Ojos de niño: A menina.

Mi madre no dejó de molestarse cuando en el terreno de al lado se levantó una fábrica de mosaicos.

En parte por el ruido y el volar del cemento. En parte porque le quitaba la tranquilidad de mirar por la ventana lo que pasaba en la casa principal y la iglesia, esas que estaban a su vista desde lo alto del cerro donde se levantaba nuestra vivienda.

Le incomodaba la mirada de los hombres que iban de aquí para allá, pero que en algún momento viraban la vista para vigilarla en su observación del mundo. Mamá corría las cortinas y escudriñaba a veces.

Y así fue que un día descubrió que la miraban unos ojos enormes de mujer. ¿Qué así entre ese conjunto sudoroso de trabajadores una mujer joven, extrañamente vestida y con un niño en brazos? Mamá se inquietó. Observó durante un buen rato. Era primavera y la mujer no sabía bien como colocarse con el viento. Cuando todavía no había pasado una hora de su descubrimiento mamá tomo coraje, se sacó el delantal, se cubrió con un chal y salió para presentarse y dar solidaridad en el momento.

Al rato María traspasaba el umbral de nuestra puerta mostrando de inmediato con sus gestos, y en un idioma que no entendía, la satisfacción por el cobijo que le ofrecía la humilde casa.

Ella era la cuñada del dueño de la fábrica, no hacía mucho que se había casado con el hermano y allí en Brasil de donde venía hacía mucho calor, cosa que aquí era materia escasa de vida.

En sus brazos llevaba a ese niño  que de inmediato me hizo recordar a mi primito, tal vez un año mayor que ella, que tantas incomodidades me traía con su trajinar cada vez que venían a visitarnos.

Mamá le mostró a María la cafetera siempre caliente en un costado de la estufa, y le mostró un jarro para que se sirviera. Casi que no ponerle azúcar y mientras iba sorbiendo ese café mi madre le pidió al pequeño al que comenzó a acunar en sus brazos, y yo cargado de celos sentí el impulso de partir a jugar al patio.

Pero tratando de defender mi lugar me ensimismé en mi trabajo con los ladrillitos que ocupaban toda la mesa, y de cuyo empeño salían casitas de diversos tamaños, autitos y hasta un avión.

Al rato levanté la vista. El niño ya no estaba, al parecer dormía en una cama, mientras María terminaba de lavarse en la misma pileta de la cocina. María era una mujer que con el tiempo clasificaría en la categoría de exuberante, y bajo el sacón de lana que parecía prestado, lucía ropas que abundaban en escotes por pecho y espalda, que mostraban sus brazos redondos. La pollera se le chingaba a María.

Hasta ahí la situación era soportable, hasta que un berrido despertó el alarma. Es que mis radares auditivos captaron de inmediato de donde podían venían: no era del cuarto de mis padres era de mi propio cuarto, y el tema es así: estaba ocupando mi propia cama.

Sentí el impulso de desalojar la criatura, pero si me levanté para hacerlo no puede avanzar porque mamá y su invitada parloteaban en el pasillo tratando de entenderse. Al rato estábamos los tres en torno a la criatura. Yo quería salir de mi dormitorio, pero había quedado acorralado por las dos mujeres, entonces asistí a la ceremonia del cambio de pañales. ¡Qué cosa desagradable cuando se daba con mi primo! Verlo con sus enormes bolas rojas al aire, oler lo nauseabundo de eso que para la madre y la tía eran la caquita, pero que para mí era la mierda más inmunda.

La situación tendría que repetirse, ¡y yo no podía salir de allí!

Pero de prontó es como que el mundo se ensordeció ante lo que comencé a ver y apreciar. El cambio de pañales dejó escapar aromas dulzones, la cantidad de mierda era ínfima, y la pequeña criatura mostraba desde las entrepiernas… ¡no mostraba nada!

Yo me fui acercando, desbordado de curiosidad, entonces María, tal vez dándose cuenta ella, antes que yo de lo que pasaba, hizo con las manos un gesto de presentación y dirigiéndose a mi me dijo: ¡A menina!

La visita de María se fue haciendo común, incluso un día nos invitaron –era un domingo- a almorzar a la casa que alquilaban. Una enorme casa, con una extensa galería, por donde abundaban las plantas y las moscas y donde con un artefacto de plástico me encomendaban la tarea de matar a los insectos.

Pero siempre de local y visitante se repetía en algún momento la circunstancia del cambio de pañales –que en aquella época nadie pensó que en algún momento podrían llegar a ser descartables- y con ello mi mirada curiosa sobre la anatomía de aquella “crianza” –sin saberlo iba incorporando algunas voces en portugués- y la presentación y la explicación de siempre: ¡A menina!

Yo no lo sabía del todo pero algo en mi vida estaba cambiando. Mi madre tardó un poco en darse cuenta, pero cuando lo advirtió se volvió insistente. –¡Qué te está pasando!--¡Porqué estás preocupado!


Y yo me resistía a dar toda respuesta, hasta que una tarde, cuando el vecino pasó por su familia y quedamos solos, yo –dejando escapar las lágrimas- me atreví a preguntar: -¡Mamá! ¿A menina, será contagioso?