos humedeciendo la fruta. Entonces papá tomó coraje, la tomó en sus manos, y como no sentía nada la comió entera. Le sobrevino a las pocas horas una cagadera ancestral.

Otra vez trajimos damascos, y nada le paso. Los tomaba en sus manos sin que le produjeran la menor urticaria, y los comió sin ocasionarle ningún trastorno.

Cuando fui a estudiar al norte disfruté de la buena fruta que desconocíamos en el sur. De los pelones, ue aquí no llegaban y fue por eso que en un bolsillo de mi blazer del secundario –que todavía seguía usando- traje uno de ellos que entregué a mi padre ni bien nos encontramos en la pista de Río Grande. Papá no se atrevía a tocarlo, pero luego vio que se bien era como un durazno, no tenía pelusa. Lo guardó en su bolsillo y camino al pueblo, en el taxi de Barrientos, lo comió alegremente mientras yo contaba cosas de ese mundo que estaba descubriendo.

Me había comprado un vaquero, de una tela a la que llamaban piel de durazno. Se lo mostré y pedí que la tocara. No era un imitación perfecta, puesto que nada alteró su tacto.

Al año siguiente llegué con otra novedad.   Un compañero de familia turca, turca en serio no árabe, me había enseñado como se pelaba el durazno. No era cosa de perder su pulpa, debía retirarse pacenciosamente la piel del fruto, y en ese despellejado no se debía perder su jugo. ¡Quedaba realmente hermoso! Durante el verano los duraznos que comió mi padre los recibió así, pero mi madre se fastidió, no quiso aprender, y con mi partida se volvió al viejo y único cuchillito papero.

Pero cada año tenía sus novedades. Radicarme en el norte para estudiar cambiaba aspectos cotidianos de mi vida, uno de ellos ligado a soportar el calor. Fue así que conocí el desodorante, que inicialmente compraba en barra. Pero de pronto llegó el salto tecnológico: el desodorante antitranspirante en aerosol. Compre uno de aroma a durazno que me duró toda la primavera. A mi regreso ese fue el regalo de navidad para papá. Le expliqué de que se trataba, lo usó, y no le causó ninguna molestia. Fue su primer y último desodorante porque lo usaba solamente los domingos, y en unos años falleció.

Yo busqué otras marcas y no me di cuenta como salió de mercado.

Pero hace un par de semanas yendo al médico me vi urgido de ir al baño. Sobre la mochila del inodoro había un desodorante de ambiente que use, y grande fue mi sorpresa porque tenía el mismo aroma a duraznos de otro artículo que estaba sepultado en mi memoria desde hacía cuarenta años.

Si la visita al baño había sido al ingresar al consultorio, en la siguiente fue al salir.

Y para la última visita llegué con la intriga de conocer la marca del producto. Pero no tuve tiempo, entre y ya el médico me estaba esperando. Presté poca atención a sus recomendaciones pero al salir me mandé raudamente al sanitario, sin pedir permiso. Allí estaba el envase: Lisoform, era la marca (no sería el producto de entonces), y el aroma ¡lavanda! El durazno se había transformado en otra cosa.


En el tercer comercio que visité encontré el producto similar. Probé su olor, era el de antes. Comencé a lanzarlo al viento, y poco a poco, mientras se consumía, fueron apareciendo los otros recuerdos, tal cual se los he escrito….

1 comentario:

maria guzman dijo...

Mingo!!! esto es hermoso, lo veo niño, lo veo a papá, mientras escucho el viento que pasa diciéndome no sé que cosa...pero al mismo tiempo repiro ese perfume a fruta, que me encanta, y que se deshace en mi boca el dulce encanto el durazno, aquel que cuando era niña, en el fondo de mi casa había una planta inmensa, donde caian de maduros y se partian en dos, era toda una fiesta para mí!!! FELIZZZZZ DULZURA PARA VOS PATO Y TODOS A LOS QUE AMO DE ESA FAMILIA, QUE TAMBIÉN HICE MÍA!!!