Destape antártico.

Promediando los 70 las librerías argentinas comenzaron a recibir las primeras novelas del escritor bahiano Jorge Amado. Cargado de un intenso color brasilero, y de una Brasil lejano y desconocido, toa una generación joven, y algunos elementos más maduros de ella, se hicieron a la obligación de ir leyéndolas hasta darle a cada publicación el rango de best-seller.

Se habla de la invitación tácita del autor a que sus novelas, cargadas de una gran sensualidad, fueran leídas en pareja; y así fue que cumplimos con Gabriela Clavo y Canela; pero la segunda adquisición fue Teresa Batista, cansada de guerra (o la chucha de oro), donde la lectura fue solitaria y creo que terminé de leerla en mucho más tiempo del que empleaba habitualmente en este tipo de práctica: consumida en sus dos terceras partes elegía en algún momento volver a la novela, tomar un párrafo, una escena al azar, y sumergirme en su eroticidad  siempre manifiesta.

Dispuesto fue el camino de manera diferente cuando se impusieron las noticias de otra gran obra Doña Flor y sus maridos, ya estábamos en los ochenta y había un despertar crítico y artístico a esa altura de la dictadura que llevó en Buenos Aires a la presentación de una obra de teatro sobre aquella novela.

El público porteño se atrevió de inmediato a llenar la sala en la que la obra dirigida por Paoloantonio salía a escena cuando ya se estaba filmando en Brasil una versión cinematográfica, de la mano de una actriz de apellido sugerente: Sonia Braga.

La autoridades militares prohibieron la representación teatral, el eco inmediato fue una mayor demanda de la novela, y la aparición de la película puso en jaque a la dictadura que no sabía como mantenerse en sus cánones represivos, y no alterar las relaciones con su principal socio –Brasil- que mostraba al mundo en esta película su acervo cultural, y sus liberalidades sociales.

No obstante ello…, ¿quién puede decir que vio la película aquella.. la de Badinho, en ese tiempo? Y digo la de Badinho,  porque de los dos maridos de Doña Flor era aquel por el que más espectadores tomábamos partido.

Yo fui uno de en verla, y eso ocurrió en la Antártida.

Enero de 1982.

La firma Antartur promovía cruceros a la Antártida. Saliendo de Ushuaia, navegando en el ARA Bahía Buen Suceso se recorría Melchior, Decepción y Bahía Paraiso haciendo desembarcos en algunos de estos lugares, en solo uno de los cuales –Estación Científica Almirante Brown- encontramos presencia humana.

Este último destino será el escenario de nuestra primicia cinematográfica.


 Se había invitado a la dotación de la base integrada por personal civil y dependiente de la Dirección Nacional del Antártico. Se estableció para ello un tercer turno de cena, y se invitó a parte del pasaje y la dotación de la nave que comandaba el Capitán de Ultramar Osvaldo Niela a una sobremesa. Yo estuve entre los elegidos, el otro que interesa para esta historia era el cura párroco de Ushuaia, el sacerdote salesiano Juan Ticó.

Su aparición en el lugar despertó murmullos, parece ser que el cura sin saberlo se coló y su sola presencia podría acondicionar la parte más importante del festejo: es que se había dispuesto la inmensa videocasetera betamax para ver una película más que polémica: Doña Flor.., y todo lo demás. ¡Y se pensó en una censura eclesiástica!.

Pero cuando uno intentaba buscar la forma de disuadirlo al cura, invitándolo a acostarse temprano para ser de los primeros en participar al día siguiente de la aventura de subir al Monte Sanavirón y deslizarse desde su altura sobre una bolsa de nylon, hubo otro: un divertido maestro de música alemán que enseñaba en Colombia que no entendiendo esto de la censura dijo que el cura estaría más que preparado para comprender los pecados de los protagonistas, y las complicidades del público antártico.

Y así comenzó la cinta: con el comedor abigarrado de concurrencia masculina, las tres guías turística de Ushuaia, y dos señoras mayores a las que se les había obsequiado el viaje en mérito a su condición de antiguas pobladora; ellas eran la Piba Finocchio y la Emilia Bonifetti; entre ambas y en primera fila el cura.

Cuando comenzó la proyección comenzaron los problemas: la película estaba en portugués y el subtitulado en inglés. Alguien sugirió que muchos sabían de esta última lengua, y que el idioma del país vecino era entendible. Otro que la había visto varias veces, el médico de la excursión, dijo que la película se podía entender con solo mirarla.

Pero en el mirarla aparecían escenas procaces, que llevaron a la Piba a sacarse los lentes, y a la Emilia a ajustarse los suyos. En medio de ellas el padre Ticó descubrió que el portugués no le era ajeno e inició una espontanea traducción. ¡Pero qué problema cuando se tropezó con ciertas voces del argot y la picaresca propia del relato! Ticó se dio cuenta que entendía, pero no podía por su investidura buscar el sinónimo castellano, por lo que se enclinó por voces latinas que le dieron a su discurso un carácter más erudito.

En algún momento nos reíamos tanto más de lo que decía el padre, de lo que se decía en pantalla. Y así llegamos a reinos y reírnos, y también a ponernos colorados.., pero el cura: ¡El cura fuer el que más se rio, y sin sonrojarse en ningún momento! Cuando terminó la película y todos sin comentarios marcharon a sus camarotes, Ticó fue el que inició el aplauso.

Habíamos participado de un hecho de libertad en las lejanas fronteras de la patria, de una patria donde muy pocos podían darse estos lujos y placeres.

Del tema no se habló más, al menos con el cura.

Al día siguiente nos despedíamos de ese punto de destino y Ticó pensó en oficiar una misa de acción de gracias antes de levar anclas. Asistieron la totalidad de los integrantes de Almirante Bown, menos el cocinero, y el cura –en medio de la ceremonia- junto a las variadas intenciones incluyó una –con cierta picardía- “y por las intenciones de Doña Flor y… -allí de quedó pensando- ¡y de Doña Flor!


Ese año la nave que nos llevaba partió con la gente de Davidof a desguazar las instalaciones balleneras en las Georgias, y fue el detonante de la guerra de Malvinas. Más tarde en Puerto Argentina funcionó como buque hospital, y allí quedó encallado. Tal vez entre sus pertenencias llevaba todavía la película que hoy formó parte de nuestra historia.